de las libertades
La formación de nuevas capas sociales viene a coincidir justamente con la consolidación de los estamentos a lo largo del siglo iv. La socie- dad se va haciendo después más inmóvil y el estatus radicado en el naci- miento se convierte en el factor decisivo para la pertenencia a uno u otro grupo social. La adscripción a un oficio determinado llegó, finalmente, a ser obligatoria. El hijo de un funcionario de la administración tenía que ser a su vez funcionario de la administración y el hijo de un carnicero, carnicero. Se intentó, incluso, asegurar el mantenimiento de los contin- gentes del ejército haciendo hereditaria la profesión de soldado. Es más, el emperador Constancio quiso que la misma profesión de sacerdote se convirtiera en hereditaria, de lo cual desistió más tarde.
La rigidez de este sistema cristiano de coacción debiera quedar ilus- trada por este decreto: «Decretamos que los hijos de panaderos que no ten- gan aún capacidad jurídica queden libres de la obligación de cocer pan hasta cumplir los veinte años. Es necesario, no obstante, que en su lugar se dé empleo a otros panaderos, corriendo ello por cuenta de todo el gre- mio. Una vez cumplidos los veinte años, los hijos de los panaderos están obligados a asumir las obligaciones laborales de sus padres, pese a lo cual, sus sustitutos deberán seguir siendo panaderos». La fuga de estas corpo- raciones coactivas fue perseguida con medidas punitivas y la reincor-
poración forzosa por parte del Estado. El cumplimiento de las obligacio- nes heredadas podía, incluso, ser forzada judicialmente. Y si bien es cier- to que aquella vinculación forzosa y brutal a una profesión, fuertemente consolidada ya a mediados del siglo iv, fue quebrantada, legal o ilegal- mente y permitía ocasionalmente un cambio de profesión, con todo, era ya, en virtud del hermetismo de las fronteras entre clase y clase, un prea- nuncio de la rígida sociedad estamental de la cristiana Edad Media.250
Pero donde imperan, por una parte, la carencia de libertad y la mise- ria, tienen que imperar, por la otra, una explotación y una corrupción tan- to mayores.
De ahí que por entonces creciesen aún más las imponentes posesiones agrarias de los emperadores cristianos. Bajo Constantino o Constancio II, las propiedades de los templos se convirtieron en res privata del sobera- no, en propiedad de la corona, aun cuando buena parte de las rentas ex- traídas de ellas fueran a parar al fisco. Valentiniano y Valente ampliaron la res privata mediante la confiscación de terrenos urbanos y de la totali- dad de sus rentas, lo cual acarreó la penuria financiera de muchos muni- cipios. También Zenón acrecentó la propiedad imperial mediante nuevas confiscaciones. El emperador Anastasio, en cambio, un experto en finan- zas -mal visto por la Iglesia y particularmente por los papas- intentó em- plear preferentemente las rentas de las fincas propias en proyectos públi- cos y no en la corte imperial. Justiniano, sin embargo, tan ensalzado por el clero, volvió a favorecer intensamente la propiedad imperial, acentuó su potestad para disponer del fisco y del patrimonio privado y convirtió a Sicilia, y puede que también a Dalmacia, en dominios imperiales pri- vados.251
La administración romana, antaño barata y eficaz, se hizo cada vez más cara y peor. El historiador más importante del siglo iv, Amiano Mar- celino, cuyo objetivo explícito es el de la objetividad y la verdad, deduce meridianamente de las actas de la época que Constantino comenzó a abrir las fauces de los más altos funcionarios y que Constancio los cebó con la sustancia de las provincias.252
Ya Constantino, desde luego, aplicó atolondradamente una política económica de despilfarro. Tan sólo las fastuosas iglesias con las que em- belleció la nueva capital y también Roma y Palestina se tragaron sumas ingentes de dinero. Para la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, por ejemplo, hizo costosos presentes para su consagración: de oro, de plata y de piedras preciosas. El techo fue asimismo recubierto de oro por or- den imperial. También lo fue el techo de la iglesia de los Apóstoles en Constantinopla, cuyos exteriores fulgían con ornamentos áureos; relieves de bronce y de oro orlaban por el exterior el tejado. En Roma había siete iglesias constantinianas. Y como a todo ello se añadía una lujosa vida cortesana y un afán general de ostentación, por no hablar de las horren-
das sumas destinadas al armamento, la carga fiscal, a la que nos referire- mos en breve, hubo de aumentar. Y eso no fue todo: al final de su gobier- no se deterioró también el valor de la moneda.253
Con Constantino dio comienzo una emisión masiva de dinero, obteni" do por medio de varios impuestos nuevos y, desde el año 331, a través de la confiscación de los tesoros y del oro de los templos. Ello determinó que el oro desplazase al bronce como patrón monetario, incluso para las transacciones de poco valor, con el consiguiente y considerable aumento de la circulación monetaria.
El solidus de oro creado hacia 309 (1/72 libras de oro; una libra de oro = 72 solidi; una libra de plata = 5 solidi) permaneció inalterablemen- te en vigor en Bizancio hasta el siglo xi. Ha sido denominado el «dólar de la Edad Media» y determinó una extraordinaria estabilidad en los sa- larios más altos. El hombre de a pie, por así decir, ni veía, ni, menos aún, tocaba esta moneda a lo largo de su vida. Él seguía usando la moneda in- flacionaria, el denarius communis, también llamado fallís, el dinero de bronce ya muy devaluado y que seguía devaluándose a ritmo vertiginoso. Así por ejemplo, en el año 324 el solidus valía en Egipto 45.000 dena- rios. A la muerte de Constantino (337) valía ya 270.000. En el año 361 valía ya 4.600.000. Los artesanos urbanos y rurales, y también los cam- pesinos, «se vieron por ello sumidos, juntamente con sus hijos, en una miseria cada vez más atroz bajo el gobierno de Constantino». Las dife- rencias sociales se «acentuaron todavía más» (Vogt).254
Hasta el católico Clévenot lo reconoció recientemente: «En el siglo iv se ahondó el abismo que separaba a ricos y pobres». El campo católico, sin embargo, suele enjuiciar de modo muy distinto esta época y en pala- bras de un teólogo alemán, centrado especialmente en el aspecto social, en- salza, la «época de paz ascendente» y escribe que «la nueva época avanzó también considerablemente por lo que respecta a su conciencia social» (Voelkl).255
Esos avances los ilustra de inmediato la política monetaria seguida por los sucesores inmediatos de Constantino. Los hijos de éste, en efecto -«su declaración de fe cristiana respondía a su más íntima convicción» (Baus/Ewig)-, declararon invalidada, por medio de una ley monetaria, la moneda de cobre blanco, de amplia circulación, medida que supuso arre- batar de golpe a la gran masa los pocos ahorros que tenía en esos ocha- vos, los únicos a los que podía a lo sumo aspirar con grandes esfuerzos y que solía, incluso, enterrar en situaciones de peligro. «Ese gran robo per- petrado contra el patrimonio de toda la población del imperio» (Seeck) se atribuye preferentemente a Constancio, a quien tanto agradaba resaltar sus ademanes religiosos. Era el favorito del clero católico, pero se hizo odioso, prescindiendo de esta inflación, por el chalaneo en la concesión de los grandes cargos, por las subidas de impuestos y por las medidas de
dura disciplina en el ejército, de modo que de ahí a poco perdió su trono y su vida.256
La rápida desvalorización del dinero conllevaba lógicamente el alza de los precios y la subida de los impuestos, proceso que se remontaba ciertamente a tiempos muy anteriores. Con todo, la imposición fiscal no era especialmente agobiante en la temprana época imperial. No se dieron aún en ella ni el abandono masivo de tierras, ni rebeliones. Hubo que es- perar hasta el hijo de Marco Aurelio, Cómodo (180-192) -quien por cier- to fue tolerante para con los cristianos y fue asesinado con la ayuda de Marcia, una concubina cristiana muy respetada en la corte-, para que es- tallase, en las Galias, la primera revuelta. Después los levantamientos se fueron sucediendo en las provincias occidentales hasta bien entrado el si- glo v, aunque sólo conozcamos pocos detalles de las mismas porque los cronistas del imperio tardío suelen pasarlas por alto. No es nada desdeña- ble el hecho de que, según un crítico contemporáneo, los impuestos, a partir de la toma de posesión de Constantino, se doblasen en una gene- ración.257
Aquella economía coercitiva por sus medidas dírigistas y fiscales in- tensificó progresivamente la explotación a través de impuestos de capita- ción, impuestos por actividades productivas y toda una gama de tributos y prestaciones obligatorias cada vez más gravosas (muñera), especialmen- te en favor del ejército cristiano. Y semejantes cargas se distribuían de manera especialmente injusta, ya que los funcionarios del fisco las hacían recaer sobre todo sobre masas ya exhaustas, las de las clases media y baja.
El impuesto principal en el tardío imperio romano era el impuesto fundario (que gravaba el fundus o finca), pero también había otros mu- chos impuestos de índole distinta y, adicionalmente, impuestos indirectos sobre el volumen de ventas y aduanas. Junto a todo ello, el gobierno im- ponía toda una retahila de prestaciones personales y de tributos en espe- cie, los muñera, entregas obligatorias al ejército, alojamiento de las tro- pas y de los funcionarios de paso, trabajos forzados para la construcción de edificios públicos, fortificaciones, mejora de vías de comunicación et- cétera.
Los emperadores cristianos recaudaban los impuestos sin el menor miramiento, de modo tan implacable como lo hicieron en su tiempo los emperadores paganos. El católico Valentiniano I (364-375), quien, según Amiano, castigaba brutalmente las transgresiones de los pobres mientras concedía carta blanca a los grandes señores en la comisión de sus fecho- rías, quiso, incluso, ejecutar a los tributarios insolventes. Bajo su poder, un senador cristiano de la familia de los Aníceros -de la que provendría el futuro papa y Doctor de la Iglesia Gregorio I- agobió al máximo Ili- ria con sus exacciones y forzó además a aquellas provincias esquilmadas a enviar solemnes escritos de agradecimiento a la corte. Ocasionalmente,
las autoridades intervinieron contra los abusos de sus propios funcionarios, siguiendo en ello la sabia máxima de Tiberio: «Al rebaño propio hay que esquilarlo, pero no desollarlo».258
Por ley, todos estaban obligados a los muñera. De hecho, sin embar- go, los ricos, altos funcionarios, la nobleza del imperio, los grandes terrate- nientes, el clero y otros cuantos grupos sociales más quedaban exentos. Es cierto que el Codex Theodosianus estipula explícitamente: «Todo cuanto, en lo referente a prestaciones por Nos decretadas, se exija a quienquiera que sea como obligación general, deberá ser satisfecho por todos sin dis- tinción de méritos o de persona». A renglón seguido, no obstante, se mencionan las excepciones de «esta regla general: los altos funcionarios de la corte y los miembros del Consistorio Imperial, así como las Igle- sias [...], que quedarán todos ellos exentos de la prestación de servicios viles».259
Es cierto que la aristocracia senatorial y los más ricos entre los gran- des terratenientes debían pagar aún un impuesto particular. Pero justa- mente esos círculos conocían procedimientos más que suficientes para defraudar al fisco. De ahí que Juliano el Apóstata no promulgase ninguna amnistía fiscal, ya que «eran únicamente los ricos los que sacaban prove- cho de ella». Aparte de ello el impuesto particular de la aristocracia del imperio era exiguo y fue suprimido por completo en 450. Los estratos so- ciales pobres, asaeteados por recaudadores implacables, jueces injustos y violencias de toda índole, contemplaban en ocasiones, en el siglo v, la paz como una desdicha peor aún que la guerra, pues los crecientes gastos militares acarreaban un crecimiento continuo de las exigencias en entre- gas y prestaciones personales. Y en todo aquel tiempo, los grandes terra- tenientes no pagaban en absoluto otros impuestos sino los que les apete- cía y en la cuantía y momento que les apetecía.260
En la segunda mitad del siglo iv, quizá hacia 360, un pagano anónimo escribió De rebus bellicis, un interesante estudio que no sólo se ocupaba de problemas militares, sino también económicos y administrativos, y por cierto «de modo muy perspicaz, al menos en algunas de sus partes» (Maz- zarino). El escrito de «un hombre con propuestas», se conservaba en la catedral de Espira, de donde desapareció, pero se cuenta con una copia del mismo. Este pagano anónimo que dirigió su memorándum a un sobe- rano también anónimo, probablemente a Constancio II, hijo de Constan- tino, abriga la esperanza de que el regente perdonará su atrevimiento por dirundir propuestas «en nombre de la libertad en la indagación de la ver- dad» (propter philosophiae libértate!}. En primer lugar discute la nece- sidad de reducir el gasto público. Después remonta «los comienzos de la dilapidación y las exacciones» nada menos que al emperador Constantino.
En un capítulo especialmente dedicado a la «Corrupción de los fun- cionarios» reprocha a los procuradores de provincia que explotan a los
tributarios, además de robar al Estado, y escribe así: «Estos hombres pien- san, dando muestras de carencia del juicio valorativo exigible a su edad, que han sido enviados a las provincias para hacer allí negocios. Con ello causan daños tanto mayores, cuanto que las injusticias toman comienzo precisamente en aquellas personas de las cuales cabría esperar el reme- dio [...]. ¿No dejaron a menudo que expirase el plazo del cobro de los im- puestos con tal de obtener una ganancia explotadora? ¿Qué aviso judicial, por demora en el pago, fue emitido que no les reportase a ellos ventaja? El enrolamiento de reclutas, la compra de caballos y de trigo e incluso las sumas destinadas para fortificar las ciudades, todo ello les sirvió con ma- ravillosa regularidad de fuente de enriquecimiento propio, rayano, por sus proporciones, en un auténtico saqueo oficial. Si fueran hombres inta- chables, penetrados hasta lo más íntimo del espíritu de la inmortalidad, los que rigiesen las provincias, entonces no habría ya espacio para el fraude y el imperio se revigorizaría mediante ese enriquecimiento moral».261
Como conclusión, el atrevido autor apela al soberano para que «eli- mine el desbarajuste de las leyes» y con ello «los eternos litigios» que de ello resultan, pues una jurisprudencia clara puede distinguir lo que es «lí- cito y ajustado a derecho para cada cual». El católico Clévenot observa respecto a este escrito: «En el momento mismo en que los emperadores ocupan buena parte de su tiempo en solventar controversias teológicas, este pagano clarividente y antidogmático confía en la razón, la filosofía y la ciencia, tratando de estimular la investigación. Sensible para con la de- sesperación de los oprimidos, no vacila en llamar por su nombre a los opresores».262
Todo ese Estado coercitivo cristiano era tiránico y corrupto en alto grado. Si es cierto que la simonía comenzó justamente en ese siglo IV a causar estragos entre el clero, que veía su poder bruscamente acrecenta- do, también lo es que el comercio lucrativo por los altos cargos estatales cobró gran auge bajo Constantino y sus hijos cristianos. Juliano el Após- tata tomó medidas contra él. Sin embargo, bajo Teodosio I, gobernacio- nes de provincias enteras fueron vendidas al mejor postor. Y esa situa- ción perduró bajo el poder de sus hijos y durante todo el siglo v. En la corte del piadoso Teodosio II, todo acabó, en último término, por ser ve- nal. Y todo era regido de manera draconiana. «Los funcionarios, y no sólo los urbanos sino también los de las comunidades rurales y de las aldeas, son puros tiranos» (Salviano). Y tan duros, sobomables y corruptos como los funcionarios eran también los altos oficiales, que gustaban de redu- cir los suministros de las tropas y los vendían por cuenta propia. Sólo unos cuantos oficiales germánicos como Argobasto, Bauto y Estilicón cons- tituían una excepción. La policía secreta, infiltrada en todas las autorida- des -en ocasiones fueron empleados hasta 10.000 agentes- extorsiona- ban a todo el mundo.263
Los funcionarios más siniestros eran los esbirros del fisco, que roba- ban en todas las direcciones, al Estado y a los sufridos tributarios. Ya des- de el momento mismo de la fijación impositiva procedían con todos los medios coercitivos a su alcance, desfalcando, trabajando con facturas y recibos falsos, con la cárcel, con la tortura (para obtener posibles objetos valiosos escondidos) e incluso con el asesinato. Y su actuación empeora- ba con el tiempo.264
Los cronistas paganos y cristianos del siglo iv describen cómo el pue- blo, congregado en las plazas del mercado, era forzado al pago de im- puestos más elevados mediante la tortura o las declaraciones de los hijos en contra de sus padres, y cómo esos hijos tenían que ser condenados a la esclavitud o la prostitución por causa de la información fiscal. Así por ejemplo, una mujer que se refugió en la clandestinidad para escabullirse de los esbirros del procurador y de la curia de su ciudad declara esto en Egipto, al filo del siglo v: «Después de que mi marido fuese azotado y encarcelado repetidas veces y de dos años a esta parte, a causa de una deuda fiscal, y de que mis tres amados hijos fuesen vendidos, llevo una vida fugitiva, vagabundeando de ciudad en ciudad. Ahora voy por el desierto sin rumbo fijo y he sido atrapada varias veces y continuamente azotada. En este momento llevo tres días sin comer a través del desierto». Y el Pa- dre de la Iglesia Salviano escribe: «A los pobres se les priva de lo más necesario, las viudas sollozan, los huérfanos son pisoteados. De ahí que muchos de ellos, incluidos los de noble alcurnia y los que son libres, hu- yan hacia el enemigo para no ser víctimas de las persecuciones del poder público ni asesinados por él. De ahí que busquen entre los bárbaros la hu- manidad romana, ya que no pueden sufrir la bárbara inhumanidad de los romanos [...]. Prefieren ser libres bajo la apariencia de la servidumbre a llevar una vida de esclavos bajo la apariencia de la libertad».265
Para sustraerse a la corrupción de la burocracia, a las torturas y a los castigos impuestos por ocultar impuestos, muchos, a veces aldeas ente- ras, entregaban, mitad libremente, mitad forzados, sus posesiones a los grandes terratenientes, de quienes las volvían a obtener, ahora «más pro- tegidas», en condición de arrendatarios. De este modo el rusticas, vica- nus o agrícola se degradaba hasta convertirse en colono. A finales del si- glo iv, los mendigos abarrotaban de tal modo las calles de Roma que hubo que llevarlos a la fuerza a los latifundios, en calidad de colonos o de esclavos. Y cuanto más ricas eran las ciudades, mayor era la miseria. Por aquel tiempo, Libanio hacía esta observación en Antioquía: «Ayer por la noche alguien lanzó un fuerte suspiro de dolor al contar los mendi- gos: los que allí había y los que ya no podían estarse de pie, ni siquiera sentados, los mutilados, más podridos, a menudo, que muchos muertos. Dijo que era digno de compasión tener que soportar aquel frío con tales harapos. Algunos llevan tan sólo una saya. Otros muestran la desnudez
de sus partes pudendas, de sus hombros, de los brazos y los pies [...]». Los asilos de pobres y las limosnas apenas sirven de hoja de parra, de mani-