En los últimos años los paradigmas dominantes del desarrollo han recibido severas críticas. El denominador común parece ser la creciente constatación y preocupación respecto a la incapacidad de los modelos de desarrollo implementados en cuanto a satisfacer con equidad, en el presente y en el futuro, las necesidades vitales de millones de personas en el mundo, y por lo tanto, de cumplir con las promesas de progreso y bienestar con las que se han legitimado las políticas institucionales y los resultados reales que han traído consigo (Lagarde, 1996).
Muchas de las políticas de desarrollo planteadas por el gobierno actual se dicen encaminadas a desarrollar cambios que consoliden el avance democrático, que abatan la inseguridad, cancelen la impunidad, que permitan abatir la pobreza y logren una mayor igualdad social; una reforma educativa que asegure oportunidades de educación integral y de calidad para todos los mexicanos; cambios que garanticen el crecimiento con estabilidad en la economía, que tengan como premisa fundamental ser incluyentes y justos; cambios que aseguren la transparencia y la rendición de cuentas en la tarea del gobierno y que descentralicen las facultades y los recursos de la Federación (Poder Ejecutivo Federal. Plan Nacional de Desarrollo, 2001). Sin embargo señala, Reyes (2005) que este postulado no ha tenido el efecto deseado ya que para haber empleado a la nueva fuerza de trabajo nacional durante el periodo 2000-2004, se tuvieron que haber creado seis millones de nuevos empleos, sin contar a la población desempleada que ya existía. Sin embargo, el ritmo de crecimiento de la economía nacional no fue capaz de absorber la totalidad de esta oferta laboral. Por lo que la inequidad social y la marginación de buena parte de la población se están generalizando y profundizando, y ocasionando que una proporción de la población que no encontró empleos formales en nuestro país haya tomado la decisión de migrar hacia los Estados Unidos.
De acuerdo con datos oficiales, en los últimos cinco años se han creado poco más de 400 mil nuevos puestos de trabajo formales. Lo que significa que el déficit laboral acumulado en este periodo fue ligeramente inferior a 5 millones 500 mil empleos formales (Reyes, 2005).
Se estima que para el periodo 2000-2004 migraron hacia Estados Unidos 1 millón 938 mil mexicanos a buscar oportunidades de empleo. Esto significa que la economía de Estados Unidos absorbió 1 de cada 3 mexicanos que se incorporaron al mercado laboral durante este periodo, y que generó 4.8 veces más empleos respecto a los formales que se crearon en nuestro país (Reyes, 2005). Este proceso generó una fuerte dependencia en materia laboral hacia Estados Unidos por la insuficiencia de la economía para poder satisfacer la demanda laboral del país. Hombres y mujeres han salido en busca de empleo para obtener ingresos y poder satisfacer sus necesidades vitales. La migración es un fenómeno que se refleja en las remesas que ingresan al país y que tienen un impacto directo en la consecución de las necesidades de los grupos domésticos que las reciben.
A nivel mundial, las remesas se han convertido en la segunda fuente de financiación externa para los países en vías de desarrollo. Según estimaciones del Banco Mundial, en el año 2004 entraron en los países en vías de desarrollo unos 126 mil millones de dólares por concepto de remesas (Reyes, 2005).
A partir de los años ochenta señalan Castro y Tuirán (2000), empezaron a gestarse los primeros estudios sobre las remesas de dinero enviadas por inmigrantes mexicanos y su papel en el desarrollo de las comunidades; fue entonces cuando se identificó la posibilidad de que jugaran un papel positivo en dicho desarrollo.
Las remesas se han convertido en las últimas décadas en un flujo de divisas de suma importancia para la economía mexicana. Este flujo constituye uno de los principales rubros en el renglón de las transferencias corrientes de la Balanza de Pagos y funge como una verdadera inyección de recursos en sectores específicos de las economías regionales y locales (García, 2000).
Las remesas han ido en aumento, de un monto menor a dos mil millones de dólares en 1980 se elevaron a dos mil millones en 1990 y prácticamente se triplicaron en 1995 llegando a tres mil setecientos millones de dólares, colocando a México como el país que recibe más remesas de dinero en Latinoamérica y el cuarto en el mundo después de Francia, India y Filipinas (Castro y Tuirán 2000, 319). Para 1996, momento en que las remesas alcanzaron el monto de cinco mil millones de dólares, se estimó que 5.3% de los hogares mexicanos recibían ingresos por este medio. Para 2004 América Latina captó 35% del total de las remesas; en ese año los principales países receptores de remesas fueron: India, México y Filipinas. En el año 2004 las remesas ascendieron a 16 mil 613 mdd; 3 mil 311 mdd más que el 2003, lo qué representó un incremento en términos reales de casi 25% respecto al año 2003. Para el primer trimestre del año 2005 han ingresado al país 4 mil 065 mdd por remesas, en promedio, cada mes se captaron 1 mil 355 mdd, la captación diaria promedio a nivel nacional fue de 45 mdd (Reyes, 2005).
Para 2006 se estima que éstas tendrán un nivel mayor, que las colocan como una de las fuentes más importantes de captación de dinero en el país, después del petróleo y el turismo. Para un gran número de comunidades rurales de escasos recursos, las remesas constituyen entre 75% y hasta 90% de su propio ingreso (Arroyo y Berumen 2000).
Las remesas llegan directamente a los hogares de los familiares de los migrantes y cumplen un papel determinante en el sostenimiento familiar. Su impacto en las comunidades y en los hogares receptores a menudo se pone de manifiesto a través de la información relativa al monto y modalidades de uso de estos recursos. La mayoría de los trabajos disponibles dan cuenta de un patrón general del uso de las remesas en México, congruente con numerosas experiencias internacionales, que indica que la gran mayoría de los recursos recibidos se gastan en la satisfacción de necesidades básicas, en la adquisición de bienes de consumo duradero y en la compra y mejora de vivienda, mientras que sólo una pequeña proporción se destina al ahorro y a la inversión productiva (García, 2000).
Para el estado de Puebla los ingresos correspondientes a las remesas fueron del orden de 780 millones de dólares para el año 2003 (Banco de México, 2004) ubicándose a nivel nacional como el sexto estado con mayor captación de remesas, con 5.9% de las remesas que ingresaron al país en ese año. Las remesas per cápita en el estado fueron de 141 dólares (Banco de México, 2004), ubicándose como el decimosegundo estado en remesas per cápita a nivel nacional. Por lo anterior, es importante conocer la dimensión del ingreso vía remesas, así como el uso principal a que se les destina. Ya que algunos estudios observan que aunque su destino principal es la manutención familiar, estos envíos tienen también efectos multiplicadores en la economía de las regiones donde se gastan o invierten (Durand, 1988).