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Como se ha expuesto, las familias chilenas están viviendo profundas transformaciones, lo que es congruente con el resto de América Latina. Como indica Arriagada (2005), la incorporación de las mujeres al mercado laboral ha impactado en el funcionamiento de los hogares de la región, poniendo fin al sistema de aportante único (breadwinner system) también en los hogares más pobres.

Los resultados de la investigación de Valdés et al.,(2005), identifican que, en comparación con el período 1930-1970, a partir de la década de los ochenta la familia en Chile vive un proceso de des-institucionalización, que conlleva la pérdida de poder y presencia por parte del padre-proveedor, propio de la fase de capitalismo industrial y el tránsito a otra fase de mayor diversificación de las formas familiares, en la que la imagen de la maternidad intensiva y presencial se desdibuja, dando paso a los hogares de doble ingreso, como respuesta a la retirada del Estado promovida por el neoliberalismo. Estas transformaciones económicas han ido de la mano con otros cambios culturales como el aumento de separaciones, divorcios y convivencias, todo lo cual ha decantado en el incremento de las familias matricentradas –extensas y nucleares– y de los hogares unipersonales. Esto ratifica que, como sostienen Tironi, Valenzuela & Scully (2006), la familia es una institución viva, que debe ser entendida en constante construcción, cuya transformación se ha acentuado desde los noventa en adelante en el caso chileno.

Los antecedentes que reflejan estos cambios incluyen la participación creciente de las mujeres en el mercado laboral y nuclearización de los hogares, pero no se limitan a ellos. Además se hallan:

a) El aumento del promedio de edad del primer matrimonio en 1980, era de 26,6 años en los hombres y 23,8 en las mujeres; en 1990 estos promedios se elevan a 29 años y 26,4 en el año 2000 en cada sexo, respectivamente (Herrera y Valenzuela, 2006). b) Cambios en la natalidad. Por una parte ha ocurrido una baja en la tasa natalidad

desde 41,9 en 1925 a 23,3 en 1990, a la vez ha aumentado la edad de las mujeres al tener su primer hijo, siendo más acentuada al momento de tener el segundo

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(Valenzuela, 2006). Igualmente se observa una disminución del número de hijos por mujer. De acuerdo al censo 2002, el promedio de hijos fue de 2,3; hasta antes de 1960 dicho promedio era de alrededor de cinco (INE, 2003). El 2010 se estima que llega a 1,94 (Cepal, 2009)

c) Des-formalización de los vínculos: ha crecido el número de parejas que conviven en todos los tramos etarios, en desmedro del número de matrimonios que bajan desde los 100 mil 1990 a cerca de 60 mil en el 2002, esta disminución contradice al alza sostenida que tuvo durante todo el siglo pasado (Herrera y Valenzuela, 2006). Esto ha llevado a plantear una menor institucionalización de la familia; fenómeno que se acentuaría desde 1990 en adelante (Tironi, Valenzuela & Scully, 2006), lo que ha implicado que en la actualidad más del 50% de los nacimientos ocurran fuera del matrimonio, contra un 30% del total en 1970.

El corolario de este panorama es, en opinión de Infante (2005), que el mundo laboral y el familiar progresivamente se han vuelto más interdependientes y la inseguridad laboral es internalizada por los hogares, por tanto, la superación de la precariedad depende ahora más de las estrategias que se diseñan al interior de las familias, que de la aplicación de políticas públicas o privadas. Como afirma Jelín (2005), los hogares están mediados por las relaciones de producción, reproducción y distribución, constituyendo micromundos que tienen sus propias estructuras de poder, que van acompañadas de fuertes componentes ideológicos y afectivos:

La familia nunca es una institución aislada, sino que es parte orgánica de procesos sociales más amplios, que incluyen las dimensiones productivas y reproductivas de las sociedades, los patrones culturales y los sistemas políticos. Los hogares y las organizaciones familiares están ligados al mercado del trabajo y a la organización de redes sociales, por lo que procesos tales como el cambio en las tasas de fecundidad y de divorcio, o los procesos de envejecimiento, son en realidad parte de tendencias sociales y culturales más vastos. (Jelín, 2005, p.42)

Así, conforme a la información recogida por Valdés et al., (2005), las familias en la RMS experimentarían tanto resistencias a abandonar antiguos patrones como también la

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búsqueda de nuevos sentidos respecto a la organización y convivencia en su interior, lo que visibiliza la incorporación, al menos en los discurso, de las nociones de igualdad y libertad. Estas autoras, en forma similar a lo que plantean Tironi, Valenzuela & Scully, hacen hincapié en que la familia “[t]iene historia y esta misma historia nos da las claves para comprender que no es sólo hoy que la familia está cambiando, sino que siempre ha sufrido transformaciones vinculadas a las grandes mutaciones de la sociedad” (Valdés et al., 2005, p.164). En este sentido, uno de los cambios más significativos vividos por los/as chilenos/as es la pérdida del carácter totalizante de las familias; en su reemplazo se ha ido adoptando lentamente un formato en el cual los intereses individuales son reconocidos por sobre los intereses familiares.

Junto a la creciente individuación, se une el hecho que en Chile, desde hace más de tres décadas, el modelo de familia moderno-industrial de la sociedad salarial ha perdido su soporte institucional y material, lo que ha implicado que:

El padre industrial comenzó a enfrentarse con la pérdida de sus referentes a partir del momento en que el modelo neoliberal comenzó a tener consecuencias en el mundo privado. Se devaluó, flexibilizó y precarizó el trabajo y la inseguridad se instaló socavando la figura del proveedor (…) De la misma forma, la madre hogareña y dedicada al hogar, la crianza y la familia, ha tendido a repartirse entre dos espacios: la familia y el mundo del trabajo. (Valdés et al., 2005, p.166)

Desde el punto de vista de los cambios generacionales y las representaciones sobre la familia, aunque la aspiración de mayor igualdad y democracia en su interior es transversal en todos los estratos socioeconómicos, son los estratos más bajos quienes muestran mayor presencia de autoritarismo y machismo. Valdés et al., (2005) descubren que en los estratos altos, la valoración del niño/a como sujeto de derecho junto al equilibrio de los géneros, son los ejes principales sobre los cuales los/as informantes marcan las mayores diferencias respecto de sus propios padres; sin embargo, la individualización de los adultos sería lo que en verdad gatillaría el cambio. Se trataría entonces no sólo de que las mujeres trabajen remuneradamente, sino que ambos géneros puedan cumplir sus expectativas de desarrollo, en forma autónoma e independiente, bajo acuerdos equilibrados

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respecto el hogar, hijos y actividad profesional. Esto explica la incorporación de los criterios igualitarios y democráticos a la familia.

En los estratos medio y medio alto, se encontró una ruptura de los informantes respecto del modelo de los progenitores, calificados de tradicionales, conservadores y machistas. Las mujeres cuestionaron fuertemente la sujeción de sus madres a la autoridad masculina, mientras los hombres rechazaban la imagen de un padre distante de sus hijos. En los estratos medio y medio bajo, el rechazo por el autoritarismo es el elemento que mejor define la trasformación generacional. Entre estos grupos se aprecia mayor diversidad en el concepto y organización de las familias, que van desde aquellos en que la familia aparece como una instancia que asegura la socialización de los/as hijos y procura la movilidad social –por lo que el trabajo femenino es visto más como necesidad que como expresión de desarrollo individual– hasta aquellas que validan la convivencia frente al matrimonio, rechazando la imagen del hombre proveedor e incluso intercambian tal papel con sus parejas; en medio quedan aquellos que se sienten atrapados por el discurso de igualdad entre los géneros y los derechos de la maternidad.

En la clase baja, el distanciamiento respecto al autoritarismo y machismo marcarían la ruptura con la familia de origen, aunque esto no es radical. Lo moderno, igualmente estaría asociado al consumo por parte de los/as hijos/as y que los padres no tuvieron, lo que muchas veces implica un endeudamiento importante de los hogares.

También la formalización de las uniones de pareja se plasma de manera distinta. Tantos los estratos medio alto y como alto tienden a institucionalizar la familia a través del matrimonio civil, muchas veces acompañado del matrimonio religioso. La mayor diversidad se observa en la clase media y baja, que exhiben desde la convivencia al matrimonio, aunque los segundos muchas veces cohabitan con sus familias de origen, como en el caso de madres solteras.

En resumen, Valdés et al., (2005) concluyen que las familias de la RMS se enfrentan al menos a tres tipos de tensiones: i) el arribo de una nueva concepción de infancia sería el factor principal que transforma a las familias, generándose la necesidad de relaciones más democráticas, sin embargo la nueva valoración de los niños/as como sujetos

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está cargado de incertidumbre respecto a su educación y cuidados, lo que genera angustia en ambos padres; ii) los sistemas de seguridad basados en el parentesco adquieren relevancia para las clases media y baja, por tanto, la nuclearización de los hogares compete a la residencia, no a las funciones. La presencia de la abuela facilita la inserción laboral de las mujeres, pero frena la mayor participación del hombre en lo doméstico; iii) lo doméstico se ha transformado en un campo en disputa en la pareja, cobrando mayor importancia en la clase media: quien realizará las tareas domésticas, cómo y en qué tiempos se ha tornado causa de disputas entre los integrantes de la pareja.

Desde la perspectiva de los estudios del desarrollo interesa hacer notar que los procesos de mayor libertad individual, de nuevas oportunidades e incluso el reconocimiento de nuevos derechos, tienen implicaciones diferenciadas para hombres y para mujeres y según las clases sociales. La posición que los sujetos ocupan en la estructura social delimita el campo de acción para hacer frente a las condiciones imperantes y, en sentido, el análisis de los hogares tiene la ventaja de sintetizar el impacto de variables estructurales y, al mismo tiempo, permite comprender la vivencia de las mismas y los arreglos cotidianos en los que incurren los sujetos.

139 3.2.La voz de los/as empleadores

Los factores descritos y analizados previamente son confirmados en las entrevistas realizadas a los/as empleadores, como elementos relevantes que enmarcan la dinámica de los hogares, distinguiéndose tres ejes temáticos principales, sobre los cuales se ha organizada este apartado: i) las necesidades de servicio doméstico y fases del ciclo familiar en la que se encontraban los/as informantes; ii) necesidades de cuidado de los/as hijos y servicio doméstico y iii) relaciones de género como factor de demanda de trabajadoras domésticas.

Respecto a las/os 21 informantes, se debe recordar que fueron 4 hombres y 17 mujeres; sus edades oscilaron entre los 30 y 69 años; pertenecían a hogares en etapas del ciclo familiar distintas17; se incluyó a personas de hogares unipersonales, y mono y biparentales; que disponían de servicio doméstico en las tres modalidades: puertas adentro, puertas afuera y por días (varios empleadores) y, por último, que residían en diferentes comunas urbanas de Santiago.