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en mi casa. De los bailes, de las
comidas y de las risas.
122 La diversidad infantil y juvenil en la CAE Las (mal) llamadas segundas generaciones
estables y seguían viviendo juntos. Creo que llegué a echar en falta entonces esa estabilidad y esa normalidad.
Porque durante aquellos años, antes de decidirse por el divorcio, mis padres ya se habían separado y vuelto a juntar un montón de veces.
Cuando tenía cuatro años, durante una de esas separaciones, me fui con mi padre a Brasil y estuvimos allí casi un año. Tengo un recuerdo brutal de aquella época. El sitio, que está al nordeste del país era un auténtico paraíso, con un montón de dunas y unas aguas cristalinas. Llevábamos una vida tranquila y sen- cilla. Una vida rastafari, por así decirlo.
Vivíamos de la pesca y tocábamos tambores, ese tipo de cosas. Los únicos peli- gros eran los pumas que podían andar por la zona o los tiburones. Nada que ver con Sao Paulo, de allí es mi familia, donde tienes que andar con mucho cuidado porque te pueden atracar a punta de pistola en cualquier esquina.
Me sorprende el recuerdo tan claro que tengo de aquello. Vivíamos con una familia del pueblo y éramos uno más entre ellos. Nos íbamos de pesca con el tío Antonio, cogíamos una cría de tiburón y después la cocinábamos para comerla entre todos con harina de mandioca. Juntos en la misma casa, comiendo con las manos y viendo la telenovela, que es lo más allí, en la única televisión del pueblo. Una fiesta.
Al volver de Brasil, empecé mis estudios en un colegio con una metodología bastante abierta y alternativa. Funcionaba por txokos. En vez de estar cada uno en su pupitre escuchando lo que decía el profesor, nos distribuíamos por txokos y aprendíamos por medio de juegos.
Fue idea de mi padre lo de matricularme en ese colegio. Además de maestro, él era un poco hippy, por decirlo de alguna manera. Tenía un compañero que trabajaba y que también tenía a su hijo en esa escuela, y por eso conocía bien cómo funcionaba. Se estudiaba todo en euskera y eso también le parecía muy bien a mi padre, porque él siempre fue muy abertzale.
Me acuerdo de que había un estudio de radio donde los chavales hacíamos los programas desde pequeños. Un día te librabas de todas las clases y te dedi- cabas a eso. Recogías las noticias del periódico y luego hacías de locutor y las decías, mientras otros estaban fuera mandando la señal a todo el barrio. Te enseñaban cosas diferentes, no era solo lo de aprender, aprender y aprender. Lo malo es que cuando llegabas a la ESO ya se fastidiaba la cosa. Porque el problema de las escuelas alternativas era que solo se aplicaban en Primaria. Al empezar la Secundaria se volvía a una metodología tradicional y ya pasabas a ser un número más.
Aunque en general no tenía problemas con la gente, sí que tengo el recuerdo de alguna discriminación. Cosas como que «Jon no puede jugar porque es negro»
o de ese estilo. Y eso que yo no soy tan oscuro. Luego sí que fueron llegando otros extranjeros más oscuros y entonces ya no tenía
mucho sentido lo de que Jon era negro.
Pero a mí esas cosas me sentaban fatal. Siempre he sido una chaval muy sensible, y de pequeño mucho más. No entendía a qué venía eso porque yo no veía la diferencia, yo me consideraba un chaval más.
De todas formas, tengo más recuerdos buenos que malos de aquellos años del colegio e incluso siento añoranza a veces. Lo más positivo que puedo decir es que me inculcaron una serie valores que me han servido en la vida y que conocí a una gente con la que sigo manteniendo la relación hoy en día.
Cuando tenía siete años volvimos a pasar una temporada en Brasil, unos cinco meses. Esta vez estuvimos en mi ciudad natal y perdí ese año de colegio porque, aunque solía ir a una escuela, no hacía nada y no recuerdo haber aprendido gran cosa. Estaba como el que va de paso. De lo que sí me acuerdo es de estar de vacile con los chavales de allí y de pasarme el día jugando al fútbol.
Al principio igual me vacilaban un poco por mi acento, el sutaki que dicen allí, pero nunca tuve ningún problema para integrarme. Creo que, dentro de lo que cabe, soy una persona que se hace querer y generalmente no suelo tener pro- blema para relacionarme con los demás.
Aunque por mi aspecto puedo pasar perfectamente por un chaval de aquí, igual he sufrido más discriminación en Bilbao que allí. No sé si será por las rastas que llevo, pero en el autobús veo a veces cosas feas. Que no me importan, porque me las tomo a mi manera, pero no me parecen normales.
Gente que se va a sentar a mi lado y, de repente, me mira y se pira. Me choca, porque tampoco creo que tenga cara de mala persona. Y lo que más me extraña es que me ha pasado también con gente joven. Porque igual de uno mayor lo puedes esperar más, pero de un chaval… me sorpren-
de que un joven pueda tener tanto prejuicio.
Igual influye también que yo me muevo en un entorno con gente de mentalidad muy abierta, y por eso me pa- rece más raro todavía.
Antes de tener las rastas, la policía me paraba un mon-
tón de veces y me tenía retenido porque me confundían con un marroquí. Hasta que les enseñaba el DNI y entonces ya me dejaban marchar. Lo que hago ahora si me para la policía es hablarles todo en euskera, como dejando claro que yo soy de aquí.
Este tipo de situaciones me generan una frustración muy grande y una empatía con la gente de origen marroquí. Me hacen preguntarme si por ser moro me tienes que parar, me tienes que putear y me tienes que colocar en un estatus inferior al tuyo, en una posición de sumisión. Me parece fatal que sigan existien- do esa clase de prejuicios.