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APPENDIX B ICT OMNIBUS QUESTIONNAIRE

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APPENDIX B

APPENDIX B ICT OMNIBUS QUESTIONNAIRE

La gente de hoy como la de ayer es muy sensible a los milagros en línea de la espectacularidad, de lo extraordinario. Pero no quiere vivir lo fundamental. Jesús

se ―quejaba‖ que lo seguían no por escuchar la Palabra sino por llenarse el

estómago, Jn 6, β6: ―En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis

saciado‖. El milagro parte de lo material, pero va más allá de lo material. El

verdadero milagro es la ―conversión‖ del corazón.

Los griegos buscan ―sabiduría‖ y los judíos buscan ―signos‖; pero ni unos, ni otros quieren saber de Cristo y éste crucificado, 1 Cor 1, 22-β4. ―Estar crucificado‖ significa, tener la capacidad de inmolarse por los otros. El amor implica renunciar al yo, para abrirse al tú y crecer conjuntamente. El hombre moderno es ávido de cosas extraordinarias, pero no quiere vivir con responsabilidad las cosas ordinarias, que es la cotidianidad de la vida. Quiere ver a Dios en los cambios atmosféricos, pero no lo quiere ver en el hermano que está a su lado, a quien tiene que amar. Cristo no teorizó sobre amor, mostró el amor, amando. La parábola del

―Buen samaritano‖ Lc 10, βλ-37 es la mejor respuesta al amor. Ese es el prójimo

en respuesta de Jesús al legista judío. Con frecuencia el amor se ha ―normatizado‖, se ha reglado. Esto es una castración al amor. El amor no se da por decreto, el amor se vive. El verdadero milagro está en que el hombre tenga la capacidad de amar. Y amar hasta las últimas consecuencias.

Hoy abundan los predicadores ―milagrosos‖. La gente ante el vacío de fe, acude a cuanto predicador ―milagroso‖ aparezca. La gente es muy sensible a todo lo que no le implica compromiso con el otro. Una religiosidad individualista, ―satisface‖ su deseo ―del más allá‖ con consolaciones tipo placebo del más acá. Quieren ―experimentar‖ a Dios en su interior, pero no lo quieren descubrir en el otro. Como el otro exige compromiso, lo mejor es no comprometerse y quedarse en una religiosidad que ―llene‖ su corazón, pero que ignore a su hermano. Este criterio está lejos del mensaje de Jesús. Muchos ―rezos‖ y ―meneos‖ de cabeza y cuerpo, pero lejos de un compromiso social. Ya los profetas criticaban el culto que no se traducía en la vida. ―Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos

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están llenas de sangre‖ Is 1, 15. Los sacrificios sin misericordia y sin justicia frente a los demás le causan a Yahvé, ―asco‖.

El amor es, entonces, el verdadero milagro. El amor es el ―signo‖ que impacta y hace creíble el mensaje impartido. Los ―milagros‖ espectaculares son pasajeros; causan una emoción pasajera, pero no convierten. En el fondo, la exigencia de milagros en el mundo moderno, es otra manera de exigir una ―demostración‖ de Dios; ya no en el laboratorio, sino en la experiencia de la vida. A veces, ese ―Dios milagroso‖ es un escape a la urgencia de asumir responsabilidades en la vida

social y política. Resulta un Dios ―alienante‖ que no deja que el hombre sea sujeto

de su propio desarrollo. Como anotábamos en otro capítulo de esta misma tesis, ese ―Dios‖ es negado por algunos pensadores ―ateos‖ de los últimos tiempos. El mensaje bíblico en todas sus manifestaciones invita a que el hombre sea

―epifanía‖ de Dios. Ese es el milagro que más impacta al mundo. Una persona en

permanente conversión es aquella que está en permanente actitud de amor.

El beato Charles de Foucauld decía: ―Que con sólo vivir predique el Evangelio‖. Se fue al Africa478. Él cumplió su propósito de anunciar a Jesús con el testimonio de vida. El amor desde Dios, permanece para siempre; rompe todas las barreras que presenta el egoísmo humano. Rompe todos los condicionamientos y acomodaciones. Con el hermano Roger de Taizé, digamos: ―Dios sólo puede

amar‖479. San Pablo, lo iremos comentando más adelante, desde su experiencia

de amor, afirma sin ambages que todo lo que hagamos si no está respaldado por el amor, no vale nada. Para mostrar a Jesús, no se necesitan signos extraordinarios, por voluntad de Él y exigencia del mundo, el único signo que atrae es el AMOR.

El milagro es un ―signo‖ de algo. El hombre por su egoísmo está muy dado a buscar ―signos‖ que lo beneficien desde su esquema individualista de la vida. Jesús recrimina a los fariseos y saduceos, esas ―lecturas‖ que hacen al margen de la trasparencia. ―Disciernen los signos de los tiempos atmosféricos‖ Mt 16, γ. υero no disciernen los tiempos de Dios. Se ha paganizado tanto la trasmisión del mensaje cristiano, que bajo fachada ―evangélica‖, se quiere presentar a un Jesús ―taumaturgo‖ de intereses meramente sensibles, respaldados por intereses pecuniarios. Con frecuencia se ―cosifica‖ a Jesús. Se repite el reclamo que hace

Jesús en el Sermón del υan de Vida: ―En verdad, en verdad os digo: vosotros me

478 Perteneciente a una familia aristocrática francesa, de Strasburgo. Su amor a Jesucristo lo llevó

unirse a los cistercienses y luego se fue al sur de Argelia a mostrar a Dios a los musulmanes, viviendo con los Tuareg. Fue asesinado por unos fanáticos en Tamannset el 1 de diciembre de 1916.

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buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado‖ Jn 6, β6

Capítulo II

EL AMOR ES DIGNO DE FE480

La fe ha sido presentada, con mucha frecuencia, por un conjunto de doctrinas y no cabe duda que la fe, contiene doctrinas. υero las ―doctrinas‖ son consecuencia de una experiencia de vida. Hemos visto cómo Jesús predicó más con la vida que con las palabras. La Escritura primero fue vida-oralidad y luego sí se hizo escritura. Los escritos del Nuevo Testamento aparecen después de unos veinte años de predicación apostólica. El ―misterio‖, primero se vive, luego se plasma en libros. La Iglesia primitiva así lo entendió. El catecumenado, período de instrucción-escucha, no era una escuela de meros conocimientos. Esos ―conocimientos‖ tenían que ser validados en la vida. La ―fe‖ se vivía en comunidad, nunca al margen de ella. Sólo si el catecúmeno daba ―signos‖ podía celebrar el bautismo, no de una manera aislada, sino en la comunidad en la que había sido engendrado. La comunidad era la vivencia de la koinonía-comunión, signo visible del amor.

Este acápite que es el colofón de la tesis, mostrará que el mayor signo, por no decir el único que visualizará la fe es el amor. Me valgo del título de un libro de Hans Urs von Balthasar, para soportar la reflexión teológica. Por otra parte, todo lo que ha antecedido a este capítulo no ha sido otra cosa que fundamentar la significación de Dios en el hombre, en la expresión más humana, que apunta a la esencia del hombre y que hace siempre actual el Evangelio, el AMOR. Toda la Escritura y la Tradición de la Iglesia se sintetizan en el amor. Jesús es la muestra sensible del infinito amor de Dios. Jesús, es entonces, la mayor significación de Dios.

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