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7. DISCUSSION

7.5. Attack defences

Al fin de esta trayectoria intensiva, me había acercado a una variedad de perspectivas teóricas, recorriendo millares de kilómetros, y sufrido en tantas horas de viajes interminables, grabado unas 60 entrevistas, participado en 12 eventos sobre el tema, visitado 09 países y colectado unos 30 kilos de libros y documentos. Con todos esos pergaminos y las claves interpretativas presentadas anteriormente, debería estar lista para interpretar mis enigmas. Pero no lo estaba. Una especie de parálisis, sumada a un agotamiento extremo obstaculizó mi acción por unos meses.

Fue necesario perderme, dejar que las ideas se calmaran, que los datos fermentaran, para poder volver a ellos. Sólo con el tiempo retomé las ganas del trabajo de detective para juntar los pedazos de los textos fragmentados y jalar la memoria de las narrativas. Entonces se me hizo evidente que los orígenes contextuales, temporales y filosóficos diferentes eran la base para las divergencias contemporáneas y para la ausencia de un movimiento comunicativo articulado regionalmente y con capacidad de enfrentarse a la fuerza de uniformización regulatoria planteada por la convergencia digital. Si quería respetar la perspectiva de los actores, era importante reconocer el papel de sus memorias, motivaciones e inspiraciones iniciales, en resumen, tenía que ponerme al tanto de sus identidades políticas (Castells, 2006).

44 Desde ahí, me aventé a tres tareas paralelas frente a los registros y teorías de la comunicación subalterna. La primera era rehacer el recorrido histórico de esos actores, en general presentado en relatos fragmentados y dispersos; la segunda, mapear los distintos paradigmas que conformaron las identidades de las luchas en torno a la apropiación de la comunicación; y por fin, generar una tipología de matrices filosóficas, en que diferenciaba cinco especies diferentes de hormigas en Macondo.

Entre revolucionarias, educacionales, democrático-pluralistas, integradas y autointeresadas creía haber mapeado, en parte, la heterogeneidad de los grupos que actuaban en los temas de medios, en especial en el ámbito de la comunicación comunitaria. Algunos de ellos sí eran hormigas que pretendían devorar el modelo hegemónico, algunas con más dientes, otras que pensaban en tener alas, pero que se asemejaban en la defensa de un paradigma de uso transformador de la comunicación. Ya otras especies, aunque se camuflasen en el ambiente de las hormigas, no devoraban al niño con cola de puerco. Al revés, lo alimentaban y devoraban a las otras hormigas. Así que no se trataban de la misma categoría analítica, pues usaban el activismo mediático para fomentar el paradigma de la integración sistémica. Toda esa construcción se detalla en el capítulo III.

Ese descubrimiento de la diferencia de los paradigmas en jaque alimentaba la sospecha de que las redes de incidencia que estaba analizando eran, en realidad complejas articulaciones dinámicas y contingentes entre actores internos con objetivos y concepciones distintas, pero que tenían elementos claves en común. Esas redes amplias se organizaban realizando juegos de aproximaciones de metas y proyectos políticos o de exclusión y distanciamientos de otros diseños de cambio, dependiendo del nivel de construcción y cohesión en torno a banderas comunes. Pero pese las diferencias, entre ellos había una dimensión ontológica que permitía el uso del término de medios comunitarios como elemento de unidad para significar el deseo de una comunicación diferenciada al modelo mercantil: la posición de excluidos de los medios de producción y distribución comunicativa.

Así que asumí la idea de las identidades presente en la perspectiva del actor como aquel que se inserta en las relaciones de poder. La opción metodológica para designar a esos actores diferenciados mezclando Economía Política de la Comunicación, con la perspectiva identitaria fue entonces una forma para retornar al pensamiento gramsciniano.

¿Cómo? La salida está expresada en el subtítulo de la tesis (Contrahegemonía y políticas de medios comunitarios en América Latina). Allí opté por retomar el concepto de SC desde la visión de contrahegemonía como elemento que constituye y define a las Hormigas de Macondo. Entendí que esa noción asume una idea de la lucha por otros modelos comunicativos como un elemento relacional y

45 dinámico.

Eso significa que ser o no ser una hormiga en Macondo depende de la posición de los actores frente al modelo comunicativo hegemónico en un determinado contexto y momento histórico. Esa noción me serviría como referente para evitar mis sesgos, los fundamentalismos conceptuales y auto- destructivos internos a los movimientos, y también para evitar el uso de categorías demasiado amplías con las cuales ya no podría diferenciar a una hormiga de un alacrán.

Me pareció obvio plantear que los actores contrahegemónicos de la comunicación, en particular los medios comunitarios, se constituyen desde la idea de conflicto de clases. Aunque buscando respectar sus autodefiniciones, lo que los distingue de otros actores y apropiaciones de la comunicación es su posición de excluidos de la propiedad de medios, y desde ese elemento común se tejen las redes de articulación interna con otras posiciones subalternas, como las de género o etnia. Me preocupaba aclarar que esa construcción nada tiene que ver con las ideas estáticas de un marxismo ortodoxo.

Por el contrario, ella es altamente dinámica, compleja, y varia en el tiempo, en el contexto y depende de los juegos internos que construyen los actores en disputas. La posición de excluidos del modelo hegemónico de comunicación es el lugar de acción que enmarca y vincula a todos los agentes subalternos que buscan promover proyectos alternativos de otra comunicación. Sin embargo, ese deseo no sigue a un patrón único, ni tampoco defiende el mismo modelo, sino que desde un conjunto heterogéneo de demandas, esos actores buscan construir mecanismos de articulación interna para generar procesos de luchas colectivas.

En síntesis, a partir de esa posición subalterna en el conflicto de clases y de la polisemia de términos como Sociedad Civil o Movimientos Sociales, la tesis pasó a adoptar el concepto de contrahegemonía para definir a los agentes porta-voces de “una otra comunicación”. Ellos serían identificados como integrantes de un mismo grupo social, subalterno, desde la noción gramsciniana de lucha y antagonismo histórico, pero sin con ello perder de vista los matices e identidades particulares.

En resumen, les anticipo que las Hormigas de Macondo son actores subalternos plurales que se articulan y organizan de manera dinámica desde la posición de excluidos de la propiedad de los medios para promover, reivindicar e intervenir en los cambios del modelo hegemónico de explotación, distribución y regulación mediática.

Con este concepto busqué huir de las visiones esencialistas que en general atribuyen al concepto de medios comunitarios una visión reducida a lo geográfico o a un compromiso con valores y premisas

46 ideológicamente sesgados. La idea era incorporar a la incidencia en el tema de medios comunitarios una multiplicidad de luchas y actores, pero evitando atribuirles juicios previos. Así intenté probar un concepto dinámico, vinculado a las necesidades estratégicas de cada contexto, pero las cuales establecen puntos de convergencia desde su posición de oposición al modelo hegemónico.

Pero esa definición contrariaba las postura idealizadas que atribuían a la comunicación comunitaria un sentido normativo de “deber ser”, en general, bastante lejano del cotidiano de esas emisoras involucradas en batallas concretas por su subsistencia y en relación dinámica con otros sectores. Y si no me era fácil enfrentarme con esos descubrimientos, pues cuestionaban en profundidad mis utopías y memorias, ¿Qué pensarían los otros? Tuve miedo.

Me inscribí en el Congreso de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Comunicación (ALAIC), en Colombia, con la idea de presentar una ponencia con esos avances. Las letras se callaron y me paralicé. Otra vez no podía escribir ni una línea. Temía que mis descubrimientos estuvieran equivocados, que serían rechazados... Insegura, no encontraba lecturas o autores que me apuntaron un camino similar. Fue al evento, sin la ponencia escrita, me inscribí en el grupo de Comunicación Comunitaria y tuve la suerte de qué los trabajos presentados constituían un conjunto tan heterodoxo de abordajes y entendimientos del término como los orígenes diferenciados de las experiencias que analizaban.

Aquella aparente confusión teórica sobre el concepto de medios comunitarios entre los expertos en el tema era la evidencia de que estaba en la pista correcta. Al comentar mis temores y descubrimientos con algunos investigadores, me incentivaron a presentar los avances al grupo. Inmediatamente me di cuenta de la importancia del debate con pares académicos, de la posibilidad de profundizar reflexiones, de madurar algunas ideas, y de finalmente, perder el miedo y convencerme a mí misma que las claves que apuntaba no eran tan absurdas como pensé.

Así conformé el Capítulo III, dónde presento los argumentos para mapear los paradigmas comunicativos, la diferenciación tipológica de las hormigas, sus historias y perspectivas. Allí también describo con más detenimiento a las unidades de análisis de la tesis, y me detengo en la solución conceptual encontrada para definir a las Hormigas de Macondo.

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