Mientras América se estremecía con sus propios movimientos estudiantiles, y
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Europa occidental veía iniciarse la revuelta juvenil, Europa del este sufría una conmoción distinta, aunque también provocada por los estudiantes. Para hablar de lo que ocurría en Europa central, José Emilio Pacheco realizó para La Cultura en México un recuento de la situación que prevalecía en Checoslovaquia y Polonia. Su extenso ensayo se titulaba “La Europa socialista: ¿Revolución en la Revolución?”, y había sido publicado el 1º de abril.
1. La primavera de Praga
Como narra Pacheco, en junio de 1967 el XIII Congreso del Partido Comunista Checoslovaco (PCCH), después de años de fricciones entre la nueva y la vieja
guardia, y tras sortear los inconvenientes planteados por la Unión Soviética, aprobó un conjunto de reformas económicas impulsadas por Ota Sik con el fin de volver más competitivo el mercado y sortear algunas de las trampas del sistema económico impuesto por la URSS a sus satélites.
Mientras esto sucedía, el escritor checo judío Ladislav Mnacko protagonizó una más de las sonadas deserciones de intelectuales de los regímenes comunistas. Tras la publicación en Viena de su novela Los nombres del poder, una velada crítica al gobierno del presidente Antonin Navotny, la consecutiva expulsión de numerosos escritores del partido y la clausura de la revista Literary Noviny, Mnacko se refugió “sonoramente” en Israel.
A fines de octubre, mientras se celebraba otra de las reuniones del PCCH,
todas las luces de la residencia estudiantil de Stahov se apagaron, como venían haciéndolo cada noche en señal de protesta por la política del gobierno; sin embargo, en esta ocasión los estudiantes también se atrevieron a salir a las calles a manifestarse y fueron duramente reprimidos. Poco a poco, la distancia entre el partido y los estudiantes creció, así como el número de protestas y nuevos actos represivos.
Así las cosas, el ala liberal del presidium checo decidió pedir la renuncia de Novotny. Pero, como dice Pacheco retóricamente, “el gusto por el poder es un veneno que no conoce antídotos”. Al darse cuenta de su debilidad, Novotny invocó la presencia de Leonid Brejnev, el hombre fuerte de la Unión Soviética, quien viajó a Praga para conocer la situación. Aunque Alexander Dubcek, primer ministro del país, trató de tranquilizar al líder soviético de que no se intentaba una separación del área de influencia soviética al estilo Yugoslavia, Brejnev no se tranquilizó. Los dirigentes de Alemania oriental, Polonia y Hungría no estaban dispuestos a tolerar una nueva traición. Sin embargo, en el seno del Politburó soviético también triunfó el ala liberal y se decidió no intervenir en las sesiones del presidium checo. El 5 de enero de 1968, Dubcek pasó a ocupar la secretaría general del PCCH y Novotny quedó reducido a mera
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figura decorativa.
Entre el 5 de enero y el 24 de marzo, numerosas movilizaciones estudiantiles se sucedieron a lo largo del país para reclamar democracia. Dubcek, siguiendo la inercia de la liberalización, accedió a realizar numerosos cambios, como la desaparición de la policía secreta y la destitución de los dirigentes de la maquinaria represiva del estado. La Suprema Corte, por su parte, se encargó de rehabilitar a muchos prisioneros políticos. El 28 de marzo, Dubcek presentó un anteproyecto de reforma radical del país, con puntos que incluían la revitalización económica a través de las inversiones extranjeras, la libertad de expresión en todos sus niveles, la posibilidad de ocupar cargos en el gobierno aun sin pertenecer al PC, y la independencia en cuanto a política
exterior, aunque sin apartarse de los límites fijados por el Pacto de Varsovia y la alianza con Moscú.
El 22 de marzo, la Asamblea Nacional y el Politburó pidieron la renuncia de Novotny, quien había intentado orquestar una campaña en contra de estas medidas. Por fin, el 24 de marzo, “una fecha central en la historia del movimiento comunista”, Dubcek asumió la presidencia del país con el beneplácito de los líderes del Pacto de Varsovia. Pacheco concluye:
Dubcek ha evitado el suicidio al estilo húngaro. Para él las bases permanentes de la política nacional dependen de reforzar la alianza con la
URSS y fortalecer la unidad de todos los países socialistas. Tampoco quiere
hacer purgas estalinistas. En vez de fusilarlos o arrojarlos en campos de concentración, da la oportunidad a los conservadores de adaptarse al nuevo orden. Pero, si no clarea las posiciones de poder eliminándolos (política y no físicamente, por supuesto), ¿no sucederá lo que ocurrió en Polonia? Dirán que sí de labios para afuera, luego trabajarán en la sombra para recuperar posiciones, abolir las reformas y deshacerse de los progresistas. Sin embargo, lo que se ha logrado en dos meses es un poderoso argumento contra el escepticismo acerca de lo que se pueda conseguir mañana. Dubcek ha impedido otra Hungría, ¿por qué no se puede evitar otra Polonia? Los checoslovacos han aprendido de la historia y están obligados a no repetirla.
Por desgracia, las previsiones de Pacheco resultaron falsas: unas semanas más tarde, los tanques del Pacto de Varsovia entraron sorpresivamente en territorio checo y, poco después, en las calles de Praga. La Unión Soviética había decidido eliminar de tajo la posibilidad de que otra nación saliese de su órbita.
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2. ¿El invierno en Varsovia?
En Polonia, otro de los estados dominados por los soviéticos, la revuelta contra Moscú era de menores proporciones, pero aun así revelaba el cansancio de la población y sus ansias de libertad. Escribe Pacheco: “Polonia, en un momento el centro de la renovación intelectual y artística dentro del socialismo, vio también a los hijos alzarse contra los padres cuando los hijos se dieron cuenta de que el mundo está hecho de curvas y espirales, no de los planos rectilíneos que les enseñaron”.
La situación en Polonia no es diversa de la de casi todo el este europeo: los jóvenes se rebelan en contra de los mayores, acusándolos de autoritarismo; éstos, por su parte, siguen convencidos de que ellos son los salvadores de la patria, que ellos ganaron la guerra e instauraron el socialismo y fundaron las escuelas a las que asisten esos jóvenes rebeldes. Pero es justamente del medio universitario, sobre todo en Polonia, de donde han surgido las mayores tentativas de democratización, y hacia quienes la represión ha sido más dura.
Pacheco rememora el caso de los profesores Jasek Kuron y Karol Motzelewski, de la Universidad de Varsovia, encarcelados por publicar una “Carta abierta al partido”, que pedía la democratización; y el de Zambrusky, otro profesor universitario que presentó una iniciativa de ley para que todos los miembros del PC —y no sólo sus dirigentes— pudiesen presentar plataformas
políticas para ser votadas, lo que a la larga permitiría la conformación de una oposición legal. Zambrusky sólo consiguió ser expulsado del partido.
El siguiente acontecimiento importante de la revuelta polaca tuvo que ver, como incontables veces en estos años, con la censura de una manifestación cultural que se convirtió en una causa política. A fines de 1967 fue cerrado por las autoridades el teatro Narodowni, donde se llevaban a cabo representaciones de una de las máximas glorias de la literatura polaca, Los antepasados, de Mickiewicz. Entusiasmados por el fervor patriótico de la obra, los estudiantes del público vitoreaban frases como “hemos vendido nuestras almas por un par de rublos” o “Moscú nos manda sólo idiotas, imbéciles y espías...”
Tres mil estudiantes protestaron por el cierre del teatro, pero, como de costumbre, sólo consiguieron ser reprimidos por la policía. Para colmo, en el interior del gobierno se desató una purga contra los funcionarios cuyos hijos estuviesen involucrados en las manifestaciones, haciéndoles el juego a los “instigadores sionistas que actúan en contubernio con el imperio internacional”.
El 13 de marzo, los estudiantes, reunidos en el Politécnico de Varsovia, presentaron un pliego público aclarando su estado. Según ellos, la Constitución garantizaba las libertades individuales; por ello, exigían la excarcelación de los presos y el cese de la represión, castigo a los responsables de brutalidad contra
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los estudiantes, fin del intento de lanzar a los obreros contra los estudiantes e intelectuales, repudio tanto al antisemitismo como al sionismo, difusión de sus propuestas y diálogo con las autoridades.
El 19 de marzo, el presidente Gomulka se presentó en el Palacio de Cultura y afirmó que su gobierno era antisionista, no antisemita; que continuaría el diálogo con los estudiantes y que no movilizaría contra ellos a los obreros. No obstante, a diferencia de lo que ocurría en Checoslovaquia, el ala liberal del PC hubo de ceder por temor a la revolución. Pero Pacheco también es
optimista en este caso: “Los estudiantes polacos —afirma— tienen toda la razón para gritar ‘Viva Checoslovaquia’. ¿Quién sabe si mañana los jóvenes rusos no adoptarán el mismo grito de batalla? La primavera checa puede extenderse a través de todos los países de la Europa oriental”.
3. La gran paradoja, el fin de una época y la rebelión estudiantil. Según Pacheco, en los últimos años se ha acabado la época del “socialismo en un solo país”. Al contrario de lo que sucedía en la era de Stalin, el pluricentrismo del bloque comunista se ha acentuado, haciendo que Moscú pierda cada vez más influencia en la política de sus satélites. “La paradoja —advierte Pacheco— es que la URSS pierde el control del movimiento comunista mundial cuando es más
fuerte que nunca” y cuando Estados Unidos enfrenta sus peores momentos: la ofensiva victoriosa de los vietnamitas, las luchas raciales y los magnicidios.
Para Pacheco, la gran crisis de 1968 marca el fin del equilibrio binario de la guerra fría. Además, la rebeldía de los jóvenes parece pronta a desbordarse. De hecho, opina que “la simultaneidad de las protestas universitarias ha llevado a algunos a creer en la existencia de una Internacional de estudiantes dispuesta a aniquilar tanto a la burguesía de Occidente como a la nueva clase burocrática de los países socialistas”. Y concluye:
Para oprobio de nuestro conformismo, y ante la apatía y despolitización mayoritarias, los estudiantes piden que se les dé más responsabilidad y comienzan por ejercerla pronunciando en voz alta los diversos nombres del malestar que otros callan. Aunque siempre han sido factores del cambio, ahora radicalizan la tradición de esa revuelta y desacuerdo; asumen la actitud que Vargas Llosa en su discurso de Caracas señalaba propia de los escritores; la de ser “profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o inconscientes de la sociedad, los rebeldes sin causa, los insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del diablo”.
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