El corazón de todos los hombres sin excepción busca a Dios. Puede que algunos no tengan conciencia de ello, pero todos tienen conciencia de su deseo de felicidad. Felicidad que algunos por ignorancia, perversidad o debilidad confunden con los oropeles y futilidades de la tierra. La necesidad de Dios es tan normal para el alma como la de alimento y bebida lo es para el cuerpo. Si fue normal que el hijo pródigo tuviera hambre, ya no es normal que la sacie con bellotas. Tener necesidad de Dios es normal, satisfacerla con falsos dioses ya no lo es.
Por otra parte, no es solamente el alma quien busca a Dios, sino que Dios busca también a las almas, invitando a todos los hombres a su banquete de amor. Pero, siendo el amor libre, su invitación es rechazada, porque, empleando el mismo lenguaje del Evangelio, unos acaban de casarse, otros han comprado un campo o quieren probar su yunta de bueyes.
Esta doble búsqueda del Creador por la criatura y de la criatura por el Creador se manifiesta en la quinta palabra de Cristo en la Cruz y en la quinta palabra de Nuestra Señora, pronunciada cuando Jesús no pasaba aún de los doce años.
En cierta ocasión había dicho Jesús: «Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba» (Jn 7, 37). Pero al encontrarse en la Cruz, Aquel que con las puntas de sus dedos hacía girar planetas y mundos, Aquel que había henchido los valles con el murmullo de fuentes sinnúmero, clama a gritos, no a Dios, sino al hombre: «¡Tengo sed!» (Jn 19, 2S). El dolor físico de permanecer durante horas clavado en una cruz —sin comer ni beber, bajo el implacable sol del Oriente—, la alteración producida por la pérdida de sangre tienen su expresión, no en palabras impacientes y ariscas, sino en la amable petición de algo con que saciar su sed.
En el curso de toda su crucifixión nada hace parecer a Jesús tan humano como esta palabra. Y, sin embargo, esta sed no pudo ser solamente
física, pues el Evangelio nos dice que pronunció esta palabra para que se cumplieran las Escrituras. Por consiguiente, esta sed era espiritual tanto como física. Dios iba tras las almas y esperaba que uno de esos pequeños servicios de la vida ordinaria —dar de beber en su nombre—, podría poner al alcance de la gracia a quien se encargase de realizarlo. El Pastor, en el mismo instante en que daba su vida por el rebaño, buscaba aún a su oveja.
María, en pie a la sombra de aquella dura Cruz, que servía de lecho de muerte a su Hijo, oyó su palabra y comprendió que su petición sobrepasaba el límite de pedir alivio para sus sufrimientos. Recordaba bien el salmo al que aquel versículo pertenecía. Y recordó el tiempo en que también Ella tuvo sed: cuando su Hijo acababa de cumplir la edad legal de doce años. La fiesta de los Ácimos, instituida para conmemorar el Éxodo, había hecho emprender el peregrinaje a José y a María. Después de pasar siete días en Jerusalén, los peregrinos, al caer la tarde, se pusieron en camino. Los hombres salían por una de las puertas de la ciudad, las mujeres por la otra, para reunirse por la noche al hacer la primera parada del regreso. José y María partieron, pues, pensando cada uno que el Niño viajaría con el otro y no se dieron cuenta hasta la noche que no estaba con ninguno de ellos.
Su corazón no hubiera experimentado mayor angustia si hubieran oído resonar repentinamente las trompetas del Juicio final. Durante tres días recorrieron colinas y caravanas y, al tercero, lo encontraron. No sabemos lo que hizo Jesús durante esos tres días. No podemos hacer más que suposiciones. Quizá fue a Getsemaní, donde, veintiún años más tarde, su sangre debía enrojecer las raíces de los olivos. Quizá se quedó en el Calvario, donde vivió anticipadamente esta hora terrible. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que al tercer día lo encontraron en el Templo discutiendo con los doctores de la ley. María le dijo entonces: «¡Hijo mío!, ¿por qué nos has tratado de esta forma? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote» (Lc 2, 48). En un país en que era costumbre que las mujeres hablaran poco y donde el jefe era siempre el hombre, no fue José quien habló, sino María, pues Ella era la madre y José el padre nutricio.
Cuando Abraham se acercó a Dios «cayó un sopor sobre él, y fue presa de un gran terror y le envolvió una densa niebla» (Gen. 15, 12), y cuando el Señor se le apareció «cayó Abraham rostro en tierra» (Gen. 17, 3). Cuando Jacob vio al Señor, lleno de miedo dijo: «¡Qué terrible es este lugar!» (Gen. 28, 17). Y cuando Moisés estuvo en presencia de Dios «se ocultó el rostro» (Ex. 3, 6). Y, sin embargo, he aquí que una mujer se dirige
al Dueño de la vida, por el que todas las cosas fueron hechas, y sin El nada se hizo, y le llama «Hijo mío». Le llama así con pleno derecho, no por privilegio. Esta sola palabra basta para demostrar que existían entre ellos unos vínculos y una gran intimidad; sin duda, así es como María solía llamarle en Nazaret.
He aquí, pues, una criatura en busca de Dios. Así como la sed de Cristo Nuestro Señor en la Cruz nos mostraba al Creador buscando al hombre, las palabras de María ponen de relieve la verdad complementaria, es decir, que la criatura busca también a Dios.
¿Por qué, pues, no se encuentran, siendo así que mutuamente se buscan? Dios no encuentra al hombre porque éste es libre y puede, como Adán, ocultarse a la presencia de Dios. Como cuando un chiquillo ha hecho algo prohibido se esconde para que su madre no le encuentre, así también, cuando el hombre comete un pecado, se aparta de Dios. Y entonces nos parece que «Dios está lejos de nosotros», cuando, en realidad, los que estamos alejados de El somos nosotros. El pecado es el responsable de la distancia. Dios respeta la libertad del hombre, Dios llama, Dios no obliga. «Tengo sed»; ése es el lenguaje de la libertad.
Dios está más cerca de lo que pensamos, como dijo San Pablo a los atenienses. Con un disfraz cualquiera pueda ser que se nos presente, bajo las apariencias, pongamos, por ejemplo, de un jardinero, como le ocurrió a María Magdalena, o las de un caminante, en la forma en que se encontró con los discípulos de Emaús. ¡Qué mal rato hubieran pasado los posaderos de Belén, si hubieran sabido que habían negado hospitalidad a la Madre de Dios! Si se la encontraran ahora, la cubrirían de reproches: «¿por qué no dijiste que eras la madre de Jesús?» Si alguno de los que asistieron a la Crucifixión vio después a Cristo resucitado y glorioso durante los cuarenta días antes de su Ascensión, cómo le reprendería su corazón y se diría: ¡Que no haya sabido que eras Tú quien pedías que te diesen de beber!
¿A qué se debe el que, en lo concerniente a la religión, deseemos pruebas y signos tan poderosos que subyuguen nuestra razón y nos priven de la libertad? ¡Dios no da nunca una tal prueba! Las quejas por parte del hombre continuarán hasta el día del Juicio final. Y entonces dirá Cristo: «He tenido sed y no me habéis dado de beber» (Mt 25, 42).
De la quinta palabra de Jesús y de María nace la idea de que todo apostolado se fundamenta en estar convencido de que en cada uno de nosotros existe un ansia que nos lleva a buscar a Dios. ¿Y los sectarios? ¿Tienen ansias de Dios y de su Iglesia? Sin duda que piensan más en la
Iglesia que muchos de los que forman parte de ella. No nos mostremos demasiado severos con ellos.
En realidad, no odian a la Iglesia. Solamente odian lo que ellos erróneamente toman por Iglesia. Si yo hubiera oído acerca de la Iglesia las mismas mentiras que ellos, si me hubieran enseñado los mismos errores históricos, dado mi carácter y mi temperamento, odiaría a la Iglesia diez veces más que ellos. Tienen, al menos, celo y ardor mal dirigidos, por cierto, pero pueden transformarse, por medio de la gracia de Dios, en amor como ahora lo tienen de odio.
Bajo la misma luz debemos mirar a San Pablo antes de su conversión y a esas almas que llevan sobre sus espaldas prejuicios antirreligiosos y lecturas anticatólicas. Cuando el apóstol amenazaba y perseguía a la Iglesia, cuando asistía a la lapidación del más brillante de sus primeros miembros, Esteban, numerosos creyentes abatidos oraban sin cesar: «¡Oh Dios, enviad a quien pueda refutar a Pablo!» Y Dios oyó sus plegarias. Envió a Pablo para responder a Pablo. Un sectario se convirtió en el mejor de los apóstoles.
Hace algunos años, entre mis oyentes radiofónicos, se encontraba una joven que tenía la costumbre de sentarse frente a su aparato para burlarse de cada una de mis palabras. Hoy goza de la plenitud de la fe y de los sacramentos. En otra ciudad un hombre había tomado la costumbre de grabar en discos dichas emisiones y los llevaba a un convento de monjas para que los oyeran, pues no tenían radio. Pero estropeaba este acto de bondad acompañando al disco con abundantes comentarios irónicos. Hace poco ha hecho construir una nueva escuela para las monjitas de esa ciudad. Todos buscamos a Dios y, si el alma brinda a Dios una oportunidad, Dios la aprovecha y gana.
Dios tiene sed de quienes han perdido la fe. La posición del católico disidente es extraordinariamente singular. La importancia de su caída debe ser medida con relación a la altura de que ha caído. Reacciona contra la Iglesia con la discusión o el odio. En ambos casos da testimonio de la divinidad de la Iglesia. Su odio consiste en una simple tentación de desprecio. Puesto que su conciencia, que ha sido formada por el Espíritu Santo en la Iglesia, no le deja vivir en paz, él tampoco quiere dejarla en paz.
Pero el principio general permanece en pie: estad seguros de que busca a Dios, de otra forma no pensaría tanto en El. Por eso os aconsejo que jamás de los jamases discutáis con un católico disidente. Puede que os
diga, por ejemplo, que ha dejado la Iglesia porque no podía creer en la confesión. No le creáis. La ha abandonado porque su orgullo no le permitía confesar sus pecados. Desea discutir para apaciguar su conciencia; pero lo que en verdad necesita es una absolución que la sane. Como la Samaritana del pozo de Jacob, que había tenido cinco maridos, desea confinar la religión a los dominios de la especulación, cuando lo que necesita es penetrar en los dominios de la moral, tal como Cristo hizo con aquella mujer. Lo que le molesta no es el Credo, sino los mandamientos. Habiendo conocido lo mejor, se siente ahora desgraciado por estar privado de ello.
No pensemos que le ayudamos cuando le decimos que ha emprendido una ruta equivocada. Bien lo sabe él. Más aún, él conoce el verdadero camino. Podemos ayudarle mejor saliéndole al encuentro, como hizo el padre del hijo pródigo, para facilitarle el retorno, pues el deseo de todo hijo pródigo es volver al hogar paterno.
También los pecadores buscan a Dios. Hablo aquí del pecador que tienen conciencia de su pecado. No hay ninguna necesidad de hacerle ver en qué forma se halla hundido en el mal; él lo sabe cien veces mejor que vosotros. En su sueño, su conciencia ha levantado contra él su dedo acusador. En su espíritu sus pecados están grabados a fuego por el miedo; sus neurosis, sus ansiedades y su desgracia proclaman su muerte interior.
Esta conciencia de pecado no es aún la conversión; puede un alma llegar hasta este punto, como llegó Judas, sin experimentar otra cosa que remordimientos egoístas. Puede uno enfurecerse consigo mismo por haber sido un necio; puede uno estar avergonzado de sus equivocaciones o triste por haber sido descubierto, pero no hay verdadero arrepentimiento sin retorno a Dios. La conciencia de pecado crea el vacío, vacío que sólo puede llenarse con la gracia de Dios.
Me diréis: «Soy un pecador. Nadie querrá escucharme». Si Dios hubiera de negarse a escuchar al pecador, ¿con qué razón alabaría al publicano que, desde un rincón del Templo, se golpeaba el pecho diciendo: «Dios, ten piedad de mí, que soy pecador» (Lc 18, 13). En el Calvario había dos ladrones, uno a cada lado de Nuestro Señor. Uno fue salvado porque pidió serlo. ¿No ha dicho nuestro divino Salvador: «Venid a Mí todos los que estáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré»? (Mt 11, 28).
¿Y quién más que un pecador se encorva abrumado por el peso? Contrariamente a las otras religiones, el punto de partida del cristianismo es el pecador. En cierto sentido se puede afirmar que el cristianismo parte del estado desesperado del hombre. Para ingresar en la mayoría de las
otras religiones es preciso ser virtuoso; pero uno se hace cristiano partiendo del supuesto de que no se es virtuoso.
Si vuestra voluntad no se opone, Dios os encontrará. Evitad, por lo tanto, esos actos mezquinos y egoístas que os podrían endurecer y paralizar en el momento precioso en que el abandono a la voluntad de Dios puede devolveros la paz. De lo contrario os ocurrirá lo que al zapatero de Dickens. Durante los años que estuvo prisionero en la Bastilla, no había hecho otra cosa que remendar zapatos. De tal forma se apegó a las murallas, a la oscuridad y a la monotonía de su trabajo, que luego, una vez libre, se construyó en su vivienda de Inglaterra un calabozo interior; y mientras en el exterior el cielo estaba sereno y los cantos alegres de los pájaros resonaban en el ambiente, se podían oír en la oscuridad los golpes de martillo del zapatero. Así los hombres, a fuerza de vivir en medio de un ambiente atosigante, se vuelven, por su propia culpa, incapaces para desarrollar su vida entre los vastos horizontes de la fe y de la religión.
No paralizad vuestra vida espiritual renegando constantemente. No diréis: «Shakespeare no sabe escribir», porque hayáis asistido al asesinato del monólogo de Hamlet a cargo de un mal actor; no neguéis la belleza de la música al oír por radio los gritos desaforados de una voz desgañitada; porque vuestro médico esté resfriado no vais a perder la fe en la medicina.
¡Dadle a Dios una oportunidad! La prolongación de su encarnación en la vida de la Iglesia no es una exigencia, sino un ofrecimiento; no un contrato, sino un regalo. Nunca podremos merecerlo; pero podemos, sin embargo, recibirlo. Dios va a la busca de vuestra alma. Conocer y gustar la paz sólo depende de vuestra voluntad. «Quien quisiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si mi doctrina es de Dios o si es mía» (Jn 7, 17).
Sexta palabra
LA HORA
La filosofía actualmente más difundida es la de la expresión del yo, cuyos postulados son: «dejaos llevar» y «haced lo que os venga en gana». Todo intento de poner freno a los instintos desordenados es considerado como supervivencia de un masoquismo trasnochado. En verdad, los únicos que expresan realmente su yo se encuentran en los manicomios. Para ellos no hay ni prohibición, ni convención, ni código. Se conducen con plena anarquía.
La vida, tomada en este sentido, se arruina a sí misma. Sin embargo, existe otra expresión del yo: el perfeccionamiento de la personalidad. Pero esto es imposible sin sacrificio. Todo lo indisciplinado forzosamente es inacabado. Para comprender esta lección, volvamos nuestra mirada al Calvario.
Cuando Cristo pronunció su quinta palabra en la Cruz: «Tengo sed» (Jn 19, 28), un soldado que se encontraba allí cerca —siempre se cita en la Escritura a los soldados con simpatía— empapó en vinagre una esponja y, atándola al extremo de una caña, la acercó a los labios de Nuestro Señor, que gustó el vinagre. El Evangelio añade: «Cuando hubo probado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado» (Jn 19, 30).
Tres veces se emplea en los textos sagrados esta palabra. En el principio del mundo, al fin y en el intervalo. En la historia de la creación leemos que los cielos y la tierra fueron «acabados». Al fin del mundo se oirá una voz que desde el Templo dirá: «Todo está acabado» También ahora estas palabras son pronunciadas desde lo alto de la cruz. Su significado no es: «¡Gracias a Dios se acabó!», sino: «Se ha alcanzado la perfección, se ha pagado la deuda y cumplido la obra que había venido a realizar».
Cuando María, en pie junto a la cruz, vio al soldado ofrecer vinagre a Jesús y que Este pronunciaba: «Todo está acabado», pensó en el comienzo de todo aquello. También había vino, pero no bastante. Fue en las bodas de
Caná. Al empezar a faltar el vino, no fue el maestresala el primero que lo advirtió, sino nuestra santa Madre. María se da cuenta y pone remedio a las necesidades de los hombres, antes incluso que aquellos que deben pro- veer a ellas.
María le dijo a Jesús simplemente: «No tienen vino» (Jn 2, 3). Eso fue todo. Y su Hijo le respondió: «Mujer». Jesús no la llama Madre. «Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? No es aún llegada mi hora» (Jn 2, 4). ¿Por qué «Mujer»? Él le decía con ello: «María, tú eres mi Madre. Me pides que empiece mi vida pública, que me declare Mesías, Hijo de Dios, haciendo mi primer milagro. En el momento en que empiece a hacer eso, dejarás de ser solamente mi Madre. Si Yo me revelo como Redentor, tú eres en cierto sentido co-redentora, Madre de todos los hombres. Por eso me dirijo a ti con este título de maternidad universal: Mujer, porque tú eres ahora verdaderamente mujer».
Pero ¿qué quería darnos a entender cuando dijo: «Mi hora no es aún llegada»? Nuestro Señor empleó a menudo este término «hora» para expresar su pasión y muerte. Cuando sus enemigos buscaban prenderle en el Templo, el Evangelista dice: «Nadie le ponía las manos, porque no había llegado su hora» (Jn 7, 30). En la última Cena había rogado: «Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique» (Jn 17, 1). Después, cuando entró en escena Judas, en el Huerto de los Olivos, dijo Nuestro Señor: «Esta es vuestra hora» (Lc 12, 53). La hora significa la Cruz.
Su primer milagro fue el comienzo de la hora. Su sexta palabra en la Cruz fue el fin. La Pasión estaba acabada. Había cambiado el agua en vino y el vino en sangre. Todo estaba cumplido y la obra acabada.
De estas palabras se deduce que entre el principio y el fin de las tareas que nos son confiadas hay una «hora», un momento de mortificación, sacrificio y muerte. Nunca se acaba una vida sin esta «hora». Entre el Caná, en que nos lanzamos a la vocación de nuestra vida,