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Germán Rey plantea en su texto: “Dos décadas del periodismo en Co- lombia (8 –00)” que ciertamente el país enfrenta una realidad con- vulsionada en lo social y lo político y en ese escenario los medios de comunicación se fueron adaptando de la mejor manera posible. La re- flexión de Rey busca comprometerse alrededor de la historia reciente: los últimos 0 años. Vale la pena puntualizar que para el proyecto de investigación-creación no es oportuno implicarse con períodos como la Colonia, la Independencia, la Guerra de los Mil Días y la llamada Violencia. Períodos que presentan comportamientos afines al tema de la libertad informativa y de prensa, períodos con ciertas similitudes en esta materia, pero significan obligatoriamente la comprensión de las circunstancias so- cio-históricas que determinaron los comportamientos en esos períodos de los diferentes actores sociales, lo que haría sumamente dispendioso y complejo el trabajo.

Así, estos veinte años posibilitan observar cómo los medios de comunica- ción colombianos fueron vitales en el nuevo proceso de globalización eco- nómica y cultural. Las exigencias de la economía hicieron que fuera determi- nante la inclusión del medio de comunicación en ella, no como aparato para la circulación de ideas y la difusión libre de información, sino para actuar como empresa productiva regulada por las leyes del mercado. Así que la in- formación pasó a ser un producto. Las piezas informativas como la noticia, la crónica, el reportaje, en todos los medios se presentan, adicionales a la importancia informativa, como productos en vitrina, como espectáculo, para captar audiencias, para captar patrocinadores, para captar publicidad. Adicional al fenómeno de mercantilización de la información y la actividad periodística, estas dos últimas décadas han permitido demostrar la incer- tidumbre en la relación del periodismo y su función en la vía de la libertad



informativa y la política. El periodismo colombiano, lo señala Rey, siempre ha sido un periodismo político. “Pero las relaciones con el poder no siempre

han sido semejantes ni uniformes”, y precisa: “Las afiliaciones partidistas de los medios colombianos, que se habían mantenido durante décadas alrededor de los liberales y los conservadores, empezaron a transformarse. A finales de los 80 y sobre todo en los 90, lo partidario se va diluyendo…”. En ese sentido, las

relaciones entre lo político, entendido en este caso como lo partidario, y los medios de comunicación, son relaciones conflictivas, caracterizadas por divorcios y reconciliaciones. La perspectiva de lo político, como se ha planteado arriba, un vehículo de cohesión social, para los medios de co- municación entra en jaque. Aunque se insiste en el derecho y la libertad informativa, lo cierto es que la praxis está condicionada, no por vínculos partidistas, sino por la fuerza de la economía. Entonces, ¿cómo informar amplia y libremente, cuando se está inmerso en una relación de carácter económico?

De esta manera, y como otro pliegue en esta situación problémica, entra a tomar parte la sociedad. Porque libertad informativa no se puede asociar al libre ejercicio de las casas informativas. hoy, lo que llama poderosamente la atención es la participación del ciudadano en esta relación. Cada vez el ciudadano del común se interesa más por la información y esto lo expresa a través de las exigencias de calidad, de responsabilidad y clamando por un vínculo real y transparente del periodismo con las demandas sociales. Rey lo expresa así: “Entre la regulación y la autorregulación, va emergiendo la inter-

vención de la comunidad, a través de debates públicos, foros, observatorios de medios, ligas de televidentes o veedurías de la comunicación”. Igualmente, por

el papel que juega en torno a la libertad, la sociedad también interviene con exigencias en torno a los ofertantes de programas de educación. La universidad, por ejemplo replantea sus propuestas de formación en tor- no al periodismo, abre caminos hacia la especialización y genera vínculos con procesos de capacitación comunitaria para refinar las formas propias que las comunidades construyen para pensar y hacer posible la libertad informativa. “La formación de periodistas es, finalmente, un gran tema de estos

años”. Pero esta situación no basta. El ciudadano en su trasegar social e

no es potestad de casas informativas ni de preparación adecuada de los periodistas: es un derecho y deber que él como ciudadano debe ejercer.

7.3 Cine Colombiano: identidad e induStria

Retomamos la pregunta: ¿Es posible pensar el desarrollo industrial del cine,

ligado con el patrimonio cultural, con la identidad? La primera impresión que

genera la pregunta es que parece un sinsentido, pues al pensar el cine, “normalmente”, siempre se hace desde la estética, el discurso, el arte, pero cuando se aborda desde su condición de industria debe leerse de acuerdo con las reglas del mercado. Es decir, lograr una producción máxima y de calidad con mínimo de esfuerzo y riesgo. Consumo máximo y óptimo. Precio. Tendencias del consumo. Mínimo riesgo tecnológico con máximo rendimiento. En fin, diversos aspectos que comprometen el hecho cinematográfico en una perspectiva netamente comercial y mer- cantil. Mercados que sólo tienen “identidad” desde el crecimiento y no desde el desarrollo. En ese sentido, es claro que el cine es una industria cultural y, por lo tanto, no es ajena a estos asuntos.

No obstante estos aspectos, valdría la pena hacerse varias preguntas para encuadrar la realidad del cine colombiano: ¿por qué la industria cinema- tográfica de nuestro país no surge con suficiencia? ¿Es el cine una realidad comercial que no alcanzan a comprender administradores, analistas finan- cieros, contadores y economistas? ¿Acaso la realización de películas y sus “vericuetos” artísticos y económicos, sólo son posibles de comprender por directores y productores de cine? Para empezar, el segundo y ter- cer interrogantes se despejan planteando que el cine es como “cualquier negocio”. De hecho hollywood, como concepto económico-cultural, ha logrado demostrar en la historia del cine mundial, que mediante el sistema de Estudios se estandarizan los procesos y procedimientos para la realiza- ción de una película, su distribución y exhibición. Con la industria del cine en USA, y su larga historia, está demostrado cómo el problema central del cine no es la creación, sino la distribución. El mantenimiento del mercado en términos de oferta y demanda regula, modela la realización de películas en cuanto a temáticas, conflictos, escenarios, personajes, narrativas.

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Lo anterior sugiere considerar que cultura, como lo planteó Edward B. Taylor, es un complejo relacionado con el saber, las creencias, la moral, el arte, el derecho, las costumbres y todos aquellos hábitos y capacidades adquiridas por el ser humano, donde son evidentes el pensamiento y la acción de éste, para comprender que el impacto del cine estadouniden- se en las diversas regiones del planeta y especialmente en Colombia se da porque, de acuerdo con Taylor, este cine, aunque nada tiene que ver con “nosotros”, en términos de creencias, moral, costumbres, entre otros, desde la perspectiva de identidad o mejor identidades, sí “nos” toca, “nos” involucra, ya que compartimos los colombianos, ciertos sentidos y sig- nificados que expresa el cine de Hollywood. Por ejemplo, en Colombia, es bien recibido el ideal de justicia que el cine de hollywood propone. Es decir, si el sistema de normas jurídicas, democráticamente establecido no funciona, se legitima, moral y éticamente, la justicia por propia mano. De igual manera, se legitima el imaginario estadounidense de luchar por lo en- cumbrado, lo exigente, para reinventar los héroes al estilo estadounidense, en contravención a la idea de que no hay tal heroísmo en el cumplir a cabalidad lo que hay que hacer en la cotidianidad. Así, se podrían expo- ner varios asuntos que finalmente van revelando una manera de sentir y orientar el mundo, es decir una ideología.

Entonces, en las diversas identidades que conforman la idea del ser co- lombiano, es donde el cine de hollywood penetra. No importa nuestra diversidad, el proyecto es que somos un “nosotros” desde la ideología. Paul Ricoer lo plantea y lo hace evidente para todos: la función de la ideo- logía es la de servir como vínculo y testimonio de la memoria colectiva, de manera tal que todo lo que vemos y oímos en las películas puede ser considerado como legítimo para todos. Lo que hacen las películas esta- dounidenses es codificar la vida para todos; en código que se hace común a todos los continentes.

Con lo arriba expuesto, ahora se puede entrar a despejar el primer inte- rrogante, aunque la solución sea algo contradictoria. No basta con una in- tención de negocio cuando se piensa en financiar o auspiciar una película,

y por “arte de magia” se obtienen rendimientos económicos. El cine es un arte, especialmente inmerso en la cultura, y es vehículo de expresión de identidades. Es decir, la industria cinematográfica colombiana, en tanto que industria cultural, se puede desarrollar, por supuesto, pero desde un pro- yecto cultural y económico identitario común. Lo demás sólo será pro- ducción de películas colombianas atadas a coyunturas gubernamentales.