el campo, enfocaban su masculinidad en el trabajo, que era sinónimo de fortaleza, pues al ser un trabajo manual se requería de fuerza física para poder llevarlo a cabo, situación que comienza a cambiar con el trabajo mental o por medio de herramientas técnicas. Estos padres cundiboyacenses que tenían una alta valoración hacia el trabajo y la laboriosidad, pueden ser identificados, al igual que lo hicieron Brannen y Nilsen (2006) como padres centrados en el trabajo, los que además fueron ubicados en el mismo estudio de estos autores, en las primeras generaciones. Asimismo, los resultados obtenidos en este apartado, también concuerdan con lo encontrado en el estudio realizado por Puyana y Ordúz (1998), en cuanto a la importancia del trabajo para los padres campesinos, ya que en la región cundiboyacense, el trabajo era uno de los indicadores más importantes de la identidad masculina.
Se comprende entonces que uno de los acontecimientos que más ha influido en la masculinidad, ha sido la modernidad que ha traído avances tecnológicos que modificaron la forma de trabajar la agricultura, debido a que ya no se requiere tanta fortaleza física como antes. Unido a esto, el descuido del sector rural desde hace 40 años, lo inequitativo y excluyente del modelo de desarrollo rural, las ineficiencias de la ocupación productiva del territorio y los procesos de poblamiento, el pobre desempeño sectorial, la expansión y degradación del conflicto armado y el arraigo del narcotráfico, han confluido en una ―crisis estructural recurrente que se atraviesa en el desarrollo humano, especialmente de las mujeres rurales, el campesinado, los pueblos indígenas y las comunidades
afrocolombianas‖ (PNUD, 2011). Otro aspecto unido a este, es el aumento de la escolaridad, según Profamilia (2011)
El porcentaje de mayores de edad sin educación pasó de 50 por ciento en 1951 a 10 por ciento en 2005. El porcentaje con educación superior pasó, en el mismo lapso, de menos de 1 por ciento a más de 12 por ciento. Los cambios mencionados tuvieron un impacto sustancial no sólo sobre la calidad de vida de la población, sino también (…) sobre la distribución del ingreso y las posibilidades de movilidad social. (Pág. 20)
De ahí, que entre más estén enraizadas las características masculinas en la biología, más va a requerir el hombre demostrar su hombría a partir de actos que denoten el vigor y la valentía (Fuller, 2001). El padre no puede pretender, actualmente en una sociedad urbana, ser hombre desde dichos rasgos, los cuales están siendo reemplazados por la técnica (tal como se expuso en el marco de referencia para la región cundiboyacense), o pretender ser padre por la función proveedora y autoritaria, que puede ser reemplazada por la mujer y el Estado respectivamente. Montesinos (2002) lo expresa de esta manera: ―no le van quedando a los hombres elementos tangibles que confirmen su superioridad sobre las mujeres‖ (p. 123).
Ser padre no es lo mismo que tener un hijo. Los padres de la generación 1, campesinos cundiboyacenses, consideraban que tener un hijo era sinónimo de virilidad y era suficiente con responder con el apellido y la proveeduría para considerarse un buen padre. En este aspecto, se nota una ambivalencia por mantener un código de honor en cuanto a la virilidad pero también en cuanto a una imagen social religiosa que, como se explicó en el marco de referencia ha sido de suma importancia para esta región cundiboyacense, y que exigía la fidelidad a los compromisos conyugales. Los padres de la generación 2 (G2), algunos campesinos y otros pertenecientes a zonas urbanas cundiboyacenses, consideran que para ser padre no basta solo con proveer económicamente sino también con la creación de un vínculo afectivo con el hijo, situación que se observa más claramente en los padres urbanos, sin embargo se sigue manifestando igualmente cierta laxitud sexual en cuanto a la paternidad. Ya en la generación 3 (G3), es interesante cómo los padres urbanos en su mayoría, entienden
que la paternidad significa pensar en otros y no solo en sí mismo, significado que parte de una mayor autorreflexión del yo.
De acuerdo con los parámetros establecidos por la estructura patriarcal, el hombre no consentía ni demostraba el cariño físicamente, exigiendo en los padres de la generación 1 un distanciamiento corporal con el hijo. Los padres de la generación 2 hacen una distinción entre ser un padre y ser un buen padre, identificando para este último un acompañamiento más afectivo, en contraposición a la preeminencia de la proveeduría manifestada en las generaciones anteriores. En la generación 3, los padres están inmersos tanto en el funcionamiento del hogar como en la crianza (Torres Velásquez, 2004), planteándose un acercamiento mucho más afectivo y comprometido con sus hijos. Esto genera una práctica de socialización con manifestaciones de hibridación cultural entre un modelo tradicional y uno moderno (Triana, Ávila, y Malagón, 2010).
Se puede engendrar entonces un hijo desde su ser masculino, como hombre, pero eso no quiere decir que todavía sea padre, se es padre cuando se decide a serlo y lo asume responsablemente, responsabilidad que implica una nueva paternidad. Las conclusiones del estudio de Palacio Valencia y Valencia Hoyos (2001), se articulan con lo expuesto en este estudio acerca de la nueva identidad masculina, que a partir de los cambios que ha tenido desde una estructura patriarcal ―se mantiene como un proceso que santifica la constructividad del varón‖ (p. 189).