• No results found

Berg-Maserick Result

Nunca olvidaré la imagen de aquella fosa común en Rusia. Contenía los huesos de veinte millones de jóvenes soldados que habían muerto en la Segunda Guerra Mundial. En una ciudad tras otra, los túmulos cubrían el paisaje, elevados como inmensos verdugones sobre el cuerpo nacional hasta donde alcanzaba la vista. Era la desaparición de toda una generación de hombres rusos. Recuerdo también los gestos de horror en los rostros de las mujeres rusas, a las que se había ignorado en aquella guerra, cuando desde nuestra pequeña delegación, tristemente desconocida, imploraban: «Paz, por favor». Son recuerdos que no han dejado de perseguirme. Sobre todo esos túmulos y esos rostros han servido de filtro para cada historia sobre la guerra que he leído desde entonces: Bosnia, Ruanda, Palestina, El Salvador, Nicaragua, Irak, Sudáfrica, toda la letanía del pecado político, todas las muertes, todas las súplicas de paz. Entonces me di cuenta de por qué es tan difícil escribir sobre la guerra en los Estados Unidos.

En los Estados Unidos se han desatado guerras: algunas de ellas por grandes y nobles ideales, otras por los motivos más básicos, otras para rescatar a personas, y otras para mantener bajo el precio del petróleo. Pero, a pesar de las diversas participaciones internacionales, el país nunca ha llegado a conocer realmente la guerra. Hemos contado cadáveres, pero nunca hemos perdido a nuestros mayores, a nuestros niños, nuestros hogares y ciudades, el futuro de nuestras familias, ni a nuestro país en sí. La guerra ha sido un ejercicio de gloria para nosotros, un gusano silencioso en el corazón de la nación, que se gana su simpatía, consume sus recursos, le endurece el corazón y se convierte en su negocio, afianza sus exportaciones, siempre destacando su avance, nunca gravando con impuestos nuestra seguridad, nuestra base económica ni nuestras expectativas de futuro. Cuando trabajaba como maestra, aún era cierto que el trigo constituía la principal exportación de los Estados Unidos. Ahora, si queremos enseñar con integridad, debemos admitir ante esta generación de estudiantes que ya no es el trigo, sino las armas. Es notorio que traficamos con nuestra propia desaparición. Somos los sepultureros del mundo. Lo que es peor, quizá: vendemos la muerte al mejor postor y lo llamamos «seguridad».

«Quienes montan un elefante salvaje van adonde vaya el elefante salvaje», escribió Randolph Bourne. Es una analogía gráfica. Nos encontramos en una situación que nosotros mismos hemos creado, que se ha descontrolado por completa y que se nos lleva por delante. Lo que hemos disfrazado de patriotismo es claramente una forma de genocidio. No hay duda de que, si queremos salvaguardar el alma de este país, debemos declararle la guerra a la guerra.

La Biblia nos presenta una imagen nítida de la situación en el relato de David y Goliat. Aquí no tenemos la visión de ejércitos en formación de batalla en la llanura, admirables por sus ideales y virtuosos por sus intenciones. No, la historia no ilustra una guerra entre enemigos políticos; ilustra la guerra entre el inocente idealista y el enemigo

profesional. El joven David no está en guerra con los guerreros; David está en guerra con una idea que, solo casualmente, resulta ser una persona. Goliat es la oposición despersonalizada; David es el inocente no combatiente, la víctima inocente. Ninguno de los dos tiene un ejército de su lado; ninguno, por derrotar al otro, puede derrotar toda la maquinaria de guerra que subyace al marco, expectante en la sombra para guerrear de nuevo.

«Hay mil personas dando hachazos a las ramas del mal por cada una que golpea su raíz», escribió Thoreau. En otras palabras, no podemos eliminar la guerra guerreando. Eso es solo golpear sus ramas, un ejercicio de supervivencia de los que mejor se adaptan, tal vez, pero no necesariamente una garantía de supervivencia de los mejores. No, solo podemos eliminar la guerra atacando la raíz del sistema que la hace posible. Solo podemos declarar la guerra a la guerra eliminando de nuestros corazones la violencia que hace de la guerra algo aceptable, aristocrático, glorioso: «por Dios y por el país», «por la patria», «por la bandera».

La guerra es una devastación del espíritu humano que se vende como el más noble de los sustentos. Para esconder la violación y el saqueo, la degradación y el desastre, la formación de seres humanos para que se conviertan en animales con un comportamiento que nunca consentiríamos en un animal, hemos urdido un lenguaje del desconcierto. Ahora, entre las bajas se computan como «daños colaterales» los millones de civiles que estamos dispuestos a perder en una guerra nuclear, un número con el que, de todas formas, nos proclamamos ganadores. Damos los nombres más benignos a las armas más letales de la historia de la humanidad: Little Boy («Jovencito»), Bambi, Peacekeepers («Fuerzas de paz»). Por ejemplo, al submarino nuclear usado para lanzar misiles de crucero capaces de alcanzar y destrozar 250 ciudades de primera categoría con un solo ataque, lo llamamos Corpus Christi, una blasfemia a la que se recurre para describir el arma que destruirá el Cuerpo de Cristo sin remedio. Sacamos a barbilampiños de las cocinas de sus madres para enseñarles a marchar ciegamente hacia la muerte, a destruir lo que no conocen, a odiar lo que nunca han visto. Convertimos a los propios vencedores en víctimas. A la mutilación psicológica, a la tortura física, a la deformación espiritual de los defensores más vulnerables de la nación... les llamamos «defensa». Convertimos a sus padres, parejas e hijos en ancianos, viudas y huérfanos antes de tiempo. «Construimos un páramo y lo llamamos paz», escribió el poeta romano Séneca con triste perspicacia.

La escena ha quedado grabada en mi mente hasta hoy. A los pies del ataúd de mi primo de veinte años, hijo único, muerto en Vietnam a tan solo unas pocas semanas de recibir la licencia militar, mi tío, una persona afable, repitió una y otra vez cuál era su único consuelo, para que todos lo oyéramos: su querido hijo, decía, «al menos había muerto como un héroe». Pensé en los pueblos incendiados, en los niños desplazados, en las jóvenes violadas y en los granjeros indefensos que habían fallecido y descansaban en otras tumbas en algún otro lugar aquel día; y, al no ver nada de heroico en todo ello, guardé silencio y aparté la vista. Sabía que los soldados jóvenes también eran víctimas.

Pero «¿y si alguien declarara una guerra y nadie acudiera?», preguntó Carl Sandburg. ¿Y si un gobierno tratase de hacer la guerra, pero el pueblo se negase? Imagínatelo. ¿Y si las madres no sacrificaran a sus hijos ni enviaran a sus hijas a la muerte? ¿Y si los padres no educasen a sus hijos para convertirlos en obedientes robots ni en machistas obscenos? ¿Y si las Iglesias empezasen de verdad a predicar lo que afirman defender y preparasen a sus jóvenes para la objeción de conciencia, al igual que les enseñan el catecismo? ¿Y si no contásemos la muerte de 150.000 niños iraquíes de menos de cinco años como una victoria? ¿Y si los pastores se negaran a hacer sonar las campanas de la iglesia para celebrar la masacre de las masas? ¿Y si los capellanes militares tuvieran que expresarse con tanta claridad acerca de su objeción a las armas nucleares como lo hacen al hablar de su rechazo del aborto? ¿Y si dejáramos de mofarnos de nosotros mismos y admitiéramos que la guerra ya no es algo militar, sino más bien un pogromo de inocentes? Suyos y nuestros.

¿Y si nos tomáramos en serio la resistencia no violenta? ¿Y si no solo nos negáramos a colaborar con el enemigo, sino que descartáramos también adoptar su comportamiento asesino? «La espada que usamos para matar al enemigo», dijo san Agustín, «debe atravesar primero nuestros propios corazones». Está claro que las cosas que hemos concebido para matar a los demás nos están matando también a nosotros. Están matando nuestras escuelas; están echando a perder nuestras infraestructuras; están destrozando nuestros servicios sociales; están retorciendo nuestras almas.

Y es que nos hemos convertido en una nación en guerra consigo misma. La sangre de nuestros hijos recorre nuestras calles, porque les hemos enseñado perfectamente la violencia. La nación mejor armada del mundo es la menos segura. El crisol se ha convertido en un hervidero de tensiones.

La cuestión de nuestro tiempo, por tanto, se ha convertido en una cuestión esencial sobre la naturaleza humana: ¿qué necesitamos exactamente para liberarnos del gigante de violencia que hay en nosotros? ¿Estamos condenados a idear nuestra propia destrucción? ¿Podemos sobrevivir a los monstruos tecnológicos que hemos creado? Y si es así, ¿cómo? «En la siguiente guerra mundial lucharemos con piedras», advirtió Einstein. Y él debía de saberlo.

Sin embargo, hay obstáculos tan insidiosos a la eliminación de la guerra que las buenas personas se niegan a creer que existen. Hay un coloso en nuestra propia alma que es más peligroso que el titán que imaginamos fuera de nosotros mismos, que grita para que lo soseguemos antes de que, algún día, lleguemos a conocer la paz realmente.

Los verdaderos enemigos públicos de nuestro tiempo son el poder y el lucro. Ambos calan en el alma en cada nivel del espíritu nacional y la intoxican de raíz. El propósito de lucro seduce a todo el país con sutileza y zalamería. Cuando la economía va bien, por ejemplo, nadie que viva del dinero militar generado por la máquina de la guerra preguntará cómo se ha llegado a esa situación. El hecho de que la gente acepte salarios inmorales a cambio de trabajar en fábricas que preparan la muerte del mundo queda

enmascarado bajo la gran conspiración del silencio, y se autodenomina «un destacado indicador económico». Nadie se queja de que nos presten dinero para la guerra; pero ¡ni hablar de endeudarse por la educación, ni por la formación profesional, ni por las viviendas de protección oficial! «Echaremos en falta la seguridad de las bases», dijo un granjero cuando lo entrevistaron en el momento en que empezaban a desmontar la estructura de lanzamisiles que señalaba su campo de maíz como Zona Cero en una zona rural de Kansas. Y ni siquiera pestañeó al decirlo.

Hemos aprendido a decir que una fórmula para la destrucción global es algo bueno. Hemos llegado a pensar que una economía industrial militar que nos hace esclavos de la guerra es la libertad. Hemos aceptado el hecho de que la mayor volatilidad militar que el mundo ha conocido hasta ahora es la seguridad. Hemos dado en llamar loable a lo que es detestable; correcto, a lo que es erróneo; y cordura, a lo que no es sino demencia nacional.

Un antiguo relato refiere que en cierta ocasión resultó contaminado el principal afluente de un río de montaña. Todos los habitantes del pueblo se trastornaron, excepto los pocos que se negaron a beber de aquel agua. Al final, ridiculizados por ser diferentes, gravemente enfermos de soledad, y con los pozos ya casi vacíos, los que se negaban a beber acudieron al rey para preguntarle cómo debían actuar ante tan terrible situación.

Y el sabio rey les respondió: «Está claro que es una locura beber este agua; pero si debemos beberla, tengamos al menos el honor de enviar mensajeros para que anuncien al resto del mundo que sabemos que estamos locos».

Obviamente, el mal ha calado en el alma de la nación, pero se autoproclama «bien», se autoproclama «libertad» y «defensa». Y tal vez sea esa la mayor locura de todas. Si, como mínimo, pudiéramos conocer la gravedad de nuestra deformación espiritual, a lo mejor podríamos curarnos de ella. «Nunca me asombro de ver hombres malvados», escribió Jonathan Swift, «pero a menudo me asombro de ver que no se avergüenzan». Y es que necesitamos expurgar el Leviatán que hay dentro de nosotros y que nos ha robado la vergüenza. Necesitamos volver a ser humanos. Necesitamos ver que precisamente lo que nos ha llevado al lucro y al supuesto poder moral nos ha puesto, de hecho, en peligro.

Hay un segundo archienemigo nacional que se ha convertido en otra plaga para nosotros. La economía militar no es nuestro único inconveniente civil. Padecemos también la enfermedad moral de la dominación, contra la que debemos luchar para proteger nuestras almas. El poder se ha convertido en nuestra obsesión nacional, al igual que ha ocurrido anteriormente con muchas otras naciones de nuestro entorno. Como algunos países a los que decimos no parecernos, traficamos con la muerte y hacemos negocios sucios, practicamos la guerra de guerrillas contra los inocentes y expoliamos los recursos para los militares. Adoramos el poder y aceptamos cualquier cosa, con tal de conseguirlo.

enfermedad de la dominación. «América debe ir a la cabeza», dicen los políticos, y parece ser que se refieren a que los Estados Unidos deben negociar la moral del mundo. Solo que no es así. Y no podemos hacerlo. Al menos, no de esta manera. Hablamos de derechos humanos y luego nos olvidamos de ello en cualquier lugar que no tenga petróleo. Estamos indefensos en Bosnia, con todas nuestras armas; estamos secuestrados en Haití, a pesar de nuestros bombarderos; estamos completamente desarmados en Ruanda –si es que Ruanda nos importa lo más mínimo–, aunque tengamos bombas. Hemos cambiado la persuasión moral por la fuerza bruta. Nos hemos quedado sin responder a la pregunta acerca de qué puede ser lo bastante valioso como para desatar en el mundo la antigua promesa de su extinción.

Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué? Las respuestas se sugieren solas, pero solo con cierto rubor: ¿es por alguna realidad oscura que irrita nuestras almas hambrientas? ¿Es porque nos encontramos en una situación de bancarrota espiritual? ¿Es, tal vez, porque, incluso como Iglesias, hemos concedido más importancia a nuestras instituciones que a la Palabra de Dios? ¿Es porque hemos pasado más tiempo rezando por ir al cielo que escuchando a los profetas, que nos advierten que el reino de Dios debe comenzar primero en la tierra, si queremos que empiece para nosotros? Sí, por supuesto. Es por todas estas razones. Pero hay más.

Ocurre que nos aferramos a la imagen del Dios Guerrero, en lugar de adherirnos a la del Dios Amor.

Ocurre que mezclamos sistemáticamente la religión nacional y la religión cristiana. Igual que lo creyeron los habitantes de Jerusalén antes que nosotros, creemos que este país se ve especialmente favorecido por Dios, que está bajo la protección especial de Dios, que ha sido elegido para que se haga en él la voluntad de Dios. A quienes piensan así les dio Abraham Lincoln la siguiente explicación durante la Guerra Civil: «La cuestión no es si Dios está o no de nuestro lado. La cuestión es si nosotros estamos o no del lado de Dios».

Aborrecemos la violencia, pero ni como pueblo ni como Iglesia estudiamos la no violencia. Aborrecemos el conflicto, pero no solicitamos una investigación nacional sobre métodos alternativos de resolución de conflictos. A menudo sufrimos una genuina frustración motivada por la injusticia histórica y, en nuestra impotencia, decidimos enviar a nuestros jóvenes a un conflicto internacional, en lugar de participar nosotros mismos, velando por sus intereses, en actividades de resistencia pública.

También a menudo, nos invade un temor al hecho de compartir que cierra nuestras fronteras, ignora lo inaceptable del mundo y deporta a los económicamente indefensos.

Como consecuencia, nuestros enemigos y sus ejércitos ocultos están vivos y coleando, nosotros no tenemos poder alguno sobre el mal internacional, y el militarismo de nuestra sociedad campa a sus anchas mientras la gente se muere de hambre, porque nos hemos negado a ser un Estado del bienestar y hemos elegido ser, en cambio, un Estado del conflicto armado.

Es hora de que retiremos nuestro apoyo a la guerra igual que en una ocasión se lo retiramos a la trata de blancas, a la institución de la esclavitud y a la práctica de encadenar a los enfermos mentales. La guerra es una forma de abordar los problemas contemporáneos propia de los bárbaros. Es la locura elevada a la categoría de arte. Es la demencia tecnológica. Ya no funciona, a menos que, por supuesto, a la masacre a gran escala de hombres, mujeres y niños le llamemos «paz».

El efecto espiritual de rechazar la guerra como un modo de resolver las tensiones humanas es convertirse en una persona de paz, demasiado fuerte como para dejarse intimidar incluso por los nuestros, demasiado comprometida como para callar cuando los traficantes venden armas que solo empeoran las situaciones ya malas de por sí, demasiado humanos como para dejarse convertir en máquinas de muerte. La función del pacificador no es rehuir el combate recurriendo al mal. La función del pacificador es encontrar modos de confrontar el mal sin volverse malo.

No es que un pacificador no deba estar dispuesto a morir por una causa. Es, sencillamente, que no debe estar dispuesto a matar por ella.

No hay guerras inevitables. «La violencia incluso hace justicia injustamente», nos enseñó Thomas Carlyle. La violencia no tiene justificación. Si estalla una guerra, es porque tenemos los ojos resecos, porque nuestro espíritu se ha amargado, porque nuestros corazones se han desorientado. Pero si eso ocurre, nuestro futuro corre un riesgo que todavía nos es desconocido.

«Los santos de nuestro tiempo», escribió Camus, «son aquellos que se niegan a ser sus ejecutores o sus víctimas». En otras palabras: tenemos que dejar de dar de comer inocentes a los bárbaros brutales en nombre de unos elevados ideales. El niño con el tirachinas que vive dentro de cada uno de nosotros sabe que, aun cuando seguramente nos destruirán si acudimos sin poder militar a la batalla, estar armados hasta el cuello tampoco es una garantía de victoria. Es hora de comprometerse con una resistencia no violenta. Si debemos guerrear, que sea contra la brutalidad, la degradación y la violencia que todos llevamos dentro. Eso será, sin duda, lo único que, al final, nos salvará de nosotros mismos.

Related documents