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Caging approaches to regulate oligonucleotide function

CHAPTER 1: Regulation of Biological Activity with Oligonucleotides

1.3 Regulation of synthetic oligonucleotide activites with light

1.3.2 Caging approaches to regulate oligonucleotide function

Cuando se trata de comprender a un adolescente, es importante saber de dónde viene y a dónde va. Así mismo, las conductas de las personas de una familia nunca son un fenómeno de ámbito individual, afectan a los demás miembros, a la vez que son

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afectados por ellos. De esta manera, el paso de la infancia a la adolescencia de uno de los miembros de la familia es una de las “perturbaciones” con más consecuencias para el conjunto del sistema familiar (Perinat, 2002).

Muchos adolescentes ven la adultez con un sentimiento combinado de prevención y temor. Se preguntan si son capaces de asumir las responsabilidades que acompañan a la libertad. Entre tanto, la ansiedad y preocupación de los padres respecto de la capacidad del adolescente para enfrentar sus problemas y para alcanzar una posición adulta satisfactoria no ayudan a estructurar la confianza del joven en sí mismo. Más bien aumentan su ansiedad y lo llevan a albergar sentimientos negativos aún más fuertes acerca de sí mismo y de sus aptitudes (Kelly, 1969 citado por Hurlock, 1994). De este modo, el paso de la niñez a la adolescencia es un periodo complejo en cuanto a las relaciones familiares, pues supone una auténtica reorganización del trato paterno filial. Los jóvenes tienen nuevas necesidades sociales, afectivas, cognitivas y sexuales, y los padres deben adaptar pautas y estilos educativos a esas necesidades (Ochaita, 1995 citado por Martín, 2005).

Aunque se sabe que la adolescencia no es necesariamente una etapa tormentosa o problemática; sin embargo, siempre hay un mayor o menor grado de dificultades. La intensidad de estos problemas depende de la disponibilidad de apoyo emocional e instrumental de los otros, es decir, de la familia, de los iguales y amigos (Krichler, Pombeni y Palmonari, 1991 citados por Aguirre, 1996). El adolescente –como dice Aguirre (1996)– está mejor equipado para llevar y resolver sus problemas cuando recibe apoyo emocional e instrumental en su contexto de relaciones, es decir de sus figuras familiares, de sus iguales y de otras entidades sociales.

A. La rebelión adolescente

Los años de la adolescencia se han considerado un tiempo de rebeldía adolescente que involucra confusión emocional, conflictos con la familia, alejamiento de la sociedad adulta, comportamiento temerario y rechazo de los valores adultos. Sin embargo, la rebelión plena parece ser poco común incluso en las sociedades occidentales, al menos entre los adolescentes de clase media que asisten a la escuela. La mayoría de los jóvenes experimentan cercanía y sentimientos positivos hacia sus padres, comparten con ellos opiniones similares acerca de temas

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importantes y valoran su aprobación. Los relativamente pocos adolescentes muy atribulados solían provenir de familias perturbadas y, en la adultez, continuaban con vidas familiares inestables y rechazaban las normas culturales. Los que fueron criados en hogares con una atmosfera familiar positiva tendían a salir de la adolescencia sin problemas graves, y en la adultez establecían matrimonios sólidos y llevaban una vida bien adaptada (Offer, Kaiz, Ostrov y Albert, 2002 citado por Papalia, 2012). Aunque el conflicto familiar es relativamente poco frecuente, tiene un impacto importante en los problemas emocionales. Las emociones negativas y las oscilaciones del estado de ánimo son más intensas durante la adolescencia temprana, debido quizá al estrés asociado con la pubertad. En la adolescencia tardía la emocionalidad suele estabilizarse (Larson, Monera, Richards y Wilson, 2002 citado por Papalia et al., 2012).

A menudo los adolescentes pasan tiempo a solas en su habitación para alejarse de las exigencias de las relaciones sociales, recuperar la estabilidad emocional y reflexionar sobre las cuestiones de identidad (Larson, 1997 citado por Papalia et al., 2012). La rebelión del adolescente es más probable que ocurra cuando la estructura autoritaria de la familia es patriarcal y desigual, la disciplina es severa o inconsistente, y el matrimonio es infeliz. Lo que da lugar a una falta de respeto hacia los padres y, por lo tanto, a la rebelión (Noller y Callan, 1991 citados por Aguirre, 1996), como se muestra en la Figura 3.

Figura 3: Factores asociados a la rebelión adolescente. Noller y Callan, (1991) citados por Aguirre (1996), p. 67.

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De igual manera, cuando otros integrantes de la familia que consideran insocial la conducta del adolescente toman represalias por medio de censuras y comentarios despectivos. Poco a poco más y más miembros intervienen en el cuadro de las relaciones deterioradas hasta que la infelicidad alcanza a todos. La Figura 4 ilustra gráficamente el circulo vicioso de las relaciones padres – adolescentes.

Figura 4: El círculo vicioso de las relaciones entre el adolescente y sus padres. Hallowitz y Stulberg (1959) citados por Hurlock (1994), p. 496.

B. Adolescentes y padres

Los niños pequeños revisten a sus padres de un halo de poder y autoridad, ahora este panorama queda trastocado; el adolescente tiene la potencialidad de adoptar diversos puntos de vista, de evaluar la misma realidad a partir mismos y es capaz de elaborar respuestas propias. Además, su mundo en expansión le depara modelos alternativos de vida adulta y de relación familiar, al tiempo que surgen nuevos lazos afectivos con sus iguales. La figura de los padres no necesariamente es devaluada, pero, cuando menos, sí resulta relativizada (Perinat, 2002).

Cuando el periodo infantil se acerca a su culminación –alrededor de los 12 años– las fricciones con todos los componentes de la familia son habituales y alcanzan su punto máximo entre los 15 y 17 años. Los cambios físicos puberales hacen que el niño se vuelva silencioso, poco dispuesto a cooperar y pendenciero, es probable que los padres, castiguen y critiquen su conducta si se les pasa por alto la razón que la provoca. Entonces el niño piensa que nadie lo quiere y la brecha entre él y sus padres se ensancha (Hurlock, 1994).

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Las relaciones de hijos e hijas adolescentes con sus padres se rigen por un contrato tácito que establece que, mientras aquellos permanezcan en casa, tienen deberes y obligaciones de convivencia. Pedir que los adolescentes sean responsables en casa y colaboren es un contrasentido cuando no se les da oportunidad de adquirir responsabilidades con todas sus consecuencias. A los chicos y chicas no se les deja tomar decisiones en cosas que les afecta primordialmente por medio a consecuencias irremediables; apenas tienen ocasión de equivocarse y rectificar. Deciden sí, en asuntos propios de su mundo donde han concentrado todo su interés. El choque resulta inevitable, los padres se sitúan en una perspectiva adulta y los adolescentes permanecen confinados en su perspectiva adolescente. Al ser dos mundos segregados, se crean representaciones recíprocas deformadas y es difícil entenderse, el conflicto adopta la forma de incomunicación (Perinat, 2002).

El adolescente inicia la búsqueda de sí mismo gracias a un proceso de distanciamiento y comparación con el entorno familiar, cercano y entrañable hasta el momento y cada vez más extraño. Es decir que, sin la lucha por la realización autónoma, difícilmente se puede hablar del descubrimiento de sí mismo (…). El nacimiento de un bebé desestabiliza el equilibrio de la pareja. El renacimiento (o reconocimiento) de ese mismo hijo como adolescente vuelve a poner en peligro la unidad – estabilidad mantenida por el grupo familiar durante el periodo infantil. (Aguirre, 1996).

Las relaciones con los padres durante la adolescencia –el grado de conflicto y la apertura de la comunicación– se sustentan en gran medida en la cercanía emocional desarrollada durante la niñez; a su vez, las relaciones de los adolescentes con los padres establecen las condiciones para la calidad de la relación con una pareja en la adultez (Overbeek, Stattin, Velmulst, Ha y Engels, 2007 citados por Papalia et al., 2012). Así como, los adolescentes sienten cierta ambivalencia ante la dependencia de sus padres y la necesidad de desprenderse de ellos, los padres quieren que sus hijos sean independientes, pero les resulta difícil dejarlos ir. Por lo tanto, deben pisar un terreno delicado entre dar a los adolescentes independencia suficiente y protegerlos de juicios inmaduros. Las tensiones pueden provocar conflictos en la familia y los estilos de crianza pueden influir en su forma y resultado. La supervisión eficaz depende de cuanto permiten los adolescentes que

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sus padres sepan de su vida cotidiana, revelaciones que pueden depender de la atmósfera que los padres hayan establecido. Además de ello, las relaciones con los padres son afectadas por la situación de vida de estos últimos, su trabajo, su estatus marital y socioeconómico (Papalia et al., 2012).

En especial para los jóvenes, las relaciones familiares pueden ser un factor de influencia sobre la salud mental. Los adolescentes que cuentan con más oportunidades de tomar decisiones reportan mayor autoestima que los que reciben menos oportunidades de este tipo. Además, las interacciones familiares negativas se relacionan con la depresión adolescente, mientras que la identificación positiva con la familia se relaciona con menos depresión (Gutman y Eccles, 2007 citados por Papalia et al., 2012). El apoyo de los padres a la autonomía se asocia con una mejor autorregulación de las emociones y el compromiso académico (Roth et al., 2009 citado por Papalia et al., 2012).

En buena medida, el nivel de discordia en la familia puede depender de la atmósfera familiar; en un estudio de familias con hijos adolescentes, el conflicto disminuía entre la adolescencia temprana y la media en las familias cálidas que brindaban apoyo, pero empeoraban en las familias hostiles, coercitivas o críticas (Rueter y Conger, 1995 citados por Papalia et al., 2012).

Las prácticas de socialización en la familia, pues, están asociadas al desarrollo conductual del adolescente, hasta tal punto que la tensión o estrés familiar, las pobres relaciones de comunicación, el estilo familiar muy permisivo o muy autoritario, etc., se asocia a problemas de alcohol, de abuso de drogas, de relaciones sexuales prematuras y a conductas antisociales (Petersen, 1998; Noller y Callan, 1991; De Zegarra, 1989; Osuna, Luna y Alarcón, 1991 y Larson y Ham, 1993 citados en Aguirre, 1996). Lo que las familias experimentan como conflictos son conductas a través de las que el adolescente “mide los límites” o conquista nuevos espacios de emancipación. Lo importante es como un sistema familiar incorpora tales conflictos en su dinámica, y cómo se adapta a los cambios evolutivos que sufren sus miembros adolescentes. Hay varias razones que hacen difícil esa adaptación. En primer lugar, el desarrollo de un hijo implica ir adaptando las normas y formas de relación a sus nuevas necesidades. Las familias rígidamente estructuradas, refractarias a los cambios, tienden a ignorar el salto cualitativo del

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paso a la adolescencia (Perinat, 2002). El éxito con que el adolescente transcurra por esta etapa dependerá, en gran parte, de la forma en que se le preparó para ello durante su niñez. Los niños que han sido criados y formados tienen, generalmente, una adolescencia “más fácil” (Freyre, 1994).

Cuando el arrebato del crecimiento puberal se modera y la homeostasis corporal se restaura gradualmente, el joven adolescente comienza a sentirse mejor. Esto se refleja en la calidad de su conducta, y las relaciones familiares mejoran poco a poco. En el caso de las chicas, este ciclo se inicia entre los 15 y 16 años, y en los muchachos uno o dos años más tarde. La mejora depende en parte de la maduración y en parte del ambiente, vale decir de la rapidez con que los integrantes de la familia –de modo especial los padres– reconocen que el individuo ya no es un niño y revisan la forma de tratarlo habitual que le imponen. En la adolescencia final, las relaciones familiares son aún mejores. Normalmente los progenitores tratan a sus hijos e hijas casi adultos como personas mayores, y los propios adolescentes se hacen más maduros tanto social como emocionalmente (Hurlock, 1994).

a. El papel de los padres

Los riesgos que los adolescentes y jóvenes enfrentan en la época actual serán menores si los padres les brindan amor, guía y apoyo, inculcándoles principios y valores sólidos y estando siempre dispuestos a ayudarlos, pero permitiendo al mismo tiempo que el proceso de independencia siga su curso. El trato al adolescente debe ser diferente al del niño y para ello, los padres deben adaptar y modificar sus actitudes cuando llega la adolescencia. Los padres tienen que aceptar que no pueden, ni deben, controlar todas las actitudes de sus hijos adolescentes y que tiene que haber un cierto distanciamiento entre ellos. El diálogo constante es vital para una buena relación, siendo recomendable que se escucha más de lo que se habla. Cuanto más joven es el adolescente, tanto más inseguro es y tanto más lo deprime toda crítica proveniente de cualquier fuente. Las expresiones de hostilidad intensifican el sentimiento, ya existente en la mayoría de los adolescentes, de que los demás no los comprenden y no los aman (Hurlock, 1994).

Ante los problemas de sus hijos adolescentes, las reacciones que más frecuentemente se observa en los padres –como dice Martín (2005)– son las de

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sobreimplicación emocional, elevada preocupación, intentos de control sobre la conducta del hijo y reacciones afectivas descontroladas, así como un contexto punitivo y sancionador, todo lo cual lleva unido un distanciamiento afectivo del hijo y una difícil convivencia. En estos casos, a menudo se achaca a los padres o tutores que son incapaces de controlar la conducta de sus hijos, sin tener en cuenta el hecho de que, cuando un chico alcanza el desarrollo físico adolescente y la consiguiente autonomía personal, puede poner muy difícil las cosas a cualquiera que intente limitar su comportamiento. Por ello considerar responsables de la situación a unos adultos normalmente preocupados e implicados, supone una visión injusta de su papel; la actitud descontrolada de los jóvenes cuestiona a sus padres y al mismo joven, tanto como a los profesionales y educadores que les rodean. Es preciso reconocer que los hijos con problemas de conducta constituyen una carga particularmente difícil para los familiares, y el profesional debe servirles de apoyo para lograr que asuman su papel en la solución de los problemas y la educación de sus hijos. Ningún extraño puede sustituir eficazmente a unos padres capaces y bien intencionados; el experto puede ganarse la confianza del joven y ayudarle, pero será difícil lograr un cambio duradero sin el concurso de sus mayores. Cuando existen problemas de convivencia como los señalados, el papel de los padres debe tender hacia los siguientes aspectos:

 Servir de modelo

La idea general es conseguir que los adultos recuperen o mantengan la confianza en su hijo y que se posicionen a su lado, de su parte. Se trata igualmente de procurar atemperar las reacciones excesivas y las posiciones drásticas por parte de los progenitores.

 Flexibilización de las normas familiares

La adolescencia es una etapa de curiosidad, de afirmación personal, de rebeldía. El paso a la vida adulta será más sencillo si los adultos son capaces de consentir esos pequeños actos de rebeldía que pueden suponer transgresiones de las normas o las costumbres, esto implica: - Permitir ciertas desviaciones de la norma.

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- Tolerar parcelas de intimidad del joven. - Suavizar los castigos.

 Negociación

A partir de cierta edad, las normas familiares que afectan a los hijos deberían ser flexibles y negociadas; suele ocurrir que el marco general en que los mayores dictan las normas y los hijos obedecen ya no resulta útil. La negociación en la que los padres tienen la última palabra debe basarse en las costumbres del entorno, los hábitos y las convenciones sociales.

 Delegación de funciones

La manera de que el joven asuma responsabilidades y amplíe su autonomía personal pasa por que los adultos deleguen en él funciones cada vez más exigentes.

La tarea es facilitar a los adolescentes el desplazamiento desde la seguridad de la infancia hasta la responsabilidad de la vida adulta (Anderson, 1960 citado en Hurlock, 1994).

Chapman (1960) citado por Hurlock (1994) señalo tres normas básicas para que el pasaje transcurra con más facilidad y de modo más feliz: amarlos, fijarles límites y dejarlos crecer. Esto significa que la transición será más fácil si el adolescente sabe que es amado por personas que importan mucho en su vida, si tiene la seguridad que proviene de saber cuáles son las limitaciones que regulan su comportamiento de manera que dispone de guías para conformarse a las expectativas sociales y, por último, si se le da oportunidad de crecer y de ser independiente en lugar de ser sobreprotegido y tratado como un niño.

b. Estructura y dinámica familiar

En un estudio longitudinal con 451 adolescentes y sus padres, las dificultades o conflictos matrimoniales –para mejorar o empeorar– predecían cambios correspondientes en el ajuste de los adolescentes (Cui, Conger y Lorenz, 2005 citados por Papalia et al., 2012). La forma en que los padres interactúan con los adolescentes influye de modo decisivo en la forma en que estos avanzan a la adultez. La incipiente necesidad de autonomía y autodefinición hacen que el adolescente tenga por lo menos pequeñas fricciones con la familia y sienta

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mayor urgencia de hablar con los padres sobre algunas cuestiones. Siguen recibiendo fuerte influjo de la familia, aunque los vínculos con esta hayan entrado en tensión. Los conflictos giran en torno a cosas tan simples como los quehaceres domésticos, la hora de dormir, el noviazgo, las calificaciones escolares, el aspecto personal y los hábitos de alimentación. Conviene que unos y otros comprendan que, si consiguen mantener la comunicación y compartir puntos de vista durante la adolescencia podrán negociar las cuestiones difíciles (Craig, 2001).

La dinámica y alianzas familiares –de acuerdo con Craig (2001)– desempeñan un papel importante, empiezan a moldear la conducta mucho antes de aparecer la adolescencia. Si bien las alianzas entre varios miembros de la familia son naturales y sanas, es importante que los padres hagan un frente común entre sí y establezcan una división entre ellos y sus hijos. Deben colaborar para criar y corregir a sus hijos. Un vínculo entre el niño y un progenitor que excluya al otro puede alterar el desarrollo. El progenitor excluido pierde prestigio como agente socializador y figura de autoridad.

c. Estilos de crianza y autoridad de los padres

Una familia –según Craig (2001)– es única como lo es el individuo. Los padres de familia usan su versión personal de los métodos de crianza según la situación, el niño, su conducta en ese momento y la cultura. El control y la calidez constituyen aspectos esenciales de la crianza. El control de los padres denota su nivel restrictivo y la calidez se refiere al grado de afecto y aprobación que exteriorizan. Este autor, describe los estilos de crianza desarrollados por Baumrind (1980) y añade un estilo más que se aprecia a continuación:

 Los padres autoritarios suelen tener hijos retraídos y temerosos que son dependientes, mal humorados, poco asertivos e irritables. En la adolescencia, en especial los varones, a veces muestran una reacción excesiva al ambiente restrictivo y punitivo en el que son criados, lo que los vuelve rebeldes y agresivos. Las mujeres tienen más probabilidades de permanecer pasivas y dependientes (Kagan y Moss, 1962 citados en Craig, 2001). Tal vez sientan ansiedad en presencia de figuras de autoridad o se vuelven rencorosos. Los hijos de padres agresivos

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también pueden ser rebeldes y agresivos, autocomplacientes, impulsivos e ineptos en lo social.

 Los hijos de padres autoritativos destacan en casi todos los aspectos, son los más seguros de sí mismo y muestran mayor autocontrol y competencia social. El estilo autoritativo es el que propicia una conducta más sana en el adolescente, caracterizada por acciones responsables e independientes, por una buena autoaceptación y autocontrol. La calidez y el control seguro que ofrecen los padres autoritativos tranquilizan a la generalidad de los adolescentes. El progenitor ofrece una red protectora al adolescente que prueba conductas y actividades. Las consecuencias del fracaso no son irreparables, pues los padres ayudan a poner remedio. Toman en cuenta que el adolescente ha mejorado su capacidad cognoscitiva

 El peor resultado se observa en hijos de padres indiferentes. Cuando la permisividad se acompaña de hostilidad y falta de afecto, el niño da rienda suelta a los impulsos más destructivos (Craig, 2001).

La crianza autoritaria demasiado estricta puede llevar al adolescente a rechazar la influencia de los padres y a buscar el apoyo y aprobación de los compañeros

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