5.2. CASE-STUDY SCHOOL 1: THE LOWER PERFORMING SCHOOL (LPS)
5.2.1. Background information of the LPS
A la vista del estancamiento de los trabajos, don Álvaro juzgó indispensable la presencia del fundador. Ahora bien, el Padre estaba gravemente enfermo. Al menos desde 1944 sufría una forma aguda de diabetes mellitus. «Los médicos sostienen — escribió entonces—, que puedo morir de un momento a otro. Cuando me voy a la cama, no sé si me levantaré. Y cuando por la mañana me levanto, no sé si llegaré a la noche». El médico que le atendía, un conocido especialista, le dijo a propósito de aquel viaje: «Yo no respondo de su vida». Pero era preciso ir a Roma, y lo hizo.
Se desplazó a Barcelona para embarcarse allí rumbo a Génova. En la capital catalana se reunió con sus hijos y les predicó una meditación. No era la salud lo que le preocupaba, sino el camino jurídico de la Obra.
«¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación…?
Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te…! [Mira que hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido]
Nunca he tenido más voluntad que la de servirte. ¿¡Resultará entonces que soy un trapacero!?».
Lo escuchaban emocionados los de Barcelona, que a golpe de violentas calumnias, habían aprendido del Padre a confiar plenamente en la Providencia divina.
Embarcó en el vapor J.J. Sister el 21 de junio de 1946, junto con José Orlandis, joven historiador del Derecho, que regresaba a Roma. Al llegar al golfo de León se desencadenó una insólita —por la fecha— y furiosa tempestad que azotó a la nave durante diez o doce horas. Todos, desde el capitán al último pasajero, zarandeados por las olas, sufrieron fuertes mareos, además del peligro real de naufragio. Y el Padre estaba gravemente enfermo. Bromeando, pero no demasiado, comentó a su acompañante: «Por lo que parece, al diablo no le gusta nada que lleguemos a Roma».
Pero llegaron. En Génova les esperaba don Álvaro. «Te has salido con la tuya», le dijo el Padre abrazándolo.
Viajaron a Roma en coche, afrontando todas las incomodidades de atravesar un país recién salido de la guerra mundial, con carreteras machacadas. Y en Roma descubrió que era vecino de la casa del Papa… Asomándose a la terraza de aquel ático en la plaza de la Città Leonina, donde vivían realquilados sus hijos, el Padre se percató de lo cerca que se hallaba, en línea recta, de los apartamentos pontificios. Sólo les separaba una calle y el
bajo cuartel de la guardia suiza. Era ya de noche y a través de las ventanas iluminadas del Palacio Apostólico casi podía entrever la silueta de Pío XII. Se conmovió profundamente y acabó pasando la noche en la terraza, velando en oración el descanso del Santo Padre. ¡Cuántos recuerdos! Cuando, en época de Pío XI, daba largas caminatas de una parte a otra de Madrid envuelto en su manteo, recitando el rosario, al final imaginaba que recibía la Comunión de manos del Papa. El Papa era uno de sus tres amores, junto a Cristo y a María. Y ahora estaba allí. Era la noche del 23 al 24 de junio de 1946. El alba fresca de Roma le pilló todavía en la terraza, con el cuerpo exhausto, pero con una inefable alegría espiritual.
Poco después le habló a un eclesiástico de aquella noche suya en oración, y no tardó en descubrir que éste se lo contó a otros y que algunos se burlaban de él.
«En un primer momento, esa murmuración me hizo sufrir; después ha hecho surgir en mi corazón un amor al Romano Pontífice, menos español —que es un amor que brota del entusiasmo—, pero mucho más firme, porque nace de la reflexión: más teológico y —por tanto— más profundo. Desde entonces suelo decir que en Roma he
perdido la inocencia, y esta anécdota ha sido de gran provecho para mi alma».
Tenía razón don Álvaro: la presencia del fundador aceleró el complicado proceso de aprobación. Las primeras palabras de afecto y de aliento las recibió de monseñor Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, que siempre mostró amistad y benevolencia hacia don Josemaría.
No habían pasado muchos días cuando Pío XII, a modo de bienvenida a la ciudad de Pedro, le envió una fotografía con un autógrafo para «el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei», fechado el 28 de junio. Al Padre le embargó un irrefrenable impulso apostólico y, lleno de gratitud al Señor y al Papa, escribió exultante: «¡Qué alegrón! Lo besé mil veces». Y añadía: «No puedo salir de Roma sin haber sido recibido por Su Santidad. Rezad por el éxito de esa visita que tanto me ilusiona». La audiencia tuvo lugar el 16 de julio, en un período en que don Josemaría trabajaba en Fiuggi, junto con don Álvaro y el P. Larraona, en la definición jurídica de los Institutos Seculares, entre los cuales, provisionalmente y a falta de otras figuras canónicas, se incluiría al Opus Dei. El Papa quedó muy impresionado por la figura del fundador, pues a continuación comentó al Cardenal Gilroy: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos».
El Padre regresó a España en el mes de agosto para volver de nuevo a Roma el 8 de noviembre. La segunda audiencia del Papa Pío XII al fundador la concertó mons. Montini para el 8 de diciembre. En esta ocasión, el Padre informó ampliamente al Papa del espíritu del Opus Dei y de sus apostolados. Después, nada más llegar a casa, escribió a Su Santidad para presentarle
«el testimonio de la filial e inconmovible adhesión de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei. En Vos vemos al Vicario de Cristo y por conducto Vuestro oímos la voz del Pastor de los Pastores; por eso anhelamos que quede hoy ante Vuestra Santidad la suprema aspiración de nuestro Instituto: ir con fidelidad y
dedicación absolutas a cualquier lugar y empresa donde podamos servir a la Iglesia o donde nos mande su Pastor Supremo».
En diciembre 1946, escribía el Padre a sus hijas:
«Cerrando mis pobres ojos de carne, me pongo a soñar junto a San Pedro, y veo ¡hecho! todo lo que está por hacer, que es tanto y tan hermoso: extendida la labor por el mundo, para servicio de nuestra Madre la Santa Iglesia… Si queréis, si sois fieles, alegres, sinceras, mortificadas, almas de oración, todo será y pronto».
Entre tanto, en aquel pequeño apartamento de la plaza de la Città Leonina se vivía en extrema pobreza. A la escasez de la posguerra se unía una absoluta falta de recursos para el exiguo grupo de recién llegados a la sombra de Pedro. La mejor habitación había sido transformada en oratorio. Servía de altar una sobria mesa de madera; de sagrario, un armarito de madera primorosamente pintado de verde con adornos dorados; y de retablo, una imagen de la Virgen que parecía antigua: todo se había comprado a bajo precio en tiendas de anticuarios. Mucha gente vendía por necesidad, efecto sarcástico de la guerra, y se encontraban extraordinarias oportunidades. El Padre, que era aún más pobre, pudo adquirir así algo de mobiliario.
En aquella casa, pobres lo eran de veras, comenzando por el espacio disponible: el mismo cuarto hacía de sala de estar, comedor, estudio, dormitorio; camas plegables se abrían por la noche en los sitios más inverosímiles; la única verdadera habitación se había reservado para el Padre, el cual la cedía enseguida al que caía enfermo o veía agotado; disponían de un único baño para todos. Y el Padre quiso ceder aún una parte del piso a sus hijas, separando netamente las zonas mediante puertas: a ellas les quedaría la cocina, un baño, un dormitorio y un minúsculo vestíbulo. Para el uso del oratorio se organizarían turnos y horarios diferenciados.
Las esperadísimas hijas aterrizaron en Ciampino el 27 de diciembre de 1946. Encarnita Ortega, Dorita Calvo, Julia Bustillo, Dora del Hoyo y Rosalía López. Llegaron cargadas de cosas, con maletas y bolsas llenas de lo que sabían que faltaba en la Italia salida de la guerra. Y traían turrones y dulces navideños, para hacer más gozosas al Padre y a sus hermanos las fiestas que, tal como imaginaban, hasta entonces habían sido más bien escuetas. En cuanto le vieron en el aeropuerto, exclamaron: «¡Padre!».
A la vez que se acercaba a saludarlas, les hizo seña de que callaran. Hizo montar en el coche a sus hijas, mientras don Álvaro y Salvador se encargaban de las maletas. El Padre, desde el asiento delantero, iba mostrándolas los monumentos romanos y preguntándolas por el viaje y por las que habían dejado en España. Al llegar a la vía de la Conciliazione pidió al conductor que aminorara la marcha, para que las recién llegadas pudieran observar despacio la Basílica de San Pedro y el Palacio Apostólico donde vivía el Papa.
Santísimo. Y ante la respuesta negativa les indicó que tiraran de lo que habían traído. Al no haber sitio para todas, las numerarias se alojaron en casa de una señora conocida. Pero había muchas otras limitaciones; por ejemplo, el único remedio contra el frío invernal era el brasero, uno para los hombres y otro para las mujeres, que se empleaba también para cocinar ante la insuficiencia de la cocina de gas. El domingo siguiente, el Padre y don Álvaro las acompañaron a visitar la Basílica de San Pedro, siguiendo el recorrido que ya se había hecho habitual: visita al Santísimo, rezo del Credo ante el altar de la Confesión y otras paradas de oración. Al llegar bajo el monumento a Alejandro VII, don Álvaro hizo una seña al Padre y éste dijo: «Mirad arriba».
Y se les escapó un grito de espanto al ver cernirse sobre sus cabezas el famoso esqueleto de bronce, mientras el Padre, don Álvaro y ellas mismas trataban de contener la risa. Luego les dijo que por la tarde podrían disponer de la sala de estar para entretenerse y escuchar un poco de música en el tocadiscos, otro elemento recuperado.
Pasaron por la casa muchos cardenales, obispos y otros eclesiásticos, para trabajar las cuestiones jurídicas junto al fundador o simplemente para conocer el Opus Dei. La administración era una parte importante, no sólo para atender bien a los huéspedes, sino para ilustrar el espíritu de la Obra a través de muchos detalles de tono humano, familiar, secular. Tenían ellas que industriárselas para servir la mesa con señorío, a pesar de la falta de medios en la cocina, y procurar una “apetitosa presentación” de los pobres alimentos que podían conseguir en medio de la penuria general y con las poquísimas liras disponibles. Poquísimas de verdad: un día, el Padre debía afrontar un pago y, al estar sin dinero, llamó a la puerta de la administración para pedírselo a ellas —cabe imaginar con qué humillación— y oyó que le decían que tampoco les quedaba nada. El Padre, que tenía y siempre tuvo tratos con la pobreza, enseñaba que la pobreza que se vive en la Obra es real, pero no ostentosa; «no tiene voz para gritar: soy pobre», no se ve por fuera, es desasimiento interior y voluntario. Los huéspedes de la casa de Città Leonina ni se enteraban.
Los procedimientos curiales iban adelante a la par que las visitas. Y el 24 de febrero de 1947, entonces fiesta de san Matías, la Santa Sede concedió al Opus Dei el ansiado
Decretum laudis, pocos días después de la promulgación de la Constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, la ley marco de las «Formas nuevas», desde entonces llamadas
Institutos Seculares. Con aquel acto pontificio se reconocía el espíritu y el derecho particular de la Obra y se sancionaba la universalidad de su apostolado. Cuenta una de las mujeres:
«Encontré al Padre sentado en el banco de la cocina. Estaba muy contento, contentísimo y, al mismo tiempo —¿cómo decirlo?—, parecía sentirse indigno de las bendiciones que Dios le enviaba».
Había olvidado todos los sudores de aquel doloroso parto. Por todo festejo sus hijas sólo lograron preparar un brazo de gitano. No había para más.
Al día siguiente, Radio Vaticana dedicó un espacio al Opus Dei y a su fundador. El Padre quiso escucharlo junto a sus hijas, pero permaneció todo el tiempo con los brazos cruzados y la cabeza agachada, recogido en oración. Al terminar les dijo simplemente: «Dios os bendiga, hijas mías».
Creía seriamente que la Obra la sacaba adelante el Señor.
Pío XII tuvo siempre los brazos abiertos a ese servicio fiel que la Providencia le había procurado. Seguía el desarrollo de la Obra a través de sus colaboradores más cercanos. En una tercera audiencia, el 28 de enero de 1949, don Josemaría regaló al Papa una selección de publicaciones científicas de miembros de la Obra, como un modo de hacer visible el ideal fundacional de «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas».
Pío XII concedió al Opus Dei la aprobación definitiva el 16 de junio de 1950, sólo cuatro años después de la llegada del fundador a Roma.
En las tardes de verano del Año Santo de 1950, el Padre y varios hijos suyos aguardaban el paso del Papa en automóvil a las puertas de Villa delle Rose, la residencia que utilizaban desde poco antes para actividades formativas en Castelgandolfo. Él era el primero en aplaudir y el Santo Padre, al darse cuenta, se volvía hacia ellos para impartirles la bendición.
1951 es el año grabado en una lápida que preside la terraza más alta de Villa Tevere, la sede central del Opus Dei en Roma. Desde allí se goza de una bellísima panorámica de la Ciudad Eterna, pero la lápida recita casi como una admonición: