CHAPTER ONE – LITERATURE REVIEW
CHAPTER ONE – REFERENCES
Así las cosas, entendemos pues que la voluntad, voluntad de vivir, es el fundamento de toda realidad; la objetivación de la misma, la vida, es decir, el mundo visible se convierte en el espejo de la voluntad logrando, por tanto, una unidad indisoluble entre voluntad y vida; Schopenhauer lo caricaturiza diciendo es “como al cuerpo su sombra”. En esa medida, mientras haya voluntad de vivir hay vida y, por esta razón, mientras haya voluntad de vivir en cada uno la muerte no debe convertirse en una preocupación, ya que nuestra existencia ha de ser inmortal como el espejo de la voluntad, la naturaleza. Pero ¿acaso no es la más real certeza de la existencia humana su nacer y parecer? Nacer y perecer solo pueden inscribirse en los fenómenos, en el principio de razón, a su vez en el principium individuationis. Desde una mirada filosófica, no obstante, podríamos afirmar que ni voluntad como lo en sí de totalidad de la realidad, ni el sujeto puro de conocimiento, que sería el espectador de todos ellos, son afectado por el nacer y el perecer. Así se presenta, por un lado, la fragilidad en los fenómenos y, por el otro, inmortalidad de la naturaleza a la cual solo le interesa la especie, que es la idea la que tiene verdadera realidad, perfecta objetivación de la voluntad, no los individuos particulares. Podríamos decir en otras palabras, se presenta el cambio de la materia pero persistiendo la forma:
La forma de este fenómeno es el tiempo, el espacio y la causalidad, y a través de ellos la individuación, la cual implica que el individuo ha de nacer y perecer, cosa que no impugna la voluntad de vivir, de cuyo fenómeno el individuo es un simple ejemplar o espécimen particular, como no ofende a la totalidad de la naturaleza la muerte de un individuo. Pues no es éste sino exclusivamente la especie lo que le importa a la naturaleza (MVR. §54, p. 332; en alemán, p. 325).
Según lo anterior, entendemos que la muerte se convierte en un sueño en el que la individualidad se olvida, o en otras palabras, “la muerte suprime el engaño que separa su conciencia de la de los demás: eso es la permanencia, su no ser afectado por la muerte, que únicamente le conviene en cuanto cosa en sí, en el fenómeno coincide con la continuidad del restante mundo externo” (MVR. I. §54, p. 339; en alemán, p. 333). Por tal razón, Schopenhauer designa a la muerte como el verdadero genio inspirador o el musageta de la filosofía (MVR. Cap. 41, p. 515; en alemán, p. 528). Ahora bien, el hombre es el único capaz de llegar a conceptos abstractos de la muerte que lo condenan a una continua angustia, podríamos decir que con la razón aparece la certeza de la muerte; se trata entonces de un fenómeno ajeno a la vida de los animales que viven sin un
conocimiento verdadero de la muerte. Surge el miedo a la muerte a su vez que asumir la muerte como los peores de los males. Sin embargo, este miedo a la vida no puede haber brotado del conocimiento y la reflexión, pues esto sería absurdo en la medida que el valor objetivo de la vida es muy problemático, así este poderoso apego a la vida debe brotar desde un apego irracional y ciego, ya que “sólo se puede explicar porque todo nuestro ser en sí es ya voluntad de vivir a la que la vida le ha de parecer el supremo bien, por muy amarga, breve e incierta que sea; y también porque aquella voluntad es en sí misma y en origen ciega” (MVR. Cap. 41, p. 518; en alemán, p. 532). Ahora bien, quien tenga por mirar desde otro lado de la moneda, desde una reflexión aguda y profunda, afirma Schopenhauer, “no debe despreciar la total certeza de que el principio más íntimo de su vida permanezca libre de ella [muerte]” (MVR. Cap. 41, p. 524; en alemán, p. 539). Como hemos mencionado el hombre como grado de objetivación en su forma más perfecta es la naturaleza misma, y ésta a su vez es el espejo de la voluntad de vivir, pues es como un paliativo, si ha comprendido esta realidad la vida inmortal de la naturaleza, que finalmente será el mismo.
En toda tiempo y lugar el auténtico símbolo de la naturaleza es el círculo, que representa el esquema del retorno: esta es de hecho la forma más general de la naturaleza que se desarrolla en todo, desde el curso de los astros hasta la muerte y el nacimiento de los seres orgánicos; y solo a través de ella se hace posible una existencia duradera dentro de la corriente del tiempo y su contenido, esto es, una naturaleza (MVR. Cap. 41, p. 529; en alemán, p. 545).
Si bien podemos encontrar en los fenómenos de la naturaleza un individuo diferente del otro, esto es bajo el principio de razón y sus formas de tiempo y espacio que constituyen el principium individuationis; sin embargo, si dejamos de lado estos principios y asumimos que a la realidad le corresponde las ideas, la real objetivación de la voluntad, la forma de tal materia, aparece el ser en sí de las cosas como lo imperecedero y extratemporal, pues ante la muerte de un ser particular no puede caer en la nada. Schopenhauer define descriptivamente esta permanencia de cada idea:
Así como las gotas pulverizadas de la catarata que brama cambian con la rapidez de un rayo, mientras que el arco iris que las sustenta permanece fijo en un reposo inmóvil, totalmente impasible ante aquel cambio sin tregua, también cada idea, esto es, cada especie de los seres vivos, permanece impasible frente al continuo cambio de los individuos. Más es en la idea o la especie donde la voluntad de vivir arraiga y se manifiesta verdaderamente: de ahí que solo le importe la conservación de aquella (MVR. Cap. 41, p. 535; en alemán, p. 552).
En el libro dos de El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer ha mostrado que la adecuada objetividad de la voluntad como cosa en sí en cada uno de sus grados es la idea: a su vez, en el libro tercero que estas ideas tienen como correlato el sujeto puro de conocimiento, así se entiende que su conocimiento solo aparece excepcionalmente de forma transitoria. Ahora bien,
cuando entramos bajo el principio de razón, y sus formas de espacio y tiempo, la idea se presenta como especie, que podríamos afirmar es la idea disgregada en el tiempo, donde aparece la pluralidad. De lo anterior, Schopenhauer dice que la especie es la objetivación más inmediata de la voluntad logrando que el ser más inmediato de fenómeno se halle en la especie. Esta será pues la fuente donde la voluntad de vivir hunde sus raíces.
A diferencia de su maestro Kant, Schopenhauer no renuncia a la cognoscibilidad de la cosa en sí y esto se ha mostrado de manera concreta entiendo que cada acción de mi cuerpo es un acto de la voluntad. Ahora bien, sostiene Schopenhauer que su filosofía no sostiene un conocimiento absoluto y exhaustivo de la cosa en sí, pues es absurdo conocer lo que ella sea en y por sí misma: tan pronto como conocemos se tiene una representación, luego, esta representación no puede ser idéntica a lo conocido, se presenta aquí entonces una confusión entre lo en sí y un para otro. Así, entenderá Schopenhauer que en una conciencia cognoscitiva siempre se presentarán fenómenos; cuando se es cognoscente no se posee más que el fenómeno del propio ser, y lo contrario, será que cuando se es inmediatamente ese mismo ser, no se es cognoscente (MVR. Cap. 41, p. 547; en alemán, p. 566): lo metafísico, lo indestructible, lo eterno del hombre no está en el intelecto sino en la voluntad. Dentro del principio de razón y sus formas de tiempo y espacio, principium individuationis, se señala que el individuo humano muere mientras que la especie humana sigue viviendo. Sin embargo, cuando dejamos de lado este principium individuationis el individuo y la especie aparecen como una misma cosa: “Toda la voluntad de vivir está en el individuo como en la especie, y por eso la permanencia de la especie es la simple imagen del carácter indestructible de los individuos” (MVR. Cap. 41, p. 549; en alemán, p. 568). La diferencia entre lo objetivo de lo que hacemos representaciones y lo que el sentido interno entiende como el fundamento la voluntad, no es una diferencia que está sostenida en la cosa en sí, no es absolutamente real, pues con la perdida de la individualidad con la muerte no se muestra más que como una perdida aparente. En este sentido, la muerte se convierte en el camino para una restitutio in integrum, señala Schopenhauer:
La muerte es el momento de liberarse de la unilateralidad de aquella individualidad, que no constituye el núcleo interno de nuestro ser, sino que más bien ha de ser considerada como una especie de extravío del mismo: la libertad verdadera y originaria vuelve a surgir en este instante que, en el sentido indicado, puede ser considerado como una restitutio in integrum (MVR. Cap. 41, p. 562; en alemán, pp. 582-583)
Con el conocimiento metafísico de la esencia del mundo se presenta una superación del horror a la muerte, aparece una seguridad desde la “conciencia íntima de que él es la naturaleza, el mundo mismo, y debido a la cual ningún hombre le intranquiliza sensiblemente el pensamiento de la muerte cierta y nunca lejana, sino que cada uno va viviendo como si hubiera de vivir eternamente” (MVR. §54, p. 338; en alemán; p. 332).