Violeta Iturrizaga
Vicepresidenta de Chrysallis
Voy a contar una historia, la historia de mi hija. Nació hace 10 años, era un bebé precioso y le asignamos el sexo masculino porque, tal y como se suele hacer y yo misma tenía entendido, niños son los que tienen pene. Así que empezamos a nombrarla y tratarla como varón.
En cuanto tuvo autonomía de movimientos, empezó a mostrar un gran interés por pendientes, collares, bolsos, tacones, vestidos, horquillas, maquillaje… e intentaba ponérselos ella sola. A todos nos hacía gracia y no le dábamos ninguna importancia. Al fin y al cabo no era más que un bebé.
Cuando comenzó a gatear, iba loca detrás de los zapatos de sus primas y se los ponía en las manos. Todavía guardo unas mallorquinas rojas de una de mis sobrinas por la fijación que mi hija tuvo con ellas.
Con los primeros pasos llegaron las visitas a mi habitación para coger los zapatos de tacón, faldas, vestidos, collares… lo que pillara. Se lo po- nía todo como podía y a continuación se paseaba así ataviada por toda la casa.
Cuando empezó a hablar, se trataba a sí misma en femenino y todos la corregíamos: «guapa, no, tú eres guapo», pero en el fondo de mi ser algo me decía que era un acto totalmente consciente, ya que continua- mente daba muestras de una inteligencia notable y que se equivocara tan repetidamente en el género, cuando menos, me inquietaba. Obvia- mente, tras varias correcciones, dejó de hacerlo. Quise creer que mi in- quietud era infundada.
Si salíamos al parque o a la plaza estaba todo el rato pegada a mí o hus- meando en los bolsos de otras madres. No mostraba ningún interés por jugar ni socializar y, en cuanto llegábamos a casa, se echaba a correr a mi habitación a coger lo que podía y alcanzaba, o me pedía que le baja- ra del armario una falda o un vestido. Una vez que estaba vestida se iba al baño a pintarse y peinarse, se pegaba rato y rato mirándose al espejo y frente al espejo la cara le cambiaba, se le iluminaba y sonreía.
Con algo más de dos años y medio le preguntó a su cuidadora: «Lucía, ¿quién dice quién es niño y quién es niña?». La cuidadora, más sorpren- dida por la profundidad de la pregunta que por el contenido de esta, le contestó: «Dios», y entonces mi hija concluyó: «Pues Dios se ha equivo- cado conmigo». Cuando volví a casa y Lucía me lo contó, una especie de relámpago me recorrió por dentro y empecé a investigar, y así descubrí que se nace transexual y que existían niños y niñas a los que en Estados Unidos y Holanda se les permitía vivir como se sienten. Comenté mis in- dagaciones y mi inquietud a algunas personas de mi círculo más íntimo y empecé a ser consciente de que ese era un tema tabú en el que no iba a tener muchos apoyos, ya que el desconocimiento y los prejuicios eran tan grandes que nos impedían a todos ver la realidad. Así es que, como quien encierra a una fiera, aparqué este descubrimiento en un lugar re- moto de mi mente.
A los pocos meses de cumplir los 3 años, llegó el momento de empe- zar el colegio. Recuerdo que unos días antes me reuní con la profesora que la iba a llevar y le expliqué que «el niño» que iba a recibir era muy femenino y que incluso decía que era una niña. La maestra me dijo que no me preocupara, que ya se le pasaría y que ella la dejaría expresar- se como quisiera. Esto me tranquilizóbastante, ya que temía que como educadora la intentase corregir «a su manera».
Empezó el colegio y fue horrible. Es uno de los recuerdos más doloro- sos que tengo. Todas las mañanas quería ir con falda a clase y no había manera de vestirla. Todo eran lloros, patadas, gritos y, al final, triunfaba yo, claro: pantalón o mallas. Yo no entendía nada, me lo tomaba como un desafío en el que yo tenía que imponerme para ponerle los límites por- que parecía que «este niño» siempre quería salirse con la suya y sus ca- prichos no tenían fin. Además, eso es lo que todo el mundo a mi alrede- dor empezaba a decirme: «A este niño le tienes muy consentido», «Ponle límites», «Que no se te apodere», «No le des todos los caprichos»… Y es que cada vez demandaba las cosas con más fuerza e irritación. ¡Qué iro- nía! Todos creyendo que le estaba consintiendo demasiado y ni siquiera le estaba respetando lo más preciado que tenemos todos, la identidad. No solo no se la respetaba, sino que se la negaba. Yo, que era su madre y, por supuesto, mucho más los demás, que incluso se permitían juzgarla con más o menos discreción a ella… y a mí. Todos estaban de acuerdo en unacosa: no debía darle mayor importancia a todo ese asunto por- que ya se le pasaría.
Pero no se le pasaba. Mi hija era cada día era más consciente de que no la tratábamos como se sentía y así cada vez exageraba más y más sus gestos y sus atuendos en un grito incesante para reclamar su identidad. Pero todos estábamos sordos y ciegos.
Los tres años de Educación Infantil fue respetada por su profe y en clase se ponía pincitas en el pelo y los disfraces que había de niña, y sus com- pañeros aceptaban perfectamente su manera de comportarse. Cuando cumplió 4 años le pregunté qué quería de regalo y me dijo que ir al cole vestida de Blancanieves. Así que allí que fue de Blancanieves y casi pa-
recía que levitaba de lo hueca que iba. Lo mismo ocurrió cuando cum- plió 5 años,que fue disfrazada de hada y a los 6, de princesa.
Cuando tenía 5 años vino a casa contando que un niño mayor la había llamado «mariquita» y quiso saber qué significaba. Yo intenté decirle que era ese insecto bonito rojo con puntos negros, pero ella me decía: «No puede ser, mamá, porque eso no es un insulto». Y yo, hecha un mar de dudas, le contesté: «Pues no sé, cariño, qué habrá pretendido decirte ese niño». No debí de ser muy convincente porque por la noche volvió a preguntarme y ya le dije lo que significaba. Con sus grandes ojos me preguntó: «¿Y eso es malo?» y yo le dije: «Por supuesto que no, pero hay personas que no aceptan a los que son diferentes. Tú no tienes ningún problema; el problema lo tiene ese niño que tiene rabia dentro y la saca contigo». Pero el problema sí apareció, ya que ese fue el comienzo de una serie de insultos, afortunadamente muy esporádicos, ante los cuales yo me plantaba en la puerta del cole y hablaba con cada niño, explicán- doles lo doloroso que era para mi hija y para mí que la insultaran, e in- tentaba transmitirles unas nociones comprimidas de empatía.
A los 6 años dejó de verbalizar que era niña, pero se inventó un juego que me parte el alma cada vez que lo recuerdo: Ella era una niña pe- queña abandonada en el bosque y yo me la tenía que encontrar y dar- me una alegría enorme y cogerla en brazos y decirle lo que la quería y lo contenta que estaba de habérmela encontrado. Todos los días quería jugar al juego de «la niñita», pero para mí era muy doloroso porque sabía que no era solo un juego, sino su manera de conseguir que yo durante unos minutos la aceptara y tratara como niña.
Fueron años de una terrible soledad… para mi hija porque nadie la acep- taba ni respetaba plenamente, y para mí porque sentía que no estaba haciendo lo mejor para ella. Pero no contaba con ningún apoyo de mi entorno. Tenía la sensación de estar entre tinieblas, no atinaba a ver cuál era el camino a seguir.
Yo seguía investigando por mi cuenta y durante dos años me empapé de teoría queer y, dándole prevalencia a una teoría antes que a lo que
mi hija me decía y expresaba, quise creer que «mi hijo» era un «niño» que no obedecía a etiquetas ni a roles marcados y que, en realidad, era más original y valiente que los demás por salirse de todos los compor- tamientos de género impuestos. Este pensamiento a mí me venía muy bien porque me permitía no hacer nada y justificaba mi «no hacer». Pero mi hija no era un niño en absoluto, y no es que solo tuviera comporta- mientos de variante de género (jugar con muñecas, gustarle el pelo lar- go, vestidos, collares… siendo chico), es que su identidad era de niña. Y ahora, con la perspectiva del tiempo, lo veo claramente. ¡Cuántos banda- zos di en mi búsqueda de la verdad! Ahora me siento ridícula por aque- lla incesante búsqueda de autoridades que me confirmaran quién era o qué le pasaba a mi hija. ¡Todo hubiera sido tan fácil desde el principio si la hubiera escuchado a ella, quien, en realidad, es la única que sabe y ha sabido siempre quien es!
Justo antes de cumplir los 9 años me pidió que nos fuéramos a algún lu- gar donde no nos conociera nadie para poder vivir como una niña y salir a la calle con vestido. Lo dijo de una forma tan sencilla y a mí, sin embar- go, se me desataron todos los miedos, miedos que me quemaban. Me costó mucho, pero ese verano nos íbamos a Irlanda a hacer un curso de inglés para familias, escribí a la directora y le expliqué que, aunque había matriculado a dos chicos, uno de ellos en realidad, Javier, era una niña transexual, Paula y, por lo tanto, pedía que fuera tratada como niña. En Irlanda vi a mi hija nacer de verdad. La vi pletórica, contenta, locuaz, brillante y con la fuerza de un rayo de luz. Y por primera vez no sentí las miradas, ni los silencios, ni las muecas, ni los comentarios desaprobán- dome a mí y a mi hija. Su apariencia y su comportamiento concordaban y ya no sobreactuaba, no hacía falta.
Durante ese verano busqué incesantemente apoyos e información y en medio de la desesperación encontré a un grupo de madres y padres que tenían hijas con las mismas historias que la mía. De ese grupo de madres salió la asociación Chrysallis de familias de menores transexua- les, y el miedo y la vergüenza que me habían acompañado durante años se convirtieron en orgullo. Estas familias pasaron a ser mis confidentes
diarios y cualquier contratiempo o temor se minimizaba con su conversa- ción.
A la vuelta de nuestro viaje a Irlanda hablé con la directora del colegio y fue una gratísima sorpresa su actitud comprensiva y colaboradora. Me pidió que le pasara información y que buscara a un profesional que les diera al claustro una charla, les pasé el contacto de un sexólogo, Silberio Sáez, del Instituto Amaltea. La directora me propuso que también acu- diera a la sesión y me quedé muy impresionada cuando vi que todo el claustro estaba allí. Silberio habló de diversidad sexual y explicó clara y sencillamente cómo la transexualidad no es más que una variante más de todas las posibilidades de la realidad sexual que existen. Dejó claro que la identidad sexual está en el cerebro y no en los genitales y que por ello ninguna persona transexual cambia ni elige su identidad, sino que le viene dada de nacimiento. Al final de la intervención del sexólogo yo conté anécdotas de mi hija desde pequeña y enseñé algunos dibujos y fotos y los maestros se agolparon a mi alrededor y pude sentir su ca- lor y su apoyo. Fue un momento muy emotivo en el que hubo lágrimas, abrazos y mucha, mucha empatía.
Simultáneamente fui hablando con los padres con quienes más confian- za tenía y les iba explicando que Paula era una niña transexual y que había sufrido muchísimo teniendo que vivir como Javier y les pasaba una guía y algo de información, pero realmente no hacía mucha falta porque conocían a mi hija desde pequeña y no les sorprendía mucho que hubie- ra decidido abandonar para siempre el disfraz de Javier. Mandé cartas, hice llamadas telefónicas, pedí a padres de confianza que fueran con- tando la situación y me aseguré de que antes de empezar las clases to- das las familias del curso de mi hija y los superiores supieran que Paula siempre había sido una niña y que ella nunca se había sentido Javier. Hablé con Paula y le expliqué que todos los maestros sabían que ella era una niña y que estaban esperándola con los brazos abiertos. Para garantizarle que esto era así, fuimos al cole unos días antes del comien- zo oficial del curso y, de una manera bastante natural, fuimos saludando aquí y allá a algún profesor y tuvimos un encuentro con su tutora nue-
va quien le preguntó cómo se llamaba y la niña, todavía sin creerse del todo que le permitiéramos expresar libremente su identidad verdadera, dijo que le podía llamar Javier o Paula. Y la profesora, que estuvo muy fina, insistió: «pero dime cómo prefieres tú» y mi hija entonces con los ojos brillantes dijo: «Paula». Paula empezó el cole como niña, feliz, por fin pertenecía al grupo de niñas, ya no estaba en tierra de nadie. Al prin- cipio empezó con mucho miedo y se vestía con ropa unisex, como ella misma decía, pero la euforia era tal que, tras una semana de experimen- tar que no ocurría nada y que los niños la llamaban Paula y no la cuestio- naban, se puso su vestido favorito y se presentó en el colegio, orgullosa y triunfante. El tránsito no podía haber ido mejor.
En el grupo secreto de Facebook de Chrysallis iba contando cada paso y las madres y padres me apoyaban y daban fuerza. Enseguida pasé yo también a ayudar y acompañar a otras familias que llegaban nuevas y creamos grupos de WhatsApp y Telegram para estar comunicadas en cualquier momento y compartir experiencias, dudas, estudios, vídeos, los avances en otros países, dar ideas y hacer propuestas… pero, sobre todo, para apoyarnos y no sentirnos nunca solas. Cada uno de nuestros hijos tiene a toda la familia de Chrysallis detrás y eso nos da la fuerza su- ficiente para pedir a la sociedad y las instituciones lo que nuestros hijos necesitan para estar en igualdad de condiciones que los demás niños y que, en realidad, es poco y obvio: que se les trate en todos los ámbitos según su sexo sentido; que se les cambie en el registro civil el nombre y el sexo que erróneamente les otorgamos al nacer; que cuando les apa- rezcan los primeros signos de la pubertad tengan la posibilidad de que se les administren los bloqueadores para que no tengan que experimen- tar el terror (esta es la palabra que utilizó hace poco una amiga trans adulta) de ver aparecer caracteres secundarios con los que no se identi- fican; y, por último, que se les puedan administrar las hormonas cruzadas si las necesitan y cuando las necesiten.
Además, han aparecido en mi vida como activista los adolescentes. Ayu- do a un grupo de chavales (de momento solo hay chicos), la mayoría sin el apoyo de sus familias. De ellos aprendo cada día qué es lo que no tenemos que hacer como sociedad ni como padres. Sus historias y sus
experiencias me conmueven, me duelen y me desesperan. A pesar de todos los muros con los que se encuentran, todos ellos solo esperan que la sociedad les vaya abriendo puertas y cuando esto ocurre se inte- gran y disfrutan del «privilegio» de poder ser quienes son y mostrarse al mundo como ellos mismos se perciben. Todavía hay muchas puertas por abrir en sus vidas y la más importante es la de sus familias. Si sus padres fueran conscientes de los maravillosos hijos que tienen y de que su tran- sexualidad es una característica más, prueba de la diversidad que existe en todos los seres vivos; si supieran que está en sus manos el fin de las depresiones, los ataques de ansiedad, su fracaso escolar, su aislamien- to, su agresividad, sus miedos, tantos miedos, su baja autoestima y su sufrimiento; si supieran que sus hijos demasiado a menudo andan por el filo de la navaja; si supieran que con solo pronunciar la palabra mágica «hijo» abrirían la puerta grande para que sus hijos fueran protagonistas de la vida y no meros figurantes; si supieran…
Respecto a Paula, su calidad de vida es infinitamente mejor, sin embar- go, no sé cuándo estará totalmente libre del miedo a que alguien la in- sulte o se burle; no sé cuándo se relajará y no necesitará reivindicarse como la más femenina del mundo; no sé cuándo se le pasará el terror de ir a cualquier médico porque en su tarjeta sanitaria todavía aparece un nombre que tuvo que llevar a la fuerza; no sé cuándo podremos pasar los controles del aeropuerto sin temblar y sin tener preparado el discur- so sobre su identidad, ya que en el DNI también figura el nombre con el que ya hace año y medio nadie la nombra; no sé cuándo podré dejar de mirar dónde le van a poner los bloqueadores porque en nuestra comu- nidad todavía no se los han administrado a ningún menor; no sé todas estas cosas, pero sí sé que mi hija ya ha pasado lo peor. Hace un par de semanas, mientras comíamos, me dijo: «Mamá, nunca podré recuperar la infancia que he perdido», y yo le contesté: «No, mi reina, pero ahora pue- des disfrutar de cada momento de tu presente».
Mi mayor deseo es que ningún niño, ninguna niña más tenga que lamen- tarse por haber perdido la infancia.
África Pastor Espuch
Vicepresidenta de la Fundación Daniela Resiliencia es la capacidad que tenemos algunas personas para afrontar nuestra vida, nuestra realidad tal y como es, nuestros éxitos o fracasos independientemente del resultado, tener una visión positiva, ver lo mejor de las personas y adaptarse ante lo que nos presenta la vida.
Tengo el firme convencimiento de que todo tiene un sentido y eso es quizá lo que me hace siempre ir más allá, intentando superar con opti- mismo los obstáculos que me voy encontrando por el camino. Una de las teorías que he defendido siempre es hacer las cosas con amor. Obrar con cariño y amor hace que tu vida cambie de manera significativa y, en consecuencia, la vida de los que te rodean.
Daniela, nuestra hija, es una niña que con tan solo 8 años me ha demos- trado, con una convicción irrefutable, que a pesar de que mis ojos veían un niño, ella era una niña. Tal fue su perseverancia y su inteligencia que logró abrir mi mente y mi corazón a una realidad desconocida por mí hasta ese momento.
Siempre supimos que Dani era diferente. Buceando en los recuerdos, desde que tenía apenas dos años, nos lanzaba mensajes:
-«Mamá, yo no soy bruto».
Así era. Dani no era bruto. Era un niño creativo, lleno de sensibilidad, ca- riñoso. Pero según pasaban los años, la alegría y la espontaneidad iban desapareciendo, transformándose en rabietas que nadie entendía. Un día, comiendo todos juntos en la cocina –sus dos hermanas mayores, su hermano, su padre y yo– salió el tema de la fecundación. Los mayo- res querían saber qué era lo que determinaba el sexo de una persona,