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Capability Maturity Model (Integrated) Concept

2.14 CAPABILITY MATURITY MODEL (INTEGRATED)

2.14.2 Capability Maturity Model (Integrated) Concept

El problema de sesgar nuestras opiniones debido a que no contamos con una muestra representativa de personas a nuestro alrededor que nos permita sacar conclusiones generalizables se ve comúnmente agravado por el hecho de que no accedemos a la información sobre los sucesos que ocurren en el mundo de modo neutral. Existe un sesgo de

disponibilidad de información.

Ya sea en la cola del supermercado, en los canales de televisión o en el sillón del peluquero, la verdad es que la información que escuchamos no constituye una muestra cabal de lo que sucede en el mundo. Comentamos un choque, un divorcio estruendoso, el éxito de un abogado mediático, el fracaso de una institución financiera. Es noticia aquello que sale de lo común y se aparta de la normalidad. Como resultado de esto, sobrestimamos la frecuencia con que ocurren esos eventos y minimizamos la chance de que pasen cosas sobre las que no tenemos mucha información.

Por eso resulta muy importante la publicidad, puesto que de otro modo nos quedamos con la idea de que los productos y precios que existen en toda la economía son los que vemos en la góndola de nuestro supermercado habitual.

Otro ejemplo, ¿a cuánto cree usted que asciende la probabilidad de que se caiga un avión durante el próximo año?

¿Piensa que se caerá 1 de cada 100.000 aviones, o cree que las chances son aún menores? Anote su respuesta en el margen de la página.

Le pediré que arriesgue otra respuesta, ¿cada cuántos aviones que llegan a destino felizmente cree que ocurre un accidente? Anote su respuesta, por favor.

Tengo noticias para usted. Por supuesto, la mayoría de las personas no tienen la menor idea de con qué frecuencia ocurre una tragedia, pero casi todas creen que se trata de un fenómeno mucho más habitual de lo que en verdad es. Esto sucede porque en los diarios no se publica la noticia: “Ayer despegaron 50.000 aviones y llegaron a destino sin problemas”. Tampoco sale la noticia: “En 2009 hubo 4.388.779 vuelos, de los cuales solamente 1 se estrelló”.

Tengo otra noticia para usted. Como resultado del sesgo de anclaje, las personas tienden a dar opiniones cercanas a la sugerencia brindada por quien los interroga. Sospecho que muchos de los lectores, en efecto, al evaluar las posibilidades de que un avión se caiga durante el próximo año, han estimado una probabilidad más cercana a 1 en 100.000 que a 1 en 10.000.000, porque se dejaron influenciar por el ancla que establecí al hacer la pregunta.

¿No me cree? Haga el experimento usted mismo. Repítale la pregunta a cualquier conocido que esté cerca,

pero en vez de preguntarle si cree que se cae 1 de cada 100.000 aviones, pregúntele si piensa que se cae más o menos de 1 avión cada 1.000.000. Luego pregúntele cada cuántos vuelos cree que se cae un avión, y notará que la respuesta esta vez se acercará mucho más al 1 en 1.000.000 proporcionado por usted como ancla, o sugerencia.

El fenómeno del anclaje, además, no se limita a lo numérico, sino que también funciona en el nivel categorial. Los restaurantes que como plato sugerido proponen “fetuccini al funghi” venden muchas más pastas (aunque no sean exactamente fetuccini) que los locales que sugieren “lomo a la mostaza”, los cuales suelen vender más carnes de todo tipo. Algunos incluso se aprovechan del efecto del sesgo de anclaje. Los encargados de recolectar fondos con la venta de bonos contribución saben que juntarán más dinero si primero ofrecen el bono de $ 100 que si comienzan por ofrecer el de $ 50; los negociantes en los mercados de regateo suelen preguntarle al vendedor si la pieza sale más o menos de $ 300, aun cuando saben que el precio real está en torno de los $ 700; el gobernante les consulta a los ciudadanos si prefieren que se invierta en semáforos o en asfalto, y luego les pregunta cómo diseñar el presupuesto participativo. Podría seguir adelante con los ejemplos, pero temo dar ideas que

más adelante puedan ser usadas en mi contra, ya sea en mi rol de consumidor o de votante, y además debo ocuparme de analizar otra tendencia sistemática de los seres humanos: aquella que los induce a focalizar la atención hacia la información que está en la misma sintonía que sus propias ideas.

En efecto, el sesgo de confirmación de hipótesis es el responsable de que una vez que hemos arribado apresuradamente a una conclusión nos aferremos a nuestra teoría con uñas y dientes, aun cuando aparezca información que la contradiga. En ese caso, simplemente ignoramos la información contradictoria o no le damos importancia.

A simple vista parece tratarse de una estrategia poco conveniente. En última instancia, si de veras queremos conocer el mundo que nos rodea y sacar ventajas de ello, parecería razonable revisar nuestras hipótesis a la luz de la mayor cantidad de información posible y corregir nuestras ideas en caso de ser necesario. Sin embargo, no es así como funciona nuestra mente: una y otra vez, en discusiones políticas, económicas, de pareja, sobre los hijos o incluso sobre cuál es la causa por la que el auto gasta mucha nafta, insistimos en apresurarnos a emitir una opinión y en desestimar cualquier información que la contradiga.

Las consecuencias de ser testarudos pueden ser devastadoras en los negocios. Conozco personas que compran acciones de una compañía determinada con base en una noticia aislada sobre su potencial de éxito (sacan conclusiones apresuradas) y luego conservan las acciones incluso tiempo después de que se haya comprobado que ese potencial no era tal. También hay quienes insisten en seguir invirtiendo dinero en un emprendimiento que a todas luces ya ha mostrado que no funciona.

Sospecho que el comportamiento pernicioso proviene de nuestra condición de animales sociales. En sistemas en los cuales los ordenamientos jerárquicos son tan importantes, uno siente la presión de tener que decidir rápido y de mostrarse seguro si desea mantener su posición en la escala social.

En la tarea de generalizar y sacar conclusiones apresuradamente somos ayudados por nuestras emociones. En apartados anteriores afirmé que las emociones son vectores informativos que captan un sinnúmero de estímulos del ambiente y los resumen en una sensación placentera o displacentera que dirige nuestra atención a un conjunto particular de información, sobre la cual luego trabaja el sistema ejecutivo central para encontrar regularidades y realizar clasificaciones. Agregaré ahora que al dirigir nuestra atención sobre algunos aspectos de la realidad que se nos presentan (descartando otros), las emociones condicionan nuestro análisis del mundo e influyen de esa manera en nuestro accionar.

En una investigación notable, Michael Spezio y Antonio Rangel, del Instituto Tecnológico de California, le pidieron a un conjunto de voluntarios que analizaran las fotos de políticos locales que habían sido candidatos al Congreso de los Estados Unidos en las elecciones de los años 2000, 2002 y 2004, y que indicaran cuáles de ellos creían que eran más competentes para el cargo. De manera sorprendente, la percepción de los voluntarios anticipó con gran acierto el resultado que esos candidatos tuvieron en las elecciones siguientes.

Más aún, manipulando la duración de las imágenes en la pantalla de la computadora, Rangel logró que los participantes clasificaran exitosamente a los ganadores y a los perdedores en menos de una décima de segundo, solo mediante un flash de la imagen. Como bonus de la investigación, gracias al hecho de que los sujetos estaban conectados a un aparato de resonancia magnética funcional, los científicos encargados del estudio pudieron detectar

una particular activación de dos zonas del cerebro, la ínsula y el cíngulo anterior ventral, en el momento en que los participantes miraban la foto de los candidatos perdedores.

Lo interesante es que investigaciones anteriores han descubierto que esta combinación de activaciones cerebrales se produce ante emociones negativas asociadas a los comportamientos de evitación. Sin embargo, resulta claro que a nadie le gusta reconocer que toma decisiones de manera emotiva, sin razonar. Mi hipótesis es que muchas veces resolvemos un problema a partir de decisiones basadas en nuestros estímulos emocionales y luego buscamos argumentos racionales para justificar nuestra acción.

Este argumento explicaría bastante bien por qué habitualmente priorizamos la información que está de acuerdo con nuestras hipótesis a priori sobre el funcionamiento del mundo. Una idea parecida a esta es la que tiene en mente Antonio Damasio cuando postula que las emociones funcionan como marcadores somáticos que nos permiten asignar valor a los estados de la naturaleza que tenemos que sopesar en el momento de tomar una decisión.

Las investigaciones del neurocientífico Antonio Rangel han demostrado que a la hora de escoger entre distintos cursos de acción, nuestro cerebro le asigna un valor a cada una de las alternativas, y nosotros hemos visto que la memoria episódica (que tenía que ver con las experiencias autobiográficas) era fundamental para proyectar en nuestra mente los distintos escenarios futuros. Damasio nos enseña que esas memorias episódicas, que son insumos del proceso de decisión, están impregnadas de emociones.

Las emociones, entonces, resumen toda la información de lo que sentimos en el momento en que almacenamos en nuestra memoria episódica cada una de las experiencias que vivimos. Por esa razón, cuando vemos un político que no nos cierra, o una cartera que nos gusta, decidimos emocionalmente a partir del recuerdo de experiencias políticas desagradables o paseos en los que disfrutamos de una nueva prenda, unos zapatos o una cartera. Anticipamos así las emociones que pensamos que vamos a sentir si tomamos tal o cual decisión. Así elegimos el camino a seguir y luego tenemos la necesidad de racionalizar nuestra decisión, por un fenómeno que en psicología se denomina locus de control y que tiene que ver con la sensación de sentir que se está al mando de lo que nos sucede.