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PART III: CASE STUDY

6.2 Background

Únicamente el amor puede responder al Amor. El amor de caridad, que viene de Dios, en primer lugar, hay que acogerlo por la fe, que Él mismo suscita, sin violar por ello nuestra libertad. Nuestro sí hace eco al

fíat virginal de María, y tendría, él también, que ten-

der a modelar todo nuestro ser y toda nuestra vida. Nos abandonamos al Amor que nos abraza, en los dos sentidos del término, y nos concede amar, con la potencia del Espíritu que es amor, como Cristo ama.

El Verbo ha asumido en Cristo la naturaleza ínte- gra del hombre. Por eso en nosotros el amor de cari- dad asume toda la sustancia humana (afectividad, deseo, amistades) para superarla, elevarla, trasformar- la en imagen de lo divino. Este amor nos empuja a

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amar, en Dios y por Dios, a los que amamos con un amor de eros o de amistad, que él hará transparente, más desinteresado. Más aún, el ágape nos llevará a amar a los que no nos son naturalmente simpáticos o benévolos, hasta llegar a la plenitud del Amor de Cristo en nosotros que es el amor a los enemigos (cf Mt 5, 43-48). Amar a nuestros enemigos, no sólo soportarlos, no vengarse de ellos, sino amarlos con un amor de corazón. ¡Qué difícil es! Únicamente el Espíritu de Cristo, la vitalidad esencial del corazón de Dios en nosotros, puede hacer esto posible. Es preci- so orar para que el amor de caridad transforme en profundidad nuestros corazones egoístas y estrechos. ¡Ven, Señor Jesús! Hay que tener fe en que esto es posible para Dios, que Él quiere comunicarnos el amor de caridad, que tan sólo es necesario el espacio dispo- nible de un corazón pobre. Siempre hay que conver- tirse más, esperar con paciencia y fe, esperar.

La medida de nuestra castidad es el amor a los enemigos, a los que no nos aman. Pero su fuente está en el amor de Dios. Un amor despertado por el Amor total y gratuito con el que Dios nos ama, y que tiene, o quiere tener, algo del mismo carácter de libertad, gratuidad, totalidad.

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu cora- zón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas" (Me 12, 30).

Si el amor es el principio de toda obra agradable a Dios, es más profundamente el fin. En el fondo lo que Dios quiere es nuestro corazón libre. Todo lo

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demás es medio o consecuencia. Una vida cristiana vale su peso en amor. Una vida contemplativa no tiene otro sentido. La castidad sin amor es un vicio.

"Sólo la dilección discierne entre los hijos de Dios y los hijos del diablo. Todos pueden santi- guarse con la señal de la cruz de Cristo; todos responder 'Amén'; todos cantar 'Aleluya'; todos estar bautizados, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas, pero sólo la caridad distingue a los hijos de Dios de los del diablo. Los que tienen caridad han nacido de Dios, los que no la tienen no han nacido de Dios. Ésta es la señal, el gran principio de discernimiento!...] La caridad es la perla preciosa, la caridad, sin la cual todo lo que puedas tener no te sirve de nada y que es la única que te basta" (San Agustín, Comentario a la primera epístola de san Juan, V, 7).

Adoración maravillada, alabanza, alegría, amor del corazón, pueden inspirara un hombre, aspirar una vida, en una plenitud que es su propia verdad. Como una nota de canto afinado y bello de un instante de eternidad un valle soleado. El silencio queda sobreco- gido, impregnado. Una flor se inmoviliza. ¡Dios es!

Dios es Amor, muy cercano, nos toca por todas partes, presente en lo más íntimo, con una presencia de amante lleno de ternura, de interés (¡es sorpren- dente!), de misericordia. Nosotros intentamos estar presentes a su presencia, viviendo conscientemente cada momento precioso, en todo lo que hacemos y pensamos. La vigilancia, el recogimiento, la oración,

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en el silencio, la soledad y el trabajo guardan y nutren nuestra respuesta de amor. La pureza de un corazón del que intentamos echar todo lo que es contrario al amor (concupiscencia, odio, rencor, orgullo, etc.), vuelve límpida nuestra mirada, nos hace capaces de recibir la huella del único Verbo de Dios "espirando" su amor por el Padre.

Eso es, a fin de cuentas, nuestra castidad, y es obra de la Santísima Trinidad. Por ella somos introdu- cidos en el amor íntimo de Dios, hemos nacido del Padre, hijos con el Verbo, por y en el Espíritu Santo. Participando del amor divino, nuestro amor une el Hijo al Padre, "espira" el Espíritu de su comunión eterna y beatificante. El Nuevo Testamento, la refle- xión de los grandes teólogos, y las experiencias de los místicos autorizan tal afirmación.

Confieso que mi mirada es demasiado débil para fijar esa luz, apenas me atrevo a emplear estas pala- bras. ¡Poco importa! Estas cosas ocurren ocultas en el misterio de la fe, en las profundidades del alma. Somos ricos, quizá del universo entero, de Dios mismo -o de nada. ¿Quién puede saberlo? Igual que la mujer que lleva la maravilla de un nuevo ser que se constru- ye en su seno no tiene necesidad de conocer el cómo del misterio de la vida que se forma en ella, así nos- otros. Únicamente, Señor, que tu vida me engendre en tu Hijo, tu Hijo en mí; que tu Espíritu Santo ame en mí con tu amor de caridad. Entonces yo seré casto como tú eres casto.

"Y por ellos me consagro [...] Yo te ruego [...] que todos sean uno, como tú, Padre, en mí

LA FELICIDAD DE SER CASTO

y yo en ti, que ellos también sean uno en nos- otros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfecta- mente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que yo les he amado a ellos como tú me has amado a mí [...] Yo les he dado a cono- cer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos, y yo en ellos" (Jn 17, 19.20.21-23.26).