5 The rider
5.5 Attitude-behaviour models 1 Theoretical models
Es notoria la persistente presencia de la enfermedad palúdica en la Península Ibérica, donde, de manera similar a lo que ocurría en las restantes penínsulas mediterráneas, era un padecimiento endémico en muchas zonas, además de sufrirse episódicas exacerbaciones catastró- ficas, como la extensa ocurrida en el último tercio del siglo XVIII1.
De hecho, en el siglo XX podían describirse tres grandes zonas palú- dicas, de mayor a menor intensidad endémica, un endemismo grave (que afectaba a la región extremeña en sentido amplio —provincias de Cáceres y Badajoz más zonas adyacentes de Ávila, Toledo, Ciudad Real, Sevilla y Córdoba— y al valle bético, así como a comarcas huertanas de Murcia y Alicante), un endemismo intenso (entre los Montes de Toledo y Sierra Morena) y un endemismo leve (que estaba presente en el litoral mediterráneo y resto de ambas mesetas).
En la segunda mitad del Ochocientos, se produjeron diversas exa- cerbaciones localizadas, en concomitancia con trabajos públicos de envergadura, como el tendido del ferrocarril entre El Escorial y Ávila en 1862-63 o la construcción del puente sobre el río Tiétar entre Oro- pesa y Candeleda en 1896. Este tipo de episodios no desaparecieron en el siglo siguiente, como mostró la epidemia sufrida en la construc- ción de los pantanos del Zapatón (Badajoz) en 1902 o del Guadalme- llato (Córdoba), en 19102. En 1900, según las cifras oficiales del
Instituto Geográfico, sólo en Extremadura, donde se habían contabili- zado 1.054 fallecidos por paludismo, se calculaba que debían existir más de 150.000 afectados, un 16% de su población total, lo que pro- duciría unas pérdidas económicas en torno a los 2 millones de pesetas
1PÉREZ MOREDA, 1982 y 1984; ALBEROLA ROMÁ, 1999; PESET, PESET, 1972a
y 1972b; RIERA PALMERO, 1980, 1983, 1989, 1992 y 1994.
anuales, sin incluir las muertes, y una situación de debilitamiento gene- ral que, por “solidaridad patológica” coadyuvaría a la “degeneración de la raza”, ese gran fantasma social finodecimonónico3. Hauser compara-
ba el paludismo con la fiebre tifoidea, subrayando que el primero, si bien producía una mortalidad inferior, la superaba en cronicidad y en producción de incapacidad laboral, con resultado de una mayor miseria social y fomento de la emigración4. En 1912, según la Inspección
General de Sanidad, habían fallecido cerca de 2.500 personas por causa palúdica, lo que equivaldría a una morbilidad de 228.500 casos, reparti- dos entre un total de 1.600 municipios (de los 9.274 existentes)5. Para
1920 se calculaban unas pérdidas económicas anuales en España, con- secutivas a este padecimiento, en torno a los 100 millones de pesetas, contabilizadas a partir del supuesto de una pérdida media de 20-30 días de trabajo por adulto afectado, de los que fallecerían alrededor del 6- 7%6. Con intención mnemotécnica, en su tratado, Pittaluga hablaba de
más de 2.000 vidas humanas perdidas al año y 250.000 casos, con pér- dida de cinco millones de días de trabajo anuales7. Los datos del Institu-
to Geográfico (Tabla 2.1) mostraban, no obstante, una disminución no regular pero sostenida en la gravedad de la endemia; así, en el primer quinquenio del siglo XX se padecieron tasas de mortalidad por paludis- mo superiores al 20 por 100.000 en 14 provincias, que en la mitad de ellas superaban el 40, y para 1915-19 sólo nueve provincias presentaban tasas por encima de 20 y sólo una por encima de 40. Los cálculos de Marcelino Pascua, aunque referidos a fechas posteriores al inicio de la campaña, verificaron que la mortalidad palúdica en el conjunto de pro- vincias sin capitales (la mortalidad más rural) era alrededor de tres veces superior a la de las capitales de provincia.
Pese a la gravedad de estos datos, España afrontó tardíamente, res- pecto a países cercanos como Italia, una organización sistemática dedica- da a combatir la endemia. La prolongada experiencia histórica española respecto a las fiebres intermitentes hemos de considerarla tanto un freno como un acicate. La familiaridad con el padecimiento se superponía al fatalismo con que se vivía en medios populares. A la vez, la demostración
3PITTALUGA, 1907.
4HAUSER, 1913., vol. 2, p. 499. 5PITTALUGA, 1916-17, p. 263. 6PITTALUGA, 1927, p. 7. 7PITTALUGA, 1923, p. 413.
cuantitativa de su gravedad a comienzos del siglo, a través de los Anua-
rios de población del Instituto Geográfico, y la forma de recepción de las
novedades etiológicas y su incorporación al acerbo científico español mediante experiencias originales, son elementos que debemos considerar como favorecedores de la toma en consideración del problema palúdico. Juan (Ian) Macdonald, el médico británico pionero en el estudio de los anófeles y la aplicación de recursos profilácticos contra el paludismo en la provincia de Huelva, a comienzos del siglo, advirtió que “están de moda las ligas contra las enfermedades, y no hay enfermedad que haga más daño en España que el azote del paludismo, debilitando el organismo y abriendo las puertas a otras infecciones.”8Entre los factores retardado-
Provincia 1900-04 1905-09 1910-14 1915-19 Cáceres 108,82 85,64 75,20 102,08 Huelva 80,66 51,02 27,24 36,14 Badajoz 76,54 48,96 32,38 38,86 Sevilla 45,16 29,14 26,80 26,32 Murcia 37,66 20,86 15,74 17,68 Alicante 31,92 21,82 17,18 12,12 Cádiz 43,88 27,42 27,16 27,06 Salamanca 35,58 20,54 11,06 21,28 Ávila 26,58 18,02 11,80 14,12 Almería 19,80 12,88 5,16 4,64 C. Real 37,62 27,16 16,54 22,22 Córdoba 49,36 33,24 22,66 28,70 Jaén 28,84 21,44 16,16 22,12 Málaga 25,92 15,36 10,06 8,98 Toledo 24,12 13,44 9,82 10,24
Fuente: M. Pascua. Suplemento a las notas sobre paludismo en España. Memo- ria... (1928-29), pp. 411-416.
TABLA2.1
Mortalidad palúdica en España, por quinquenios, en las provincias más afectadas (1900-1919)
res, y a la postre más decisivos en la explicación que proponemos, estuvieron la discusión que envolvió dicha recepción teórica y la pre- valencia campesina de la enfermedad, más notable en las zonas del país donde la propiedad agraria tenía carácter latifundista.
Las novedades etiopatológicas llegaron puntualmente. En el espacio español, la obra colectiva dirigida por un joven y recién llegado médico italiano, Gustavo Pittaluga, titulada Investigacio-
nes y estudios sobre el paludismo en España (Barcelona, 1903),
constituyó un punto de inflexión muy importante en relación con los trabajos españoles anteriores, tanto por la seriedad del estudio como por la rotundidad en la aceptación de las novedades científi- cas en el conocimiento del paludismo que anglosajones e italianos habían hecho.
Figura 2. Mapa de la mortalidad palúdica en la España peninsular (1919). Fuente: Pittaluga, G. Enfermedades de los países cálidos (Madrid, 1923), p. 416.
Debemos detenernos en examinar brevemente la biografía de este visitante, pues su presencia resultó capital para el diseño de la campa- ña antipalúdica. Gustavo Pittaluga Fattorini (1876-1956), nacido flo- rentino y doctor en medicina por la Universidad de Roma en 1901, fue uno de los ayudantes del Instituto de Anatomía comparada de Grassi bajo cuya dirección tomó parte en el experimento de profilaxis química realizado en Ostia en 1901, utilizando el preparado Esanofe- le, de la Casa Bisleri de Milán (un compuesto de quinina, hierro y arsénico, ideado por Guido Baccelli). Pittaluga vino a España en 1901-1902 por indicación de Grassi para colaborar en la delimitación de la geografía del anofelismo/paludismo europeo y para dirigir prue- bas de campo similares con el mismo medicamento. El resultado lo presentó ante el XIV Congreso Internacional de Medicina que se cele- bró en abril de 1903 en Madrid y Barcelona, y que, junto con otros de varios autores, de los que había conseguido su colaboración, se publi- có finalmente en forma de libro con el título Investigaciones y estu-
dios sobre el paludismo en España. El organizador de la sección en
que intervino Pittaluga, en su calidad de vicepresidente del Congreso, fue Francisco Huertas Barrero (1847-1933), un afamado clínico de origen extremeño, aunque asentado en Madrid, donde regentaba una sala de medicina en el Hospital General y disfrutaba de una amplísi- ma clientela. Huertas, natural de un pueblecito cacereño, había sido protagonista, junto con Antonio Mendoza, del informe sobre el palu- dismo en Extremadura (1902) que aceptó oficialmente la hipótesis italiana de la transmisión por vectores y reconoció la existencia de anófeles en el valle del Tiétar y en su conjunción con el Tajo. Los
Estudios sobre el paludismo que vieron la luz en 1903 no sólo reco-
gieron los trabajos directos de Pittaluga, sino el informe antedicho y otra serie de trabajos de campo, experimentales, profilácticos y clíni- cos, realizados por distintos autores españoles, en particular catalanes, a petición de aquel, con o sin su colaboración directa. Concretamente, el trabajo de Pijoán y Salgot, dirigidos por Pittaluga, fue un experi- mento de profilaxis mediante Esanofele en la comarca palúdica del bajo Llobregat, realizado a semejanza del de Ostia, si bien las prisas impidieron contar con un grupo testigo. También durante el verano de 1903 se llevó a cabo una intervención antipalúdica diseñada por él en Navalmoral de la Mata, con la participación del subdelegado de Medi- cina de aquel distrito, Julián Martín Lozano, un hijo médico del pro-
pio Huertas, Francisco Huertas García del Campillo, así como Victor M.ª Cortezo, hijo del ex-Director General de Sanidad, director de El
Siglo Médico y miembro destacado de la Real Academia de Medicina
y Cirugía de Madrid, Carlos María Cortezo.9
Un hecho que corrobora que la financiación del viaje de Pittaluga procediera de la casa Bisleri es que este presentó en el Congreso Internacional otro producto de la misma, el reconstituyente Ferroqui- na. Esta empresa había patrocinado diversos estudios de campo por una variada representación de la geografía palúdica, como el ya citado de Ostia (1901, dirigido por Grassi), el de Nona, en Dalmacia (1902, por Battara), y otros en África y en la cuenca del Amazonas; entre ellos, un folleto de la compañía sobre Nociones prácticas referentes al
paludismo (cuya edición de 1928 hemos localizado) incluye una
actuación en la provincia de Cáceres, encomendada por la Dirección General de Sanidad a la dirección de Pittaluga, que debió ser, con toda probabilidad, la ya indicada de 1903.10
Y de lo que fue un acontecimiento azaroso surgió un compromiso perdurable con nuestro país, gracias a sus contactos con Huertas, decisi- vos para el porvenir del joven y atildado médico italiano, al que sirvió como introductor en el estrato más elevado de la sociedad española, científica, académica y social. Pittaluga se nacionalizó en 1904, se casó inmediatamente después con María Victoria González del Campillo y Martínez Carballo, cuñada de su amigo y protector, revalidó el título de licenciado en Madrid en enero de 1905 y ganó el de doctor en julio del mismo año, trabajando “Sobre el mecanismo patogénico de los síndro- mes sueroterápicos”. Aparte de vínculos sentimentales, tan precozmen- te explícitos, puede pensarse que la acogida que medios profesionales y universitarios dieron al vigoroso programa de trabajo experimental planteado por el joven Pittaluga, así como la ausencia de competencia en su terreno, le ayudaran a plantearse una estancia definitiva.11
9Consta en la relación de publicaciones que cita Gómez Ocaña al recibirle como Acadé-
mico, que «Experimento de profilaxia antipalúdica en Navalmoral de la Mata (Cáceres), por Gustavo Pittaluga, director, etc.» se publicó en la revista Archivos latinos de Medicina y Biolo-
gía, en Madrid, a 20 de noviembre de 1903, pero no hemos conseguido localizar ningún ejem-
plar. Existe otra referencia a los contenidos de esta acción en PITTALUGA, 1916-17, p. 284.
10Nociones prácticas..., 1928, p.23. Las ilustraciones de la morfología y anatomía de
los mosquitos son idénticas a las empleadas en otros textos de Pittaluga.
Figura 3. Gustavo Pittaluga en la época de su llegada a España.
Fuente: Libro de recuerdo del Congreso Internacional de Medicina, Madrid-
Barcelona, 1903. Cortesía de la Real Academia Nacional de Medicina
Con la protección de Santiago Ramón y Cajal, con quien colaboró en su Laboratorio de Investigaciones Biológicas durante sus dos primeros años de estancia en España —donde realizó su tesis—, fue contratado en 1906 como profesor de desinfección y encargado del parque sanitario en el Instituto Nacional de Higiene, hasta 1909, en que pasó a desempeñar un cargo creado ex profeso, el de jefe de la subsección de Parasitología, que desempeñó hasta su dimisión en 1924, a causa del golpe de estado militar de septiembre de 1923. Los primeros cursos de Malariología y Entomología Médica se organizaron en el seno del Instituto.12En 1911
ganó por oposición la cátedra de doctorado de Parasitología y Patología tropical en la Universidad de Madrid, que desempeñó hasta su exilio con motivo de la Guerra Civil. Antes había fracasado dos veces en el intento de conseguir la cátedra de Higiene de la Universidad Central, en 1905 y en 1907, aunque esta última vez aprobara las oposiciones; su preterición ante un ilustre otorrino y aficionado a la pintura motivó uno de los gran- des escándalos del sistema de provisión de plazas universitarias de la época.13Esta carrera académica no fue obstáculo para su ejercicio priva-
do, selecto y provechoso, además de desempeñar el puesto de jefe de laboratorio en el Instituto Rubio de Terapéutica Operatoria.
Pittaluga fue una personalidad clave en la introducción en España de las ciencias básicas en medicina, materia que siempre entendió estrechamente unida a la biología. Tuvo, no obstante, clara conciencia de que no era en absoluto único, y reconoció las aportaciones inde- pendientes de García Mercet y de Rodríguez López Neyra, en parasi- tología, como de Carrasco Formiguera, de Álvarez de Toledo, de Más y Magro y otros discípulos de Pi Suñer y de Novoa Santos en hemato- logía.14Además de fundar el laboratorio de Parasitología de la Univer-
sidad de Madrid, que contó con dependencias en la Residencia de Estudiantes y en la Facultad de Medicina, creó también en 1930 un Laboratorio de Investigaciones Clínicas de la Facultad de Medicina de Madrid. Un rasgo particular como docente fue su acérrima defensa del envío de becarios en busca de preparación posgraduada en el extranjero, salida que siempre estimuló en las personas que mantuvie- ron con él contacto profesional.
12PALANCA MARTÍNEZ-FORTÚN, 1961, p. 6. 13PITTALUGA, SALA y ÚBEDA CORREAL, 1908.
Sus trabajos experimentales de tema parasitológico, basados en el dominio de las técnicas microscópicas, la recogida de materiales locales y el atento seguimiento de la literatura científica europea (dominaba el francés, inglés y alemán, además del italiano y de un preciso español que adquirió con gran rapidez) se publicaron en 1904-05 en los Trabajos del Laboratorio de Biología, que dirigía Cajal; entre ellos destacó su contribución al conocimiento de la estructura de los embriones de Filaria. Fueron recogidos por el maestro en la cuarta edición de su Manual de Anatomía patológica y
Bacteriología (Madrid, M. Moya ed., 1905, pp. 385-387). Exploró la
biología de los vectores en relación particular con la filariasis y el paludismo, con sus Estudios acerca de los dípteros y de los parási-
tos que transmiten al hombre y a los animales domésticos (Madrid,
imp. Gaceta de Madrid, 1905), trabajo publicado además en la revis- ta de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (octubre 1905). La misión oficial para el estudio de la enfermedad del sueño en los territorios españoles del Golfo de Guinea, que diri- gió con Luis Rodríguez Illera y Jorge Ramón Fañanás en 1909, lla- mó la atención sobre los problemas de la patología tropical como parasitología aplicada. Gracias a ello, y bajo los auspicios de Santia- go Ramón y Cajal, se creó la cátedra madrileña de Parasitología que pasó a desempeñar.
En relación con la exaltación colonialista del momento, en España como en otros países europeos, la parasitología apareció como la llave científica capaz de garantizar la progresión europea en África. La conquista de la naturaleza interior, a través de grandes obras hidrográ- ficas, se planteó servirse de esta misma arma frente al paludismo.
A partir de 1912, Pittaluga auspició el descubrimiento y estudio en España de la leishmaniosis infantil. Publicó, como libro de texto y aportación de conjunto, unos Elementos de Parasitología y nocio-
nes de Patología tropical, a partir de 1913, que conoció una segunda
edición en 1916-17, mejoradas más adelante en forma de tratado sobre Enfermedades de los países cálidos y Parasitología general (Madrid, 1923).
15El ejemplar consultado de Elementos de Parasitología y Nociones de Patología tropi-
cal en la Biblioteca de la Facultad de Medicina de Madrid, pertenece a su 2ª edición, fechada
en 1916-1917; está incompleto (acaba en la p. 360, a mitad de párrafo), mas incluye los pró- logos de la primera y segunda ediciones, el primero firmado en 1913.
A partir de 1919, la temática “puramente científica y experimen- tal” desapareció de sus ocupaciones directas, decantadas del lado de la hematología, aunque no por ello dejó de prestar atención a la extensión del conocimiento en la materia y a la formación y consolidación de un saber especializado. Como reconoció entonces, su labor didáctica en ese terreno, que hizo posible la incorporación de jóvenes reclutados a partir de sus estudios de licenciatura y su entrenamiento en los labora- torios montados por él, se le antojó “de mayor eficacia colectiva” que la prosecución de su labor personal como investigador. Desde su posi- ción dirigente en distintos capítulos de la sanidad oficial mantuvo una actitud protectora respecto a las personas que se formaron con él, así como una generosa colaboración con otras personas o grupos (caso de los granadinos Fidel Fernández Martínez y Carlos Rodríguez López- Neyra) que cultivaron la parasitología humana de forma independiente. En este sentido, no cabe duda de que fue un gran patrón. Una persona como José A. Palanca Martínez-Fortún, Director General de Sanidad en la última fase de la dictadura de Primo y más tarde también con Franco (hasta 1958), lo recordaba así en 1961, en el contexto de la rememoración de los comienzos de la campaña antipalúdica: “cuantos de nosotros le conocimos sabemos qué cantidad de energía derrocha- ba, cuáles eran su inteligencia y su habilidad para lograr interesarnos por un problema que él ya había vivido en Italia”.16
La revista Medicina de los países cálidos, subtitulada Revista
española de medicina e higiene colonial, patología tropical y parasi- tología (1928-1936), fundada y dirigida por él (la redacción tenía la
dirección postal de su domicilio particular, calle Blanca de Navarra, 4, en Madrid) fue, por otra parte, el perfecto escaparate para mostrar los logros de dicho colectivo, que mantuvo estándares homologables con las producciones de calidad europeas durante toda su existencia.
La atención profesional de Pittaluga, una vez asentado en su cáte- dra, derivó, como hemos indicado, hacia la naciente Hematología, a partir del estudio de los fenómenos en sangre asociados a diversas enfermedades parasitarias, como reacciones leucocitarias, alteración del bazo u otros. Desde 1916 organizó cursos de ampliación en dicha especialidad y en 1918 estableció una consulta externa de enfermeda- des de la sangre. Colaboró en el Manual de Medicina Interna de Her-
nando y Marañón con el capítulo dedicado a “Las enfermedades de la sangre” (vol. 3, 1916). Esta especialización le abrió las puertas del Palacio Real como médico del Principe de Asturias, a causa de la hemofilia que padecía la Real familia. Con base en el laboratorio de Parasitología y esa nueva consulta pública, inició unos Anales de
Parasitología y Hematología, que sólo aguantó una entrega (Madrid,
1919), destinada a presentar los mejores trabajos del plantel de ayu- dantes y colaboradores que, como advirtió en el prólogo, se había consolidado a su alrededor “por una selección espontánea del perso- nal, íntimamente compenetrado con mis intenciones”. No debió cejar en ese empeño, porque conocemos otra publicación, de 1931, que bajo el epígrafe Trabajos 1928-1930, recoge los producidos en el
Laboratorio central de análisis clínicos de la cátedra de Parasitología y Patología Tropical y Consulta pública de enfermedades de la san- gre. Publicó un texto propio, Enfermedades de la sangre y hematolo- gía clínica (Madrid, 1922) y fundó y codirigió (con Luis Calandre) la
revista Archivos de Cardiología y Hematología (1920-1936). En 1934 y 1936 publicó Las enfermedades del sistema retículoendotelial (Madrid, Espasa Calpe), lo que vendría a ser la culminación de su labor en España como hematopatólogo de base anatomopatológica y bioquímica, por la cantidad de observaciones personales, propias y de