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Para los primeros días de 1933, con la ayuda que recibieron de las distintas ciudades del país, los hospitales en el frente de batalla se habían organizado, aunque aún no tenían todo el personal, los equipos ni las medicinas que precisaban.

En Fortín Ballivián, ubicado al sur del Chaco, estaba el conjunto de hospitales más importante del Ejército boliviano. Tenía la capacidad de atender a varios centenares de heridos y su cuerpo médico estaba distribuido en ocho hospitales. Allí llegaban los heridos de

Campo Jordán, Nanawa, Fernández y otros frentes. En los caminos de acceso y en las inmediaciones, existían puestos de socorro que eran atendidos por facultativos y practicantes.

El diario La Razón del 5 de marzo de 1933, da cuenta del retorno del Chaco del doctor Roberto Landívar, rector de la Universidad Central, quien relató:“… sólo mis enfermos pueden decir lo que para mí está vedado, aunque considero que todo lo realizado en beneficio de los enfermos y heridos ha sido lo más humano y lo más científico que el cuerpo médico de Ballivián haya practicado para habilitar a los grandes defensores de nuestro patrimonio”. Ese mismo diario56da cuenta, días después, de la organización de

la Sanidad Militar en los hospitales de retaguardia y asegura que los

miembros de la misma “desarrollan una labor sacrificada”. En el informe se detalla la siguiente información:

“Villazón.- El pequeño hospital de Villazón, construido y sostenido por el esfuerzo del pueblo, cuenta con cuatro salas amplias y cómodas. Cada una de ellas, lleva el nombre de un militar cuyas acciones lo han hecho digno. Así se lee las placas del teniente coronel Emilio Aguirre, subteniente Vidangos, coronel Germán Jordán y capitán Germán Bush”.

En 1933, de acuerdo a los informes de la prensa, existían además de los de Ballivián, los siguientes puestos de socorro y hospitales:

Sala de heridos en el hospital de Villazón, 1935.

56 La Razón, 19 de abril de 1933, pag. 3

“Hospital de Villazón.- Un amplio local a cargo del Dr. Alfredo Mollinedo, especializado en Europa y Estados Unidos, con seis espaciosas salas, 150 camas con ventilación y sol. Tres doctores y tres enfermeras.

Puestos Intermedios.- En el camino a Tarija existen varios puestos sanitarios por los que deben pasar forzosamente las columnas que transportan heridos. En cada uno de ellos, sea en Iscayachi, Sama o Quebrada Honda, existe personal competente que presta a los heridos la atención del caso.

Tarija.- El hospital se halla dirigido por el Dr. Solares colaborado por cirujanos. Este

hospital, instalado en el local de una escuela, desarrolla normalmente sus labores.

Puesto Moreno.- Tiene un amplio y buen hospital. En esta región el clima parece otro. Los heridos cuentan con amplios galpones y una atención cuidadosa. Los médicos, enfermeras y demás personal de sanidad atienden a los heridos y les ofrecen las comodidades necesarias. Cerca, enormes tropas de ganado pastan tranquilamente. El Ejército tiene de este modo siempre carne fresca y abundante. Cuando marcha la tropa, lleva tras de sí, el ganado suficiente para satisfacer las necesidades del rancho.

Hospital de Villamontes.- Dirigido por el Dr. Claudio Calderón Mendoza.Tal vez la ubicación no sea de elogio por el intenso calor;

empero cuenta con el instrumental más perfecto de la República. Su instalación es completa y puede realizar operaciones quirúrgicas. El personal médico es numeroso y cuenta con enfermeras y Siervas de María que vinieron de Buenos Aires para prestar su servicio.”57

En julio de 1933, se organizó la primera Brigada Sanitaria de La Paz. Ésta tuvo como destino el Hospital de Tarija. El informe, publicado en la edición de El Diario del 15 de julio de 1933, en la página 8, señala que el nosocomio fue ampliado para cumplir con las exigencias de la campaña y para albergar a todos los heridos que hasta entonces debían ser trasladados a otras ciudades del sur. El jefe de la Primera Brigada Sanitaria de La Paz era el Teniente Coronel sanitario Dr. Daniel Bilbao Rioja, quien, hasta entonces, había sido el director del Hospital Militar de Miraflores. Lo

Médicos, enfermeras y heridos de la guerra del Chaco en un Hospital de Sangre.

57 Idem, pag. 3 1925 Protocolo de Ginebra, prohibición al

uso de gases tóxicos

1929 Depresión económica mundial Dos Convenios de Ginebra

acompañaban, como radiólogo, Guillermo Debbo; como oculista el Dr.Alfredo Delgado Carpio; como practicantes Carlos Lazcano, Jorge Estenssoro, José Mealla y Edmundo Ariñez. José Arellano era el enfermero. Integraban también la Brigada, como enfermeras, Elisa Velasco, Ilse Trepp y Cristina Velasco. A esta brigada, se incorporaron otros miembros de Oruro y Cochabamba.

El despliegue de médicos y equipos sanitarios hacia el Chaco dejó prácticamente sin resguardo a la ciudad de La Paz. De esta manera, entre agosto y diciembre de 1933, la ciudad se vio afectada por una epidemia de tifus exantemático. La situación provocó gran alarma en la ciudad e indujo al Concejo Municipal a solicitar al gobierno recursos para combatirla y a suspender el envío de médicos al frente para no dejar sin

atención a la población. La edición de El Diario del lunes 25 de septiembre de 1933, señala: “… enfermedades y epidemias están azotando a las poblaciones, sin que autoridades ni otros organismos se preocupen para que la enfermedad se extinga. No hay dinero para asistir a todas las poblaciones con los medicamentos necesarios, por eso vecinos y la sociedad entera van contagiándose.”

Durante la guerra, fueron varias las comitivas de la Cruz Roja Femenina que visitaron los hospitales del Chaco llevando medicamentos, víveres y vituallas.A las comitivas de Antonia Zalles de Cariaga, siguieron otras de distintas

ciudades. En junio de 1934, Leonor de Meleán presidió una delegación de la Cruz Roja de Cochabamba que visitó los hospitales de campaña. Para llegar a su destino, la comitiva viajó de Villazón a Tarija en vehículos militares y de allí a Villamontes en un trimotor de la Fuerza Aérea. El periplo continuó hasta Ballivián. En esa ocasión, la Cruz Roja de Cochabamba dejó a los heridos y enfermos 30.000 atados de cigarrillos, 10.000 naranjas, 8.000 chompas, 4.000 paquetes de galletas, 3.800 encomiendas individuales,miles de cartas y papel y lápiz para la correspondencia. Similar iniciativa tuvo Ana Rosa Tornero. El siguiente es su reporte publicado en El Diario el martes 8 de mayo de 1934:

Un grupo de sanitarios del Ejèrcito boliviano equipados con botiquines y otros implementos para prestar ayuda.

EEnn bbrreevvee vviiaajjaarráánn bbrriiggaaddaass ffeemmeenniinnaass aa llooss hhoossppiittaalleess ddee ssaannggrree ddeell CChhaaccoo..

LLaa sseeññoorriittaa TToorrnneerroo nnooss rreeffiieerree ssuuss iimmpprreessiioonneess ccaappttaaddaass eenn ssuu vviiaajjee aa llaa llíínneeaa ddee ffuueeggoo..

La señorita Tornero, como representante de la mujer boliviana, supo estimular al soldado de las trincheras, así como al herido y al enfermo En el hospital Ballivián, se me encomendó distribuir entre los heridos y enfermos alegorías del artista Donoso Torres que llevaban constancia que el Chaco es boliviano. Así lo hice, pero cuando pasé junto a un prisionero paraguayo, este solicitó que le hiciera partícipe del presente. Accediendo a la petición, le obsequié una de las alegorías, juntamente con una cinta que representaba la tricolor nacional.

¿¿EEssttaa eess llaa bbaannddeerraa bboolliivviiaannaa??,, iinntteerrrrooggóó.. Le respondieron que si, agregó:

¡Qué hermosa es la bandera boliviana! La paraguaya es fea, créalo, señorita, le hablo con sinceridad: detesto mi nacionalidad de paraguayo y estoy en desacuerdo con los colores de mi bandera. Esta guerra tan desastrosa por cierto, nos ha enseñado muchas cosas, entre ellas a comprender que combatimos entre hermanos por una tierra que al final de cuentas será enajenada a los capitales extranjeros.

EEll úúllttiimmoo ppeennssaammiieennttoo ddee uunn mmoorriibbuunnddoo

En uno de los pabellones se encontraba un cautivo que me hizo llamar para dejarme un encargo:

Señorita, me siento mal, advierto que una plancha de hielo se apodera de mi cuerpo, debo morir dentro de algunos momentos, tengo mi madre y llorará sin consuelo cuando sepa que su hijo ha muerto. Pero es necesario que lo sepa. Avise mi deceso a mi tía, la señora Salas que reside en Asunción. Ella anoticiará a mi madre que sucumbí víctima de la guerra, informe además que no tengo pena, mi muerte como tantas otras es una consecuencia de la campaña bélica.

Grupo de heridos de la Guerra del Chaco con en- fermeras y médicos, 1935.

1925 Protocolo de Ginebra, prohibición al uso de gases tóxicos

1929 Depresión económica mundial Dos Convenios de Ginebra

El moribundo no pudo proferir ninguna palabra más. Poco después expiraba en mis brazos pronunciando el nombre de su madre.

LLaa ttrraaggeeddiiaa eenn llooss hhoossppiittaalleess ddee ssaannggrree

Allí, en los hospitales de sangre, se observan los horrores de la guerra en toda su magnitud. Por eso pienso que en esos lugares hace más falta la mujer porque tal vez el timbre de la voz femenina pueda significar algún consuelo para el herido o para el enfermo.

Toda la tragedia de la hecatombe revive en los hospitales de sangre. Los médicos cumplen con su deber en forma intachable. Es cierto que hay algunas deficiencias pero esto no se debe a los facultativos sino a que la Cruz Roja Boliviana no se preocupa en enviar mayores elementos sanitarios, es necesario que dicha institución arrime con más empeño el hombro a la tarea de remitir drogas y medicamentos”.

El Diario el martes 8 de mayo de 1934, pag. 5.

Las enfermeras de la Cruz Roja: valentía y

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