Chapter 6 Rerouting and rescheduling under disruption
6.4. Experiments and results
6.4.2. Case study 2: a larger network
¿Estamos dispuestos a orar, ayunar, estudiar, buscar, adorar y servir como
hombres de Dios para que podamos tener el poder del sacerdocio?
El presidente Russell M. Nelson y la hermana Wendy Nelson en el Templo de Payson, Utah, EE. UU., con miembros de la familia de Jimmy Hatfield.
por parte suya y de su hijo Shawn para estar listos y ser dignos de entrar en el templo, ya que ninguno de ellos había sido investido.
El Espíritu del Señor fue palpa-ble a lo largo de aquella reunión. ¡Y cuando Jimmy y Shawn aceptaron mi ofrecimiento, sentí un gran gozo! Ellos trabajaron diligentemente con su presidente de estaca, el obispo, los maestros orientadores y el líder misional de barrio, así como con los misioneros jóvenes y un matrimonio misionero. Entonces, no hace mucho, tuve el enorme privilegio de sellar a Ruth a Jimmy y a sus cuatro hijos en el Templo de Payson, Utah. Wendy y yo lloramos al participar de aquella sublime experiencia. ¡Aquel día fueron sanados muchos corazones!
Reflexionando en ello, me mara-villo de Jimmy y Shawn y de lo que estuvieron dispuestos a hacer. Ellos se han convertido en héroes para mí. Si pudiera ver cumplido el deseo de mi corazón, ese sería que cada hombre
y jovencito de esta Iglesia demostrara el valor, la fortaleza y la humildad de ese padre y su hijo. Ellos estuvieron dispuestos a perdonar y a olvidar sus viejas heridas y hábitos; estuvieron dispuestos a someterse a la guía de sus líderes del sacerdocio para que la expiación de Jesucristo pudiera purifi-carlos y magnifipurifi-carlos. Cada uno estuvo dispuesto a convertirse en un hombre que porta el sacerdocio con dignidad “según el orden más santo de Dios” 2.
Portar significa soportar el peso
de aquello que se sostiene. Es una confianza sagrada poseer el sacerdocio, que es el gran poder y la autoridad de Dios. Piensen en esto: el sacerdocio que se nos ha conferido es el mismo
poder y la misma autoridad por medio
de los cuales Dios creó este e innume-rables mundos, gobierna los cielos y la tierra, y exalta a Sus hijos obedientes 3.
Hace poco, Wendy y yo estábamos en una reunión donde el organista estaba listo y preparado para tocar el himno inicial. Tenía los ojos puestos en
la partitura y los dedos sobre las teclas. Empezó a tocar las teclas, pero no salió sonido alguno. Le susurré a Wendy: “No tiene corriente eléctrica”; supuse que algo había interrumpido el flujo de la corriente eléctrica al órgano.
Hermanos: de igual manera, temo que haya demasiados hombres a los que se les ha dado la autoridad del sacerdocio pero que carecen del poder del sacerdocio porque el flujo de poder está bloqueado por pecados tales como la pereza, la falta de honradez, el orgullo, la inmoralidad o la obsesión por las cosas del mundo.
Me temo que hay demasiados poseedores del sacerdocio que han hecho poco o nada por cultivar su capacidad para acceder a los poderes del cielo. Me preocupan todos los que son impuros en sus pensamientos, sen-timientos o acciones o que degradan a sus esposas o hijos, interrumpiendo, por tanto, el poder del sacerdocio.
Me temo que son demasiados los que, tristemente, han sometido su
albedrío al adversario y dicen con su conducta: “Me preocupa más satisfacer mis propios deseos que ser portador del poder del Salvador para bendecir a los demás”.
Temo, hermanos, que algunos de entre nosotros despierten un día y se den cuenta de lo que en realidad es el poder del sacerdocio y se enfren-ten al profundo remordimiento de ver que dedicaron más tiempo a procurar poder sobre otras personas o en el trabajo que a aprender a ejercer plena-mente el poder de Dios 4. El presidente George Albert Smith enseñó que “no estamos aquí para malgastar las horas de esta vida para luego pasar a una esfera de exaltación, sino que estamos aquí para prepararnos día a día para los puestos que nuestro Padre espera que ocupemos después” 5.
¿Por qué un hombre habría de malgastar su vida y preferir, como Esaú,
el guisado de lentejas 6 cuando se le ha confiado la posibilidad de recibir todas las bendiciones de Abraham? 7.
Insto urgentemente a cada uno de nosotros a vivir de acuerdo con nuestros privilegios como poseedores del sacerdocio. En un día futuro, solo aquellos varones que hayan tomado su sacerdocio seriamente, procurando
diligentemente ser instruidos por el
Señor mismo, serán capaces de ben-decir, guiar, proteger, fortalecer y sanar a los demás. Solo el hombre que haya pagado el precio por el poder del sacer-docio será capaz de obrar milagros para aquellos a los que ama y mantener su matrimonio y su familia a salvo, ahora y a lo largo de la eternidad.
¿Cuál es el precio por cultivar tal poder del sacerdocio? El apóstol mayor del Salvador, Pedro, ese mismo Pedro que junto con Santiago y Juan confi-rieron el Sacerdocio de Melquisedec
a José Smith y Oliver Cowdery 8, declaró las cualidades que debemos procurar para “ser participantes de la naturaleza divina” 9.
Él mencionó la fe, la virtud, el cono-cimiento, la templanza, la paciencia, la piedad, el afecto fraternal, el amor y la diligencia 10. ¡Y no nos olvidemos de la humildad! 11 Así pues, pregunto: ¿Qué creen que dirían nuestros familia-res, amigos y colegas en cuanto a cómo estamos ustedes y yo cultivando esos y otros dones espirituales? 12. Cuanto más se cultiven estos atributos, mayor será nuestro poder en el sacerdocio.
¿De qué otra manera podemos aumentar nuestro poder en el sacer-docio? Debemos orar de corazón. La recitación cortés de actividades pasadas y futuras que concluyen con algunas peticiones de bendiciones no puede sustituir el tipo de comunicación con Dios que brinda poder perdurable. ¿Están dispuestos a orar para saber
cómo orar por más poder? El Señor
les enseñará.
¿Están dispuestos a escudriñar las Escrituras y a deleitarse en las pala-bras de Cristo13, a estudiar con fervor a fin de tener más poder? ¡Si quieren ver cómo se derrite el corazón de su esposa, permitan que los encuentre estudiando la doctrina de Cristo14 en internet o leyendo las Escrituras!
¿Están dispuestos a adorar en el tem-plo con regularidad? Al Señor le encan-ta enseñar Él mismo en Su sanencan-ta casa. Imagínense lo complacido que estaría si ustedes le pidieran que les enseñase acerca de las llaves, de la autoridad y del poder del sacerdocio mientras reciben las ordenanzas del Sacerdocio de Melquisedec en el santo templo15. Imagínense el aumento en poder del sacerdocio que podrían recibir.
¿Están dispuestos a seguir el ejemplo del presidente Thomas S. Monson de
servicio a los demás? Durante décadas él ha tomado el camino más largo de regreso a casa, siguiendo las impresio-nes del Espíritu para llegar a la puerta de alguna persona y entonces oír palabras como: “¿Cómo supo que era el aniversario del fallecimiento de nuestra hija?” o “¿Cómo supo que era mi cum-pleaños?”. Si verdaderamente quieren más poder del sacerdocio, apreciarán a su esposa, cuidarán de ella y la abraza-rán a ella y su consejo.
Ahora bien, si todo esto les parece excesivo, tengan a bien considerar cuán diferente sería la relación con nuestra esposa, nuestros hijos y compañeros de trabajo si nos preocupara tanto el obte-ner poder en el sacerdocio como nos preocupa progresar en nuestro empleo o aumentar el saldo de la cuenta banca-ria. Si nos presentamos humildemente ante el Señor y le pedimos que nos enseñe, Él nos mostrará cómo aumentar
nuestro acceso a Su poder.
Sabemos que en los últimos días habrá terremotos en diversos lugares 16. Tal vez uno de esos diversos lugares sea nuestro propio hogar, donde es posible que ocurran “terremotos” emo-cionales, económicos o espirituales. El poder del sacerdocio puede calmar los mares y reparar las fisuras de la tierra, pero también puede calmar la mente y sanar el corazón de aquellos a los que amamos.
¿Estamos dispuestos a orar, ayunar, estudiar, buscar, adorar y servir como hombres de Dios para que podamos tener ese tipo de poder del sacerdocio? Gracias a que dos niñas pequeñas esta-ban tan deseosas por sellarse a su fami-lia, su padre y su hermano estuvieron dispuestos a pagar el precio de poseer el santo Sacerdocio de Melquisedec.
Mis queridos hermanos, se nos ha confiado una responsabilidad sagrada: la autoridad de Dios para bendecir a
los demás. Ruego que cada uno de nosotros se eleve a la altura del hom-bre al que Dios nos preordenó que fuéramos, listos para poseer el sacerdo-cio de Dios con valentía, deseosos por pagar cualquier precio que se requiera para aumentar su poder en el sacerdo-cio. Con ese poder podemos contribuir a preparar el mundo para la Segunda Venida de nuestro Salvador Jesucristo. Esta es Su Iglesia, dirigida hoy en día por Su profeta, el presidente Thomas S. Monson, a quien amo y sostengo profundamente. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén. ◼
NOTAS
1. Véase Russell M. Nelson, “ Una súplica a mis hermanas”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 96.
2. Doctrina y Convenios 84:18.
3. Véase Deberes y bendiciones del sacerdocio,
Partes A y B, 2000; véanse también Alma
13:7–8; Doctrina y Convenios 84:17–20, 35–38; Moisés 1:33, 35.
4. Véase Doctrina y Convenios 121:36. 5. George Albert Smith, en Conference
Report, abril de 1905, pág. 62; véase también The Teachings of George Albert
Smith, edición de Robert y Susan McIntosh,
1996, pág. 17.
6. Véase Génesis 25:31–34. 7. Véanse Génesis 12:3; 17:2–8;
Gálatas 3:29; 1 Nefi 15:14–18; Abraham 2:9–11.
8. Véase Doctrina y Convenios 128:20. El Salvador, Moisés y Elías el Profeta (a veces referido como Elías) entregaron inicialmente las llaves a Pedro, Santiago y Juan en el monte cuando Jesús se transfiguró delante de ellos (véanse Mateo 17:1–4; Marcos 9:4–9; Lucas 9:28–30; Doctrina y Convenios 63:21).
9. 2 Pedro 1:4. 10. Véase 2 Pedro 1:5–10.
11. Véase Doctrina y Convenios 4:6 (nota: aquí en una revelación a José Smith, el Señor añadió la humildad a la lista de Pedro). 12. Véanse 1 Corintios 12:4–11; Moroni
10:8–17; Doctrina y Convenios 46:11. 13. Véase 2 Nefi 32:3.
14. Véase 2 Nefi 31:2–21.
15. Véase Doctrina y Convenios 84:19–20. 16. Véase Doctrina y Convenios 45:33.
iniciamos el ascenso por la ladera de la montaña. Aunque en ese momento tenía más de 30 años y era un jine-te experimentado, me sorprendí al sentir el mismo nerviosismo que sentí a los 12 años, pero mi papá conocía el camino y yo lo seguí.
Por fin llegamos a la cima de Windy. La vista era impresionante; y el irresistible deseo que tuve fue que quería regresar, no por mí esta vez, sino por mi esposa y mis hijos. Quería que ellos sintieran lo que yo había experimentado.
Con los años, he tenido muchas oportunidades de guiar a mis hijos y a otros jóvenes hacia la cima de las montañas, como había hecho mi padre conmigo. Esas experiencias me han llevado a meditar sobre lo que significa liderar y lo que significa seguir.
Jesucristo, el líder más grande y el seguidor más fiel
Si les preguntara quién es el líder más grande que ha existido, ¿qué dirían? La respuesta, por supuesto, es Jesucristo. Él es el ejemplo perfecto de toda cuali-dad de liderazgo que puedan imaginar. que quería regresar algún día y subir
a Windy Ridge.
Durante los años siguientes, escuché a mi padre hablar con frecuencia de Windy Ridge, pero nunca volvimos, hasta que un día, 20 años después, lo llamé y le dije: “Vamos a Windy”. De nuevo ensillamos los caballos e
Por Stephen W. Owen
Presidente General de los Hombres Jóvenes
C
uando tenía 12 años, mi padre me llevó a cazar a las montañas. Nos despertamos a las tres de la mañana, ensillamos los caballos y subimos por la boscosa ladera de la montaña totalmente a oscuras. Aunque me encantaba cazar con mi papá, en ese momento me sentí algo nervio-so. Nunca antes había estado en esas montañas y no podía ver el camino. ¡La verdad es que no se veía nada! Lo único que veía era la pequeña linterna que llevaba mi padre, que arrojaba una luz débil sobre los pinos que teníamos delante. ¿Y si mi caballo resbalaba y se caía? ¿Acaso podía él ver por dónde iba? Pero me reconfortó este pensa-miento: “Mi papá sabe a donde va. Si lo sigo, todo estará bien”.Y todo estuvo bien. Por fin salió el sol y pasamos juntos un día maravillo-so. Al iniciar el regreso a casa, mi papá señaló una cima majestuosa e inclinada que se destacaba del resto y me dijo: “Esa es Windy Ridge; ahí es donde está la buena caza”. Inmediatamente supe