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Comparison with Existing Techniques

Chapter 3. Inverse Multipath Fingerprinting for V2I MmWave

3.6 Beam Pair Subset Selection using Statistical Learning

3.7.6 Comparison with Existing Techniques

Día primero

1ª pregunta: ¿Quedan signos en la vida contemplativa de una visión demasiado

homogénea o uniforme de la persona? ¿Cuáles?

Respuesta:

Grupo 4:

Sí, aún quedan muchos, aunque se están queriendo superar y si en la comunidad hay jóvenes que empujan a ello pueden llegar a ser motivo de conflictos:

La falta de desarrollo de las cualidades individuales que se sacrifican por la uniformidad. En los trabajos de la comunidad todas tienen que hacer lo mismo y del mismo modo, porque «siempre se hizo así».

Tratar a las hermanas, por parte de la autoridad, como «ordeno y mando», que conduce a un infantilismo dentro de las comunidades.

Grupo 2:

De acuerdo con lo apuntado por el grupo anterior, aportamos:

Falta de libertad, sobre todo en los modos, lugares y métodos para la oración comunitaria, no litúrgica.

Grupo 6:

Hay diversidad de criterios, unas vemos que se ha prosperado en el concepto de persona tradicional, y otras, que no se ha prosperado lo suficiente en la valoración de la persona, en la relación interpersonal, el trabajo, la formación, etc.

Comentario:

La oración común fue una revolución cuando el P. Francisco Juberías CMF publicó su libro Buscaré, Señor, tu rostro, en el que decía que la oración parecía muchas veces un tratado de avicultura; pero, sobre todo, hablaba de la oración, que ha de ser personal. ¡La personal, claro! y resulta que el superior o el maestro nos marcaba la oración de todos los días, por ejemplo, repitiendo los puntos de la noche anterior para seguir al día siguiente con un montón de introducciones (de rodillas, sentado, de rodillas...) Y al final, te preguntaban de qué había tratado el punto de meditación leído. Hasta que, un día, le dije muy claro: «A mí no me pregunte usted, porque a mí lo que usted lee, no me importa».

que es personal; por tanto, a mí nadie me tiene que dirigir, me refiero habitualmente, la oración, porque la superiora o la formadora marcan su ritmo, pero yo tengo el mío.

Eso era tremendo, de aquí viene lo de «común», y es que la oración comunitaria se confundía con la oración en común, que esta venía a ser «estar todas en el mismo sitio». A mí, personalmente, la oración me gusta hacerla solo, la personal, y en mi despacho; y si, encima, los bancos o las sillas no son cómodas, no te quiero contar. Y la oración «se vive, no se padece». Lo mismo ocurre con la Eucaristía cuando ponen ciertas casullas, ¡que pesan...! La Eucaristía «se celebra, no se padece».

Cuando en la oración, las que son bajas se sientan en sillas demasiado altas, se les corta la circulación y se les duermen las piernas… Para la oración es necesario tener una postura relajada y cómoda, lo mismo que el ambiente o temperatura del coro, capilla, etc., ha de ser el normal. Todo esto tiene más importancia de la que parece: en muchas comunidades hay hermanas con artrosis, imaginaos para la oración. Hay personas a las que les gusta tomar una postura determinada para la oración personal y no le favorece lo de tener que estar todas en el mismo lugar. Pero, se consideraba más importante el estar todo el mundo a «la par», que la oración misma.

Todo tiene su esquema, su estilo, su modo, su manera. Eso indica que no debemos dejarnos llevar de que «siempre se hizo así». Todavía queda mucho de esto en los conventos, sobre todo, en la vida contemplativa, por los siglos de historia que lleváis a las espaldas. Tenemos que mentalizarnos de que existen otras posibilidades y, poco a poco, ir trabajando.

Lo que más me preocupa de todo lo que habéis dicho es la falta de desarrollo de las personas, pero lo trataremos más detenidamente, ya que es fundamental. Con lo demás, estoy totalmente de acuerdo.

Y, desde luego, hay que tener una cosa clara: en el trabajo todo lo que podáis hacer con medios técnicos, es tiempo y salud que ahorráis a las hermanas. Habrá que analizar cada caso en concreto, por ejemplo, hoy no se paga con dinero el bordado a mano, pues, hay máquinas que lo hacen muy bien y agilizan este trabajo. En el tema de dulces, utilizad maquinaria apropiada, porque si no estáis viviendo al «retortero» del trabajo y eso lo paga la tensión, la oración y la vida de relación. También hay que tener cuidado porque podéis caer en la vida contemplativa, abocadas al cuadro psicológico que se llama el «solipsismo», que se define por la dedicación tan plena a algo, que ya no queda tiempo para atender a lo demás. No os «metáis en la boca más de lo que os cabe». Pienso que una religiosa con esta tensión de trabajo, tendría que cuestionarse si merece la pena vivir así. Y cuestionárselo seriamente.

Por tanto, prudencia en el trabajo y en los encargos que se aceptan, etc. Ahora bien, que todo esto tenga como base una clave: el respeto a las personas, para que estas puedan cultivar otros valores, que puedan dedicarse más a otras cosas, como el estudio, etc., porque, si no, puede ocurrir que caigáis en el «ora poco, el labora mucho, y de la

lectio divina, nada»; es decir, que, en unos cuantos años, a «rebuznar». No quiero que

2ª pregunta: ¿Cómo crees que debería ser la visión y el trato de las personas como ser

único o irrepetible e irreductible a nadie e inconfundible con nadie?

Respuesta:

Grupo 1:

Aceptación de la hermana tal como es.

Sumo respeto.

Valorar sus cualidades, las de cada una, etc. Grupo 3:

Una visión individual, personalizada y de pura gratuidad.

Un trato respetuoso que nos lleve a: 1) aceptar y valorar a esa persona en lo que ella es en sí misma, con sus diferencias, limitaciones, valores y capacidades; 2) ayudando y cuidando de que esa persona crezca y se desarrolle según sus valores personales, según su unicidad; 3) dejándola ser auténtica y coherente con sus propios criterios y actitudes; 4) salvaguardando su libertad, dignidad e intimidad; 5) evitando hacer comparaciones y manipulaciones.

Grupo 5:

Respetuoso, cálido, cariñoso, sagrado, motivador de iniciativas, potenciando al máximo los valores propios de las personas, dando lugar a una gran riqueza comunitaria y nunca marginal que llevase a «complejos» o «infravaloración».

Un trato potenciador de relaciones interpersonales auténticas y profundas, proporcionando a las personas complacencia, agrado, magnanimidad sin pasar jamás facturas.

Alegrarnos de los valores y aptitudes de las demás, realizando grandes esfuerzos por llevar a cabo ese proceso gradual hacia la verdadera «autorrealización».

De mutua aceptación.

Comentario:

La clave se podía poner en esto que ha dicho el grupo 5: la autorrealización. La autorrealización supone conocer a la persona, valorarla, aceptarla, ayudarle a conocerse, a descubrir sus propios valores y desarrollarlos con autonomía. Autonomía que no significa una falta de obediencia. Para que lo entendáis, pensad en estas preguntas: la misión de un superior, o un formador predominantemente consiste, ¿en decir a la gente lo

que tiene que hacer?, ¿en comentar a la gente las cualidades que tiene?, o ¿en ayudar a la gente a descubrir sus propios valores y desarrollarlos con autonomía en función de la comunidad?

Una abadesa debe ser como un buen árbitro, que no «se nota» que está, de lo bien que lleva el partido. Una abadesa, con gente que va madurando, como un formador o un director espiritual, debe llevar a la gente de manera que cada vez la necesiten menos. Cada cual va sabiendo lo que tiene que hacer, va comprendiendo su misión, se va preparando cada día más, se le dan los medios para esta preparación y las personas van creciendo y rindiendo. Esta es la tarea de una abadesa.

Esa teoría antigua de que la abadesa era la que más sabía de todas, en todo, está desfasada. La misión de una abadesa es coordinar, promocionar, cultivar, propiciar, ayudar, pero no sustituir a las hermanas. Hay que estudiar cada caso: que hay que ir más despacio –hablo en el desarrollo personal– pues se va más despacio… Dale tiempo a la gente, ayúdale a «aprender a equivocarse», y a sacar partido de esas equivocaciones. Escucha a la gente, esa es la tarea, como la de un «animador de grupo», pero desde la fe.

Ese trato personal va creando esta postura proclive a la aceptación y el respeto. ¿Qué es respetar? Con frecuencia hemos puesto la expresión «respetar» en normas, fórmulas, en el usted, en el «su caridad», en «vuestra reverencia», que a mí, eso, no me parece ni bien, ni mal, pero es externo. El respeto se define a partir de la toma de conciencia de que el otro es distinto de mí, no hay que pretender imponerle mis esquemas. Esto en primera instancia; pero hay que dar un paso más y ayudarle a descubrir su propio esquema, facilitarle su desarrollo personal.

Actualmente, muchas constituciones modernas, sobre todo en el voto de pobreza, incluyen el concepto de la persona: «La mayor riqueza de las congregaciones y de las comunidades, son las personas». Se trata de sacarle el mayor partido en todos los sentidos, y eso es fundamental. Esto es respetar.

«Ah, yo no me meto...», «yo no le digo...», no se trata de esto. Eso sí, no se trata de callarse, sino de analizar cuál es el esquema de la otra persona y encauzar el diálogo desde ahí.

Lo mismo ocurre, por ejemplo, con el tema de la libertad. ¿Qué es la libertad? La libertad es «el poder que tiene la persona de elegir, según su verdadera identidad». Uno no es libre porque elige, sino cuando lo que elige le ayuda a crecer y a madurar. Precisamente, esa es una de las grandes claves de la autoridad. La identidad, la dignidad, la libertad, la autonomía y el desarrollo de cada cual, y que los medios de formación, de trabajo, de manualidad, de biblioteca funcionen. Esto, a veces, puede llevar a que la persona vaya a otro convento o a un determinado sitio a aprender o a estudiar. Por tanto, la libertad se define, además de a través de la posibilidad de «elegir», gracias a si lo que yo elijo me ayuda o no a crecer, a identificarme, a madurar; de lo contrario no es auténtica libertad. Este es el problema del mundo moderno, que quiere una libertad sin condiciones; mientras que la primera condición de la libertad es la propia autonomía y la propia identidad. No caracteriza la libertad solo el hecho de elegir, sino de elegir bien.

La libertad es un «valor relativo», no solamente por la libertad de los demás, sino que está marcado por la propia identidad, por el propio «mí-mismo» o «sí-mismo profundo». Por ejemplo, un tema muy típico, que a veces se plantea en la vida de pareja: «Si él me usa y yo la uso y los dos estamos de acuerdo...». El problema es que tú no tienes derecho a eso; de hecho, es una razón que se ha querido utilizar para justificar el aborto: «Es mi cuerpo...». Mentira. Tiene un cariotipo distinto del tuyo, no es tu cuerpo. Porque, tú, tampoco con tu cuerpo puedes hacer lo que «te dé la gana».

En la vida contemplativa, me vais a perdonar, no vale aquello de que, «como estamos en el convento... total... para lo que tenemos que hacer...». ¡Cómo! «Total... para dedicarse al Señor». El Señor nos ha dado unos talentos, unos valores y unas riquezas. «Total, aquí una pobrecita monja...». ¡Cómo que una pobrecita monja! Usted no tiene nada que envidiar a las demás mujeres; a ver, usted tiene que ser un signo de feminidad, de desarrollo de autenticidad, de maduración, un signo de dignidad y de libertad. Si no, ¿para qué está en el convento? Esto es lo primero y principal que la vida religiosa exige: «Cristo es revelación de Dios a los hombres y del Hombre a los hombres» (cf GS n 22).

Si no revelamos una auténtica imagen de Dios, no revelamos a ningún dios; o, tal vez, revelemos a un dios de la época de las cavernas, donde nos dicen «los picapiedras» que se declaraba el marido a la mujer pegándole un «mochazo» en la cabeza, y cuanto más grande era «el bollo», más amor había. Así que, si el convento es la caverna...

Cosa diferente es la intención de presumir. Antiguamente la mentalidad decretaba que la mujer debía tener poca cultura, poca preparación… La única ocupación digna era la de ama de casa; esto era muy típico, a limpiar y limpiar, pero, y, ¿qué? muy limpio todo, muy bien encerado, pero luego el problema es cómo llegar hasta el altar, porque ¡te pegas cada resbalón! Así que hay que romper con esa mentalidad de que se entra en el convento para servir al Señor rompiendo con el mundo; pero ¿con qué mundo? Esto tiene que acabarse, ¡tiene que acabarse!, y adquirir una mentalidad de un mundo y un hombre creado por Dios en positivo desde la fe. Por aquí tiene que ir el desarrollo personal, la valoración, la aceptación, el cultivo personal; eso sí, con los pies en el suelo, viviendo en este convento con la gente que estamos, que es lo que más nos conviene. Eso es normal, el realismo que no se opone al desarrollo.

3ª pregunta: ¿Qué soluciones aportarías para ir cambiando la forma de entender y de

tratar a las personas?

Respuesta:

Grupo 3:

Estudio y profundización seria, a nivel comunitario, sobre estos valores humanos, que posibilite el conocimiento, la aceptación, la valoración y el amor hacia la persona en su propia singularidad.

misma, se pueda cambiar el concepto que se tiene de la persona y asumir una actitud más abierta y comprensible hacia los demás.

Con actitud de «renovación» y de búsqueda de la verdad, plantearnos revisar nuestros dogmas y esquemas de la vida religiosa y nuestros criterios para mantener lo que se deba e introducir lo que favorezca más al bien de la persona, frente a la mera letra de la norma.

Eliminar toda clase de juicios sobre las demás, intentando comprenderlas desde su propia situación.

Suplantar el concepto de «repetibilidad» para dar cabida a la singularidad. Grupo 1:

Formación integral de la persona.

Fomentar el diálogo.

Trabajar por la interiorización que lleve a conocernos mejor y conocer a las demás.

Una vida tranquila que permita el encuentro consigo misma y con las demás.

Evitar el activismo y el estrés. Grupo 5:

Una sólida formación humana y psicológica, acompañada de una profunda interiorización. Una persona bien formada se capacita mejor para acoger, respetar, apreciar y valorar al otro.

Crear un clima comunitario de verdadero hogar en el que se potencie la

corresponsabilidad mutua.

Ser tolerante, cuando haya que serlo. Ser generosos, dialogar frecuentemente en clima de confianza y hermandad.

Acoger de buena gana las iniciativas de las demás y ser sensibles ante las necesidades de las hermanas.

Conocerse para conocer.

Aceptarse para aceptar.

Amarse para amar.

Comentario:

necesidad de identificarse y exigirse; sin esto no hay amor y el Señor tendría que decirnos lo del salmo: «Me das los corderos cojos, los más delgados».

El amor, en definitiva, es «darse». Entonces, el «se» ¿viene después del «dar»? No. El «dar» viene después del «se». El amor es exigirse, perfeccionarse. Tú dices que amas, que te entregas a tu comunidad, que quieres crear un clima fraterno, exígete: identidad, madurez, desarrollo, promoción, autenticidad, libertad, autonomía y, todo eso, al servicio de la comunidad; que es lo que yo les pido a los demás.

Muchas veces el concepto de amar, de entregarse, es muy romántico... La clave está en el «se»; por eso dar-se es una actitud permanente de superación por el otro desde Dios. Cuando se dice, «como ya he hecho los votos...», pues ahora es cuando estás en condiciones de echarle el pulso al «asunto», a la entrega y al amor. ¡Ahora!, porque, hasta ahora, te has estado preparando para ahora.

Creo que habéis resaltado todos los elementos fundamentales; pero fijaos bien, hay un riesgo que se tiene en la formación –porque en lo demás estoy totalmente de acuerdo–: confundir formar con informar o conocer, en el sentido de tener conocimiento, instruir. El hombre de hoy cada vez está más instruido, más informado, pero no acaba de verse claro que esté mejor formado.

Cuando terminó el Concilio, en mi opinión, la vida activa –incluido el clero secular– entró una enfermedad aguda denominada «titulitis»; sin embargo, una vez que la gente se sacó títulos, no se ha mejorado realmente la vida religiosa. No acaba de verse claro. ¿Por qué? Porque una cosa es estar informado, tener conocimiento, estar instruido, y otra cosa es estar formado. Es muy importante que cultivemos la formación, que supone información, pero, como muy bien habéis recalcado, personalizada, que prepare gente responsable, comprometida, en mejores condiciones para entregarse. Es necesario formar el «se» en todos los sentidos para darse; porque, si no, podéis tener en los conventos una cantidad de «repipis» ¡que para qué! Sabe..., ha leído..., ha estudiado... Pues haga usted el favor de «remangarse para mojarse, para meterse en el hoyo».

Es lo único que os pido en este punto: fundamentar la formación inicial y permanente, con la participación de la gente. Que sepan lo que están haciendo, que puedan exponer sus necesidades, sus aspiraciones, sus carencias… Que eso es lo que hay que ir formando; que puedan aportar sus ideas, sus criterios, pero que esa participación tenga una repercusión real. El primer responsable de su formación inicial y permanente es el formando.

Antiguamente se pensaba que el desarrollo, la cultura y la promoción eran elementos mundanos, pero ahora sabemos que se trata de dones divinos a los que no se puede renunciar, porque es la infraestructura de la que Dios me ha dotado para el servicio a los demás. ¡Cómo va a ser eso mundano! Si la mejor forma de amar, es servir; si la manera concreta de darse es poner al servicio del otro todos los dones que tengo, y ponerlos en las mejores condiciones. Daos cuenta de que por aquí hay que orientar el voto de pobreza, antes que por la economía. La pobreza es compartir lo que soy, antes de compartir lo que tengo. El problema radica en que la pobreza la hemos entendido en época de necesidades basada en exclusiva en los bienes materiales y en el trabajo mismo;

y el trabajo es, a veces, mucho más grave, mucho más duro, porque se hace a base de voluntarismo y no de gente más preparada y cualificada, que, lógicamente, con menos esfuerzo rinde más. En cuanto se prepare gente más capacitada en cualquiera de los trabajos que tenéis en las comunidades: dulces, costura, lavandería, ordenadores, etc., el ritmo de trabajo será mayor con menos esfuerzo. De hecho, cuanta más gente desarrolle sus cualidades, habrá más actividades complementarias; si no, toda la comunidad «pivota» en torno a dos o tres y, luego, va alguna a ver si puede ayudar, y ¡pasa lo que pasa! En la Liturgia habrá más variedad; en la dinámica comunitaria habrá mucha más riqueza de cara a una influencia espiritual en el entorno, convirtiendo el convento en escuela de oración y centro de irradiación y promoción vocacional. Esto se nota

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