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Capability Gap

In document November Tom Cellucci (Page 44-46)

Framework and Resilient Communication System of Systems

1.1 Capability Gap

En los años cincuenta, la historia cultural estaba particularmente descalificada en Alemania, utilizada incluso como una imprecación. Es precisamente tomando distancia respecto a ésta como se afirmó un programa diferente, consistente en desarrollar una historia intelectual. Emanada en lo esencial de la Begriffsociology, esta corriente inspira en primer lugar los trabajos de sociología del derecho, que son los primeros en pensar en una sociología de los conceptos. A través de una reflexión sobre las discontinuidades propias del contenido jurídico, es como el historiador Koselleck emprenderá la tematización de su ambiciosa historia de los conceptos. En el origen del plan de Koselleck se encuentra su insatisfacción personal ante la historiografía representada por aquellos historiadores que, sin haberse comprometido con el nazismo, permanecieron fieles en Alemania a las tesis clásicas del historicismo: Gerhard Rit- ter, Hans Herzfeld, Gerd Tellenbach, Alfred Grundmann y Friedrich Meinecke. Este último, el más representativo e influyente de su generación (1862-1954), explora la historia de las ideas por la vía de las continuidades, de filiaciones capaces de volver a anudar las ideas de la tradi- ción y de la modernidad poniendo en primer lugar la singularidad del Sonderweg alemán. Para toda una generación de historiadores alemanes de la posguerra, una visión del mundo de este tipo ya no era aceptable y, más que buscar una simple compasión consigo misma, esta genera- ción emprende la búsqueda de causas positivas que la iluminen sobre el porqué del desastre alemán, sobre lo que pudo suscitar aquel abandono a la barbarie, exigiendo responsables, culpables. Sobre la base de este rechazo y de esta actitud crítica respecto a la generación precedente, toda una serie de historiadores alemanes se dispone a la crítica de la práctica historiográfica dominante, buscando otras vías de exploración más fecundas. Es el caso, entre otros, de Reinhart Koselleck, cuyo proyecto nace en el Instituto de historia social creado por el hermano de Max Weber, Alfred Weber, en Heidelberg. Koselleck, como la mayoría de los histo- riadores de su generación, estaba fuertemente marcado por la experiencia de la guerra, por esa distancia máxima en Alemania entre la práctica regular de la barbarie y el mundo del discurso. Desde 1953, en su tesis Kritik und Krise,24 Koselleck dedica una particular atención al

nacimiento de una filosofía de la historia, a lo largo del siglo XVIII, ligada al auge de una burgue- sía que tiende a transformar la historia en un proceso continuo, proyectado adelante hacia una nueva flecha del tiempo representada por el progreso, que a partir de entonces se entiende debe desembocar en un futuro diferente del presente. Se produce como resultado, según Koselleck, una reactivación del pensamiento dualista, que separa el mundo de las ideas del de la materia- lidad social, y que encuentra su prolongación en el advenimiento de un juridicismo burgués.

22. Jean Greisch, «Temps bifurqué et temps de crise», Esprit, n.º 7-8, julio-agosto de 1988, pp. 88-96. 23. Gilles Deleuze, La imagen-tiempo (1985), trad. esp., Barcelona, Paidós, 1987.

Por su búsqueda de las modulaciones históricas de las categorías de espacio y de tiempo, Kose- lleck rompe al mismo tiempo con el continuismo y con la visión dualista propia de la Ilustra- ción y de la Revolución francesa. En efecto, rompe con el continuismo ideal para anclar social- mente el concepto en su espacio-tiempo, partiendo del principio de que el concepto registra el hecho social que se está produciendo. Pero, al mismo tiempo, el concepto es en sí mismo un factor del hecho social y no solamente su reflejo, retroactúa sobre él. Koselleck rechaza disociar de la historia social el examen de las transformaciones discursivas, y define un programa de historia intelectual para fijar la historicidad propia de toda noción o controversia.

Koselleck recuerda aquella sentencia de Epícteto —«no son las acciones las que mue- ven a los hombres, sino lo que se dice a propósito de dichas acciones»—25 que nos enseña que

la fuerza inherente de las palabras no flota solamente en la superficie de las cosas. De ahí surge una obligación metodológica en historia, que consiste en restituir los conflictos socia- les y políticos del pasado, utilizando lo que Lucien Febvre llamaba ya el «utillaje mental», y que Koselleck llama «las fronteras conceptuales»26 de la época. En esto está muy cerca de la

escuela de Cambridge y, por tanto, de las tesis de Skinner. Una atención tal a los deslizamien- tos de sentido de las nociones, tanto en su evolución temporal como en función de su lugar en el sistema, pretende comprender mejor, en su dimensión concreta, la historia social supe- rando el falso círculo vicioso que conduce de la palabra a la cosa y viceversa.

Así es como Koselleck considera que la referencia al término «burgués» (Bürger) está vacía de sentido si no se remite al contexto de sus usos, muy diferentes, si se atiende a que en 1700 se habla de un burgués de la ciudad —en el sentido de un concepto de una sociedad de castas y de una noción híbrida que mezcla nociones de orden jurídico, económico, social y político—, mientras que en 1800 se llamará «burgués» a un ciudadano, y en 1900 a un no- proletario. Ocurre lo mismo en nuestra relación con el tiempo: lo que se designa bajo el vocablo de historia reviste un tipo de relación muy contrastada cuando se trata del espacio de experiencia de la Edad Media y de la relación moderna con el tiempo. Koselleck prima una ruptura radical, instauradora de un nuevo régimen de historicidad, atestiguado antes del desencadenamiento de la Revolución francesa. Señala el advenimiento de este nuevo periodo, que él denomina Sattelzeit («el umbral de una época», «una época encabalgada»), en torno a los años 1750-1850. Consciente de ser un momento de transición, este periodo da un sentido nuevo a las nociones de progreso, de movimiento, de historia, etc. Y extiende las categorías de tiempo y espacio según un nuevo régimen de historicidad. En efecto, hasta entonces el espacio de experiencia y el horizonte de expectativa se confundían, mantenién- dose el futuro retrospectivamente ligado al pasado, a la voluntad de perpetuar la tradición. En cuanto a la expectativa, proyectada sobre el futuro, reenviaba a un más allá no realizable en nuestro mundo. La modernidad desune y aumenta el foso entre la experiencia y la expec- tativa liberando la idea de un progreso indefinido. Esta vez, el futuro es considerado como distinto de la tradición: «El progreso reunía, pues, las experiencias y las expectativas que estaban afectadas por un coeficiente temporal».27

El ámbito del derecho aparece para Koselleck como un conector privilegiado para pen- sar juntas las transformaciones de los conceptos y del universo social, en la medida en que el derecho le sirve de indicador del progreso modernizador. La postura que defiende Koselleck es la de una historización sin historismo. Se convierte en uno de los artífices de una gigantes- ca empresa editorial realizando un gran diccionario de los conceptos históricos en ocho volúmenes, con el medievalista Otto Brunner y el historiador Werner Conze. Este dicciona- rio se ha convertido en el monumento más representativo de las aportaciones de la historia de los conceptos, la Begriffsgeschichte.28 El conjunto reúne no menos de 7.000 páginas; su

25. Reinhart Koselleck, Le futur passé, p. 99. 26. Ibíd., p. 104.

27. Ibíd., p. 318.

28. Otto Brunner, Werner Conze, Reinhart Koselleck, eds., Gestchichtliche Grundbegriffe. Historisches

elaboración ha llevado veinte años. En este diccionario Koselleck publicó una voz importan- te sobre «El concepto de historia»,29 donde advierte una discontinuidad de primer orden que

condujo a la imposición del concepto de Geschichte y al abandono del de Historie. El concep- to que se utiliza hoy para designar la historia (Geschichte), no aparece hasta fines del siglo

XVIII en su acepción moderna, subraya Koselleck, que ve «casi una creación».30 Distingue

dos procesos que intervienen en esta aparición. Se pasa de unas historias singulares que comprometen a un sujeto cualquiera, a la idea de una historia englobante, de una historia «en sí», de una historia general que se despliega en el tiempo según la lógica de un colectivo singular. La historia se convierte entonces en un «metaconcepto»31 cuya lógica endógena

despliega el destino humano según un telos, una flecha del tiempo animada por el progreso del género humano según la filosofía de la Ilustración.

Esta forma de secularización de la relación judeocristiana con el tiempo lleva a cabo una transferencia de sentido: «Lo que distingue al nuevo concepto de “historia en general” es su renuncia a la obligación de estar referida a Dios. De ahí nace un concepto de tiempo propiamente específico de la historia».32 La referencia religiosa es sustituida por un culto a

la verdad que da su verdadera singularidad a la historia como capacidad de decir lo verdade- ro. Droysen expresa bien esta distinción entre lo particular y la aspiración a lo general de la historia concebida de nuevo en el corazón del siglo XIX: «Por encima de las historias se encuentra la historia (die Geschichte)».33 La segunda gran transformación que explica que el

concepto de historia, en sentido moderno, se imponga en Alemania tiene que ver con la contaminación de los conceptos de Historie y de Geschichte. En efecto, hasta fines del siglo

XVIII se distinguían tres niveles, que van a confundirse en adelante en una sola operación historiográfica: los hechos mismos, el relato de estos hechos y, por fin, el conocimiento cien- tífico que de ellos se puede tener. El conjunto se encuentra subsumido en el concepto de Geschichte, que se convierte en la condición de posibilidad de las historias particulares. Ko- selleck estudia, a continuación, el concepto de historia como concepto regulador de la mo- dernidad, recuerda su origen social, el de una burguesía que considera su propia contribu- ción histórica al desarrollo del progreso. Pero la historia no queda limitada por esta depen- dencia social y conquista desde el siglo XIX su autonomía, «su espacio de libertad científica propia».34 El concepto de historia nace de una ruptura, de una discontinuidad radical, «de

un abismo entre la experiencia y la espera».35 Concepto «tornasolado», según la calificación

de Koselleck, la historia se convierte en fuente de inspiración para la acción y para pensar el devenir de la humanidad a partir de un pasado que no se contempla nunca separado del presente por una discontinuidad infranqueable.

En ciertos aspectos, este trabajo se hace eco del de la escuela de Cambridge por la nueva atención que se presta a la lengua en relación con el contexto. Para Koselleck, como para el conjunto de historiadores de los conceptos, la lingüística propiamente dicha no juega un papel de primera importancia, sino más bien lo que se podría referir como el mundo del lenguaje.36 En cambio, subsiste una diferencia sensible con las orientaciones de la escuela de

Cambridge: es la dimensión cognitiva de los trabajos de Koselleck, que, en efecto, se interesa

29. Reinhart Koselleck, «Geschichte», Geschichtliche Grundbegriffe. Historisches Lexikon zur politisch-

socialen Sprache in Deutschland, op. cit., 2, 1975, pp. 647-717; recogido en Reinhart Koselleck, L’expérience de l’histoire, París, EHESS-Gallimard-Seuil, 1997, pp. 15-99.

30. Reinhart Koselleck, L’expérience de l’histoire, p.15. 31. Ibíd., p. 18.

32. Ibíd., p. 21.

33. Johann Gustav Droysen, Historik, ed. por Rudolf Hübner, 4.ª edición, Darmstadt, 1960, p. 354. 34. Reinhart Koselleck, L’expérience de l’histoire, p. 69

35. Ibíd., p. 82.

36. N. del T.: en francés se juega con la oposición latente entre los adjetivos langagier y lingüistique. En español sólo se dispone del segundo para referirse tanto al estudio de la lengua como a lo relativo al lenguaje.

sobre todo por las condiciones lingüísticas, juzgadas insoslayables, de formación de la reali- dad histórica, mientras que los anglosajones dan primera importancia, por su parte, a la dimensión de la performatividad del lenguaje, el decir como acto. Para Koselleck, se trata de captar en qué la experiencia y el conocimiento históricos son tributarios del sentido asigna- do a los conceptos en uso. Tal orientación se reconcilia con la gran tradición filológica ale- mana, pero se abre al mismo tiempo a las reflexiones estructurales y a la filosofía, dando una especial importancia a un enfoque reflexivo de las fuentes del historiador. Koselleck no re- nuncia, sin embargo, al anclaje empírico y cree articular bien la dimensión lingüística y la historia social, de ahí sus reticencias en relación con toda forma de ontología y de esencialis- mo. Su semántica histórica no es «ni hermenéutica del lenguaje ni análisis empírico de una “realidad”, sino que busca promover una forma de historiografía que constituya el contra- punto y el complemento lógico de la historia social».37

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