Fuera de la gruta del tren y antes de que diera comienzo el viaje, se hallaban las fauces del infierno. Se abrían rojas y gigantescas mostrando sus dientes. Pequeños diablos introducían a gente ensartada en tenedores en estas fauces que se cerraban lenta e inexorablemente. Sin embargo se volvían a abrir, era una boca insaciable, no se cansaba jamás, nunca tenía bastante; como decía Fanny, la institutriz, allí había sitio suficiente para tragar a toda la ciudad de Viena, con sus habitantes. No lo decía en serio, sabía que yo no le creía; lo de las fauces del infierno era válido para mis hermanos pequeños. Los tenía fuertemente cogidos de la mano y por mucho que confiaba en que se corregirían ante esta visión, ni por un instante hubiera pensado en soltarlos.
Muy apretujado contra ella, me sentaba en el vagón para que también tuvieran sitio los pequeños. Había muchas cosas para ver en aquella gruta, aunque sólo una era importante. Antes de llegar a ella contemplaba escenas multicolores, que me llamaban la atención: Blancanieves, Caperucita y el Gato con Botas; sin embargo, todos los cuentos, leídos, eran más hermosos; representados, me dejaban indiferente. Cuando Fanny no tomaba la dirección del Wurstelprater la arrastraba, la tironeaba y la acosaba con mil preguntas hasta que cediendo me decía: «No me molestes más, vamos a la gruta». Entonces dejaba de insistir y me ponía a saltar a su alrededor, luego me adelantaba corriendo para después esperarla lleno de impaciencia para que me mostrara los kreuzers que costaba la entrada, pues ya había ocurrido que al llegar a la gruta hubiera olvidado el dinero en casa.
Pero ahora estábamos sentados dentro, desfilando entre aquellos cuadros, ante los cuales el tren se detenía un rato. Tanto me fastidiaban las inútiles paradas, que hacía chistes tontos sobre los cuentos de hadas, aguándoles la fiesta a mis hermanos. De ahí que cuando llegaba lo principal estuvieran muy agitados: el terremoto de Messina. Sobre el mar azul, la ciudad; sus innumerables casas blancas sobre la falda de un monte, brillaban tranquilas e imperturbables, resplandecientes al sol, el tren se detenía y era como si aquella ciudad junto al mar se pudiera tocar. En aquel momento pegaba un salto; Fanny, contagiada por mi miedo, me sujetaba por detrás. Había una horrible detonación, oscurecía y se oía un resuello y un chirrido espantoso; el suelo se movía, éramos sacudidos y volvía a tronar, relampagueando intensamente: todas las casas de Messina estaban envueltas en llamas.
El tren volvía a ponerse en marcha, dejábamos atrás las ruinas. Lo que veíamos después ni lo miraba. Delirante, abandonaba la gruta pensando que el Wurstelprater estaría completamente destruido, no sólo las barracas sino también los gigantescos castaños que había más allá. Me agarraba a la corteza de un castaño y trataba de serenarme. Lo empujaba y sentía su resistencia. No se movía,
el árbol estaba sólidamente agarrado al suelo, nada había cambiado, yo era feliz. Debió ser entonces cuando deposité mi esperanza en los árboles.
Nuestra casa estaba en la esquina de la calle Josef-Gall, en el número 5. Vivíamos en el segundo piso y a nuestra izquierda, un solar sin edificar, relativamente pequeño, separaba nuestra casa de la Prinzenallee, que pertenecía al Prater. Algunas habitaciones daban a la calle Josef-Gall y otras al oeste, al solar sin edificar y a los árboles del Prater. En la esquina había un balcón ovalado que unía los dos lados. Desde aquí contemplábamos la puesta del sol rojo y grande con el que intimamos y que atraía particularmente a mi hermano George. Tan pronto como se filtraba el color rojo a través del balcón salía corriendo, y una vez que se quedó solo hizo pipí, porque, tal como lo explicó, tenía que apagar el sol.
Desde aquí se divisaba, al otro lado del solar, una pequeña puerta que conducía al estudio del escultor Josef Hegenbarth. Junto a ella había toda suerte de escombros, piedras y maderas del atelier. Siempre rondaba por allí una oscura niñita que nos miraba con curiosidad cuando Fanny nos llevaba al Prater y que hubiera querido jugar con nosotros. Se nos paraba en medio del camino con el dedo en la boca y la cara contraída en una sonrisa. Fanny, pulcra y limpia, no toleraba la suciedad en nosotros; la ahuyentaba: “¡Largo, roñosita!», le decía sin contemplaciones, y no nos dejaba hablar ni mucho menos jugar con ella. Esta frase se convirtió para mis hermanos en el nombre de la niña y en sus conversaciones la «roñosita», que encarnaba todo lo prohibido, ocupaba un lugar importante. A veces la llamaban gritando desde el balcón: “¡Roñosita!». Lo decían con anhelo, pero abajo la niña lloraba. Cuando mi madre se enteró, los reprendió severamente. De todos modos estaba de acuerdo con la exclusión y es muy probable que para ella, tanto el estribillo como sus efectos fueran ya un vínculo demasiado estrecho con la niña.
El barrio residencial sobre el canal del Danubio se llamaba el Schüttel; se bordeaba el canal y se llegaba al puente, el Sophienbrücke, donde estaba la escuela. A Viena llegué con aquel nuevo idioma que había aprendido de manera tan brutal. Mi madre me mandó al tercer grado, con el maestro Herr Tegel. Tenía la cara roja y gruesa, una cara en la que poco podía leerse, como una máscara. Un pequeño americano se unió a la clase el mismo día que yo; nos examinaron juntos pero antes pudimos intercambiar rápidamente unas palabras en inglés. El maestro me preguntó dónde había aprendido alemán y le contesté que con mi madre. ¿Cuánto tiempo había necesitado? Tres meses. Noté que le sorprendió bastante: en vez de haberlo estudiado con un profesor lo estudié con mi madre ¡y sólo en tres meses! Sacudió la cabeza y dijo: «Así no estarás lo suficientemente preparado para nosotros». Me dictó algunas frases, pocas. Pero la verdadera prueba era el ver si distinguía entre laüten (doblar las campanas) y Leute (gente); se pronuncian igual pero se deletrean de manera distinta. Esa era la trampa.
Yo conocía la diferencia y, sin vacilar, escribí ambas correctamente. Tomó el cuaderno en la mano y volvió a sacudir la cabeza. ¡Qué sabía él de las terroríficas clases de Lausana! Como yo había respondido con fluidez a sus preguntas, dijo con la misma inexpresividad: «Probaré contigo».
Cuando se lo conté a mi madre no se sorprendió. Daba por sobreentendido que «su hijo» tenía que hablar alemán no sólo tan bien sino mejor que los niños vieneses. La escuela primaria tenía cinco grados; se enteró de que, sacando buenas
notas, se podía saltear el quinto. «Después del cuarto grado, es decir, dentro de dos años, empezarás el Gymnasium, donde se aprende latín, y ya no será tan aburrido para ti.»
Apenas guardo recuerdo del primer año escolar en Viena. Sólo al final ocurrió algo, cuando asesinaron al príncipe heredero. Sobre el pupitre de Herr Tegel había una edición extra ribeteada de negro. Tuvimos que ponernos de pie, y él nos comunicó la noticia. Después entonamos el himno imperial y nos mandó a casa; es fácil imaginar nuestra alegría.
Paul Kornfeld era el chico con quien volvía a casa; también él vivía en el Schüttel. Era alto, delgado y algo torpe, sus piernas parecían querer moverse en direcciones diferentes; en su cara alargada siempre aparecía una amigable risita. “¿Andas con él?», me dijo Herr Tegel cuando nos vio juntos delante de la escuela. «Ofendes a tu maestro.» Paul Kornfeld era un pésimo alumno, respondía mal a todas las preguntas, si es que respondía, y como siempre tenía dibujada aquella risita —no podía impedírselo— le resultaba impertinente al maestro. Una vez que volvíamos juntos a casa, un compañero nos gritó despectivamente: «Jüdelach» (judiazo). Yo no sabía qué quería decir aquello. “¿No lo sabes?», dijo Kornfeld; él estaba enterado, quizás estaba relacionado con su extraña manera de caminar. Hasta entonces nadie me había insultado llamándome judío, no era cosa habitual ni en Bulgaria ni en Inglaterra. Se lo conté a mi madre que con su típico orgullo terminó diciéndome: «Eso iba dirigido a Kornfeld, no a ti». No es que quisiera consolarme con esto, simplemente no aceptaba el insulto. A sus ojos nosotros éramos algo mejor, éramos sefardíes. No quería que me separara de Kornfeld, como el maestro, todo lo contrario. «Debes ir siempre con él», dijo, «así nadie le maltratará». Para ella resultaba inconcebible que alguien se atreviera a pegarme a mí. Ninguno de los dos era fuerte, pero yo era más pequeño. No hizo comentarios sobre lo que me había dicho el maestro. Quizás estaba de acuerdo con la distinción que hacía él entre nosotros. Tampoco quería inculcarme una fuerte vinculación con Kornfeld pero, puesto que en su opinión el insulto no iba dirigido a mí, yo debía protegerle caballerosamente.
Esto me gustó, concordaba con mis lecturas. Leía los libros ingleses que me había traído de Manchester y me sentía muy orgulloso de leerlos una y otra vez. Sabía con exactitud cuántas veces había leído cada uno, algunos más de cuarenta veces; éstos ya los sabía de memoria, y el volverlos a leer era simplemente para batir un record. Mi madre se dio cuenta de ello y me proporcionó otros, ya era demasiado mayor para aquellas lecturas infantiles; tomó toda serie de medidas para interesarme en otras cosas. Robinson Crusoe era mi libro favorito, de modo que me regaló De Polo a Polo de Sven Hedin. Eran tres tomos, que fui recibiendo uno por uno en ocasiones especiales. Ya el primero fue toda una revelación. Aparecían exploradores de todos los países, Stanley y Livingstone en África, Marco Polo en China. Entre descubrimientos y aventuras aprendí a conocer la tierra y sus habitantes. Mi madre prosiguió a su manera lo que ya mi padre había comenzado. Cuando se dio cuenta de que los viajes de exploración borraban en mí cualquier otro interés volvió a la literatura y para que me resultara más estimulante y que no leyera lo que no entendía empezó a leer conmigo a Schiller en alemán y a Shakespeare en inglés.
De esta forma retornó a su antiguo amor, el teatro, manteniendo vivo el recuerdo de mi padre, con quien siempre había conversado de estas cosas. Trataba
de no influenciarme. Después de cada escena quería conocer mi opinión y yo siempre tomaba la palabra antes que ella. A veces se hacía tarde y se olvidaba del tiempo, mientras seguíamos leyendo; me daba cuenta de que se entusiasmaba tanto que no podía parar. En cierta manera esto también dependía de mí. Si reaccionaba inteligentemente y encontraba más cosas que decirle, se despertaban en ella antiguos entusiasmos. Tan pronto como empezaba a hablar de alguna de sus pasiones —pasiones que habían constituido la íntima trama de su vida—, yo sabía que la velada se prolongaría: ya no importaba que no me fuera a dormir, le costaba tanto separarse de mí como a mí de ella. En aquellos momentos me hablaba como a un adulto; ponderaba hasta la exageración a un determinado actor, o quizás criticaba a otro que la había decepcionado —esto era menos frecuente. Por encima de todo gustaba hablar de lo que le había llegado de manera directa, sin resistencias, y a esto se entregaba por completo. Las aletas de su nariz temblaban con vehemencia y sus grandes ojos grises ya no me miraban ni sus palabras me iban dirigidas. Cuando se emocionaba yo sentía que le hablaba a mi padre y tal vez, sin sospecharlo, yo me convertía en él. Yo no rompía el encanto, me daba cuenta de que debía atizar su entusiasmo y no la decepcionaba con preguntas típicas de un niño.
Cuando callaba, tan seria se ponía que no me atrevía a decir una palabra. En silencio, se pasaba la mano por la amplia frente, a mí se me cortaba el aliento. No cerraba el libro, lo dejaba abierto y así quedaba el resto de la noche cuando nos íbamos a dormir. No decía las frases acostumbradas, que era demasiado tarde, que ya debería estar en la cama, que debía levantarme temprano, que mañana hay escuela, parecía haber suprimido todo lo que era su repertorio materno. Le resultaba completamente natural continuar representando el personaje sobre el que había hablado. El personaje de Shakespeare que más amaba era Coriolano.
Dudo que en aquel entonces yo pudiera entender las obras que leíamos juntos. Seguramente es mucho lo que absorbí, pero en mi recuerdo fue mi madre quien quedó como el auténtico personaje de aquellas veladas; en realidad todo era una única obra, que ambos representábamos continuamente. Los episodios más tremendos y conflictivos, que en modo alguno me ahorró, se suavizaban con sus palabras, que empezaban como aclaraciones y terminaban como mágicos hechizos.
Cuando después de cinco o seis años volví a leer a Shakespeare en alemán, lo hallé completamente nuevo. Me sorprendió que hubiera quedado en mi memoria como un torrente de fuego. Sin duda debió influir el hecho de que entretanto el alemán se hubiera convertido en mi lengua fundamental. Pero nunca nada se me tradujo, de aquel modo misterioso de los primeros cuentos búlgaros, cuentos que yo reconocía al instante, en cualquier traducción alemana, y que podía contar hasta el final sin vacilar.
El incansable
El Dr. Weinstock, nuestro médico de cabecera, era un hombre pequeño con cara de mono que pestañeaba incesantemente. Parecía mayor de lo que era; quizás
los pliegues simiescos de su cara le otorgaban una apariencia de más edad. Los niños no le temíamos, aunque venía muy frecuentemente y nos atendía en todas nuestras enfermedades infantiles. No era severo, su parpadeo y su risita infundían cierta confianza. Le gustaba hablar con mi madre, acercándosele mucho. Mi madre retrocedía un poco pero él la retenía, posando para congraciarse su mano sobre su hombro o su brazo. La llamaba «mi hija», cosa que a mí me enfermaba, y no quería separarse de ella; cuando la miraba fijamente con sus ojos pegajosos, era como si la tocara. A mí no me agradaba que viniera, pero era un buen médico y no nos había hecho mal a ninguno de nosotros, de manera que me encontraba desarmado. Contaba las veces que la llamaba «mi hija», y apenas se iba le comunicaba el resultado a mi madre: «Hoy te ha llamado "mi hija" nueve veces», le decía, o «hoy han sido quince». A ella le sorprendía mi comportamiento pero no me lo reprochaba, pues él le era indiferente, y no le importunaba este «control». Aunque todavía yo no presentía nada de ciertas cosas, debía percibir en el proceder de este hombre un intento de acercamiento a mi madre —que eso es probablemente lo que era— por lo que su imagen me quedó indeleblemente grabada. Quince años después, cuando hacía mucho que había desaparecido de nuestras vidas, lo convertí en mi obra en un hombre muy mayor: el Dr. Bock, otro médico de cabecera, de ochenta años de edad.
Quien era muy viejo por aquel entonces era el abuelo Canetti. Venía muy a menudo a Viena, a visitarnos. Mi madre cocinaba para él, cosa que no hacía frecuentemente, un plato que le gustaba mucho y que siempre pedía: Kalibsbraten. Las consonantes seguidas le eran difíciles de pronunciar en su habla española y de esta manera Kalb (ternera) se convertía en Kalib. Aparecía al mediodía y nos besaba, por mis mejillas corrían sus cálidas lágrimas —lágrimas que derramaba desde el primer saludo: como él decía, yo era un «huérfano» y siempre que me veía pensaba en mi padre. Disimuladamente, me secaba la cara y aunque me fascinaba, nunca quería que me besara. La comida empezaba alegremente; ambos, el viejo y la nuera, eran personas vivaces y tenían mucho que contarse. Pero yo sabía qué se ocultaba tras aquella alegría y que la cosa terminaría mal. Cuando la comida tocaba a su fin resurgía la vieja polémica. Él decía suspirando: “¡Nunca os tendríais que haber ido de Bulgaria, así él estaría hoy con vida! Pero para ti Rustschuk no era suficiente. Tenía que ser Inglaterra. ¿Y dónde está él ahora? Lo mató el clima inglés».
Mi madre se ponía dura y le decía que efectivamente ella se había querido ir de Bulgaria y que mi padre había tenido la fuerza suficiente como para hacer prevalecer su voluntad frente a la de su padre. «Usted le hizo mucho daño, señor padre.» Siempre se dirigía a él de esta forma, como si fuera su propio padre. «Si usted le hubiera dejado marchar tranquilamente se habría acostumbrado al clima inglés, pero le maldijo, ¡le maldijo! Dónde se ha visto que un padre maldiga a su hijo, ¡a su propio hijo!» A partir de este momento se desataban todos los demonios, saltaba de la mesa encolerizado, se decían cosas dolorosas, él salía disparado de la habitación, cogía su bastón y se iba de casa sin agradecer el Kalibsbraten que tanto había elogiado en la mesa y sin despedirse siquiera de nosotros los niños. Pero ella se quedaba llorando desconsoladamente. Sufría tanto él por aquella maldición de la que no se podía librar, como mi madre por aquellas últimas horas de mi padre que con tanta amargura se reprochaba.
El abuelo se alojaba en el Hotel Austria, en Praterstrasse; a veces venía con la abuela, que en Rustschuk nunca se levantaba del diván; cómo hizo para persuadirla de que tomara el barco y viajara por el Danubio será para mí siempre un misterio. Tanto si venía solo como con ella, tomaba una habitación, siempre la misma; además de las dos camas había un sofá en que dormía yo la noche del sábado al domingo. Había establecido la costumbre de que cada vez que estuviera en Viena, yo le pertenecía por una noche, hasta la mañana siguiente. A mí no me gustaba el hotel, estaba siempre oscuro y olía a humedad, mientras que nuestra casa del Prater era luminosa y aireada. Sin embargo el desayuno por la mañana del domingo era un gran acontecimiento, pues me llevaba al Kaffeehaus donde tomaba un café-au-lait con crema batida y, más importante, un Kipfel, especie de croissant vienés.
A las once empezaba la escuela Talmud-Thora, en Novaragasse 27, donde se aprendía a leer en hebreo. Para él era muy importante que yo fuera a la escuela religiosa y no confiaba demasiado en que mi madre pusiera mucho celo en estas cosas. Pasando la noche con él, se aseguraba de que iría a la escuela el domingo por la mañana. El Kaffeehaus y el Kipfel debían endulzarme la obligación. Todo era un poco más libre que con mi madre, el abuelo estaba pendiente de mí, se esforzaba porque lo quisiera, que lo aceptara; además no existía nadie en el mundo, por pequeño que fuera, a quien no tratara de impresionar.
La escuela daba verdadera pena, el profesor era ridículo; era un pobre hombre que en vez de hablar graznaba, siempre parecía estar sobre una sola pierna, encogido por el frío, y no tenía la mínima autoridad sobre sus alumnos, que