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Beethoven no se quedó repentinamente sordo, ni mucho menos. Parece que experimentó los primeros síntomas de su enfermedad por 1798. En 1802 cobró clara conciencia de su mal, y se desesperó. Conservó, sin embargo, el suficiente oído para poder seguir escuchando lo que le decían —cada vez más fuerte— o su propia obra, por lo menos hasta 1815. Y seguiría componiendo música hasta su muerte. Eso sí, no pudo oír la Novena Sinfonía o los últimos cuartetos más que con los oídos del espíritu, que en Beethoven siempre funcionaron a la perfección. Se ha hablado mucho del influjo de la sordera en su música final, pero resulta muy difícil separar lo que es obra de un hombre que no puede escuchar físicamente su propia creación, o lo que que es obra de un genio. Los analistas se inclinan cada vez más por la segunda eventualidad.

Beethoven ha pasado a la historia como un ser malencarado, misántropo, de temperamento vivo, que se enfada con todo el mundo, que no quiere recibir a casi nadie, que lanza a la cara del camarero el plato que le han servido equivocado. Algunas anécdotas son ciertas, otras inventadas; pero Beethoven era mucho más que todo lo que se ha contado de él, a veces con la tonta intención de destacar su «genio». Era un hombre más bien bajo, de cabello moreno rizado, que poco a poco se fue dejando crecer cada vez más largo. Siempre tuvo amigos, aunque los seleccionó, y gozó fama de ser un gran conversador: sobre todo cuando se volvió completamente sordo, y era él el único que podía hablar, porque los demás habían de escribirle todo lo que le querían decir. Siempre llevaba consigo los famosos «cuadernos de conversación», que en gran parte se conservan: por desgracia, solo contienen lo que le decían a Beethoven, no lo que contestaba él, y que todos podían escuchar. Con aquellos amigos fue siempre fiel y generoso, y consta que cuando se encontraban en situaciones difíciles, les prestó ayuda, muchas veces en forma anónima, sin que ellos lo supieran. Se enfadó muchas veces, pero siempre terminó pidiendo perdón. Fue un pequeño filósofo, más autodidacta que otra cosa, aunque poseía una biblioteca nada despreciable, y en otro tipo de cuadernos escribía una serie de reflexiones, en ocasiones de muy alto interés. Viajó poco, y, después de los años de Bonn, circunscribió su vida casi siempre a Viena, de la que no salía sino para veranear en el campo. El campo fue para Beethoven una verdadera necesidad: entre bosques y prados, o a la orilla de los ríos escribió la mayor parte de su obra, y también durante las largas permanencias en Viena salía al bosque —tan cercano a la ciudad— cada vez que podía, solo o acompañado. Cuando se detenía, sacaba su cuaderno y se ponía a escribir música (a veces con gestos y canturreos casi ininteligibles), sus amigos guardaban silencio. Ya imaginaban lo que iba a salir de aquel momento de inspiración. Mozart estaba inspirado siempre, no necesitaba concentrarse. Con frecuencia escribía música rodeado de la conversación de su mujer y de sus hijos. Beethoven no compone cuando quiere, sino cuando algo inexplicable acude a su espíritu, y entonces se abstrae, ajeno por completo a cuanto le rodea. Con un grito puede hacer callar a los demás. No solo ocurre que es un compositor distinto, sino que la música ha llegado a un momento distinto. Y si Mozart «componía sin querer», Beethoven rumiaba sus composiciones

durante mucho tiempo, hasta conferirles su forma definitiva. Necesitaba repasar su material, mejorarlo, distribuir los retazos de música hasta ensamblarlos en una combinación perfecta. Naturalmente, la obra de Beethoven es más «complicada», en cierto modo más difícil que la de Mozart; pero también él mismo debía trabajarla con gran esfuerzo. Se conservan muchos borradores en la Biblioteca del Estado de Berlín, en la Biblioteca Jagellonica de Cracovia, en la Pasqualati Haus de Viena, en el museo de Bonn: ¡qué diferencia entre los borradores primitivos y el logro final! ¡Cuánto esfuerzo y cuánto premio! Toda la música de Beethoven tuvo, en sí, algo de heroico.

Siguió soltero toda su vida. No por eso dejó de enamorarse. Es más, tenemos la impresión de que necesitaba estar enamorado —o en su defecto, necesitaba sentirse embelesado por la belleza de un paisaje— para componer. Los amores de Beethoven fueron numerosos, pero efímeros. Siempre se prendaba de jóvenes de buena sociedad, que a su vez se dejaban cautivar por aquel genio que tenía «algo», pero que al final, por consejo de la familia o tras una reflexión, rompían con aquel hombre difícil y acababan casándose con un aristócrata. La historia se repitió mil veces. Y Beethoven nunca aprendió. Eso sí, muchas de aquellas mujeres están relacionadas con las mejores obras del arte musical. Es curioso que un hombre poco viajero cambiase tantas veces su piso de soltero. Hasta treinta viviendas tuvo durante su vida en Viena: o le molestaban los vecinos o los molestaba él con sus ocurrencias inoportunas. A nadie le apetece —aunque se trate de la Claro de Luna o de la Appasionata— un recital de piano a las cuatro de la mañana. Por otra parte, Beethoven gustaba de ducharse —en una época en que no había duchas propiamente dichas— con una regadera varias veces al día. El resultado es que el agua calaba y provocaba goteras en el piso de abajo: la bronca era inevitable. Aquellos pisos eran un prodigio de desorden, a tono con un atuendo, casi siempre descuidado. Seyfried, que bien conoció aquellas casas, habla de «libros y música desparramados por todas partes, allí los restos de una cena fría, aquí botellas destapadas y medio vacías…; en el suelo, cartas de amigos o de negocios, junto a los charcos de agua con la que Beethoven acostumbraba a remojarse a menudo…».

Y lo asombroso es que un hombre tan desordenado fuera capaz de conseguir un orden tan absoluto en su música. Fue ante todo un soberbio arquitecto, constructor de enormes edificios en los cuales cada pieza está exactamente en su sitio, y no en otro cualquiera de aquellos en que pudiera estar. Ese orden arquitectónico parece más fácil en una concepción puramente «clásica» de la música, en que puede seguirse un esquema previamente establecido, y de acuerdo con los cánones. Debe resultar mucho más difícil dentro de una filosofía en que la música «sale del corazón y se dirige al corazón», en que el mensaje interior desborda apasionadamente la mesura creadora. Y, sin embargo, hasta en sus obras más enfebrecidas, Beethoven posee un sentido de la construcción, una rigurosa ordenación de los materiales, que parece increíble que resulte compatible con su titánica fuerza expresiva. De alguna manera debió controlar su pasión estética para aunar sentimiento y perfección técnica, dramatismo y rigor. Quizá nadie lo consiguió como él, pero el hecho es que en esta síntesis consiste posiblemente su mayor mérito. Por otra parte, domina como ninguno en su tiempo la expresión instrumental. Con una orquesta

que en poco se diferencia de las de Haydn o Mozart consigue presentar ante los oyentes tremendas tempestades, lo mismo las de la naturaleza que las del alma. Todo en Beethoven es distinto de lo hasta entonces escuchado. Y todo esto —recordémoslo— no solo dicho a través de la suculencia de la orquesta. Es cierto que Beethoven es ante todo orquestador, o por lo menos debe ser cierta la frase que le escuchó su secretario Schindler: «cuando siento la música dentro de mí, es siempre la orquesta la que suena». Pero es también un soberano compositor de cámara. Para muchos, lo mejor de su obra son los cuartetos, sobre todo los finales. Y tan famosas como sus sinfonías son las sonatas para piano, un instrumento cuya técnica llegó a perfeccionar y de la cual ya ningún músico sería capaz de prescindir.