CHAPTER 7 OTHER RELEVANT WORKS
7.3 CommScope
referencia, sea de manera positiva o peyorativa a los miembros de un auditorio que se reúnen en torno a la discusión pública de los asuntos de la polis. En ese sentido cobra importancia la preocupación de Platón por el carácter psicagógico de la retórica y la necesidad de conocer la naturaleza del alma (ψυχή) de cada oyente (Phdr. 271 a).
1.6. Retórica, psicagogia y poliacroasis
Al final del Fedro, Platón expone dos características importantes del alma: la primera, tiene que ver con la susceptibilidad que tiene esta de ser conducida por las palabras (ψυχαγωγία) y, la segunda, tiene que ver con su diversidad. Dice Platón lo siguiente:
Puesto que el poder de las palabras se encuentra en que son capaces de guiar las almas, el que pretenda ser retórico es necesario que sepa, del alma, las formas que tiene, pues tantas hay, y de tales especies, que de ahí viene el que unos sean de una manera y otros de otra. Una vez hechas estas divisiones, se puede ver que hay tantas y tantas especies de discursos, y cada uno de su estilo. Hay quienes por un determinado tipo de discursos y por tal o cual causa, son persuadidos para tales o cuales cosas; pero otros, por las mismas causas, difícilmente se dejan persuadir. Conviene, además, habiendo reflexionado suficientemente sobre todo esto, fijarse en qué pasa en los casos concretos y cómo obran, y poder seguir todo ello con los sentidos despiertos, a no ser que ya no quede nada en los discursos públicos que otro tiempo escuchó. Pero cuando sea capaz de decir quién es persuadido y por qué clases de discursos, y esté en condiciones de darse cuenta de que tiene delante a alguien así, y explicarse a sí mismo que «éste es el hombre y esta es la naturaleza sobre la que en otro tiempo, trataron los discursos y que ahora está ante mí, y a quien hay que dirigir y de tal manera los discursos para persuadirle de tal y tal cosa. (Phdr. 271 c 9 ‐ 272 a 3)
Se sabe que la retórica, entendida como psicagogía o como conductora de almas, fue desarrollada en Sicilia por Empédocles de Agrigento (Hernández y Garcia, 1994). Según Platón, este carácter psicagógico de la retórica servirá para la enseñanza del conocimiento verdadero a los oyentes. El segundo aspecto importante de la exposición tiene que ver con la idea de que no todas las almas son iguales y que la naturaleza de cada alma es la que determina el modo de ser de las personas. En consecuencia, no todas las personas pueden ser persuadidas por el mismo discurso. Es posible que Platón estuviera pensando en la diferencia que existe entre hablar frente a un médico o un especialista de cualquier otro campo del saber y a una multitud de hombres sin instrucción alguna. El alma de un especialista es diferente de la del ignorante. Platón ha dado cuenta de esto cuando señala que un discurso expuesto por un orador que aparenta saber será más persuasivo ante un auditorio no especialista, pero no podría convencer a un oyente educado (Grg. 459b‐c2). Esto mismo puede verse en Hipólito. El hijo de Teseo recalca el hecho de como «los mediocres (φαῦλοι) entre sabios (σοφοῖς) se muestran bastante dotados para hablar ante la multitud (ὄχλῳ)» (Hipp. 987‐990). Cicerón también sigue esta idea. En De la partición oratoria describe dos clases de hombres, los ignorantes y los ilustrados. Veamos:
38 Y puesto que la oración ha de adecuarse no a la brevedad solamente, sino a también a las opiniones de los que oyen, entendamos primero esto: que hay dos géneros de hombres: el primero, indocto y agreste que prefiere siempre la utilidad a la honestidad; el segundo, humano y pulido, que antepone a todas las cosas la dignidad. Y así, a este género se propone alabanza, honor, gloria, fe, justicia y toda virtud; y a aquél primero, el provecho y fruto de la ganancia. Y también, al persuadir, cuando des consejo a ese género de hombres, con muchísima frecuencia ha de alabarse el placer. Éste es muy enemigo de la virtud y adultera la naturaleza del bien, imitándolo falazmente, y los más inhumanos lo siguen acérrimamente, y lo anteponen no sólo a las cosas honestas sino también a las necesarias (Patr. 90).
La preocupación por las cuestiones morales y los modos de ser de los hombres ocupó un lugar importante en la reflexión ética y política de Atenas. No hay que olvidar que en el siglo IV a.C. Teofrasto, amigo de Aristóteles, escribe un catalogo llamado Caracteres en el que expone una lista de treinta defectos humanos, muchos de ellos presentes también en la Ética a Nicómaco y en la misma Retórica del Estagirita. Cabe destacar que de los defectos nombrados por Teofrasto, o Tírtamo como fue su auténtico nombre, la rusticidad (ἀγροικία) o ignorancia en los modales; la locuacidad (λαλιά) o incontinencia en la palabra; la oligarquía (ὀλιγαρχία), definida como afán de mando, y la afición por la maldad (φιλοπονηρία) o pasión por lo perverso son defectos que en cierta medida se hacen patentes en las asambleas (Char. 4, 7, 26 y 29). Sobre la ἀγροικία, Aristóteles señala que está relacionada con la falta de educación (ἀπαιδευσία) que hace que los campesinos sean refraneros (Rh. II, 21, 1395 a 6) o es una forma distinta de hablar, distinta del instruido (III, 7, 1408 a32), pero también está relacionada con la necesidad que tiene el orador de expresar cierto tipo de intención y talante rudo y temerario (III, 16, 1417 a 23 y 17, 1418 b 25).
Φαῦλοι, ὄχλῳ, πολλοῖς y πλήθη, la multitud, los más o la masa de ciudadanos, no tienen una connotación meramente numérica, sino que estas voces griegas tienen como fin establecer también distancias sociales, económicas y morales que hacen evidente las diferencias entre los receptores de los discursos retóricos. Esta variedad de términos que encontramos en muchas obras del siglo VI ‐ IV a.C. pueden ser mejor comprendidas, en el contexto de los discursos oratorios y los tratados de retórica bajo el concepto de poliacroasis. Según Albaladejo (1999, 2000, 2010), la poliacroasis es una de las características esenciales de los discursos retóricos. La poliacroasis (del griego polýs, pollé, polý, mucho, y akróasis, audición), consiste en la audición, recepción e interpretación plural de los discursos retóricos. Esta pluralidad puede incrementarse con la utilización de las tecnologías de la información y la comunicación modernas al aumentar exponencialmente el número de receptores, los cuales pueden clasificarse en primarios o secundarios. Estos últimos se caracterizan por no tener la posibilidad para decidir sobre los asuntos que se debaten aunque son sujetos de opinión pública, como por ejemplo, los ciudadanos que asisten a un juicio público o ven un discurso televisado de una sesión del congreso de su país, o leen apartes de una alocución presidencial en la prensa o en los noticieros, etc. Por su parte, los receptores primarios, sí están capacitados para juzgar e intervenir en las decisiones sobre asuntos que se discuten, tal es el caso de jueces, jurados, miembros de parlamento, etc. En el contexto ateniense que analizamos, los ciudadanos son, gracias a la democracia, jueces que participan directamente tanto en la vida política como en los procesos judiciales. Es decir que los ciudadanos hacen
parte de un auditorio que se reúne para decidir públicamente sobre lo que es justo, conveniente o útil a través de los discursos pronunciados por otros conciudadanos.
En la Retórica, Aristóteles ha establecido una clasificación de los géneros retóricos a partir, precisamente, del papel que cumplen los ciudadanos en esas reuniones públicas. Es así como la formulación de los géneros retóricos (deliberativo, judicial y epidíctico) se establece a partir de la distinción entre aquellos que cumplen la función de juez (δικαστής) y aquellos que cumplen una función de espectador (θεωρός) (Rh. I, 3, 1358 a 36 ss). Entre los que se reúnen para juzgar, unos lo hacen sobre cosas del pasado, mientras que otros lo hacen sobre lo futuro. Esto permite señalar que Aristóteles no da cuenta de una rígida clasificación de categorías textuales, sino de una variedad de situaciones comunicativas en las que se exponen los discursos retóricos (Albaladejo, 1999).
La poliacroasis está basada en la distinción en cuanto a la facultad de decidir o no. En efecto, los oyentes no sólo son distintos por razones de gene o linaje, por posición social o económica, o porque tienen una educación e ideología diferentes, sino porque no siempre cumplen una misma función dentro de la actividad política de la polis. Unas veces deben deliberar, otras veces debe juzgar la acción de alguien en relación con las leyes penales, pero también se reúnen para escuchar las hazañas elogiables de personajes importantes de la vida pública, para compartir y celebrar en comunidad inmersos en un cuerpo de valores. En esa medida, el oyente se dispone a escuchar un discurso según la situación, el lugar y la institucionalidad; como dice Perelman, «el oyente dentro de sus nuevas funciones, adopta una nueva personalidad que el orador no puede ignorar» (1989, 57). El orador debe, influir en todos los oyentes y para ello debe tener en cuenta no sólo las diferencias del alma como pedía Platón, sino también las diferencias creadas por las situaciones o, como lo llama Albaladejo, hechos retóricos. Al respecto dice lo siguiente:
La poliacroasis se produce incluso si el orador no es consciente de ella, pero el orador, en su control de la situación comunicativa, no puede dejar de tenerla en cuenta, ya que para él los oyentes, con sus diferentes rasgos, intereses, cualidades, etc. son la meta del discurso, cuyo objetivo es influir en ellos. Por ello, todo orador preparado presta atención a la poliacroasis al tener presentes a los oyentes en la producción y en la pronunciación del discurso. La poliacroasis se da en todo tipo de discurso, en todos los géneros retóricos. Lo normal es que el orador, consciente de la poliacroasis, a lo largo de la pronunciación del discurso tenga presente que está dirigiéndose a oyentes que se caracterizan por las diferencias entre sus ideas, planteamientos, expectativas ante el discurso, etc., ello aun en el caso de auditorios aparentemente homogéneos (Albaladejo, 2010, 928).
En relación con lo expuesto por Platón en el Fedro, Aristóteles concibió que, si bien es necesario comprender que la persuasión es posible si se tiene un conocimiento de la naturaleza del alma, este conocimiento no puede establecerse teniendo en cuenta absolutamente todas las diferencias individuales. Por el contrario, es necesario advertir que las almas, por muchas que sean sus diferencias, tienen elementos comunes, los cuales son determinados por la edad, el sexo, la posición social e, incluso, por la forma de gobierno en las que se desarrollan y actúan. Aristóteles en la Retórica se encarga de analizar esos elementos comunes del alma y abandona, por decirlo así, la idea de conocer diferencias tan particulares
40 de las almas. Lo que para Platón significa emprender una investigación exhaustiva sobre la naturaleza de las almas, para Aristóteles significará una teoría sobre ciertos aspectos psicológicos comunes en todos los oyentes. Dicha teoría debe tenerla en cuenta el orador en su discurso si quiere ser persuasivo. Los aspectos psicológicos estudiados por Aristóteles son el carácter (ἦθος) y las pasiones (πάθος) los cuales vemos desarrollados en gran parte del segundo libro de la Retórica.
Por último, podemos decir que para Aristóteles, los hombres, cuando asisten a una asamblea (ἐκκλησία), dejan de ser individuos separados para pertenecer a una comunidad que comparte los mismos valores e intereses. Pasan a ser ciudadanos de la polis. Es un principio básico de la retórica que el orador construya su discurso para que sea comprensible para todos y, por ello, se vale de argumentos admitidos o válidos para la mayoría. Estos argumentos se construyen a partir de los ejemplos, las pruebas concluyentes, las probabilidades y los signos y, gracias a estos, el auditorio puede emitir un juicio una vez termina de escuchar el discurso.
Capítulo II. La deliberación y lo político
Según Pierre Aubenque (2010), fue Aristóteles el primero en utilizar la palabra βούλευσις en un sentido técnico que hace recordar a la antigua institución de la βουλή. Aristóteles quiere mostrar con ello, en primer lugar, que no hay decisión (προαίρεσις) sin deliberación previa y, segundo, que la deliberación consigo mismo no sería sino una forma interiorizada de la deliberación en común que se describe en los textos homéricos como propia de los antiguos regímenes políticos (Il. II, 53 y Od. III, 127). Según Mangas (2000), durante la Edad Oscura, período comprendido entre el año 1200 y el 800 a.C., la Asamblea es convocada por el heraldo del rey. En ella participan todos los ciudadanos reunidos en el ágora o en cualquier lugar espacioso durante las actividades y operaciones militares. No hay o no es posible indicar con certeza una normatividad sobre las formas en que se debían desarrollar, pero sí es posible decir que el fin de estas reuniones entre demos, rey y nobles, es «informativa» y no «deliberativa». Es decir, en ellas se informan las decisiones tomadas por el Consejo que era un órgano consultivo del rey compuesto por gerontes o nobles. El Consejo se reunía por iniciativa del rey y su lugar era siempre el palacio. En la Asamblea, el demos sólo es un «espectador» que escucha atentamente lo que informa el rey o presencia la discusión entre los nobles, por ello, ninguno de sus miembros puede levantarse, su deber es mantenerse en silencio aunque en ocasiones aprovecha el murmullo para manifestar inconformismo. Sin embargo, es el rey quien tiene la última palabra.
Teniendo en cuenta lo anterior nos preguntamos lo siguiente: ¿para qué reunir en un lugar público como el ágora al demos a que escuche unas decisiones ya tomadas en el ambiente privado del palacio? Es posible concebir este acto de convocar al demos como una muestra de cierto poder del rey y, al mismo tiempo, una necesidad de que es necesario hacer conocer las decisiones que afectan a todos y aprovechar una oportunidad perfecta para percibir la aceptación o rechazo por medio de la unanimidad de la mano alzada para el primer caso o el murmullo para el segundo. Ahora bien, ¿cómo y cuándo el demos pasa de ser un simple espectador que escucha y se entera de lo ya aprobado en palacio a ser parte de un auditorio deliberante? Sin duda, la respuesta está en el desarrollo mismo de la democracia que creó instituciones que posibilitaron la deliberación entre unos ciudadanos que adquirieron el poder para decidir asuntos como la guerra, la paz o las alianzas. Pero, también en la necesidad de razonar de manera colectiva sobre las acciones más convenientes. Las razones que expone Aristóteles en la Política (III, 11, 1282 a y ss) justificarían esta afirmación, pues, en aras de la consecución de un mejor juicio, los ciudadanos, a pesar de su falta de virtudes morales o conocimientos especializados, deliberan mejor en el espacio público y porque, como afectados de las decisiones políticas, saben valorar mejor su conveniencia. En concordancia con esto, se hará necesaria la formación de los ciudadanos en un arte que sirva para regular la