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14. COMMITMENTS AND CONTINGENCIES
CAPÍTULO XII
Hacía apenas una hora que la Santa Maddalena había fondeado en el puerto de Nápoles y la noticia ya había corrido como reguero de pólvora.
Acababa de llegar de Egipto, de Damietta, y era la primera de una larga serie de naves.
La Cruzada había fracasado. Increíble, pero cierto. Había fracasado, sí, aunque llevaba al frente al rey Luis de Francia. Y lo que era peor: el rey mismo y todo su ejército habían sido capturados. Para quedar libre, había tenido que pagar una suma ingente de oro como rescate. Ahora, la escuadra regresaba, o, más bien, lo que de ella quedaba…
Medio Nápoles se había volcado en las tabernas, muy temprano, con la esperanza de encontrar cruzados, pues se suponía que quienes venían del desierto estarían sedientos… Pronto, alrededor de los que portaban una cruz negra cosida en su túnica harapienta, se fueron concentrando nutridos grupos de napolitanos.
En la taberna de San Jenaro, uno de esos grupos escuchaba asombrado a un francés alto y flaco, de ojos hundidos y piel macilenta. Hablaba de interminables marchas a pie y a caballo, de moscas y escorpiones, de enjambres de tribus árabes cabalgando en caballos tan veloces que podían describir un círculo completo en torno a un caballero cubierto de armadura a una distancia de un tiro de flecha antes de que este tuviera tiempo de voltear su caballo. Y de cómo los mejores brazos de la Cristiandad habían tenido que rendirse porque, agotados por el peso de las armaduras y del calor agobiante, eran incapaces de blandir las espadas… Sí, él también había sido hecho prisionero por los infieles…
—Solían matar a quienes ya no podían caminar, aunque no siempre… A veces se apiadaban. Un viejo sarraceno, de salvaje aspecto, que empuñaba un alfanje, se apiadó de mí. Tenía rotas las dos rodillas y no podía andar, por lo que pensé que me mataría… Dicen que morir así significa ir derechito al cielo, pero yo no tenía tanta fe, y estaba aterrado… Pero el viejo sarraceno, en vez de cortarme el pescuezo, me cuidó, me trajo comida y, dos veces al día, me llevaba a hombros a ese sitio al que hasta los emperadores van solos…
Estalló una larga risotada.
—Lo malo era —prosiguió el cruzado— que con dos veces al día no bastaba, porque todos teníamos disentería… Sí, sí, reíros, pero quiera Dios que no os suceda nunca. Es como estar de parto cada media hora. Pero no se trata de eso. Lo más asombroso era que el Sultán que había exigido y obtenido nuestra rendición acababa de ser asesinado.
—Por algunos de sus propios emires, que son como sus condes. Habían organizado una conspiración contra él. Atacaron su palacio con fuego griego y, cuando trató de escapar, le persiguieron y le atraparon… ¿Sabéis dónde?
—¿Cómo vamos a saberlo si no nos lo decís?
—Pues en el río. Se lanzó a él y trató de huir a nado, pero lo alcanzaron, lo mataron en el agua y uno de los emires le arrancó el corazón. Luego, abordó un barco, que era precisamente el nuestro. Iba lleno de prisioneros, entre ellos yo mismo… y el rey.
—¡Sois un mentiroso!
El cruzado puso su mano derecha sobre la cruz de su túnica.
—No miento. Digo la verdad —aseguró con aplomo—. Sé que parece increíble, pero la verdad es que uno se acostumbra a lo increíble en aquellos países del Oriente. El emir se presentó ante el rey Luis, con las manos aún ensangrentadas, y le dijo: «¿Qué me darás por haber matado a quien habría acabado contigo si viviese todavía?»… Pero el Rey no dijo una palabra. Se limitó a mirarle fijamente, por lo que el emir dio media vuelta y se fue. Y es que nadie es capaz de soportar la mirada del rey Luis cuando mira de cierta manera. Es como mirar a la madre cuando uno es un niño y ha cometido una fechoría… Insoportable.
—Dicen que es un hombre muy bueno.
—Mucho más que eso. Es un santo. Eso es lo que es: un santo. Y, si el Papa no le canoniza después de todo lo que ha pasado, es que el Papa no sabe lo que hace.
—¿Y luego?
—Todos estábamos convencidos de que había llegado nuestra última hora, pues el Sultán ya no podía protegernos. En el barco no había ningún cura, así que, para demostrar el auténtico arrepentimiento que teníamos de nuestros pecados, nos confiamos los unos a los otros nuestras faltas, como si pusiéramos nuestra conciencia en manos de la misericordia de Dios. Yo escuché al Señor de Montignard —yo, un simple campesino de Soissons, hijo de campesinos—. Luego yo también me arrodillé ante él y confesé mis pecados. Habría sido mejor que él hubiera hecho esas confidencias a un hombre de su misma condición, pero estaba gravemente herido y no podía trasladarse al otro extremo del barco, donde se encontraba el rey rodeado de los nobles, pero él me dijo que un cristiano campesino vale tanto, y tal vez más, que un cristiano noble… ¿Y sabéis lo más increíble de todo? Cuando nos separamos, yo ya había olvidado todo lo que él me había confiado. No recuerdo ni una palabra[*].
Se produjo un silencio de pasmo.
—Bueno —prosiguió el cruzado—, pues, como veis, no nos mataron después de todo. Los emires se atuvieron al pacto que el Rey había hecho con el Sultán asesinado. ¿Que cuál era ese pacto?… El Sultán había pedido al Rey la suma de quinientas mil libras de oro como rescate y la entrega de la ciudad de Damietta, y el Rey había
aceptado. Cuando el Sultán lo supo, exclamó: «A fe mía, que este rey franco es un rey generoso, pues no ha regateado… Id y decidle que con cuatrocientas mil basta». Y el Rey hizo que todos los nobles y él mismo pagaran esa suma de su propio peculio.
—Me gustaría ser francés —bromeó un napolitano—. O, al menos, que el Emperador Federico se pareciese a vuestro rey.
—O que hubiese en Italia unos cuantos emires que supiesen cómo tratar a un Sultán —intervino otro.
—¡Chissst! ¡Silencio! ¿Queréis que vayamos todos a prisión? —¿Por qué? —preguntó alguien—. Somos todos amigos, ¿no?
—Nunca se sabe. Han ahorcado otras ciento cincuenta personas en Messina hace poco y en Nápoles puede ocurrir lo mismo, seamos amigos o no.
—¿Es que no tiene bastante? ¿Es que no se conforma con haber aplastado a los rebeldes?
—Parece que no.
—¿Es que ha habido una rebelión aquí, en Italia? —preguntó el cruzado—. Contadme… Yo ya he hablado mucho…
—Un infierno han sido los últimos meses e incluso años, amigo. Primero se sublevó Parma, y media docena más de ciudades, en el norte, y Reggio y Messina, en el sur, y por todas partes… Las tropas del Emperador recorrían Italia como aves de presa, arrasándolo todo. Bastaba alzar la vista para contemplar una ciudad ardiendo… Pero lo peor vino cuando los parmesanos derrotaron al Emperador y quemaron su campamento, o ciudad, o lo que fuese… Se llevaron todos sus tesoros y pensaron que le habían vencido…
—¿Y no fue así?
—¡Oh, no! ¡Qué va!… El Emperador tiene un don especial. Cuando las cosas marchan mal para él, saca fuerzas de flaqueza se crece, y se hace terrible. Escapó por los pelos con un puñado de hombres y, una semana más tarde, era más fuerte que nunca. Los príncipes del norte corrieron en su ayuda, claro. Eccelino de Romano, y su hijo Enzio, y su otro hijo Conrado, al que ha hecho rey de Roma, y todos sus demás hijos, tantos, que uno pierde la cuenta… Celebraron una asamblea en Cremona y pidieron prestados a los pisanos doce mil libras de plata al ocho por ciento. También el Emperador de Constantinopla le envió dinero, y los alemanes, tropas mercenarias de repuesto. Piero della Vigna, que le había traicionado cuando la derrota de Parma, fue hecho prisionero y, para que no le ahorcara o le sacara los ojos, se golpeó la cabeza contra un muro con tal fuerza que se le salieron los sesos. Había sido el Gran Canciller y sabía lo que le esperaba.
—Prefirió suicidarse —murmuró el cruzado, horrorizado.
cuando se le ha traicionado.
—El infierno dura más —sentenció el cruzado.
—Sea como sea, reconquistó Rávena y derrotó a cinco jefes del partido güelfo uno tras otro. El Margrave Pallavicini, por su parte, aplastó a los parmesanos, capturó al Conde San Severino y lo asesinó de mala manera, al pobre viejo… Mi cuñada le conocía, era un buen hombre, y un gran caballero, pero no hay manera: es imposible oponerse al Emperador y conservar la vida.
—¿Y ahí acabó todo?
—Más o menos. El Emperador ha recuperado las Marcas, y la Romagna, y Cingoli, y Spoleto… Es dueño de casi toda Italia y está haciendo una lista de todos los que se le opusieron o siguen oponiéndose a él de tapadillo. Esta misma mañana he oído que está concentrando tropas en los alrededores de Nápoles, todo en secreto, claro… Pero dicen que son para acabar con los Aquino, o, mejor dicho, con lo que queda de ellos… Eran fieles al Emperador, pero cambiaron de bando y se equivocaron… Dicen que dos hijos de la Condesa están en las mazmorras del Emperador, en Verona. Los atraparon en Parma, no sé si fuera o dentro.
—Oh, basta, Cario… Esos nombres no le dicen nada a nuestro amigo. Seguro que no ha oído hablar en su vida de los Aquino.
—Pues son bien conocidos en este país. Y te digo que sé que las tropas del Emperador van a atacar Aquino y Rocca Secca. El marido de mi hermana va con ellas, aunque no puede decir adónde. Pero saldrán esta noche o mañana y será el fin de la familia.
—Está bien, Cario, está bien… Pero deja de una vez que, aquí, nuestro amigo nos cuente cómo terminó lo de Egipto.
—De acuerdo, os lo contaré… Pero ¿dónde se han metido los dos ingleses que…? —¿Quiénes?
—Dos ingleses que venían con nosotros en la Santa Maddalena, un caballero y su escudero, aunque no se notaba quién era quién, con estos harapos… Entraron con nosotros y se sentaron ahí, en ese rincón, sin decir una palabra. Esos ingleses o son mudos o están locos, y a veces las dos cosas. Lo mismo se comportaban a bordo. Pero son valientes. ¿Dónde se habrán metido?… Bueno, lo mismo da. Lo cierto es que los emires dejaron que el rey y los nobles regresaran a Damietta para reunir el rescate, y se pasaron varios días pesándolo. Cuando el tesorero le dijo al rey Luis que había logrado que los sacos de oro dieran el peso justo, pero que había conseguido escamotear diez mil libras, el rey montó en cólera y ordenó que se completara esa suma inmediatamente…
—Ahí tienes, Livio —dijo un napolitano dirigiéndose al tabernero—. Medida exacta. Ya puedes seguir su ejemplo…
santo…
* * *
—¡Más deprisa, Robin, más deprisa! —azuzó Piers.
—¿Con estos caballos? —gruñó Robin Cherrywood—. Lo que hace falta es que lleguemos…
—Llegaremos, porque tenemos que llegar. ¿No te das cuenta de que ha sido algo providencial? Hemos vuelto en el momento justo para salvar a… salvar a los Aquino; nos enteramos de todo nada más desembarcar y teníamos el dinero justo para comprar los caballos…
—Los caballos los habríamos conseguido de cualquier forma —protestó Robin.
Le hubiese gustado añadir mucho más: que era el colmo de la locura, sin haberse recobrado todavía de las fiebres orientales y del cansancio del viaje, cabalgar, desarmados, para socorrer a una familia con la que ya no tenían ningún compromiso y a la que el Emperador, al parecer, había jurado aniquilar; que era absurdo aludir a la divina providencia solo porque habían oído hablar de los Aquino sin preguntar, cuando, preguntando, se habrían enterado lo mismo; que todo esto no parecía cosa de la divina providencia, sino del mismísimo demonio, el cual se sentía más a gusto en las tabernas que en cualquier otro lugar. Pero ¿de qué le habría valido?… Su amo había sido embrujado el primer día que llegaron a Rocca Secca, hacía ya varios años… Y, mira por dónde, ahora, el barco atracaba en Nápoles, al lado de Rocca Secca… ¿De qué les había servido escapar de toda clase de sabandijas, fiebres, mosquitos, árabes y turcos, entre otros muchos entretenimientos, para irse a meter ahora en la mismísima boca del lobo o de ese Emperador? Y todo por culpa de esa damita. Sin ella, ahora estarían los dos en su querida patria.
—Amo… amo… —Sí, ya los he visto.
Era tarde para esconderse o huir. Esto no era el desierto, donde se descubre al enemigo muy lejos, una culebrilla de arena alzándose en el horizonte… Pasa mucho tiempo hasta que el brillo de una lanza o el ronco grito Allahu akbar… Allah il Allah te asegura que estás ante quienes desean escalar más altos puestos en el paraíso matando un giaur, como ellos llaman a los cristianos.
En este caso, el enemigo había aparecido de repente, tras un grupo de casas: diez o doce hombres a caballo, con un caballero al frente, que pronto les bloquearon el camino.
Piers observó que no llevaban emblemas en la armadura. Solo en el escudo del caballero se veían tres leopardos rampantes.
—¡Alto! —gritó—. ¿Adónde vais? ¿De dónde venís? Antes de que Sir Piers pudiera responder lo hizo Robin.
—Somos cruzados, noble señor —dijo en tono lastimero—, como sin duda habréis observado por nuestras destrozadas túnicas… Regresamos de Egipto.
—¿A caballo? —observó el caballero cáusticamente.
—Ah, no, mi señor… Los caballos los adquirimos en Nápoles con las últimas monedas que nos quedaban, para viajar más de prisa… Francia está lejos, señor… Ojalá nunca la hubiésemos abandonado.
—Francia… —reflexionó el Caballero—. Súbditos del buen rey Luis de Francia, ¿no es eso?
—Sí, mi Señor. —Marchad, pues.
—Gracias, noble señor —exclamó Robin—. Y honor y victoria para vos… Espolearon a sus jamelgos y la patrulla les dejó pasar.
—Hay más hombres allí, mi amo, en la colina —musitó Robin—. Y al otro lado. Tropas imperiales.
—¿Quién te dio permiso para dirigirte al caballero y contarle esa sarta de mentiras? —le preguntó Piers, sin hacerle caso.
—Excusadme, mi amo, pero, con este aspecto, no podía saber que vos erais un caballero y yo no. Gracias a Dios, porque, si lo hubiese sabido, vos habríais tenido que hablarle, y, o bien le habríais dicho la verdad —en cuyo caso os habría reconocido como caballero de los Aquino y todo habría terminado—, o habríais tenido que mentirle, como yo. Pero, como bien sabéis, siempre es mejor que mienta el siervo que no su amo…
Pero Piers no se dio por satisfecho.
—¿Y a qué venía decirle que íbamos a Francia? ¿Y para qué desearle honor y victoria?
—Hubiese podido pedirnos que nos uniésemos a sus tropas, amo… Siendo súbditos del rey de Francia estábamos a salvo. Y en cuanto al honor y la victoria… bueno, «si emprendéis una cruzada», añadí en voz baja… No hay nada malo en eso, ¿no?… Morir a manos de los sarracenos siempre es honorable.
Pero Piers no estaba para bromas.
—De trescientos a cuatrocientos hombres por lo menos —murmuró—. Quizá no basten para asaltar Rocca Secca. Pero tal vez solo sean la vanguardia. Y ahora hacen alto y acampan, cuando es la mejor hora para cabalgar. Tal vez esperan algo: refuerzos o… ¿cuánto crees que nos queda para llegar a Rocca Secca?
—En un buen caballo, unas tres horas. En estos jamelgos, cuatro o cinco.
—Me temo que sí… Deben esperar refuerzos, o que se haga de noche, para atacar… Aprisa, Robin.
Al cabo de cuatro horas largas, divisaron Rocca Secca. A Piers volvió a sorprenderle lo macizo de la fortaleza, con su doble recinto amurallado y sus orgullosas torres, tal y como las había visto por primera vez, hacía ya tantos años… Tomar un castillo como este con solo trescientos o cuatrocientos hombres era prácticamente imposible. Pero ¿dónde estaban los defensores? No se veían lanzas, ni picas, ni alabardas, ni ballestas. Solo alguien entre las almenas, en lo alto de una torre.
Pero ya habían llegado al empinado sendero que conducía a la puerta principal. Tampoco allí se veían centinelas. Por un momento, un escalofrío agarrotó a Piers. ¿Habrían tomado ya el castillo? ¿Habrían llegado demasiado tarde? Los soldados que habían visto, ¿regresaban tras el asalto en lugar de dirigirse a la fortaleza?… Entonces, de repente, en el estrecho ventanuco que se abría al lado del pesado portón, vislumbró la cabeza de un anciano y escuchó una voz cascada que preguntaba qué deseaban.
—¿Podemos ver a la señora Condesa de Aquino?
—La señora Condesa murió hace tres meses. ¿Quiénes sois, que ignorabais eso? —Somos cruzados que regresamos de Egipto —dijo Piers con voz vacilante—. ¿Y… y la joven Condesa de San Severino?
—¿Para qué queréis verla?
—¿Vive?… ¿Se encuentra bien? —preguntó Piers con ansiedad.
El tono de su voz era tan suplicante que el anciano asomó el rostro por el ventanuco y dijo:
—Sí, vive, y se encuentra bien, gracias a Dios. Piers exhaló un profundo suspiro de alivio. —Decidle, pues, que Sir Piers Rudde está aquí. El anciano abrió la boca, sorprendido y feliz.
—Ahora os reconozco, Sir Piers… Ahora mismo os abro, señor… Ahora mismo… Pero pasó un buen rato antes de que media hoja del pesado portón se abriera lentamente, con chirrido infernal. Atónito, Piers comprobó que el anciano estaba solo.
¿Y los centinelas, y la guardia, y los caballeros del séquito de la casa?… El anciano, con lágrimas en los ojos, les saludó.
—¡Qué alegría volver a veros, señor!
Antes de que pudiese responder, Piers la vio venir, procedente del interior, una fugaz sombra de terciopelo negro… Estaba allí, tendiéndole ambas manos, sonriéndole con esa sonrisa que le había perseguido durante todos estos años en vigilias y en sueños… Y le hablaba apasionadamente, llena de gozo, y él, absorto, nada oía… Solo la miraba, la miraba, no con los ávidos ojos del hambriento, sino con las dilatadas pupilas del asombro. «Vives… vives… mi amor… mi vida… mi todo…».
Lentamente, el murmullo gentil que llegaba a sus oídos se fue haciendo inteligible… Iba vestida de negro; sí, la Condesa, claro… ¡Qué tonto!… Ni siquiera se había inclinado
ante ella. Y alguien tosía nerviosamente a su lado. Robin, por supuesto; y a lo lejos, atravesando el patio, se acercaba un hombre joven, delgado y pálido: el Conde de San Severino; y ella se volvía hacia él, sin soltar las manos de las suyas, y le decía —ahora sí que le oyó—: «Ruggiero… es Piers, Sir Piers… ¡Qué alivio!… Gracias, Virgen Santa, ahora todo cambia».
—Bienvenido a Roca Secca —dijo este desmayadamente—. Perdonadme, pero no os reconocía al principio…
—No me sorprende —se oyó decir a Piers—. Debo de parecer un mendigo, lo mismo que Robin y que todo el ejército del rey Luis… es decir, lo que queda de él.