CHAPTER 3. METHODOLOGY: PATH OF INQUIRY
3.3 The interview as context: a co-creative encounter
3.3.4 Bracketing as analytic approach and tool
(117) LA NUEVA estructuración del estado, sobre la base común del derecho para todos, creó un nuevo tipo de hombre, el ciudadano, e hizo de la acuñación de una norma universalmente válida para la vida ciudadana la necesidad más apremiante para la nueva comunidad. Pero así como el ideal de la primitiva sociedad noble halló en la epopeya su expresión objetiva, y formularon, Hesíodo la sabiduría práctica de la ética campesina y la ética del trabajo, y Tirteo las severas exigencias del estado espartano, no hallamos a primera vista una expresión análoga del nuevo ideal del ciudadano en la poesía de su tiempo. Como vimos, la cultura de la ciudad aceptó gustosa los estadios anteriores de la educación y, con ello, puso a su servicio la alta poesía como medio de expresión de sus propios ideales, del mismo modo que la música y la gimnasia de la antigüedad aristocrática. No existe, pues, una creación poética que incorpore su naturaleza peculiar y que pueda competir con la poesía del pasado devenida ya clásica. Podemos mencionar tan sólo las historias relativas a la fundación de determinadas ciudades, redactadas en un estilo épico convencional. Pero ninguna de estas obras de la cultura ciudadana primitiva, ya escasas en número, se eleva a la significación de una verdadera epopeya del estado, como lo fue, entre los romanos, la Eneida de Virgilio, la última de las grandes obras de este género.
El ethos del nuevo estado halló su verdadera expresión revolucionaria no en la forma poética, sino más bien en la creación de la prosa. Nada menos que esto significa la promulgación de leyes escritas. La característica del nuevo estadio de desarrollo de la comunidad humana se halla en el hecho de que la lucha para llegar a la sumisión de la vida y la acción a normas ideales rigurosas y justas, se abre paso con la mayor resolución mediante la consignación de sus preceptos en proposiciones claras y universalmente válidas. La vehemencia con que fue sentida esta exigencia moral relegó, al principio, a un segundo término la necesidad de una expresión intuitiva y artística del nuevo hombre. El estado legal nace ya del espíritu racional y no tiene, por tanto, ningún parentesco originario con la poesía. Los momentos poéticamente fecundos de la vida de la ciudad se hallan ya agotados en Homero, Calinos y Tirteo. La vida cotidiana de los ciudadanos, en toda su amplitud, permanece necesariamente inaccesible a la elevación poética. Y el heroísmo de la vida política interna de Solón, que debía convertirse en la fuente de una nueva alta poesía, no fue captado por ningún escritor jónico o eolio.
En cambio, la esfera de la intimidad personal del hombre, completamente (118)
alejada de la vida política, abre a la poesía un nuevo mundo de experiencias, cuyas profundidades explora ávidamente. En este mundo nos introduce la poesía elegiaca y yámbica de los jonios y la lírica eólica La dinámica de la voluntad individual de vivir, cuya manifestación podemos perseguir, de un modo indirecto, en las transformaciones del estado, por la acción de aquélla en la vida de la comunidad, se
nos revela aquí mediante la expresión de sus movimientos en la intimidad inmediata. Sin la percepción de esta experiencia espiritual nos faltaría lo más esencial para llegar a la comprensión de las transformaciones políticas. Las conexiones causales entre lo espiritual y lo material permanecen en la mayor oscuridad por la falta completa de tradición alguna relativa a las condiciones económicas de la época. Pero, para la historia de la educación, nos importa más la forma espiritual a que llegó el hombre de la nueva edad y la huella que, mediante ella, imprimió en la evolución posterior. Y esta huella del espíritu jónico es de la mayor importancia para la historia de los griegos y de la humanidad. Los poetas expresan por primera vez, en nombre propio, sus propios sentimientos y opiniones. La existencia en común permanece, para ellos, totalmente en segundo término. Incluso cuando se refieren a la política, lo cual ocurre con frecuencia, no pretenden dictar normas universales e imperativas, como Hesíodo, Calinos, Tirteo y Solón, sino expresar su pasión personal partidista, como Alceo, o reclamar sus derechos individuales, como Arquíloco. Incluso los animales, en las querellas de las fábulas, reclaman recíprocamente "sus derechos", en humorística imitación de las relaciones humanas. Sin embargo, la abierta expresión de las ideas propias del poeta presupone siempre la polis y su estructura social. El individuo descansa en la ciudad, en su sujeción y en su libertad, lo mismo cuando esta relación permanece sin ser expresada que cuando se dirige expresamente a sus conciudadanos mediante su opinión personal, como ocurre en Arquíloco.
Es altamente significativo que el género de individualidad que por primera vez se manifiesta en estas poesías, con asombrosa independencia, no se exprese, a la manera moderna, como la simple experiencia de la sensibilidad del yo, íntimamente intuida en relación con su dependencia e independencia del mundo, como un puro desbordamiento sentimental. Este tipo moderno de individualidad poética no es sino una vuelta a las formas primitivas y naturales del arte, a la simple exteriorización ingenua de los sentimientos individuales, tal como lo hallamos en los hombres de las más distintas épocas y razas y de un modo evidente ya en los primeros estadios de la cultura. Nada más insensato que pensar que los griegos hayan traído por primera vez al mundo el sentimiento y el pensamiento individual. Por el contrario, este tipo de pensamiento y de sensibilidad llena, casi exclusivamente, el mundo entero. Tampoco fueron los únicos ni los primeros en dar forma artística a esta individualidad, que
(119) se muestra de un modo tan impresionante en la lírica china, tan profundamente emparentada con la moderna. Precisamente ello nos permite percibir su diferencia esencial de la primitiva individualidad griega.
El pensamiento y el sentimiento del poeta griego permanecen siempre, aun dentro de la esfera del yo nuevamente descubierta, sometidos, en algún modo, a una norma y a un deber ser. Lo explicaremos con más detalle y rigor. No es fácil para nosotros, desde largo tiempo impregnados de aquella idea, concebir, de un modo claro y preciso, qué entendieron por individualidad Arquíloco y otros poetas de su género. No es ciertamente el sentimiento cristiano y moderno del yo, del alma individual consciente de su íntimo y propio valer. El yo se halla, para los griegos, en íntima y viva conexión con la totalidad del mundo circundante, con la naturaleza y con la
sociedad humana; no separado y aislado. Las manifestaciones de la individualidad no son nunca exclusivamente subjetivas. Podríamos decir, más bien, que en una poesía como la de Arquíloco el yo individual trata de expresar y representar en sí la totalidad del mundo objetivo y sus leyes. El individuo griego alcanza su libertad y la amplitud de movimientos de su conciencia, no mediante el simple desbordamiento de la subjetividad, sino mediante su propia objetivación espiritual. Y en la medida en que se contrapone a un mundo exterior, regido por leyes propias, descubre sus propias leyes internas.
Explicaremos este fenómeno, cuya importancia para la historia de las formas del espíritu occidental salta a la vista, mediante un ejemplo. Hemos observado ya en otro lugar un fenómeno paralelo con el nacimiento de la elegía de Calinos y de Tirteo. Allí establecimos el importante hecho de la historia de la educación de que el ideal del estado espartano halla su expresión poética en la transferencia de la parénesis homérica, que enardecía el valor de los héroes, a la actualidad real y vivida. Lo que ocurría allí con la ciudad entera, con el ejército de los espartanos, se repite en Arquíloco con la persona individual del poeta. En las elegías aparece constantemente él mismo o su contorno como portador de las figuras y los destinos homéricos. En estas transposiciones de contenido y de forma, aparece palpable y claro el gran proceso educador que se realiza entonces mediante la íntima apropiación del espíritu de la epopeya por la personalidad. Incluso la elevación del individuo a un mayor grado de libertad, en la vida y en el espíritu, se debe, en primer término, al influjo formador de Homero.
Cuando Arquíloco se presenta a sí mismo como "servidor del imperante Enyalios" y, al mismo tiempo, como entendido en el "amable don de las musas",110 comprendemos lo decisivo y nuevo que hay en la atrevida conciencia de este yo que con razón se siente, en su doble (120) calidad de guerrero y de poeta, como algo inusitado y único. Pero debemos recordar, al mismo tiempo, que existe un proceso de autoformación espiritual que se revela cuando el poeta se viste con el ropaje heroico de la forma épica o cuando habla con orgullo de las batallas contra los "señores de Eubea, famosos en el manejo de la lanza", en las cuales sirvió como soldado: del "tumulto de Ares" y de la "quejumbrosa obra de la espada".111 Bebe su vino y come su pan en la actitud de los héroes homéricos, "apoyado en la lanza", mediante la cual se sustenta.112 Todo esto afirma de sí mismo un hombre que no es de noble estirpe. La épica presta su estilo a su vida entera, a su acción y a su pensamiento.
Cierto es que no siempre se siente a la altura de este importante papel. La individualidad de Arquíloco no se manifiesta sólo por el hecho de elevar su personalidad empírica a las normas ideales de Homero y formarla de acuerdo con ellas. Al compararse a sí mismo con aquel ideal, la penetrante objetividad de la mirada griega lo lleva, necesariamente, a ver hasta qué punto la pesada y arcaica
1101
ARQUÍLOCO, frag. 1.
1112 Frag. 3. Obsérvese también el matiz épico de los nombres mediante los cuales se dirige a los conocidos de su propio círculo Khruki/dhj, Ai)simidhj, Ai)sxuli/dhj. 1123 Frag. 2.
armadura de los héroes es inadecuada para la vacilante osamenta de su propia e insuficiente humanidad. Este conocimiento de los propios límites no quebranta, sin embargo, la invencible jovialidad de Arquíloco. Lo convierte, por el contrario, en un motivo de expresión y de humorística afirmación de sí mismo, aun frente a las inaccesibles exigencias de los ideales tradicionales. Los héroes homéricos hubieran sentido la pérdida de su escudo como la muerte de su honor y hubieran preferido sacrificar su vida antes que sufrir semejante afrenta. En este punto el nuevo héroe de Paros hace sus reservas y está seguro de provocar la risa de sus contemporáneos cuando dice: "Un saio enemigo se regocija ahora con mi escudo, una armadura intachable que he abandonado sin querer tras una mata. Sin embargo, yo he escapado a la muerte, que es el fin de todo. ¡Que se pierda este escudo! Compraré uno mejor."113 La deliciosa mezcla del moderno humor naturalista, ajeno a toda clase de ilusiones, según el cual aun un héroe sólo tiene una vida que perder, con la noble resonancia de la retórica épica, que nos habla de "una armadura intachable" y de la muerte que "es el fin de todo", es fuente de indefectibles efectos cómicos. Bajo su amparo puede el esforzado desertor aventurar su insolente conclusión y afirmar con desconcertante sinceridad: "¡Me compraré simplemente uno mejor! ¡Qué es, es definitiva, un escudo sino un pedazo de piel de buey curtida, con unos ornamentos de metal brillante!"
Semejante transformación del heroísmo en algo natural, demasiado natural, parece algo atrevido e increíble. Sin embargo, aun en (121) esto halla Arquíloco su precedente en la épica tardía. No otra cosa es la escena del final de la Ilíada, cuando Aquiles invita al afligido Príamo, tras la entrega del cadáver de su hijo, a comer y a beber y cita el ejemplo de Niobe, afligida por el más profundo dolor materno: "Aun Niobe, saturada en llanto, debió de pensar en la comida." 114 Todos somos hombres. También el heroísmo tiene sus límites. Aquí lo trágico, en Arquíloco, lo cómico de la naturaleza humana, rompen las severas normas de lo heroico. Sin embargo, como quiera que sea, el pensamiento griego se eleva a la norma justa y se enfrenta con ella, ya afirmando frente a la naturaleza la validez de lo más alto, ya haciendo valer los derechos de la naturaleza frente al ideal. Sin embargo, media una gran distancia entre estas manifestaciones primerizas del aflojamiento de las rigurosas trabas de la convención caballeresca y del honor de clase, que no valían ya para los soldados, y la revolución filosófica del pensamiento moral que erige a la "naturaleza" en única y verdadera norma de la conducta. Pero en la osada afirmación personal de Arquíloco frente a los límites del decoro tradicional, y en la abierta decisión con que la mantiene, se halla ya implícita la conciencia de poder ser, no sólo más desvergonzado, sino también más natural y sincero que quien está sometido al código moral con mayor rigor.
Con frecuencia, lo que a primera vista aparece como una opinión puramente subjetiva de Arquíloco, no es sino la manifestación de un cambio general en la concepción de lo decente y lo indecoroso y una rebelión, en este caso justificada,
1134 Frag. 6. 1145Ω 602.
contra los dioses aceptados por la opinión pública y contra la fuerza de la tradición. No se trata tan sólo de una cómoda desobediencia a las normas recibidas, sino de una seria lucha para llegar a la implantación de otras nuevas. En el antiguo orden social no había más instancia superior, para juzgar al hombre, que la fama pública. Era simplemente inapelable. Coinciden, en su respeto a ella, el mundo de la nobleza homérica y la moral campesina y artesana de Hesíodo.115 Arquíloco, al sentirse completamente libre de los juicios del demos sobre lo justo y lo injusto, lo honorable y lo vergonzoso, señala una etapa más libre de la evolución.116 "Si nos afligimos por la maledicencia de la gente no gozamos de la gracia de la vida." El abandono y la comodidad de la naturaleza humana han tenido ciertamente un papel no despreciable en este proceso de emancipación. Su justificación apunta, evidentemente, en ese sentido. Una cierta indulgencia fue la consecuencia de la nueva libertad y naturalidad. Pero la oposición contra la fuerza (122) de la pública opinión ciudadana no se fundaba sólo en motivos hedonistas. La crítica de Arquíloco se eleva a una penetrante lucha de principios. Se decía que la polis mantenía en su memoria y honraba el nombre de los que la habían servido, aun después de la muerte —así lo anunciaban todos los poetas, desde Homero, como segura recompensa al servicio prestado. Pero, en verdad, "después de la muerte nadie es honrado o famoso en la memoria de sus conciudadanos; toda la vida nos afanamos por conseguir el favor de los vivos: pero a los muertos los hacen trizas".117 Otro fragmento muestra claramente lo que esto quiere significar. Piensa el poeta en la baja maledicencia que persigue, aun en los rincones más escondidos, a aquel que no es necesario temer ya. "Innoble es injuriar a los muertos."118 Quien así penetra en la psicología de la fama y conoce la bajeza de la gran masa, pierde todo respeto a la voz de la generalidad. Ya Homero enseñaba que el espíritu del hombre es tan mudable como los días que Zeus alumbra. Arquíloco aplica esta sabiduría homérica al mundo de la vida en torno.119 ¿Qué cosa grande puede esperarse de semejantes criaturas de un día? La ética de la antigua nobleza veneraba la Fama como una fuerza superior porque entendía por ella algo distinto: el honor de los grandes hechos y su gozoso reconocimiento en el círculo de los espíritus nobles. Transferido a la masa envidiosa, que mide todo lo grande con su propia y mezquina medida, pierde todo sentido. Así, el nuevo espíritu de la polis da lugar a la crítica pública, como una prevención necesaria contra el mayor desenfreno de la palabra y de la acción.
No es pura casualidad que Arquíloco sea el primero y más grande representante del ψόγος en la poesía, el temido censor.120 Con alguna precipitación se ha atribuido la
115 6 La ética de la nobleza homérica amenaza con la ignominia y atrae con el honor. El tener en cuenta la maledicencia del demos π 75, τ 527, ω 200 es cosa de la moral burguesa, que influye en la épica más reciente. HESÍODO, Erga, 763 hace de Fama (pheme) una diosa.
1167 Frag. 9. 1178 Frag. 64; cf.
CALINOS, frag. I, 17, TIRTEO, 9, 23 5.
1189 Frag. 65.
11910 Frag. 68 (cf. σ 136). 12011
totalidad de la poesía yámbica, de contenido en gran parte censorio, a condiciones personales de carácter. En éste, como en cualquier otro género de poesía griega, se cree justificado pensar en una explicación puramente psicológica y comprender la poesía como resultado de la expansión inmediata de la subjetividad, del enojo subjetivo de su creador. Con ello se olvida que la aspiración de la sátira literaria en la vida de la primitiva ciudad griega es un fenómeno característico de la época en que se desarrolla la creciente importancia del demos. El yambo era, originariamente, de uso corriente en las fiestas públicas de Dionisos y respondía más bien a la explosión de un sentimiento popular que a la expresión de un rencor personal. Prueba de ello es que el espíritu del yambo se incorpora con la mayor fidelidad y prosigue en la antigua comedia ática, en la cual el poeta aparece notoriamente como el portavoz de la crítica posible. Nada implica contra esto el hecho, asimismo cierto, de que Arquíloco no sea sólo el portavoz, sino también el contradictor de la opinión común. Ambas cosas se hallan en (123) íntima conexión con su vocación de publicidad. Si fuera verdad que el yambo respondía tan sólo a la expresión de los sentimientos del yo, independientemente de toda consideración al mundo, no sería explicable que el yambo filosófico de Semónides y los consejos políticos de Solón procedieran de la misma raíz. Si lo consideramos con mayor precisión, nos daremos cuenta de que la poesía yámbica de Arquíloco tiene también al lado de su aspecto satírico y crítico un aspecto parenético, y que uno y otro se hallan en íntima conexión.
Verdad es que no hallamos en él ningún ejemplo o paradigma mítico, como en la parénesis de la epopeya. Pero introduce otra forma de ejemplo didáctico altamente significativo para la esfera de la cual procede: la fábula. "Quiero contaros una fábula..." comienza la historia del mono y el zorro.121 Del mismo modo empieza la fábula del zorro y el águila: "Existe una fábula entre los hombres que dice así. . ." 122 No hallamos las fábulas en las elegías de estilo heroico de Arquíloco, sino sólo en los yambos. Al hablar de los Erga de Hesíodo vimos ya cómo la fábula es una pieza constitutiva de la tradición didáctica popular.123 La corriente de esta parénesis