3.4 Implementation
3.4.4 Complexity
I. Contemplación de papel:
las últimas palabras
M
AGDALENA no puede apartar la vista de Jesús. Clavado en la cruz. No quiere creer queesto sea verdad. Quiere que sea una pesadilla, un sueño irreal, un error. ¿Cómo puede estar ocurriendo esto? Delante de ella están María y Juan. También ellos tienen el horror pintado en sus rostros, y no hay palabras que sirvan de alivio para ninguno de ellos. Los minutos se hacen eternos. Negros nubarrones oscurecen el horizonte, y el clima está enrarecido. Hace un rato que nada se mueve. Los soldados, los condenados, la gente... Todo parece suspendido en el tiempo. Y durante esos instantes que se alargan, Magdalena repasa este día, esta jornada horrible que empezaba en Betania, en la casa de Lázaro...
* * *
Unas voces entrecortadas la despiertan. Apenas ha dormido, presintiendo algo malo. Se levanta a toda prisa y sale al patio. Es Santiago, que entra sofocado. Con voz entrecortada por la fatiga y el esfuerzo, pues lleva varias horas corriendo, les cuenta que han detenido a Jesús. María, su madre, deja escapar un suspiro desolado. El discípulo no puede decirles mucho más. No sabe si han detenido a los otros o qué ha pasado. Sin necesidad de palabras, ellas se ponen en marcha. Lázaro hace ademán de detenerlas, aludiendo al peligro, pero la mirada de Magdalena le hace desistir. Que no le hablen a ella de miedo o de amenazas. ¿Acaso importa eso ahora? No pueden quedarse a esperar sin saber qué es de su amigo, de su hijo, de su maestro.
El camino hacia Jerusalén se hace duro, y, pese al frío de la madrugada, pronto van sofocadas. Son tres, Magdalena, María, la madre de Jesús, y una hermana de esta. No han comido nada desde la noche anterior, y a Magdalena le preocupa María, pero entiende que esta no pueda tomar ni un pedazo de torta. De hecho, ninguna de ellas se siente capaz de probar bocado.
Al llegar a la ciudad preguntan por Jesús. Dos vecinas ponen cara de no saber de quién están hablando, y un hombre al que inquieren después empieza a vociferar sin aclararles tampoco nada. Al fin, un muchacho les confirma que se lo han llevado al pretorio y les indica cómo llegar hasta allí. La noticia es un mazazo, pues solo puede significar que los sacerdotes buscan una condena a muerte. Al llegar a las puertas de la fortaleza romana, unos soldados impiden el acceso. Dicen que hay demasiada gente dentro, y ni las súplicas ni el argumento de que una de ellas es la madre del nazareno les conmueven. Esperan fuera. Hasta que un rumor empieza a propagarse: «Lo han condenado a muerte»; «crucifixión»; «ahora mismo»... María recibe el golpe con entereza, pero tiene que apoyarse en Magdalena, que no consigue encontrar sentido a nada de lo que está ocurriendo.
En ese momento aparece Juan. «Os estaba buscando», dice. «Juan, hijo, ¿qué ha pasado?», pregunta María. «Vinieron de noche, Judas lo vendió... y nosotros... huimos». Lo dice casi sin fuerzas, sin defensa ni justificación, bajando la voz al reconocer que le han abandonado. Sus ojos enrojecidos e hinchados hablan del infierno en que está sumido. Se mantiene a unos pasos, como avergonzado. María avanza hacia él y le acaricia el rostro en silencio con su mano arrugada. Magdalena, en cambio, desearía abofetearlo. Se siente incapaz de aceptar que los discípulos hayan dejado solo a Jesús. ¿Cómo han podido abandonarlo? Si se mantiene serena, es por respeto a María. «Tenemos que estar con él», es lo único que acierta a decir.
Así que esperan, entre la muchedumbre, hasta que le ven salir con un enorme madero sobre la espalda. Le siguen, le ven caer hasta tres veces, sin poder siquiera acercarse; tienen que escuchar las burlas de muchos y ver su agonía hasta llegar a la cruz a duras penas, ayudado por un campesino. Ven cómo lo desnudan y le tiran al suelo y le clavan en el madero. Le ven alzado... y no pueden hacer nada. Magdalena ve, desolada, cómo los mismos soldados que le ejecutan se rifan sus ropas. Uno de ellos le devuelve la mirada, y su frialdad es como una bofetada más.
* * *
Y aquí está ahora. Impotente. Incapaz de hacer nada. Mira hacia su amigo crucificado y no puede evitar estremecerse. «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Atenta hasta el último detalle a su maestro, las palabras que salen de sus labios se clavan en sus oídos. Jesús reza desde la desesperación, la angustia, la soledad. Él, que siempre les ha mostrado la cercanía y la confianza en Dios ¿y ahora ni siquiera Dios le consuela?... ¡Cuánto debe de estar sufriendo...! Magdalena eleva al cielo una mirada crispada, pero solo encuentra negrura, y se dice que hasta Dios calla hoy. Rompería a llorar, pero intenta evitarlo por todos los medios. Si María, la madre de Jesús, mantiene el tipo, no va a ser ella quien la cargue con más congoja de la que ya tienen. Llevan un rato largo esperando, retenidas por los soldados, que no permiten que nadie se acerque a la cruz. No puede apartar la mirada del rostro golpeado de Jesús, de esas facciones que le son tan familiares y ahora solo muestran agotamiento y dolor. Su cuerpo magullado está lleno de cortes y contusiones, y al ver así al amigo, al maestro, una sorda desesperación se apodera de ella.
Parece mentira que hace tan solo unos días toda la ciudad le acogiese con cantos de júbilo. Ya decía él que venían tiempos duros. Pero ¿esto? Nadie podía imaginarlo. Como tampoco nadie podía imaginar que sus amigos lo abandonarían, que echarían a correr sin mirar atrás, que lo dejarían solo... abandonado, abandonado, la palabra martillea en su mente. Al pensar en eso, Magdalena se exaspera, y su mirada se clava con dureza en Juan. ¿Cómo han podido permitir que lo detuvieran? ¿Por qué no siguieron con él? ¿Por qué no lucharon? Sus ojos se encuentran con los del discípulo, y por la expresión herida del hombre Magdalena sabe que lee en su rostro el reproche. Y aunque también se da
cuenta de que él está a punto de romperse, se siente incapaz de mostrarse cercana. Juan hace ademán de decir algo, pero ella aparta la mirada y le deja con la palabra en la boca.
Y así continúan, presenciando la lenta agonía a distancia, porque no les permiten acercarse más, tratando de contener el dolor, intentando que les vea para que no se sienta tan solo, que sepa que están aquí con él, que no muera pensando que todos lo han abandonado. Contemplan con impotencia las chanzas de los soldados que se han repartido sus ropas y ahora se mofan de los crucificados. Es en ese momento cuando Jesús habla de nuevo para decir, con dolor pero con serenidad: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Lo dice con voz clara, haciendo un esfuerzo para que lo oigan, pero los soldados ni siquiera le están prestando atención en ese momento. Ella sí, y esas palabras se le clavan en el corazón. ¿Perdón? ¿Aun en este momento habla de perdón? ¿Cómo es posible? Ella quiere castigarles, gritarles, pagarles con la misma moneda... pero una vez más la palabra de Jesús lo vuelve todo del revés. ¿Perdón? Como el que le ofreció a ella una vez. Cuando otros la insultaban y la habían condenado, cuando todos la trataban como a una maldita, él les desafió, comprendió su dolor, acogió sus lágrimas y la alzó del suelo. Vuelve su mirada hacia Juan. Él también ha oído las palabras del maestro y a duras penas contiene el llanto. Magdalena comprende en ese momento que si el odio se equivoca, el amor también lo hace. Se acerca a Juan y pone una mano en su hombro. El joven se gira y la mira. Sus ojeras, los ojos enrojecidos, su expresión desvalida...: parece haber envejecido diez años en una noche. Parece que va a decir algo, pero ella le pone un dedo sobre la boca y luego le acaricia con dulzura, como hiciera María hace un rato. No hace falta hablar ahora. Después mira a los legionarios, pero a ellos se siente incapaz de perdonarlos, y vuelve sus ojos a Jesús, resistiendo las ganas de llorar.
Los minutos transcurren con lentitud. El grupo mira, impotente, cómo los tres crucificados van perdiendo las fuerzas y cómo el peso de sus cuerpos tira de ellos hacia abajo, dificultando su respiración. Jesús parece hablar con uno de los otros condenados, pero Magdalena no llega a entender lo que dicen. Un soldado les acerca una esponja con agua. La expresión de disgusto y las risotadas de los legionarios le hacen percatarse de que el líquido seguramente es algún brebaje asqueroso. Mira a María esperando que no se haya dado cuenta. No sabría decirlo.
El cielo se ha cubierto de nubes, y hace frío. Mucha gente está volviendo sobre sus pasos y regresa a la ciudad, saciada su sed de espectáculo y de sangre. Al disiparse el gentío, uno de los soldados les hace un gesto para que se acerquen. Al fin, un destello de humanidad en medio de este suplicio. Al aproximarse a la cruz parece que necesitaran sentir la cercanía de los demás, y caminan pegados unos a otros. María se apoya en Juan. Magdalena y la otra mujer los flanquean. Cuando llegan al pie de la cruz, Jesús al fin les ve. Su rostro muestra al tiempo dolor, alivio, pena... Magdalena no consigue contenerse por más tiempo y llora en silencio, tratando de sonreírle a través de las lágrimas, de darle un poco de aliento, de coraje, de fuerza. Juan se contiene para no abalanzarse y abrazarle las piernas, sabiendo que los soldados no permitirían esa
cercanía. María le mira, y cuando sus ojos y los de su hijo se encuentran, una muda palabra de amor parece unirlos por un instante. Madre e hijo unidos en el padecimiento, en la agonía... Magdalena nunca ha visto una expresión de ternura como la que asoma en el rostro de María, como si la madre quisiera envolver al hijo en un manto de protección. Al fin, Jesús habla y, señalando con la cabeza a Juan, dice en voz muy baja: «Mujer, he ahí a tu hijo». El joven aprieta con más fuerza el hombro de la anciana, como queriendo preservarla de esta agonía. «Hijo, he ahí a tu madre». Ahora las palabras dan la vuelta, y es el muchacho el que mira a la mujer, como buscando en ella refugio y seguridad. Magdalena, viéndolos así a los dos, unidos en la debilidad y el dolor, experimenta una sensación de ligereza, una paradójica esperanza, pues comprende que, pase lo que pase, Jesús no les deja solos. Y el alivio da paso a la gratitud, porque el amigo sigue siendo para ellos luz, incluso en esta hora sombría. Pero la gratitud, cuando vuelve a mirar hacia él, se transforma en desgarro, porque ve su rostro crispado por el sufrimiento. «No, no, no...», musita en voz baja, conteniendo las ganas de gritar. No podemos perderte, piensa, incapaz de imaginar la vida sin él y con un nudo en la garganta.
El soldado que les dejara acercarse les empuja ahora para que se aparten un poco. Se resisten. Quieren estar junto a Jesús hasta el final. A estas alturas, no tienen ningún miedo y poco les importan las bravatas del legionario. Cuando el soldado insiste y amenaza con usar la fuerza, es el centurión que parece estar al mando el que le dice con tono áspero que les deje en paz. El soldado se aleja, huraño y molesto por la reprimenda. Magdalena mira de reojo al centurión. Este tiene los ojos fijos en María y se muestra conmovido por esa mujer, cuya mirada sigue clavada en el rostro de su hijo, como si quisiera sostenerlo hasta el final. Magdalena se dice que al menos a un romano le queda un poco de decencia.
Jesús mantiene, durante un rato más, la mirada de su madre. Después, con dificultad, alza los ojos al cielo y parece quedarse esperando, en un silencio interrumpido por su respiración, cada vez más difícil. Dos veces hace ademán de hablar, pero nada más que una tos entrecortada sale de su garganta. Sin embargo, la tercera vez habla con voz fuerte, que se quiebra en un sollozo al final. «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». No parecía que el cuerpo de Jesús tuviese fuerza suficiente para este grito postrero. Sin embargo, es un último lamento, una plegaria definitiva, una oración y un acto de confianza con el que parece haber agotado sus fuerzas. Lanza un suspiro profundo, y su cabeza cae inerte. En ese momento, María cae de rodillas y Magdalena, al fin, rompe a llorar desconsolada. Juan las acoge a ambas en un abrazo protector, aunque él mismo, doblado por la tristeza, a duras penas consigue mantenerse en pie. Y el cielo se une al llanto cuando, al fin, estalla la tormenta.