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cación de apoyo. La medicación mejora la atención y re­

duce la fatiga del niño durante la jornada escolar, permi­ tiendo que persevere más en las tareas y se mueva y distraiga menos, consiguiendo un trabajo más produc­ tivo.

Qué hacer si no apunta los deberes

Este es un problema importante. Si los padres no saben qué es lo que tiene que hacer el niño, difícilmente le pueden ayudar a conseguir que cumpla con las tareas para casa. La mayoría de los niños con TDAH:

— Olvidan o pierden la agenda.

— Creen apuntar los deberes, pero sólo apuntan aquellos de los que se enteran (que no son todos).

— Apuntan los deberes, pero ni ellos mismos entienden lo que ponen.

— Piensan en apuntarlos más tarde y se les olvida.

— No apuntan nada por pereza y porque están convencidos de que se acordarán.

— No los apuntan para no tener que hacerlos.

Aunque los profesores tienden a pensar que la mentira es el motivo principal, la picardía en los niños con TDAH es de apari­ ción más bien tardía y sólo suele suceder en niños muy frustrados,

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muy saturados de trabajo y normalmente en torno a los 11 o 12 años de edad. Es más frecuente que el niño con TDAH no haga deberes porque no se ha enterado o que haga otros por equivoca­ ción. Recuerdo a un chico de 5.º de primaria que sabía que decir­ le a su madre «no me he enterado» era como destapar la caja de los truenos, así que cuando ella le preguntó qué ejercicios de ma­ temáticas tenía que hacer, respondió aparentemente muy seguro de sí mismo: «el 27, 28, 29 y 30». Prefirió inventarse la respues­ ta y pasarse toda la tarde haciendo problemas que no le habían pedido, a decir que no sabía cuáles eran. Ni que decir tiene que fue peor, porque se ganó la bronca del profesor y de su madre cuando se destapó el tema.

El profesor puede facilitar la labor de los padres, adelantándo­ se al problema y evitando que el niño se retrase en las tareas o no prepare los exámenes por falta de información:

— Puede facilitar el contacto entre los padres, de modo que, en caso de duda, el niño con TDAH tenga el teléfono de un compañero.

— Puede facilitar el plan de trabajo del mes (si lo tiene defi­ nido).

— Puede nombrar un delegado y subdelegado de deberes que se encarguen de apuntar en la pizarra o en una cartu­ lina en la puerta de la clase los deberes que se tienen que hacer. En ese caso, podemos sugerir que el niño con TDAH sea el subdelegado de deberes, de modo que su papel sea apuntar lo que el otro niño confirma que es lo correcto. Le sirve a él para entrenarse y a los padres para saber adónde acudir para confirmar las tareas.

Pero no debemos olvidar entrenar al niño. Podemos ayudarle del siguiente modo:

1. Buscando una agenda que le guste al niño (o personali­ zarla si es la del colegio) o pedir autorización para usar la agenda del móvil en el caso de los mayores.

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2. Ponerle a la agenda una cinta para marcar el día que toca (así evitamos que el niño tenga que perder tiempo bus­ cando la semana en la que tiene que apuntar las cosas). 3. Estableciendo con él una clave para que tenga que escri­

bir menos pero de forma que se entienda. Por ejemplo: Cono, 46-47 sería estudiar conocimiento del medio de la página 46 y 47; Mat, 32 (5-6-7) sería matemáticas, pági­ na 32, ejercicios 5 al 7; T- fotos mamíferos-flau sería traer fotos de mamíferos y la flauta. Los códigos deben ahorrar tiempo, así que no sirven si producen más errores o si re­ sultan más complejos o aburridos para el niño que escri­ bir directamente lo que tiene que hacer.

4. Felicitarle cada día que comprobemos que ha traído la agenda o lo ha hecho bien.

5. Hacerle entender que le compensa enterarse (puesto que si no perdemos tiempo en tener que llamar a un amigo, terminaremos antes y podremos hacer algo que nos guste).

6. Hacer de modelo para él, explicándole cómo los adultos utilizamos nuestra agenda o móvil para no olvidarnos de las cosas.

Qué hacer si miente y dice que no tiene deberes

Con el tiempo, nos damos cuenta de que nuestros hijos con TDAH comienzan a mostrar algo de picardía y que, a diferencia de años anteriores, tratan de evitar las tareas desagradables. A ve­ ces, acostumbrados a nuestros cándidos niños que nunca men­ tían, nos cuesta creer lo que el profesor ve más que evidente: el engaño, pillándonos por sorpresa descubrir que nos han ocultado deberes, la fecha de un examen o un trabajo que tienen que reali­ zar. ¿Cómo solucionarlo? Con cualquier medida que al niño le permita ver que por ese camino no va a ningún lado. Debe darse cuenta de que con esta estrategia puede librarse un día, pero ten­ drá que hacerlo al día siguiente, y además con un castigo añadido

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por mentir. El problema es que a nuestros niños, que viven en lo inmediato, el librarse una tarde resulta un premio tan potente que cualquier medida de castigo posterior no resulta demasiado eficaz. ¡Y ya tenemos demasiados castigos acumulados y demasia­ das tareas por hacer para añadir, además, los castigos por evitar­ las! Así que podemos conseguir que el engaño no les funcione si nosotros establecemos un tiempo de estudio obligatorio en casa, se tengan o no se tengan deberes del colegio. De este modo, y es­ pecialmente si sospechamos que el niño nos está mintiendo, po­ demos hacer que tenga que dedicar el mismo tiempo a hacer otras tareas académicas. Se dará cuenta de que más vale confesar lo que tiene que hacer y llevar el trabajo hecho al día siguiente, que te­ ner que perder el tiempo dedicándose a hacer otros problemas que no son los que ha mandado.

Qué hacer si no quiere ayuda pero la necesita

La ayuda no es negociable. Así como perdemos el tiempo dis­ cutiendo con nuestro hijo si va o no va al colegio, tampoco discu­ tiremos con él si necesita o no necesita profesor particular o ir a un terapeuta. Partiendo de este principio, trataremos de buscar un buen profesional que sepa conectar con el niño, lo enfocaremos po­ sitivamente y le daremos las explicaciones justas para que pueda entenderlo y aceptarlo mejor, pero sin permitir que el tema se con­ vierta en un debate. Muchas veces, el temor de que el niño no acepte de buen grado al profesor, vaya a negarse a colaborar y el es­ fuerzo sea inútil, nos hace caer en la trampa de justificar, razonar y hasta hipermegargumentar los motivos por los cuales tiene que tener clases particulares o acudir a tratamiento y, en el caso de los ado­ lescentes o los jóvenes, puede incluso echarnos para atrás en la de­ cisión que en principio nos parecía más conveniente. Pero debe­ mos pensar que si el niño rechaza al profesor porque no quiere estar atado a la obligación de una clase, o si no quiere ir al psicólo­ go o al psicopedagogo porque en el fondo teme sentirse especial, de nada servirán las largas conversaciones para tratar de conven­

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cerlo: no habrá argumento que podamos esgrimir que le haga cambiar de opinión. Además, el debate le dará la oportunidad de que nos envuelva con sus argumentos. Huyamos de eso. Es cierto que, en el caso de los adolescentes y los jóvenes, la situación puede resultar más difícil. Es frecuente oírles argumentar: «son cosas vues- tras, no necesito ayuda», «¡ni que sueñes que yo vaya a ir a un loquero!», «¡es mi vida, y si no quiero estudiar no podéis obligarme!». Pero no conviene caer en la trampa de intentar demostrarles racionalmente el por qué están equivocados (su rechazo es emocional, no racional, así que no sintonizarán con nuestros argumentos). Tampoco con­ viene fundamentarlo aludiendo al riesgo que tienen de un futuro negro debido a su diagnóstico, ni mucho menos hacerles una pelí­ cula del desastre en el que se están convirtiendo sus vidas. ¡Ya es­ tán suficientemente frustrados con su situación y tienen la autoes­ tima suficientemente deteriorada como para empeorar la situación! Quizá el único argumento que ellos no podrán rebatir es el si­ guiente: «Puede ser que tengas razón y que seamos unos exagerados. Puede ser que no necesites realmente un profesor particular o un terapeuta, que seas capaz por ti mismo, pero nosotros estamos convencidos de que te vendrá bien. Quizá seamos demasiado sobreprotectores, o que paguemos algo que no te hace falta, pero nosotros necesitamos sentir que cumplimos con nuestro cometido de padres, que es darte todas las oportunidades que necesitas. A nosotros nos parece importante, así que vas a tener que ir. Por supuesto que nos gustaría que te sirviera para algo, pero debemos resig- narnos a que tienes X años y que, si no quieres aprovechar esta ayuda, es cosa tuya, pero nosotros habremos cumplido. ¡Tú mismo!». Este argu­ mento no permite discusión alguna y, dicho de este modo, refleja que no hay puerta posible a la negociación. Después ya sólo que­ da dar por zanjado el tema diciéndole que todo está ya hablado, ignorando sus nuevos intentos de reiniciar el debate o sus amena­ zas (mejor estar lejos para poder aparentar que no las hemos oído) y dándole tiempo para adaptarse a esa nueva situación. El tera­ peuta será el que le ayude a entender qué le pasa y a no sentirse ni especial ni retrasado por recibir ese apoyo.

Ignorar sus reacciones supone no escuchar ni responder a sus comentarios, ni tan siquiera cuando amenacen con no ir a las se­

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siones. La mayoría de las veces funciona mejor salir de la habita­ ción, no responder a sus comentarios y limitarse a, llegado el mo­ mento, actuar como si lo hubiera aceptado: les recogemos en el instituto y les llevamos a la terapia el día indicado o abrimos la puerta al profesor particular y le indicamos que ya ha llegado. Sólo en casos extremos podemos tener que presionar con quitar privilegios si desobedecen.

Por suerte, los chicos y chicas con TDAH son como el mi­ croondas, se calientan rápido pero se les pasa pronto, y la mayo­ ría de ellos son más bien dóciles y sumisos y aceptan bien la ayu­ da que se les ofrece. Es más, la adherencia a los tratamientos psicológicos y psicopedagógicos es mejor en el caso de los chicos y chicas con TDAH que en otros adolescentes y jóvenes con pro­ blemas. Al ser más inmaduros y dependientes emocionalmente, suelen apoyarse en un terapeuta con más facilidad (incluso aque­ llos que se muestran muy rebeldes, oposicionistas y desafiantes en casa), escuchándoles como no lo hacen con sus padres y per­ mitiendo que desempeñen con ellos un rol de vigilantes, guías y consejeros.

Castigos para casa

Antes de abordar el espinoso tema de «los castigos para casa» conviene que hagamos algunas reflexiones sobre el significado de los castigos y su adecuada utilización.

Intentamos utilizar el castigo, en casa y en el colegio, como una medida de control de la conducta negativa del niño, aunque, a veces sin quererlo, acabamos castigando también conductas po­ sitivas. Y es que lo que se entiende por castigo en psicología no es lo mismo que lo que entendemos a pie de calle. Si tuviéramos que definir qué es un castigo, muchos elegiríamos una acción negati­ va para describirlo, y los primeros ejemplos que se nos vendrían a la cabeza serían «las broncas» o el tan denostado «cachete». Pues bien, sin entrar en valoraciones sobre si es adecuado o no dar un cachete a un niño, este ejemplo nos viene al dedillo para hacer

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una reflexión importante: en psicología un cachete podría ser un castigo pero también podría ser un premio. ¿Por qué? Porque el castigo se define en psicología como «cualquier medida que to­ memos que, seguida de una conducta, contribuya a que dicha conducta NO se repita en el futuro», mientras que el premio se­ ría lo contrario, es decir, «cualquier medida que, seguida de una conducta, contribuya a que esa conducta SÍ se repita en el futu­ ro». Así que lo que determina si algo es un castigo o un premio no es la acción en si misma (el cachete), sino el efecto que tiene sobre el niño y su capacidad para reducir la posibilidad de que su comportamiento no se repita (castigo) o de que aumente en el fu­ turo (premio). Por tanto, si después de un cachete el niño empe­ zara a portarse peor, el efecto que el cachete tendría sobre el niño sería el de un premio (porque aumenta el mal comportamiento) y no el de un castigo (porque no reduce la probabilidad de que se porte mal). Sin embargo, si algo sabemos de cachetes es que sue­ len tener la facultad de pararle los pies al niño en décimas de se­ gundo. Eso es cierto, pero cuando hablamos de comprobar qué efecto tienen en el futuro no nos referimos a los segundos siguien­ tes, sino a los días, semanas o meses posteriores. Suele suceder que los padres que más recurren al cachete son aquellos que no parecen tener ningún control sobre la conducta del niño, pues éste sigue portándose mal a pesar de que las bofetadas se vuelvan cada vez más intensas y frecuentes. En ese caso, los cachetes no es­ tán teniendo el efecto de castigo y pueden estar incitando al niño a portarse todavía peor. ¿Cuándo puede suceder eso? Por ejemplo, cuando al niño se le da un cachete para que cambie una conducta que él no puede controlar. Imagine qué sucedería si le pegasen para que hablara en arameo o si se pretendiera detener a bofetadas los espasmos de un niño en plena crisis epiléptica. Además, la bo­ fetada también podría tener efecto de premio en el caso de un niño al que se le castiga por una mala conducta (que en este caso sí podría controlar) pero que recibe al mismo tiempo algún bene­ ficio que le compensa. Este sería el caso, por ejemplo, de un niño celoso que recibe el cachete pero también mucha atención de su padre (una atención que no consigue atraer tan fácilmente con

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conductas más positivas y por la que, celoso, compite con sus her­ manos). Otro ejemplo podría ser el de un adolescente que sigue faltándole al respeto en público una y otra vez a su profesor, a pe­ sar de las constantes amonestaciones y castigos, porque le com­ pensa el breve momento de gloria y la admiración que cree reci­ bir de sus compañeros. En estos casos tendría que incrementarse muchísimo el castigo para que dejase de compensar de esta forma positiva y tuviera un efecto sobre la conducta que se quiere extin­ guir, y eso no nos llevaría por buen camino.

Así que, aunque los castigos sean necesarios, debemos basar nuestra educación en reforzar la conducta positiva de nuestro hijo, en valorar el esfuerzo y recompensar con atención los com­ portamientos que queremos que se fomenten (especialmente en el caso de los niños con TDAH que cometen errores con tanta fre­ cuencia). Y cuando optemos por utilizar castigos, debemos tener presente que:

•   Los castigos deben ser la excepción (debemos educar fomentando actitudes positivas contrarias a las que desea­ mos eliminar). Si nuestro hijo sólo parece funcionar con castigos, es una señal de que algo estamos haciendo mal y una alerta de que, si no cambiamos nuestra forma de edu­ car, está garantizado un empeoramiento de su comporta­ miento a corto plazo y el aumento del estrés y la ansiedad de toda la familia (incluido, por supuesto, de nuestro hijo).

•   Deben aplicarse sobre conductas que el niño puede

controlar porque ya las haya entrenado y consolidado.

No tendría sentido castigar a un niño de infantil por no sa­ ber hacer raíces cuadradas, ni a un hiperactivo que todavía no ha conseguido el hábito de recoger sus juguetes por te­ ner el cuarto desorganizado.

•   Deben ser la consecuencia lógica de su conducta (si lo rompes, lo arreglas; si agredes, deberás pasar un rato aisla­ do, y si empujas en la fila tendrás que ponerte el último o aprender a esperar sentado en el rincón de pensar).

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•   Deben ser decididos y aplicados de la forma lo más

aséptica posible, es decir, de forma independiente de nuestras emociones. Un castigo no debe ser el fruto de

nuestra desesperación, la liberación de nuestro estrés, la des­ carga de nuestra impotencia o la demostración de nuestro poder. Si se infringe así, pierde su eficacia (aumenta la pro­ babilidad de que el niño tome posturas como «te fastidias porque no me ha dolido», «vale, tú me castigas pero no pienso abrir un libro») y tiene efectos negativos (provoca ira contra quien lo infringe, aumenta la rebeldía, la depresión, la ansiedad y la baja autoestima). El castigo debe ser una asociación de una conducta con algo que ayudará al niño a recordar en el futuro que no debe actuar de ese modo, algo que debe ser independiente de las emociones del sancionador. Debe sonar a algo acordado, algo escrito, del tipo: «si haces A, sabes que tendrás B», y no porque yo quiera o me guste, sino porque «está escrito». Eso hace compatible que podamos solidari­ zarnos con nuestro hijo al tiempo que le imponemos un cas­ tigo: «Pablo, no sabes cómo siento que no hayas terminado los de- beres todavía. Sabes que si no lo haces no puedes ver el programa X, ¡con lo que me gusta verlo contigo! ¡Bueno!, ¡qué le vamos a ha- cer! El próximo día te contaré lo que ha pasado».

•   Nunca deben ser agresivos ni incluir desprecios ni hu­

millaciones, ni tan siquiera cuando sepamos que es una forma

inmediata de detener la conducta negativa. La agresión y la humillación son señales de que castigamos no para educar sino para reprimir, descargar nuestra ira o recuperar nuestro senti­ miento de poder o control. Debemos ser sinceros con nosotros mismos: si nos damos cuenta o nos dicen que aplicamos este tipo de castigos con demasiada frecuencia, debemos pedir ayu­ da, porque es muy posible que estemos reproduciendo auto­ máticamente modelos vividos en nuestra infancia, que este­ mos en una situación emocional muy delicada o que, por temor a pasarnos, caigamos en amenazas sin límite con el ab­ surdo pensamiento de que si le damos una nueva oportunidad, quizá el niño se reconduzca él solo.

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•   Deben tener un trasfondo educativo. Por ejemplo, «Como empujas en la fila, eso demuestra que debes entrenarte en saber esperar. A partir a de ahora, cada vez que empujes tendrás que colocarte el último para tener la posibilidad de entrenarte». •   Deben ser aplicados o perdonados por la persona con

la que el niño tuvo la falta. Así, por ejemplo, mamá no

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