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Comparison of Assessments Based on Micro and Macro Data

Indudablemente estas ideas encajan, creemos, en el caso parti- cular de Teócrito y la poesía helenística en general; pero el au- tor frances las hace extensibles a todo literato en la página an—

tenor, cuando habla de extensión del vocabulario y su reducción a puras cifras: “Desde luego hay que dejar a un lado las obras lite- rarias. Es posible establecer casi exactamente de cuántas palabras se componen la ilíada y la Odisea, el teatro de Shakespeare o de Racine; pero es una puerilidad pretender definir por este medio el vocabulario de Homero, de Sakespeare o de Racine” <Ibid., p.21). Porque las relaciones analógicas se entrecruzan alrededor de las palabras, corrientes entre sus sonidos, las ideas y las cosas; son hechos que resultan del trabajo de nuestro espíritu en el vocabu-

lario, y todo ello hay que verlo en sintagmas y contextos: “No basta tomar una a una esas palabras de los diccionarios para pre— guntarse qué idea despiertan en el espíritu, en el caso que des- pierten alguna, porque así nos colocamos en condiciones absoluta- mente diferentes de la realidad. Las palabras no están ordenadas en el espíritu como las columnas de un libro. La mirada no podría seguir su sucesión o pasarles revista como si fueran una compañía de soldados alineados. No sabemos con exactitud de qué fondo las extrae nuestra actividad intelectual para colocarlas en nuestras frases y deslizarías, bien equipadas en nuestros órganos fonéti- cos. La palabra nunca está aislada en el espíritu; forma parte de un grupo más o menos extenso, del cual toma su valor. Pero la re- partición de los grupos tiene razones gramaticales o psicológicas a un tiempo, históricas o sociales, que hacen fracasar toda tenta- tiva de numerar el vocabulario” (ibid., p.222).

En fin, de las dos tareas y diferencias entre lexicografía y estilística da buena cuenta M.MARTÍNEZ HERNÁNDEZ al describir los afanes de uno y otro estudioso con esta cita de H.A.HATZFELD res- pecto a los sinónimos: “El lexicógrafo, preocupado por los sinóni- mos conceptuales que ha de definir y elucidar, se alegrará de sen— tirse capaz de establecer una lista de vetados cuasí—sínonimos de una lengua. El estilista buscará afanosamente sinónimos que expre- sen sobre todo emociones y, lo que es aún más vago, sentimientos complejos, e incluirá también en sus listas de sinónimos hechas a partir de ciertos textos, metáforas, metonimias, epítetos, oposi- ciones que ayudan a interpretar los sinónimos más psicológicos que lógicos y su disposición caleidoscópica desde un punto de vista

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estético

Aunque confesamos que, en los inicios de todo estudio de un vocabulario, hayamos acudido a léxicos y diccionarios, lo hemos hecho a nivel de instrumentos de trabajo inmediatos y cómodos, en vías a una primera toma de contacto con la realidad y a nivel de puramente enunciativo. Naturalmente que sí hemos manejado el LexI

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Cofl de J.RUMPEL, lo mismo que los Scholia de C.WENDEL, pero en- seguida nos dimos cuenta de que su comprobación y análisis había que efectuaría con una traducción y lectura concienzuda y total de la obra poética. Por eso optamos ampliamente por la segunda posi- ción propia del estilista; porque una disposición caleidoscópica hemos descubierto en el uso estilístico del color en el poeta si- ciliano; y de estética del color hablamos largamente, hasta el punto de interpretar la predilección por ciertos colores desde esas vías: por ejemplo, XE1>KOS, TX«VKOS, K»«VÉOS, frente a otros poco gratos al poeta como ITOXLOS o IIEXUS. Otro tanto concluimos de la afición idílica por la matización cálida del color.

Nuestro estudio del estilo emerge después de la comparación de todo sintagma con los precedentes a modo de conclusión. Pero a me- nudo se intercalan parágrafos estrictamente rotulados a tal fin, tales como “estructura cromática” dentro de tal o cual poema, o “color, poesía y símbolo”, en tal otro. Puede adelantarse abierta- mente que el estilo acaba siendo el exponente más visible de nues- tro estudio, y quizá el más original. Porque el estilo, a fin de cuentas, es la expresión misma de la personalidad, según estas pa- labras de G.GUSDORF: “La gracia de la expresión justa es privile- gio de ciertos seres que, de entrada, descubren el punto de equi- librio y que, ante la dificultad más imprevista, se revelan siem- pre a la altura de las circunstancias. Entonces, el estilo es la expresión propia de la personalidad...Ser original es ser un ori- gen, un comienzo. . La virtud de la originalidad no consiste en atraer sobre sí las miradas por todos los medios; no se dirige ha- cia afuera, sino hacia adentro. Ella corresponde a la preocupación por la expresión justa, a la probidad en la manifestación de uno mismo. En ese sentido corresponde a cada cual darse su lenguaje, encontrar su estilo. . . .La lucha por el estilo es lucha por la vida

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espiritual”.

En síntesis, para un campo semántico concreto, como es el co- lor, bien se deduce por los parágrafos anteriores que el método real utilizado no es otro que el filológico sobre las premisas anteriores de técnica lingúística. En principio nos pareció una combinación fecunda. Es filológico, puesto que se parte ante todo de los textos, operando con todo el instrumental filológico nece-

sario y referente a la lengua griega: etimologías, diccionarios, léxicos, escolios, traducciones, artículos, manuales, etc., etc. Las razones parecen claras por muchos hechos que lo avalan.

En primer lugar, porque en esa orientación discurre la inves- tigación más granada sobre Teócrito en las dos últimas décadas~ M.A.ROSSI lo explica muy claramente, a propósito de la extensa la- bor realizada por G.GIANGRANDE. corifeo de la llamada “Escuela de Londres”: “The most fruitful approach Theocritus ayer past two de— cades has been strictly philological—historical method pursued by

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