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La relación especial que el niño establece con un número reducido de personas llamada apego es un «lazo afectivo» que se forma entre él mismo y cada una de estas personas, un lazo que le impulsa a buscar la proximidad y el contacto con ellas a lo largo del tiempo. «La característica más sobresa- liente es la tendencia a lograr y mantener un cierto grado de proximidad al objeto del apego que per- mita tener un contacto físico en algunas circunstan- cias y a comunicarse a cierta distancia, en otras» (Ainsworth y Bell l970, p. 50 ). De forma más sis- temática, podemos decir que las características fun- cionales esenciales asociadas a este vínculo afec- tivo son:

a) Esfuerzos por mantener la «proximidad» con la persona a la que se está vinculado.

b) Mantenimiento de contacto sensorial privile- giado.

c) Relaciones con el entorno más eficaces: ex- ploración desde la figura de apego como base segura.

d) Puerto de refugio en los momentos de tris- teza, temor o malestar.

e) Ansiedad ante la separación y sentimientos de desolación y abandono ante la pérdida.

Aunque este vínculo forma un todo, pueden dis- tinguirse en él tres componentes básicos: conductas de apego, representación mental de la relación y sentimientos que conlleva. Estos tres componentes se integran en el sistema de conducta de apego. Veámoslo por partes.

3.1. Las conductas de apego

Las conductas de apego son fácilmente observa- bles. De hecho, han sido ampliamente estudiadas por numerosos autores en diferentes contextos. Son todas aquellas conductas que están al servicio del logro o del mantenimiento de la proximidad y el contacto con las figuras de apego: lloros, sonrisas, vocalizaciones, gestos, contactos táctiles, vigilancia y seguimiento visual y auditivo de las figuras de apego, conductas motoras de aproximación y se- guimiento, etc. El repertorio de conductas que puede poner en juego el niño es muy grande y fle- xible, a diferencia de lo que ocurre en otras espe- cies en las que los patrones de conducta están muy definidos. El que estas conductas puedan ser consi- deradas de apego se debe a su uso preferencial ha- cia las figuras de apego y su función en relación con el contexto, con el nivel de desarrollo y con las experiencias previas. Cuando el niño adquiere nue- vas capacidades verbales y motoras, por ejemplo, no necesita recurrir con tanta frecuencia al lloro como forma de llamada. El desarrollo mental y ex- periencias sucesivas de recuperación de las figuras de apego, que se ausentan durante cortos espacios de tiempo, le permitirá también aceptar mejor de- terminadas separaciones temporales de las figuras de apego. Pero estos cambios en las conductas en que se manifiesta el apego no significan que éste haya desaparecido. Los adultos, por poner un ejem-

plo del otro extremo del ciclo vital, que están a mu- chos kilómetros de distancia y mantienen contactos esporádicos, pueden mantenerse apegados.

3.2. modelo mental de la relación

A lo largo de su desarrollo los niños construyen modelos representacionales de la realidad, de los objetos, de las personas, de sí mismo y de las rela- ciones. El concepto de «modelo interno activo» hace referencia a una de las representaciones más importantes y significativas, la representación de la figura de apego y de uno mismo. Según Bowlby (1969), a partir de las experiencias reales de inte- racción el niño construye un modelo interno de la relación de apego; éste incluye expectativas, creen- cias y emociones complementarias sobre la accesi- bilidad y disponibilidad de la figura de apego y so- bre la capacidad de uno mismo para promover la protección y el afecto. En una adecuada relación de apego, tal vez el elemento más sobresaliente de este modelo mental sea la percepción de la disponi- bilidad incondicional y de la eficacia de la figura de apego cuando se la necesita. Estas expectativas generadas en la infancia tienden a permanecer rela- tivamente estables y constituyen la base sobre la que se asientan las posteriores relaciones socio- afectivas.

Como representación social el modelo interno activo se sustenta en la noción de guiones o esque- mas relacionales. Para dar cuenta de una represen- tación social construida en la interacción, Shank y Abelson (1977) propusieron la noción de script. El script, nivel básico de la representación social, se refiere a una secuencia de interacción social típica, una secuencia de acciones relacionadas temporal y causalmente.

Adoptando este concepto, Main, Kaplan y Cas- sidy (1985) proponen que el modelo interno es una representación, que se construye a lo largo del de- sarrollo a partir de una generalización de aconteci- mientos relevantes para el sistema de apego o, que incluye componentes cognitivos y afectivos. «El

modelo interno activo de la relación con la figura de apego no reflejará una imagen objetiva de “la

figura parental”, sino la historia de las respuestas del cuidador a las acciones o tentativas de acción del niño con /hacia la figura de apego» (Main, Ka- plan y Cassidy, 1985, p. 75).

Un importante aspecto a destacar en este tema es la interdependencia entre el modelo interno de la figura de apego —las expectativas de respuesta ma- terna a sus demandas de seguridad— y el modelo de sí mismo. Los niños que han vivido una historia afectiva con una figura de apego cariñosa y que responde contingentemente a sus demandas desa- rrollan expectativas positivas sobre la accesibilidad y protección de la figura de apego, un modelo de los demás como personas responsivas en las que se puede confiar y un modelo de sí mismos como aceptados, positivamente valorados y competentes a la hora de promover el afecto de los demás. Por el contrario, una historia de inconsistencia o re- chazo genera desconfianza sobre accesibilidad y cuidado por parte de la figura de apego, y un mo- delo de sí mismo como incapaz de promover la protección y el cariño, como indigno de ser amado. Es decir, la calidad de la representación de la rela- ción de apego está estrechamente relacionada con la calidad de una representación global de uno mismo, y, por tanto, con la identidad y la autoes- tima.

3.3. Sentimientos

El apego es un vínculo afectivo que, como tal, implica sentimientos que se refieren a la figura de apego y a sí mismo. Es el componente más difícil de estudiar y, de hecho, el menos investigado. No estamos en disposición de ofrecer un cuadro com- pleto de estos sentimientos, especialmente en su forma positiva, ya que la situación más estudiada es la de pérdida de los vínculos afectivos (separa- ciones breves y situaciones de duelo).

Parece indudable que una adecuada relación con las figuras de apego conlleva sentimientos de segu- ridad asociados a su proximidad y contacto, y que su pérdida real o fantaseada genera angustia. Pero esta díada de sentimientos, que probablemente for- man el núcleo central, está lejos de agotar los senti-

mientos que diferentes situaciones pueden provocar en el sujeto. Sentimientos referidos a la figura de apego, a sí mismo y a la propia relación. éstos son prácticamente tan amplios como el propio sentir humano.

Aun a riesgo de simplificar lo que es mucho más complejo, creemos que una adecuada relación con las figuras de apego conlleva sentimientos de segu- ridad, conductas que procuran guardar la proximi- dad y tener un contacto privilegiado con ellas y un modelo mental caracterizado por la creencia en que las figuras de apego están incondicionalmente dis- ponibles cuando se las necesita. Cuando una situa- ción es percibida como amenazante se pierde o de- bilita este sentimiento, apareciendo el de angustia o miedo y se activan las conductas de apego para res- tablecer la situación.

3.4. Sistema de conducta de apego

Una vez establecido el vínculo afectivo, alrede- dor del octavo mes, las conductas, las representa- ciones mentales y los sentimientos se organizan en lo que se ha venido a denominar «el sistema de conducta de apego». Durante los primeros meses de la vida las conductas de apego antes mencio- nadas revelan una gran eficacia; sin embargo, son in- discriminadas (no se dirigen a una figura especí- fica), están aisladas y carecen de organización. Es en la segunda mitad del primer año cuando se inte- gran en un plan de conducta, un sistema organizado y corregido según un objetivo prefijado. Según Bowlby (1969), la meta prefijada de este plan de conducta es lograr un grado de proximidad con la figura de apego que garantice la seguridad del niño; pero, en torno al concepto de «seguridad», es pre- ciso diferenciar dos aspectos: la seguridad como hecho ambiental, la protección actual en función de la proximidad de la figura de apego, y la seguridad como estado emocional, la seguridad sentida por el niño (Bischoff, 1975). En general, ambas coinciden, pero también sucede que ciertos niños no se sienten seguros en proximidad del cuidador y, al contrario, otros niños pueden mantener su sensación de segu- ridad alejados de la figura de apego. La sensación

de seguridad es, por tanto, una variable subjetiva que fluctúa en relación con las características de la situación tal como son interpretadas por el niño, la distancia de la figura de apego y la calidad de la relación. Desde este punto de vista, la meta del sis- tema no es la proximidad misma, sino la sensación de seguridad, el logro de un grado de proximidad en la que el niño se sienta seguro.

Para terminar este apartado referido al concepto de apego hay que señalar que el sistema de apego interactúa estrechamente con otros tres sistemas re- lacionales: el sistema de miedo a los extraños, el sistema exploratorio y el afiliativo. Estos sistemas tienen como función general regular los intercam- bios con el entorno manteniendo un equilibrio que le permita al niño sobrevivir y desarrollarse. Más adelante se expondrá más detenidamente la natura- leza y función de los mismos y su interacción con el sistema de apego.