V. Conducive Working environment
3.2. Analysis of the findings of the study
(Finales de 1757 o comienzos de 1758)
[En el cuarto libro del Emilio encontramos pasajes enteros de sus Cartas
morales, que seguramente su destinatario:, Sofía d'Houdedot, nunca tuvo
entre sus manos, pero que sí deben reflejar sus conversaciones. El 31 de oc- tubre de 1757 Rousseau le dijo esto a su interlocutora: «Me ocupo de la mo-
84 El propio Rousseau las llamó así en su carta del 15 de enero de 1758 a Sofía
d'Houdedot (cf. CC 609, V, p. 21). En diciembre de 1757, mientras realiza una copia de su La nueva Eloísa que ha prometido a la condesa, Rousseau le dice a ésta: «De vez en cuando, para divertirme, sueño en nuestros principios morales y a veces traslado algunas palabras al papel» (cf. CC 587, IV, p. 384).
Las cartas 2, 3 y 4 fueron publicadas por primera vez en Oeuvres et correspondance inédites
de J. -J. Rousseau (ed. Streckeisen-Moultou), París, 1861, pp. 135-161, bajo el título de Cartas sobre la virtud y la felicidad. Las otras tres fueron publicadas por Eugéne Ritter,
bajo el título de Cartas inéditas de J. -J. Rousseau a la señora d'Houdedot, en Verhand-
lungen der neunundreissigsten Versammlung deuetcher Phiblogen un Schulmannerin Zurich,
Leipzig, 1888, pp. 320-335.
Henri Gouhier acabó editando todas ellas, bajo el rótulo de Cartas morales, en el tomo IV de las Oeuvres completes, publicadas por Gallimard en 1969. Esta paginación es la que se recoge aquí como referencia original.
lejos de la felicidad como antes de obtener nada. No hallamos una regla in- variable, ni en la razón que carece de apoyo, de asidero y de consistencia, ni en las pasiones que se suceden y se destruyen mutuamente sin descanso. Víctimas de la ciega inconstancia de nuestros corazones, el goce de los bienes deseados tan sólo nos procura privaciones y penas, todo cuanto tenemos no sirve sino para mostrar lo que nos falta y, sin saber cómo hay que vivir, to- dos morimos sin haber vivido89. Si hay algún medio posible para librarse de
esta espantosa duda es hacerla sobrepasar por algún tiempo sus límites na- turales, desconfiar de todas sus inclinaciones, estudiarse a uno mismo, llevar al fondo de su alma la llama de la verdad, examinar una vez todo lo que uno piensa, todo lo que uno cree, todo lo que uno siente y lo que debe pen- sar, sentir y creer para ser feliz mientras lo permita la condición humana. He aquí, mi encantadora amiga, el examen que os propongo para hoy.
¿Mas qué vamos a hacer, oh Sofía, sino lo que hemos hecho ya mil ve- ces? Todos los libros nos hablan del bien supremo, todos los filósofos nos lo muestran, cada uno enseña a los otros el arte de ser feliz, pero ninguno lo ha encontrado para él mismo. En este inmenso laberinto de los razonamientos humanos aprendéis a hablar de la felicidad sin conocerla, aprendéis a dis- currir y no a vivir, os perdéis en las sutilezas metafísicas, las perplejidades de la filosofía os asedian desde todas partes, veréis por doquier objeciones y dudas, y a fuerza de instruiros acabaréis por no saber nada. Este método ejercita para hablar de todo, para brillar en <OC IV 1088 > una reunión; forja sabios, hermosas mentes, charlatanes, polemistas, felices a juicio de quienes les escuchan, infelices en cuanto se quedan solos. No, mi querida niña, el estudio que os propongo no proporciona un saber de gala que se pueda exhibir ante los ojos de otro, sino que colma el alma de todo cuanto hace la dicha del hombre; logra el contento de uno mismo y no de los de- más, no lleva palabras a la boca, sino sentimientos al corazón90. Entregan-
89 Sobre este tema, cf. Confesiones, OC, I, 426 y Ensoñaciones, OC, 1, 1024. 90 En lugar de corazón, Rousseau había escrito primero «fondo del alma».
8. Cartas morales II
dose a él se otorga más confianza a la voz de la naturaleza que a la de la razón y, sin hablar de la sabiduría y de la felicidad con tanto énfasis, uno se vuelve sabio por dentro y está satisfecho consigo mismo. Tal es la filosofía sobre la que intento instruiros; en el silencio de vuestro gabinete es donde quiero conversar con vos. Con tal de que sintáis que tengo razón, poco me preocupa el probároslo; no os enseñaré a resolver objeciones, pero intentaré que no hayáis de hacermelas; me fío más de vuestra buena fe que de mis argumentos y sin embrollarme con las reglas escolásticas, sólo llamaré a vuestro corazón para testimoniar todo cuanto he de deciros.
Contemplad este universo, mi amable amiga, mirad este teatro de erro- res y de miserias que nos hace deplorar el triste destino del hombre al con- templarlo. Vivimos en el clima y en el siglo de la filosofía y de la razón. Las luces de todas las ciencias parecen citarse a la vez para alumbrar nuestros ojos y guiarnos en este oscuro laberinto de la vida humana. Los más bellos genios de todas las épocas sumaron sus lecciones para instruirnos, inmensas bibliotecas están abiertas al público, una multitud de colegios y universida- des nos ofrecen desde la infancia la experiencia y la meditación de cuatro mil años91. La inmortalidad, la gloria, la propia riqueza y a menudo los ho-
nores son el premio de los más dignos en el arte de instruir y esclarecer a los hombres. Todo concurre a perfeccionar nuestro entendimiento y a prodigar a cada uno de nosotros todo lo que puede formar y cultivar la razón. ¿Acaso somos mejores o más sabios, sabemos mejor cuál es la ruta y cual será el término de nuestra corta carrera, nos ponemos de acuerdo sobre cuáles son los primeros deberes y los auténticos bienes de la vida humana? ¿Qué he- mos adquirido <OC IV 1089> de todo este vano saber salvo querellas, odios, incertidumbre y dudas? Cada secta es la única que ha encontrado la
91 Al margen Rousseau escribe: «la verdadera relación de las cosas con el hombre no es
conocida por el razonamiento sino por el sentimiento; porque si no sintiera nada, todos los razonamientos del mundo no podrían enseñarle a ordenar nada con respecto a él. Pero tal como es, no tiene necesidad alguna de razonar para juzgar lo que es bueno o malo con res- pecto a él, y el sentimiento por sí solo le enseña mejor que todos los argumentos».
verdad. Cada libro contiene exclusivamente los preceptos de la sabiduría, cada autor es el único que nos enseña lo que está bien. El uno nos demues- tra que no hay cuerpo, el otro que no hay almas, un tercero que el alma no tiene relación alguna con el cuerpo, un cuarto que el hombre es un animal, un quinto que Dios es un espejo. No hay máxima tan absurda como la pro- clamada por un reputado autor; no hay axioma tan evidente que no haya sido combatido por alguno de ellos; todo está bien con tal de que se diga de otra forma que los demás y se encuentren siempre razones para sostener que lo nuevo es preferible a lo verdadero.
Que admiren a su gusto la perfección de las artes, el número y la grandeza de sus descubrimientos, la extensión y la sublimidad del genio humano; ¿les felicitaremos por conocer toda la naturaleza salvo a sí mismos y de haber en- contrado todas las artes excepto la de ser felices? Nosotros lo somos, procla- man con tristeza, cuántos recursos para el bienestar, qué cúmulo de comodi- dades desconocidas por nuestros padres, cómo degustamos placeres que ellos ignoraban. Es cierto, vosotros tenéis la molicie, pero ellos tenían la felicidad, vosotros sois razonadores y ellos eran razonables; vosotros sois refinados, ellos eran humanos; todos vuestros placeres están fuera de vosotros, mientras que los suyos estaban en ellos mismos. Y qué precio tienen esas crueles voluptuo- sidades que unos pocos compran a expensas de la multitud. El lujo de las ciudades conlleva en los campos la miseria, el hambre, la desesperanza, si al- gunos hombres son más felices, el género humano tiene más de qué lamen- tarse. Al multiplicar las comodidades de la vida para algunos ricos se condena a la mayoría a tenerse por miserables. ¿Qué tipo de bárbara felicidad es ésta que no se deja sentir sino a expensas de los otros? Almas sensibles, decidme,
¿qué clase de felicidad es la que se compra con dinero?92
92 A continuación ha borrado lo siguiente: «Nos lo hemos dicho mil veces, Sofía, uno
sólo es feliz merced al sentimiento y todas estas cosas no lo proporcionan en modo alguno. ¿De qué sirve que el razonamiento nos construya mil ingeniosos sistemas de felicidad que el corazón desmiente continuamente? Si el hombre sólo fuera razonable permanecería en una continua inacción».
8. Cartas morales II
Los conocimientos vuelven afables a los hombres, afirman todavía, el si- glo es menos cruel, vertemos menos sangre. ¡Desgraciados!, hacéis derra- mar menos lágrimas, y los desafortunados a los que se ha hecho morir len- tamente durante una vida entera, ¿acaso no hubieran preferido perderla instantáneamente sobre un cadalso? ¿Acaso por ser más afables, sois menos injustos, menos vengativos, se halla menos <OC IV 1 0 9 0 > oprimida la virtud, es menos tiránico el poder, está menos abrumado el pueblo, se ven menos crímenes, son más raros los malhechores, están menos llenas las pri- siones? ¿Qué habéis ganado entonces con la molicie? Habéis suplantado los vicios que revelan valor y fortaleza por los de las almas pequeñas. Vuestra afabilidad es rastrera y pusilánime, atormentáis sordamente y a buen re- caudo a quienes habríais atacado abiertamente. Si sois menos sanguinarios, ello no se debe a la virtud, sino a la debilidad, que en vosotros no es sino un vicio más.
El arte de razonar no tiene que ver con la razón, sino a menudo con su abuso. La razón es la facultad de ordenar todas las facultades de nuestra alma conforme a la naturaleza de las cosas y de sus relaciones para con nosotros. El razonamiento es el arte de comparar las verdades conocidas para componer otras verdades que se ignoraban y que este arte nos hace descubrir. Pero no nos enseña en absoluto a conocer estas verdades primiti- vas que sirven de elemento a las otras y cuando en su lugar ponemos nues- tras opiniones, nuestras pasiones, nuestros prejuicios, lejos de iluminarnos, ese arte nos ciega, no eleva el alma, sino que la enerva y corrompe el juicio que debería perfeccionar.
En la cadena de razonamientos que sirven para formar un sistema, la misma proposición retornará cien veces con diferencias casi imperceptibles que escaparán al espíritu del filósofo. Estas diferencias tan frecuentemente multiplicadas modificarán finalmente la proposición hasta el extremo de cambiarla por completo sin que ello se advierta, dirá de una cosa lo que creerá probar de otra y sus consecuencias serán otros tantos errores. Este inconveniente es inseparable del espíritu de sistema que lleva sólo a los
grandes principios y siempre consiste en generalizar. Los inventores genera- lizan tanto como pueden, este método extiende los descubrimientos, da un aire de genio y de fuerza a quienes lo hacen y, como la naturaleza actúa siempre por leyes generales, al establecer ellos a su vez principios generales creen haber penetrado su secreto. A fuerza de extender y abstraer un pe- queño hecho, se lo convierte así en una regla universal; se cree haberse re- montado hasta los principios, se quiere compilar en un solo objeto más ideas de las que el entendimiento humano puede comparar, y se afirma de una infinidad de seres lo que a menudo se encuentra únicamente en uno solo. Los observadores, menos brillantes y más <OC IV 1091 > fríos, vienen enseguida a añadir excepción tras excepción, hasta que la proposición ge- neral devenga tan particular que no quepa inferir nada de ella y las distin- ciones y la experiencia la reduzcan al hecho aislado del que se la extrajo. Así es como los sistemas se instauran y se destruyen sin desalentar a los nuevos razonadores de erigir sobre sus ruinas otros que no durarán mucho tiempo.
Extraviándose todos por diversas rutas, cada cual cree llegar a la ver- dadera meta sin que nadie advierta la traza de todos los rodeos que ha dado. ¿Qué hará entonces quien busca sinceramente la verdad entre esta muchedumbre de sabios, siendo así que todos ellos pretenden haberla en- contrado y se desmienten mutuamente? ¿Ponderará todos los sistemas? ¿Hojeará todos los libros, escuchará a todos los filósofos, comparará todas las sectas, se atreverá a pronunciarse entre Epicuro y Zenón, entre Aristipo y Diógenes, entre Locke y Shaftesbury? ¿Se atreverá a preferir sus luces a las de Pascal y su razón a la de Descartes? Oid discurrir en Persia a un mulá, en China a un bonzo, en Tartaria a un lama, a un brahma en las Indias, en Inglaterra a un cuáquero, en Holanda a un rabino, os sorpren- derá la fuerza de persuasión que cada uno de ellos sabe imprimir a su absurda doctrina. ¿A cuánta gente tan sensata como vos ha convencido cada uno de ellos? Si apenas os dignáis a escucharlos, si os reís de sus va- nos argumentos, si rehusáis creerlos, no es la razón quien se resiste en vos a sus prejuicios, es el vuestro.
8. Cartas morales II
La vida habría transcurrido diez veces antes que se hubiese discutido a fondo una de estas opiniones. Un burgués de París se burla de las objeciones de Calvino que horrorizan a un doctor de La Sorbona. Cuanto más se pro- fundiza tanto más se duda y, por mucho que se oponga razones a razones, autoridades a autoridades, sufragios a sufragios, cuanto más se avanza más se duda; cuanto más se aprende menos se sabe y uno se asombra de que en vez de aprender lo que se ignoraba se llega incluso a perder la ciencia que se creía tener.
9. Cartas morales III
[Aquí se desmitifica el progreso del espíritu humano. Nuestros cinco sentidos vienen a ser tan engañosos como la propia ciencia. La multiplicación de los descubrimientos, lejos de asegurar el saber, lo relativiza. La propia metafí- sica es engañosa, pues el conocimiento del alma sobrepasa las posibilidades humanas. Rousseau decide familiarizar a su alumna con el relativismo ab- soluto. ]
< OC IV 1092 > No sabemos nada, querida Sofía, no vemos nada; somos
un rebaño de ciegos que se aventuran en este vasto universo. Cada uno de nosotros, al no percibir objeto alguno, se hace de todos una imagen fantásti- ca, que toma enseguida por la regla de lo verdadero, y esta idea no se pare- ce a la de ningún otro; en esa espantosa multitud de filósofos cuya cháchara nos confunde no encontramos tan siquiera dos que se pongan de acuerdo sobre el sistema de este universo que todos ellos pretenden conocer, ni tam- poco sobre la naturaleza de las cosas que todos se ocupan de explicar.
Por desgracia, justamente lo menos conocido es lo que más nos importa: saber acerca del hombre93. No vemos el alma de otro porque ésta se oculta,
ni la nuestra, porque no disponemos de un espejo intelectual. Somos tan ciegos, de nacimiento, que no imaginamos lo que es la vista y, al creer que no adolecemos de facultad alguna, pretendernos medir los confines del mundo mientras que nuestras cortas luces no alcanzan, como nuestras ma- nos, más que a dos pies de nosotros.
Profundizando en esta idea quizá la encontremos tan apropiada de suyo como en sentido figurado. Nuestros sentidos son los instrumentos de todos nuestros conocimientos. De ellos provienen todas nuestras ideas, o al menos todas las ocasiones para ellas. En el entendimiento humano, constreñido y encerrado en su envoltura, no puede por decirlo así penetrar el cuerpo que le comprime y que sólo actúa a través de las sensaciones. Son, si se quiere, como cinco ventanas por las cuales nuestra alma querría exponerse a la luz del día; pero las ventanas son pequeñas, el cristal está empañado, el muro es grueso y la casa está mal iluminada. Nuestros sentidos nos son dados para conservarnos, no para instruirnos, <OC IV 1093 > para advertirnos de lo que nos es útil o adverso y no de lo que es verdadero o falso, su destino no es el de aplicarse a la investigación de la naturaleza y cuando los usamos para ello resultan insuficientes, nos engañan y nunca podemos estar seguros de descubrir la verdad gracias a ellos.
Los errores de un sentido se corrigen por otro, si sólo tuviéramos uno, nos engañaría siempre. Sólo disponemos de reglas falibles para que se co- rrijan mutuamente. Si dos reglas falsas vienen a coincidir, ellas nos enga- ñarán por su propia coincidencia y, si nos falta una tercera, ¿qué medio nos queda para descubrir el error?
La vista y el tacto son los dos sentidos que mejor nos sirven para la in- vestigación de la verdad, porque nos ofrecen los objetos de un modo más íntegro y en un estado de perseverancia más adecuado para la observa-
9. Cartas morales III
ción que el suministrado por esos mismos objetos a los otros tres sentidos. Los dos primeros también parecen repartirse entre ellos todo el espíritu filosófico. La vista, que de una sola ojeada mide el hemisferio entero, re- presenta la vasta capacidad del genio sistemático. El tacto, lento y pro- gresivo, que se asegura sobre un objeto antes de pasar a otro, se asemeja al espíritu de observación. Tanto el uno como el otro poseen asimismo el defecto de las facultades que representan. Cuanto más se fija el ojo en objetos distantes tanto más susceptible es a las ilusiones ópticas, mientras que la mano, apegada siempre a una parte, no sabría abarcar una gran totalidad.
Es cierto que, de todos nuestros sentidos, la vista es aquel del que reci- bimos al mismo tiempo más instrucción y un mayor número de errores, por ella juzgamos casi toda la naturaleza y ella es la que nos sugiere casi todos nuestros falsos juicios. Habéis oído hablar de la operación de un ciego de nacimiento, a quien no le arregló la vista un santo, sino un cirujano94, y que
necesitó mucho tiempo para servirse de ella. Según él todo cuanto veía es- taba en su ojo, al mirar cuerpos desiguales en la lejanía no tenía idea alguna respecto a los tamaños y las distancias, y cuando comenzó a discernir los objetos todavía no podía distinguir un retrato del original; se olvidó consta- tar si veía los objetos invertidos.
Pese a toda la experiencia adquirida, no hay hombre alguno <OC IV 1094 > que no sea susceptible de emitir juicios falsos sobre objetos alejados y hacer falsas mediciones de los que se hallan bajo su vista, pero lo más sor- prendente es que estos errores no se corresponden siempre con las reglas de la perspectiva.
94 Se refiere al médico William Cheselden, quien en 1728 realizó con éxito una operación
de cataratas. Diderot alude a esta experiencia en su Carta sobre los ciegos (1749): «Tenía to- dos los objetos en los ojos; cuando se hubo convencido, a fuerza de mirar cuadros, que no veía en ellos sino superficies, los tocó con la mano y se sorprendió al encontrar un plano sin nada que sobresaliera» (cf. Diderot, Oeuvres philosophiques, Garnier, París, 1990, p. 134),
Pero si la vista nos engaña tan a menudo y sólo el tacto la corrige, el