Tomada en: casa de mi tío Edwin, barrio Prados del Sur, Cali-Colombia; Febrero de 2014
Antes de la muerte de mi abuela Betty en el 2010, mi tío Edwin, ella y yo, ya no vivíamos juntos. Nuestra situación familiar económicamente en el 2007 y 2008 fue muy delicada y en vista de ello, se dio la disolución interior. En este proceso, varios de los objetos y cosas de mi abuela fueron “repartidos”, mejor digamos apropiados por mi tío y yo, pues ella era llevada a un lugar para abuelos donde podía tener sólo unas cuantas de sus cosas. La apropiación de sus objetos no tuvo ningún tipo de normas, sólo un gusto por aquellos que a cada quien le inquietaban. Sin embargo, varios de esos objetos, yo no los podía heredar
porque me encontraba en movimientos de hogar que no me garantizaban algo de estabilidad. Y así, en efecto, mi tío Edwin terminó guardando muchas más cosas de ella de las que pude yo.
El 31 de diciembre de 2013, justo el segundo día del trabajo de campo iniciado en la galería Alameda, estuvimos filmando la interacción suscitada en la plaza. Diego, quien me acompañaba en cámara y yo que hacía sonido, recorrimos sus diferentes zonas; registrando vendedores, puestos, personas, animales, frutas, vegetales, plantas y el sinfín de objetos que se intercambian tradicionalmente en su interior. A su vez, la galería brillaba, las luces de navidad construían pequeñas constelaciones en su techo; cada área del lugar estaba de fiesta; las personas que llegaban se paseaban entre los corredores buscando todo lo necesario para su celebración de final de año. Nuestro paseo por sus zonas mostraba su eclecticismo, pues era innegable el proceso de modernización de la plaza; era innegable su organización en aras de un público también o igual de disímil.
En el recorrido, al llegar a la zona esotérica el encuentro con pequeñas, medianas y grandes figuras de dioses y diosas de todo el mundo llegó. A medida que íbamos grabando, estas figuras aparecían en vitrinas expuestas al público junto con talismanes y demás adminículos para la buena fortuna. Las imágenes de los dioses y diosas del mundo eran capturadas digitalmente y mientras esto sucedía emergieron unas cuantas figuras que reconocí inmediatamente. Dichas figuras eran aquellos dioses y diosas que mi abuela tenía en porcelana y que me hacía limpiar y sacudir cuando niña: un gran buda sonriente con pequeños niños colgando de su cuerpo; las tres estrellas chinas Fuk, Luk y Sau; la diosa china Kuam Yin junto con la diosa hindú Kalí; otros budas también sonrientes y de menor tamaño y dos pescadores chinos con los baldes a donde su pesca iba a parar.
Aunque las porcelanas de estos dioses y diosas no se encontraban bajo mi cuidado, el recuerdo de ellas a través de las figuras en venta en la galería, proponían en mi mente el ejercicio del viaje personal. Era inevitable en este encuentro la negación o rechazo ante unas memorias del pasado que se transformaban en “otras” memorias. Sí, la observación de estas figuras en la vitrina transformaban un poco mis recuerdos de niña; ahora al encontrarme con estas figuras en otros lugares tendría dos referentes: mi abuela y Alameda. La provocación que se ejercía con este encuentro, me llevó a preguntarle a algunos de los vendedores de la zona sobre los significados de estos objetos, aunque en ciertas proporciones yo sabía algo de cada uno, pero mi intención era escuchar las versiones que ellos me contaban. Sus versiones aunque no se distanciaban de lo que yo sabía de ellas por algunos relatos que en algún momento me contó mi abuela, tenían la particularidad de ser un discurso cargado con el objetivo de las ventas, algo que en este contexto, para mi resultaba “natural”. Sin embargo, de este hecho me surgieron varias preguntas: ¿cuántos años tendrán las “viejas” porcelanas de mi abuela? ¿Cómo las habría adquirido? ¿Por qué las figuras de esos dioses y diosas y no otras? ¿Qué otro tipo de influencias habrán persuadido a mi abuela la obtención de figuras de este tipo?... y otro grupo de preguntas que por falta de información no tuvieron ni tienen unas respuestas certeras.
Al terminar el recorrido por las zonas de la plaza, nos acercamos al puesto de Charito, donde ella estaba en compañía de tres de sus hijas. Nos saludamos y conversamos sobre cómo habían estado las ventas ese día y sobre el recorrido que Diego y yo habíamos realizado en la galería. En esta conversación Charito y yo dialogábamos sobre cómo la galería había cambiado su infraestructura en algunas zonas y puestos de ventas, a la vez, que ella iba tomando las hierbas dulces que llevan los baños para la buena suerte del 31 de diciembre. Ella el día anterior nos había prometido este paquete, así que mientras la conversación avanzaba, Charito cumplía con su “promesa”. Al final, el paquete estuvo listo: el abrecaminos, el quereme, la albahaca, la menta, la canela y demás se iban con Diego y conmigo hacia nuestra casa, donde de nuevo partiríamos el paquete y llevaríamos a cabo dicho ritual en horas de la noche. Sin embargo, además de los baños que son tan representativos en mi historia personal, el reencuentro con unas imágenes del pasado hechas porcelanas en Alameda, originaron “nuevas” perspectivas y relaciones con este espacio, pues en mi trabajo de campo las herencias de mi abuela iban emergiendo como pequeños incentivos que construían formas de observar y relatar más detalladamente estos sucesos que aparentemente iban construyéndose.
Imágenes del tiempo en la pantalla
Foto 27: Melissa Saavedra Gil, Isabel Rosario Bedoya (Charito), y Katherine y María Fernanda García Bedoya