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«Hola Sebastián, mi nombre es María Paz y quisiera comentarte mi testimonio de terapia:

Hace algún tiempo fui recomendada donde una experimentada terapeuta sistémica para trabajar algunos temas relacionados a mi historia personal y su vínculo con mis comienzos como psicoterapeuta.

Durante la primera sesión la terapeuta comenzó a preguntarme sobre mis vínculos tempranos con madre y padre, ante lo cual le men- cioné que siempre fui menos cercana a mi padre, dado que le gustaban mucho los juegos como apretar los cachetes, tirarme para arriba en el aire, juegos un tanto brutos para mí que era muy sensible y un poco arisca a esa edad. Ante ese relato la terapeuta me comenta si acaso yo habría sido abusada sexualmente por mi padre y por eso no me gustaba que jugara conmigo (esto en una primera sesión, sin ninguna precaución al hacer una pregunta tan compleja y sin ningún vínculo terapéutico conmigo aún).

Luego de la sesión, me pasó no solo que me invadió la rabia ante tan poco tino terapéutico de su parte, sino que obviamente también me invadió la angustia de cuestionarme qué cresta había ella percibido en mi relato que la llevó a pensar en una hipótesis tan delicada y que a cualquiera le remueve el piso.

Creo que si no tuviera la formación que tengo y el conocimiento sobre cómo funciona el espacio terapéutico y sobre mi propia historia, podría incluso haberme generado el temor de pensar que su idea podría

haber sido real y yo no recordar algo tan grave y traumático como un abuso de parte de un familiar directo.

Me gustaría conocer tu apreciación sobre la actitud de la terapeuta y obviamente mía como paciente».

Comentario:

Gracias por tu testimonio, María Paz. A todas luces, se trata de un ejemplo de falta de tacto terapéutico. ¿Y de qué hablamos cuando hablamos de «tacto terapéutico»? Ya en 1928, Ferenczi, psicoanalista húngaro pionero de la psicoterapia relacional contemporánea, se refería al tacto terapéutico como la capacidad del psicoterapeuta para decidir sobre el cómo y el cuándo es oportuna una determinada intervención. En otras palabras, el tacto es indisociable tanto de la empatía, que nos permite «sentir con» la otra persona, como de la elasticidad, que pone la técnica al servicio de las necesidades emocionales del consul- tante. De un lado, entonces, el tacto y la empatía, como expresiones de una técnica elástica y flexible; del otro, el desatino y la desconsideración por el otro, como manifestaciones de una técnica rígida e impersonal.

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«¡¡Pero qué hijo de puta, maricón!!»:

la psicoterapeuta, un alma humana

Hola Sebastián, mi nombre es Paula. La verdad es que siempre he querido compartir mi experiencia en psicoterapia, pero nunca había encontrado la manera de cómo hacerlo.

Llegué hace ya más de un año con mi psicóloga. Mi mamá quería que fuera mujer, porque decía que podría relacionarme mejor y le aga- rraría más confianza desde el principio. Llegué luego del término de una relación que me dejó sumida en una depresión profunda y con casi seis kilos menos. El «diagnóstico» el primer día que fui fue «violencia psicológica» en la relación. El mundo se me cayó, ese día estuve con ella una hora y media, porque el siguiente paciente le había cancelado y yo venía tan mal que no le importó alargar la consulta.

Las sesiones siguieron avanzando en sanarme a mí misma y en darme contención para salir adelante y no volver con mi agresor, que me seguía buscando, pero yo no podía soltarme y no había caso de sacar la rabia. Yo y mi complejo de santa me prohibía insultar o emitir juicio por ese hombre, hasta que un día, mientras entre lágrimas le contaba cómo eran nuestras relaciones sexuales, ella me miró y saliéndose de su papel me dijo: «¡¡Pero qué hijo de puta, maricón…!!». Me fui pa dentro y me movió tantas cosas el ver a mi psicóloga tan humana y no tan correcta, tan cómplice conmigo, mi partner. Eso hizo que pudiera al fin, después de todo, sacarme toda la rabia e incluso llegar a putearlo. A la semana siguiente, ella misma me confesó que en un momento sintió

que yo no volvería a la terapia producto de su «arranque», pero que necesitaba que de alguna manera yo verbalizara esa rabia por todo lo que me había pasado. A partir de ahí, pude avanzar mucho más.

Aún sigo con ella, me tomé un tiempo y después volví, no regresé con mi ex a pesar de que hasta hace poco me seguía buscando. Porque he aprendido a amarme: es difícil enfrentarse a todos los miedos y a todas las carencias desde la infancia, hay un millón de cosas que no veo todavía, pero tener una psicóloga que se sale de la teoría y que se demuestra humana igual que yo, ha sido clave en todo mi proceso de sanación.

Incluso hemos comentado de tu página y le he dicho que me siento identificada en varios comentarios. Mañana voy de nuevo y quizás me quedan muchas sesiones más, pero en definitiva la psicoterapia y cada minuto de cada sesión me han permitido verme a mí misma y aprender a amarme con todos mis defectos, sin confundir aceptación con resignación.

Espero les sirva mi comentario, yo soy de las que le cuesta decir garabatos delante de mi psicóloga, porque creo que me va a juzgar, pero a veces necesitamos impulsos para sacar adelante nuestras emo- ciones. No ser tan formales y sí más humanos, tanto pacientes como psicólogos, es lo que he podido ver desde mi propia experiencia.

Anónimo por fa o cámbiame el nombre si lo publicas. Gracias por el infinito aporte de tu página y tus comentarios, me sirven mucho!! Y arriba la psicoterapia!!

Comentario:

Gracias «Paula», lindo testimonio; no tengo mucho que comentar además de compartir tus palabras. Quizás subrayar lo que tú misma destacas: la importancia de que tu terapeuta se haya mostrado como persona, encarnando ella misma el lado que tú rechazabas en ti misma, acaso para que lo vieras mejor desde afuera y, desde allí, lo pudieras reintegrar.

Como aconsejaba el viejo Jung a los psicoterapeutas: «Conozcan todas las teorías y dominen todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sean apenas otra alma humana».

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Cristóbal descubre la compulsión