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5.7 Recommendations for Network and System Management

5.7.1 Addition of Select NSM Data Objects

inmediatamente asociado a esto. Es la capacidad de agradecimiento frente a la actitud de protesta, tan frecuente en nuestras vidas.

Hay quien va por la vida –y por el camino–, exigiendo, creyendo que el mundo le debe todo. De verdad, hay quien es incapaz de entender el concepto de gratuidad o de

acogida. He hablado con hospitaleros desencantados por todo lo que han tenido que vivir: Gente que llega a un albergue exigiendo de malos modos una cama y que no acepta dormir en el suelo o que el agua pueda estar fría. Gente que parece tener en los labios la palabra despectiva, el reproche o la protesta. He visto a algún peregrino avasallando a una muchacha que venía a abrir un albergue, porque la chica llegaba un cuarto de hora tarde. Hay gente que parece pensar que está haciéndole un favor al mundo por estar peregrinando, incapaces de percibir la parte de gratuidad y hospitalidad de muchos pueblos, habitantes y ayuntamientos. Gente que, con la excusa de que el camino también deja dinero en los lugares por donde pasa, vive con la lógica del cliente que ha de ser atendido con mimo. Gente que si, por casualidad, en lugar de en un albergue, tiene que dormir en un pabellón pone el grito en el cielo. Y podríamos seguir...

En la vida hay que ser agradecidos. Aprender a valorar las cosas que uno tiene o que le dan. Aprender a vivir un poco menos desde la exigencia de quien se cree con derecho a todo y un poco más desde la satisfacción tranquila de quien valora lo que encuentra. Sin exigir a los otros una perfección que luego no nos exigimos a nosotros mismos. Es evidente que fallarán mil cosas, pero es que la experiencia de peregrinar es una experiencia humana. Una cosa es ser crítico –y hay cosas que fallan, evidentemente, y que pueden mejorar siempre, y la capacidad para verlo y decirlo es muy necesaria–, pero otra muy distinta es ser criticón.

La gratitud te ayuda a vivir mucho más desde la alegría que desde la amargura,

desde la valoración de lo que hay y no desde la nostalgia por lo que falta, desde la humildad y no desde la soberbia. Dicen que «es de bien nacido el ser agradecido». Me atrevería a decir que no únicamente es de bien nacido, sino que además es de «bien

vivido». Es decir, que una vida agradecida es mucho más gozosa que el mal humor constante de quien no hace más que protestar.

Es hoy un día para dar las gracias por todo lo que has ido encontrando en el camino. Por todas las personas que te han hecho alguna jornada un poco más amable. Por quienes se preocupan de que estés bien. Por quienes encuentras. Por quienes te esperan. Por tener un techo, comida, ropa, medicinas. Es hoy un día para la gratitud por las gentes y las cosas del camino...

...y por las gentes y las cosas importantes de tu vida diaria.

¡Exulta!

Si tienes mil razones para vivir, si has dejado de sentirte solo, si te despiertas con ganas de cantar, si todo te habla

–desde las piedras del camino a las estrellas del cielo,

desde las luciérnagas que se arrastran a los peces, señores del mar–,

si oyes los vientos y escuchas el silencio, ¡exulta!

El amor camina contigo, es tu compañero,

es tu hermano...

22. CAMBIOS

(Convertirse)

«Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien le haya defraudado le restituyo cuatro veces más.” Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,8-9).

T

RAS unos días, o puede que incluso semanas caminando, uno no es el mismo que

empezó el camino. Hay cambios físicos. Probablemente estás hoy un poco más curtido y en forma que al salir. Es también posible que hayas perdido algo de peso (aunque esto no se sigue siempre). Si el sol ha acompañado, tendrás un saludable bronceado peregrino (es decir, que parecerás un estampado, con la piel oscurecida en la cara, el cuello, los brazos y las piernas hasta donde empieza la marca de los calcetines).

Al ir haciendo un camino interior, uno puede también percibir pequeñas transformaciones. Al tener tiempo para reflexionar sobre muchos de los aspectos que

entresacábamos en días anteriores (uno mismo, personas, valores...), eso de alguna manera te remueve, te saca de los terrenos conocidos y te hace cuestionarte las presencias y seguridades de tu vida. Te lleva, desde cierta distancia, a replantearte las cosas. Te lleva a hacerte preguntas (y quizá te muestra algunas respuestas): «¿Qué estoy haciendo con mi vida?». «¿Cómo vivo tal o cual relación?». «¿En qué tengo que cambiar?». «Esto no puede ser...». Y es que todo camino nos va haciendo adentrarnos en terrenos y paisajes nuevos (también en la propia vida). Nada habría peor que quedarse atascado en un punto de la historia, sin evolucionar ni crecer, pensando que ya está todo hecho y que lo que a uno le queda es limitarse a «estar».

Uno cambia al adentrarse en terrenos nuevos, al tener experiencias distintas o al encontrarse con otros (o con el Otro). Es en el contraste, en la novedad, en la apertura

a lo distinto, donde más se remueve y se recoloca el suelo sobre el que construimos nuestra vida.

– Hoy es un día en el que la reflexión puede ir en una doble dirección.

– Puedes pensar en los cambios que ya ha habido en tu vida. Mirando hacia atrás, allá donde te lleva la memoria (hace unos meses, o unos años, o incluso décadas) y recordando quién y cómo eras entonces...

– ¿Qué ha cambiado en mi vida? ¿En qué soy distinto hoy? ¿Esos cambios han sido para mejor o para peor? ¿A qué se deben? ¿En qué han cambiado mis relaciones, mi forma de pensar, de ser, de reaccionar? ¿Qué heridas han dejado cicatrices? ¿Qué nombres han entrado en mi vida? ¿Cuáles han salido?

La segunda línea de reflexión te puede llevar a mirar adelante.

– ¿En qué siento que estoy cambiando, que puedo cambiar, que quiero cambiar o que tengo que cambiar? ¿Qué facetas de mi vida necesito trabajar más? ¿Y qué puedo hacer para ello?

Conversión (fragmento)

Sigue curvado sobre mí, Señor remodelándome,

aunque yo me resista.

¡Qué atrevido, pensar que tengo yo mi llave! ¡Si no sé ni de mí mismo!

Si nadie como Tú puede decirme lo que llevo en mi dentro.

Ni nadie hacer que vuelva de mis caminos, que no son como los tuyos.

Sigue curvado sobre mí tallándome

aunque, a veces, de dolor te grite.

Soy pura debilidad, –Tu bien lo sabes–, tanta, que, a ratos,

hasta me duelen tus caricias.

Lábrame los ojos y las manos, la mente y la memoria,

y el corazón, que es mi sagrado,

al que no Te dejo entrar cuando me llamas. Entra, Señor, sin llamar, sin mi permiso. Tú tienes otra llave, además de la mía, que en mi día primero Tú me diste y que empleo, pueril, para cerrarme.

Que sienta sobre mí tu «conversión» y se encienda la mía

del fuego de la Tuya, que arde siempre, allá en mi dentro.

Y empiece a ser hermano, a ser humano,

a ser persona.

23. RECONCILIACIÓN

«Me levantaré, iré a mi Padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”» (Lc 15,18).

Una experiencia profundamente humana es la de saldar cuentas con el pasado, con la vida, con la historia y con las personas. Hay quien piensa que ese «saldar cuentas»

ha de entenderse como vengar las ofensas, decir una última palabra que te deje por encima... En definitiva, vencer en las situaciones difíciles. Pero cabe la posibilidad de reconciliarse con aquello y aquellos que a uno le han podido herir.

La distancia –y el camino ciertamente aporta distancia– supone un cambio de perspectiva a la hora de mirar a la propia historia, sus gentes y lo vivido. Puede haber muchas experiencias que son conflictivas en la vida, episodios aún no cerrados. Amistades truncadas, conflictos laborales, relaciones familiares complicadas, palabras que aún están por decir... Si hay algo de eso en la vida, entonces queda un punto de tensión, de dureza, quizás hasta de odio. Y eso es lastre en el propio vivir. Es una carga muy pesada que hace que uno camine más sobrecargado por los recuerdos, el dolor, la historia o la amargura.

Una de las experiencias más saludables, cuando uno toma distancia de los propios problemas, es la capacidad para reconciliarse con ellos. Reconciliar es la capacidad de tender puentes de nuevo. De aceptar que hay una última palabra que no tiene por qué ser de odio o de rechazo. Derribar los muros de silencio o, al menos, abrir en ellos puertas o ventanas. Uno puede llegar a reconciliarse con Dios, con su pasado, con su historia y con sus gentes.

Esto no siempre implica recuperar situaciones previas. A veces, tras un conflicto, las cosas ya no pueden ser como antes. Una relación puede haberse truncado. A veces, una situación laboral dura dejará heridas muy difíciles de curar. Es más, uno puede no tener intención ni interés alguno en restablecer una relación en la que ya no cree. Sin embargo, siempre hay espacio para la reconciliación. Para perdonar y ser perdonado (que a veces también es uno el que lo necesita). Para permitir que la memoria atesore los recuerdos hermosos y deje disiparse los más hirientes. Para sellar la paz con la propia vida.

– Durante días se han podido remover en este camino muchas dimensiones de la propia vida. Habrán aparecido nombres, capítulos aún no cerrados, asignaturas pendientes... en lo que uno espera de uno mismo, de los otros, de Dios. Y en lo que intuyes que se espera de ti. Por eso es hoy un día para la reconciliación. Incluso, siendo más precisos, para el perdón.

– Para pedir perdón por todo aquello que en la propia vida necesita un poco de luz, un poco de cambio, un poco de reparación. Pedirle perdón a Dios, a uno mismo, y si acaso –al menos en silencio– a los otros, aquellos a quienes mi vida pueda haber herido.

– Y para ofrecerlo (aunque nadie me lo pida). Para tratar de cortar el lastre de los rencores, amarguras, ofensas y memorias hirientes. Es un día para pensar en personas con quienes la relación está atascada, y de alguna manera, dejarlos marchar.

– Es un día para sellar las paces, para seguir caminando un poco más liberado de la carga del rencor o de la culpa, del remordimiento o del reproche. Reconciliados, y libres...

Tú me salvas

No te cansas de mí, aunque a ratos ni yo mismo me soporto. No te rindes, aunque tanto

me alejo, te ignoro, me pierdo. No desistes,

que yo soy necio, pero tú eres tenaz.

No te desentiendes de mí, porque tu amor

puede más que los motivos

Tenme paciencia, tú que no desesperas, que al creer en mí me abres los ojos

y las alas...

24. METAS PERSONALES

«La sabiduría es radiante y no se marchita, la ven sin dificultad los que la aman, y los que van buscándola la encuentran» (Sab 6,12).