Para la teología, la realidad humana sólo es abarcable desde su doble y simultánea referencialidad a Dios y al mundo. Al ser humano le son propios una realidad tanto trascendente como una realidad inmanente. En otras palabras, la antropología teológica, cuando trata la realidad antropológica, tiene ante sí el triángulo Dios-ser Humano-Mundo. Si la teología atomizara la reflexión antropológica, entraría en una grave distorsión a la comprensión de la realidad humana. Por tanto, la cuestión antropológica, se comunica con las cuestiones teológica y cosmológica, aunque entre ellas existan delimitaciones y características propias.
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7.3. “Pathos antrópico” de la reflexión antropológico teológica
La antropología teológica, más allá de sus objetos material y formal, parte metodológicamente de una premisa antropológica que está sugerida en la revelación y que, por ello, está exenta de todo antropocentrismo. La reflexión antropológico–teológica participa del pathos. Desde él, lo humano no es un episodio colateral de la realidad. La constitución creatural del ser humano es tal, que lo divino encuentra en él la alteridad. Y, por ello, esa alteridad no puede frustrarse. De ahí que las afirmaciones de la antropología teológica estén articuladas desde el presupuesto de que la realidad humana tiene salida. Si es verdad que ―el mundo entero yace en el mal‖ (1 Jn 5, 19), también es cierto que la crisis de la historia humana está abierta a la metanoia, es decir, a la actividad dialogal de Dios con ella. Lo humano, a pesar de las luces y sombras del deambular histórico de su libertad, es digno de la mirada amorosa de Dios48 y de un cierto beneplácito que marca la historia: Hemos sido gratificados con preciosas y grandes promesas para que lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1, 4; 1 Jn 3, 1-2). Dicho lo anterior, la respuesta a la cuestión antropológica, tal como directa o indirectamente ésta ha sido recogida en la teología, han recaído históricamente en diversas temáticas. Unas han tratado las condiciones apriorístico-trascendentales del ser humano en cuanto referidas a Dios. Otras han identificado las circunstancias tenidas en cuenta después de las experiencias en las que traspasa sucesivamente el ser humano en cuanto creyente. Del tratamiento de este proceso han surgido diversos temas que se han tenido en cuenta en la elaboración y desarrollo de la antropología teológica, como: los aportes de la antropología bíblica y su particularidad frente a la griega; la comprensión de los dos testamentos del ser humano como imagen de Dios; la constitución creatural del ser humano y la relación creatural de éste con el mundo; la dualidad corpóreo espiritual del ser humano y la articulación de un discurso escatológico que salve la unicidad del ser humano; la importancia cualitativa de las dimensiones volitiva e intelectiva de la realidad humana; la superación de una comprensión extrinsecista de la relación entre lo natural y lo sobrenatural; la falibilidad de la libertad humana para amar y la comprensión de las dimensiones transpersonal, personal y social del pecado; el proceso de transformación existencial que propicia la experiencia de Dios; las implicaciones antropológicas de
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la cristificación como humanización; las consecuencias antropológico-teológicas de concepciones globales de lo humano nacidas de la modernidad49.
Cada uno de esos tópicos desarrolla con énfasis distintos la triple realidad creada, pecadora y cristiforme que es el ser humano. Aunque el tratamiento al mismo no se encuentra agotado. Siempre habrá nuevos tratamientos y nuevas significaciones. Por eso, a la vista de los matices actuales que adopta la cuestión antropológica, la antropología teológica está llamada a ampliar los significados de sus afirmaciones fundamentales.
Ante la fragmentación política y económica a escala mundial, que delata la situación contundente del desfavorecido, la reflexión antropológico-teológica tendría que volverá a pensar la cuestión asumiendo un dato cristológico fundamental: Jesús habita la marginalidad de su tiempo histórico. Propone a sus contemporáneos un descentramiento hacia la cosmovisión de la Buena Nueva, en principio transparente para los pobres (Lc 4, 18). Cuando Jesús proclama el señorío de Dios, revoluciona todo planteamiento de la cuestión antropológica, porque recupera para ella un sujeto (el desahuciado) que no es la excepción, sino la norma en la historia humana. Una antropología teológica actualizada debería asumir con más convicción el desafío de los nuevos tiempos. Tendría que asesorarse de nuevas metodologías de análisis de la realidad, de ciencias de la información, del clamor de los distintos sujetos marginados socialmente, para ser más asertiva con la procedencia objetiva de la desmembración poco solidaria del planeta.
El triunfo de la razón instrumental en Occidente se está revisando en todos sus presupuestos, desde distintos saberes. El resultado es que se promociona una relectura de lo humano desde la clave de su mundanidad, de su cotidianidad en dos direcciones distintas. Por un lado, la crisis ecológica ha evidenciado la inviabilidad de la sociedad industrial y ha trastocado los términos de la cuestión antropológica. La crisis medio-ambiental influye en que la búsqueda de sentido a la vida sea, en cierto modo, postergada. Se entiende que es una cuestión se segundo orden especular sobre el sustrato metafísico de la existencia humana,
49 Oyente de la Palabra, persona, ser comunitario, dimensión de género, ser comunitario-político,
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cuando el puramente físico está en emergencia. Esto supone para la antropología teológica, no sólo ahondar en la condición de creaturalidad del ser humano, con objeto de rescatar todo su potencial realista y crítico frente a la unidimensionalidad del homo faber. Significa también, insistir en la condición humana de co- creaturalidad, es decir, en dignidad creatural del mundo y en la integración de éste en la dinámica salvífica de la historia.
La antropología teológica sólo puede presentarse en un contexto multicéntrico y plural haciendo énfasis en su fundamento: el radical cristológico de su visión del ser humano. La cristología denuncia lo inhumano y delata lo inconfundiblemente humano. La cristología no sólo ejerce una función crítica respecto de toda antropología, sino que también ayuda a identificar aquello que puede ser confesado como humano en cualquier antropología de las elaboradas en ámbitos distintos al cristianismo. Así, la antropología teológica, tutelada por el potencial transcultural del misterio cristológico, ha de dejarse traducir en otros contextos y, a la vez, ha de permitirse ser interpelada por visiones humanistas elaboradas desde circunstancias culturales disímiles.
Y, finalmente, antropologías teológicas del siglo XXI, no podrán ignorar las cuestiones planteadas por los estudios de género. Si lo hace, la teología perderá tanta credibilidad como lo hizo en el siglo XVI aferrándose sólo a la cosmovisión aristotélica, al geocentrismo. Los estudios de género suponen un giro copernicano en los distintos saberes. Hay tantos paralelismos entre aquellos y estos tiempos…Como en el siglo XVI sucedió con los varones occidentales, desde mediados del siglo XX las mujeres, como grupo humano excluido de la producción del conocimiento y de la creación artística y política, ha comenzado su renacimiento. Nada puede permanecer igual. El cambio de paradigmas ha comenzado y es irreversible.
En este nuevo contexto de emergencia de las mujeres, el discurso antropológico- teológico y eclesial necesita ir más allá, superar el esencialismo y la exaltación simbólica para acercarse a las relaciones reales entre hombres y mujeres. No puede ser neutral. En cuestiones como el racismo, el sexismo o la exclusión económica, la neutralidad siempre es aparente. Es ya una toma de decisión ideológica. Si la teología quiere acercarse a las mujeres reales y contribuir a su emancipación y a su plena realización como seres humanos y como hijas de Dios
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y herederas de pleno derecho, necesita con urgencia incorporar la categoría de género e incorporar efectivamente a las mujeres en la reflexión antropológico- teológica, y superar el discurso de Arquetipo de la Mujer Eterna. Una mujer caracterizada por su ―esencia oblativa‖ y cuyas virtudes son en el fondo un desafío para todos los cristianos y no sólo para las mujeres.
El discurso antropológico-teológico deberá reconocer que aquello que el pensamiento occidental considera ―femenino‖ es en gran medida una construcción histórica y cultural interesada -a la que las teologías cristianas también han contribuido-, que ha sido elaborado para complementar otra realidad histórica, cultural y simbólicamente construida: la masculinidad. Frente a una concepción ―naturalista‖ de la mujer que ha llevado a una interpretación esencialista ahistórica y acrítica de la identidad femenina y la asignación a la mujer de un papel social subalterno, la categoría de género resalta la construcción cultural de la condición femenina, e incide en su carácter histórico, plural y moldeable, devolviendo a las mujeres al ámbito de la libertad. Estableciendo que cuando se habla de seres humanos desde los conocimientos científicos actuales no se puede aceptar que la biología determine el destino.
También es necesario reconocer que los términos masculino y femenino, tal y como son empleados en la Biblia, contienen elementos condicionados por la cultura en la que los textos fueron redactados; no siempre son positivos y no pueden absolutizarse, interpretarse literalmente y convertirse en normativos.
Deben ser sometidos a una hermenéutica crítica y evaluativa. La Biblia no es inocua y debe ser leída con sumo cuidado y no en contra de las mujeres. Algo que, tristemente, ha ocurrido en algunas épocas de la historia.
El terreno de los arquetipos es muy resbaladizo, fácilmente se convierte en una sublimación de lo femenino que oculta el rostro singular de cada mujer, su existencia cotidiana, sus experiencias, sus contribuciones, sus heridas y las cau- sas y las consecuencias de su discriminación. Y esto lleva a plantearse una pregunta: ¿se puede seguir haciendo antropología teológica cristiana de espaldas a las mujeres reales? Una antropología teológica que se construya a espaldas de las mujeres de carne y hueso y a sus preguntas, difícilmente merecería el calificativo de cristiana. En la respuesta que se dé a esta pregunta se juega la
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pertinencia futura de la antropología teológica y el futuro de las mujeres que, se quiera o no, en la cultura occidental están profundamente entrelazados.
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Capítulo 2: Antropología teológica y sexualidad de la mujer