El objetivo de esta parte del estudio es caracterizar a Quito en el siglo XIX. Esto nos va a permitir entender los cambios que se produjeron en el con- texto de la primera modernidad, tanto en la composición social de la población (aparición de nuevos sectores sociales, transformación de los antiguos), como en los sistemas de representación y en la organización de los espacios.
Lo que define a Quito en el siglo XIX es tanto su condición de “ciu- dad de mercado” (en el sentido weberiano), como su carácter estamental. He elegido hablar de la ciudad señorial, aunque se trata de una noción ambigua que, por una parte, nos remite, de manera acertada, a la idea de una sociedad basada en un orden jerárquico, pero por otro, puede dar lugar a equívocos, como el pensar que se trataba de “una sociedad de una sola clase” (Thompson 2000: 34) y no el resultado de un juego de intereses entre distintos grupos sociales, tanto hegemónicos como contrahegemóni- cos. La idea de ciudad señorial va a ser empleada aquí en términos relacio- nales, como campo de fuerzas, antes que como el dominio de una fuerza sobre el resto. Sería igualmente equivocado mirar a Quito como un espa- cio enteramente subordinado al agro y al juego de relaciones agrarias. Como trataré de mostrar a lo largo del capítulo, al interior de la ciudad se desarrollaron formas específicas de configuración social resultantes de la concentración de población y de actividades, así como del desarrollo del mercado y del capital comercial.
Al hablar de ciudad señorial no podemos olvidar que aun cuando Weber (1964: 938 y ss.) ensaya una tipología de ciudades, se cuida de decir que lo que realmente han existido son formas mixtas. Los modelos son úti- les para entender las ciudades (más aún si estos han permitido darles un tipo de racionalidad explicativa), pero no podemos perder de vista que éstas son, sobre todo, resultado de procesos históricos concretos: económi-
cos, sociales y culturales (Capel 2002: 57). La ventaja que puede tener un tipo de investigación que, sin renunciar a la elaboración de conceptos, se oriente a partir de una indagación histórica (o etnográfica) sobre las elabo- raciones ensayísticas basadas en modelos abstractos o en lo que Bourdieu (2000) llama la “recopilación escolástica de teorías canónicas”, radica en la posibilidad de entender los fenómenos sociales en su especificidad, avanzar en concepción y poder hacer comparaciones. En el caso de los Andes y América Latina esto es fundamental, ya que nos obliga a pensar a partir de nuestros propios recursos, sin adscribirnos a modelos fijos, pero al mismo tiempo sin renunciar por eso a referentes teóricos generales.
En el desarrollo del capítulo intentaré mostrar que Quito, a la vez que respondía a una situación colonial, era el resultado de nuevas dinámicas, propuestas y proyectos sociales, que formaban parte del proceso de consti- tución de la sociedad nacional, durante la República, así como de la con- fluencia de diversos intereses de clase, vertientes y sentidos culturales, dimensiones de vida, provenientes tanto de lo blanco y mestizo como del mundo indígena y de una tradición como de un proceso de innovaciones en la línea de la idea del progreso y la modernización periférica. Como parte del capítulo haré referencia a la vida cotidiana en el siglo XIX, no sin antes advertir que muchas veces esta temática se confunde con una suerte de receptáculo de información curiosa: no siempre se asume el valor que puede tener el retorno a lo cotidiano al momento de entender el funcio- namiento de una época. Las formas cómo se modifican los comporta- mientos, cómo se utilizan los espacios, se esgrimen puntos de vista o se cla- sifica a los otros a partir del sentido común, pueden proporcionarnos algu- nas claves acerca del funcionamiento de una sociedad específica.
En la parte final, me detendré en el examen de las formas cómo los hombres y las mujeres se ubicaban con respecto a lo que, de manera eufe- mística (ya que no corresponde a ese tiempo), podríamos calificar como “lo público y lo privado”.
Cabe aclarar que para efectos de este texto, el siglo XIX no termina en 1900 sino algún tiempo más tarde. Ciertos autores señalan a 1895 (año de la Revolución Liberal) como el hito a partir del cual se da inicio de la modernidad en Ecuador. Quizás eso tenga su razón de ser en el campo de la historia política, pero en lo que se refiere a las mentalidades, los cambios pueden ser mucho más lentos. Es por eso que prefiero hablar del “largo
siglo XIX”, ya que los límites son difusos en algunos aspectos. En la época garciana, a la que ya se ha hecho referencia en el primer capítulo, se puso énfasis en la idea del progreso; pero al mismo tiempo, se reforzaron las for- mas de control moral sobre las poblaciones y los individuos. A su vez, el liberalismo reemplazó las formas de control religioso por el control cívico.
Calle Maldonado, Quito, hacia 1900.
U
nder
Una pequeña ciudad de los Andes
Los viajeros de los siglos XVIII y XIX que llegaban a la meseta desde los valles cercanos o se aproximaban por los caminos hacia las entradas norte (San Blas) o sur (Santo Domingo), podían percibir los cambios en el ambiente al acercarse a Quito: no sólo aumentaban los sembríos y pastiza- les así como las edificaciones, que se hacían cada vez menos dispersas, sino que había un mayor trajín de personas y animales de carga1.
En el pasado, se podían sentir variaciones en el microclima, el paisaje, el tipo de cultivos. Esas diferencias difícilmente pueden apreciarse hoy en día desde un vehículo, cuando los cambios se suceden de manera rápida y cuando la mayoría de los sembríos, bosques nativos, quebradas con su vegetación y fauna características han desaparecido. Igualmente notorias eran las diferencias en los “usos y costumbres” de los diversos pueblos cer- canos a la ciudad. Los pintores costumbristas no retrataron al indio gené- rico sino al indio de Nayón, de Zámbiza, al yumbo del Noroccidente, así
Quito en el siglo XIX
1 “El camino hacia Quito, ciudad que está a casi cinco leguas de Tambillo, atraviesa ricos pastizales y fértiles campos; desde el camino se pueden ver fincas y huertos elegantes, así como chozas de indígenas. Los indios que llevan cargas o que guían a las mulas nos indican que estamos por llegar a la gran ciudad. Nos sorprende ver a muchas indias lle- vando no solo una carga a las espaldas sino también a su bebé atado a dicha carga, al tiempo que van trotando y tejiendo algodón. También se ven a otras indígenas y cho- las cabalgando en sus animales de la misma forma como lo hacen los hombres” (Has- saurek [1865] 1997: 114).
como sus diversas ocupaciones: barbero, barrendero, cajonero, aguatero, carguero, vendedor de hierba o de leña. Se trataba de pinturas costumbris- tas descriptivas, orientadas al registro de los tipos humanos, “resultado de la búsqueda romántica del ser nacional a través de la representación de la propia diversidad y de los usos y las costumbres” (Muratorio 1994: 157). Hoy han desaparecido la mayor parte de esos localismos.
Ni siquiera la meseta de Quito (actualmente urbanizada por comple- to) constituye un espacio uniforme. El clima difiere radicalmente en sus dos extremos: el Sur (Turubamba y Chillogallo) es frío y húmedo, mien- tras que el Norte (Pomasqui) es caliente y seco. El área construida, lo que constituía la antigua ciudad, estaba ubicada en una hondonada estrecha, de temperatura y pluviosidad medias, con relación a la meseta. Para muchos, era una ciudad ubicada entre montañas, más arriba de las nubes.
Entonces pensé que esto era Quito, la ciudad que ha tenido tan ocupada mi imaginación (...) La ciudad montañosa, la ciudad que está más arriba de las nubes (Terry [1834] 1994: 122)
Algunos viajeros describían una pequeña urbe rodeada por elevaciones, que daba la impresión de un espacio amurallado: el Pichincha y las lomas del Itchimbía, el Panecillo, San Juan Evangelista. Desde todos esos lugares se podía contemplar la ciudad, con su área central prácticamente llana y sus barrios periféricos ubicados en pendiente y de modo poco concentrado, “asemejando un bellísimo anfiteatro” (Cicala [1771] 1994: 153). A las montañas se sumaban las quebradas. Todo esto generaba cierta sensación de encierro: de monasterio o de fortaleza. En la descripción que hace el padre Cicala se evidencian Santa Prisca, hacia el norte, y la Recoleta de Santo Domingo hacia el sur, como límites urbanos, más allá de esos espa- cios asistimos a la presencia de los llamados “barrios”2. La descripción de
Quito que nos dejó Cicala es interesante ya que diferencia la ciudad pro- piamente dicha, “simétricamente levantada y distribuida”, con las calles “anchas y rectas, bien empedradas” de los “barrios”:
2 La idea de la ciudad como espacio concentrado en oposición a “los caseríos más o menos dispersos” se puede encontrar en Weber. Sin embargo, para este autor, el tama- ño no es suficiente para caracterizar a un asentamiento como ciudad ya que muchos asentamientos grandes se asemejan a aldeas (Weber 1964: 938 y ss.).
La periferia y alrededor del centro de la ciudad, es un conjunto de muchí- simos barrios (...) todos barrios muy extensos. Además, alrededor de dichos barrios, o entre barrio y barrio hay otros suburbios más peque- ños... (Cicala [1771] 1994:155).
En una descripción mucho más reciente, de 1912, se decía que Quito se hallaba situada en una meseta bastante accidentada que formaba el callejón interandino, en la falda oriental del Pichincha, dominada al sur por el Cerro del Panecillo, al este por las lomas de Puengasí e Itchimbía, y limi- tada al norte por la meseta de Iñaquito y al sur por la planicie de Turu- bamba (Jijón Bello 1902: 37). En esos mismos años, el viajero Enock la ubica dentro de una jerarquía de ciudades: “se la puede comparar con una ciudad europea de tercera clase”. Enock destaca el carácter compacto y ordenado de la ciudad, su trazado en damero: “a pesar de lo resquebrajado del suelo”. Las elevaciones y las quebradas marcan los límites de la ciudad (Enock [1914] 1994: 293).
Los mismos límites del siglo XVIII, a los que hace referencia Cicala, parecen mantenerse durante el siglo siguiente. No obstante, existía una confusión permanente entre los cronistas y, más tarde, entre los publicistas que elaboraban las guías de la ciudad, al momento de determinar lo que conformaba realmente la urbe, lo cual influía poderosamente en el recuen- to demográfico. La distinción hecha por Cicala entre la ciudad propia- mente dicha y los “barrios” estaba vinculada, posiblemente, con el tipo de población que habitaba esos “barrios”, población plebeya con un doble ros- tro: el del mestizaje y el del mundo indígena, pero también con el carácter relativamente disperso de esas poblaciones y con las ocupaciones “no urba- nas” de sus habitantes. Hasta inicios del siglo XIX, San Sebastián y San Roque eran percibidos aún como barrios semirurales en los que se daba una producción obrajera (Büschges 1995). Para los viajeros en particular, existía una relación directa entre ciudad y civilidad: las zonas de la perife- ria no eran percibidas como urbanas.
Resultaba difícil, en realidad, establecer los límites urbanos de Quito. “No existe ordenanza ni decreto que marque los límites de la ciudad”, se quejaba en 1906 el Director General de Estadística quien intentaba levan- tar un censo de Quito. No se contaba -de acuerdo con el mismo Director- con un mapa moderno de Quito que expresase las modificaciones que se
habían producido desde el plano levantado con fines catastrales por Gual- berto Pérez, en 1888. Tampoco había una demarcación clara de las parro- quias ni una enumeración de calles y casas. Lo único que procedía era esta- blecer esos límites a partir de los lugares donde comenzaban y donde ter- minaban las calles; las que iban de oriente a occidente y las que iban de sur a norte. Eso dejaba fuera de la ciudad a los asentamientos dispersos de los alrededores y a los que se ubicaban junto a los caminos o formaban con- glomerados con sus propias calles y plazuelas.
Quito, en un sentido aún más amplio, no sólo abarcaba el espacio urbanizado y sus alrededores urbano-rurales sino las zonas agrarias aleda- ñas y las parroquias con las que mantenía vínculos permanentes. Circun- dando a la ciudad se encontraban parroquias, pueblos y caseríos. Los ejidos hacían las veces de frontera entre la ciudad y el campo que constituían, al mismo tiempo, una suerte de “espacios públicos en disputa”3. Existía una
relación estrecha entre la vida social rural y urbana, una prolongación del tipo de “economía subterránea” a la que hace referencia Martín Minchon (1985), quien advierte sobre la existencia de sistemas complementarios y combinados para asegurar el abastecimiento de la ciudad. Por un lado, el comercio oficial por otro, una economía subterránea resultante de los vín- culos de Quito con la economía rural y semirural circundantes.
Esto no significa que a Quito se le pueda aplicar la idea de continuum urbano-rural autosubsistente. Durante la Colonia, conformó un sistema económico más amplio, como parte del Virreinato de Lima y, más tarde, del de Nueva Granada; y pese a que el intercambio a larga distancia dismi- nuyó, no dejó de tener vínculos con otras regiones, durante los primeros años de la República. En la ciudad confluían varios caminos, desde los que se dirigían hacia las zonas remotas del litoral hasta los que comunicaban con pueblos y parroquias ubicados en su ámbito, pasando por las trochas que, remontando las cordilleras, conducían a las tierras de los yumbos4.
3 El Ejido norte se extendía desde Santa Prisca (que era el límite de la ciudad) hasta Iña- quito, y se requerían cuatro horas, aproximadamente, para cruzarlo (su extensión era, en ese entonces, de dos leguas). En la época del padre Cicala, El Ejido era aún más extenso y llegaba hasta Cotocollao. Cicala dice que al entrar a Quito hizo una parada en la mitad de El Ejido y señala “el sitio llamado Chaupicruz” (actual zona del aero- puerto) (Cicala [1771] 1994: 137). De hecho, la extensión de El Ejido se iría redu- ciendo a lo largo de la República.
Todo eso había hecho de Quito un espacio muy rico de intercambios eco- nómicos sociales y culturales5.
Quito, en el siglo XIX, estaba aprovisionada no sólo de los productos provenientes de la meseta sino de los originarios de los valles y de las estri- baciones de montaña (Mindo, Pacto, Gualea, Nanegal) e incluso de zonas selváticas como las de Quijos. Otros productos eran traídos del litoral por la vía Guaranda-Bodegas. Algunos caminos comunicaban a la ciudad con las cabeceras de las parroquias rurales; en esas vías desembocaban, a su vez, caminos de menor importancia e innumerables senderos (chaquiñanes) que provenían de anejos y aldeas o pasaban por las haciendas6. Los indios
de la Magdalena -ahí estaban hasta hace no mucho las comunas de Chili- bulo- Marcopamba -La Raya y la de Tarma, y una serie de comunidades de hacienda que con el tiempo se fueron incorporando a la trama urbana- lle- vaban diariamente sus productos a Quito a través de dos caminos, el uno llamado “camino viejo” y que se dirigía por la abertura existente entre el Panecillo y el Pichincha, y el otro, llamado “Carrera de Ambato” que cos- teaba las faldas del Panecillo7. Otros pueblos de indios cercanos a la ciudad
eran los de Cotocollao hacia el noroccidente y los de Guápulo, Nayón y 4 Habían algunas rutas que comunicaban con el espacio exterior y que permitían evadir las grandes elevaciones: la de Aloag y Lloa hacia el sur y la de Calacalí, Chaupicruz y Nono hacia el norte. Existía, además, un camino de mulas que partiendo de Pifo y pasando por Papallacta se dirigía a la región amazónica.
5 El grado de movilidad de los habitantes de los pueblos y caseríos cercanos variaba, no sólo en función de la distancia que les separaba de Quito y de los medios de transpor- te de que disponían, sino del tipo de vínculos que mantenían con la ciudad. 6 “Los alrededores y la región de Quito, llamado de las cinco leguas, están llenos de pue-
blos, casi todos de indios, siendo estos muy numerosos. Todas aquellas poblaciones acu- den a la ciudad de Quito con sus frutos y productos en grano, hortalizas, gallinas, pia- ras de chanchos, rebaños de ovinos y bovinos, toda clase de fruta, de manera que la Plaza del Mercado es una de las mejores provistas. Nada le falta, se vende todo y en gran abundancia ya que los campos y tierras de todos los alrededores son fértiles en gran manera y en gran abundancia de agua” (Cicala [1771] 1994: 200).
7 La “carrera de Ambato” era, en realidad, una avanzada de la ciudad hacia el campo y se había llenado de casas, pulperías y chicherías. Separada de la Magdalena por el llama- do Río Grande estaba la parroquia de Chillogallo. Su territorio se extendía hasta las quebradas de Santo Domingo y colindaba con Uyumbicho y Amaguaña. Los habitan- tes de Chillogallo tenían tradición como arrieros. Hoy, tanto Chillogallo como la Mag- dalena, se encuentran completamente incorporados a la trama urbana de Quito.
Zámbiza al nororiente. También los indios del valle de los Chillos y los de Cumbayá y Tumbaco acudían a la ciudad con sus productos y “variados trajes”, estos últimos por la vía de Guápulo (André [1876] 1960: 387).
En 1928, cuando las distancias comenzaban a medirse a partir de la velocidad de los automotores, Quito se encontraba a una hora de Cotoco- llao y a dos horas de Tumbaco. La primera de esas poblaciones fue incor- porada a la urbe hace quince años, mientras que la segunda estaba en pro- ceso de serlo. De hecho, existía para esa fecha, un camino carretero hacia el norte que unía a Quito con Cotocollao, Pomasqui y San Antonio, pero los cinco kilómetros de camino de herradura que separaban a Calacalí de San Antonio, y que debían ser cubiertos a pie o a caballo, hacían que para ir de Quito a Calacalí se requirieran, por lo menos, de cuatro horas. De Quito a Pifo había una distancia de 27 kilómetros que se cubría en un tiempo de 3 horas, pero de ahí al Quinche o a Papallacta la gente se veía obligada a trasladarse, igualmente, por caminos no carrozables. Si para comunicarse con Píntag se necesitaban, en 1928, de cinco a seis horas, hoy se precisan tan sólo unos 45 minutos8. Otro ejemplo sería el de Mindo,
población ubicada actualmente a una hora de Quito, mientras que para ese entonces se requerían de, por lo menos, doce horas de camino (Vizcaíno 1928: 284). Lo interesante es cómo todo esto influía en la reproducción de un tipo de culturas que, sin ser ajenas a distintas formas de relación con la ciudad y otros espacios como los de las plantaciones de la Costa, tenían un sentido localista.
Las haciendas y la pequeña producción campesina permitían garanti- zar el abastecimiento de la ciudad en épocas normales, aunque de hecho, durante el siglo XIX, se presentaron momentos difíciles provocados por las guerras civiles, las crisis económicas y las pestes. Debido al predominio de una economía de hacienda, al peso que aún tenían formas de intercambio no monetario, así como por las dificultades de transporte, la mayor parte de los productos agrícolas que se consumía en la ciudad provenía de la región, pero existía una dinámica comercial interregional y nacional, tanto