B. Benefit-Cost Considerations in the Implementation of the
VII. CONCLUSION
Después de su expulsión de la Escuela Normal, Galois se incorporó a la tercera batería de la Guardia Nacional de Artillería. Compró el colorido y costoso uniforme: una chaqueta militar azul con charreteras rojas, un quepis de cuya parte delantera pendía una borla roja de crin de caballo, y pantalones con raya rojas. Dos veces por semana hacía ejercicios militares en el cuadrilátero del Louvre entre las seis y las diez de la mañana y una vez por semana practicaba tiro en Vincennes.
La Guardia Nacional era la espada de la burguesía. Nominalmente estaba abier- ta a todos, pero un sencillo recurso eliminaba a los pobres: todos los miembros deb- ían comprar lo costosos uniformes de guardias, y hombres andrajosos no tenían dinero para uniformes. Entre los miembros de la Guardia Nacional, los republicanos estaban demasiado diseminados para modificar su carácter o influir sobre sus accio- nes.
El nuevo slogan de los republicanos rezaba: “Incorpórese a la Guardia Nacional de Artillería”. Cuatro baterías comprendía la artillería. La segunda y tercera baterías tenían una mayoría de republicanos. Quizá la mitad de los hombres de la cuarta eran también republicanos. Estaban en minoría sólo en la primera, de la cual era miembro el hijo de Luís Felipe.
Era el 21 de diciembre, día de esperanza para los republicanos y día de temor para el gobierno. Los republicanos estaban preparados. La Guardia de Artillería es- taba preparada. Pero también estaba preparado Luís Felipe, su ejército y su Guardia Nacional.
Era el último y decisivo día del juicio a los ministros de Carlos X. La Cámara de los Pares proclamaría pronto en el Luxemburgo el veredicto. Tropas y guardias na- cionales bloqueaban todas las calles que rodeaban el Palacio de los Pares. Dos es- cuadrones de lanceros y seiscientos soldados estaban en la puerta sur que conducía del observatorio al jardín. En total, treinta mil hombres uniformados rodeaban el palacio. En torno de ellos y entre ellos estaba la densa e inquieta multitud de París. El pueblo gritaba:
—¡Muerte a los ministros! —¡Al Luxemburgo! —¡Muerte a los ministros!
Hacía menos de medio año que el grito: “Vive la charte!” había pasado de la burguesía al pueblo. Ahora el slogan “Muerte a los ministros”, acuñado por el pue- blo, confundía a la Guardia Nacional, defensora del orden público y la propiedad privada. Sus miembros recordaban la unidad de la nación en los días de julio. Algu- nos de ellos se habrían unido al pueblo, así como el pueblo se había unido a ellos
cinco meses antes. Pero había un pensamiento que quebraba aquella unidad: “El pueblo cometerá pillajes si no mantenemos el orden.”
La Guardia Nacional se mantuvo firme.
En la Plaza del Panteón, el profesor Arago encontró a un grupo de hombres ar- mados con machetes que repetían el grito del día:
—¡Muerte a los ministros!
Les advirtió que estaban haciéndoles el juego a sus enemigos, que les estaban dando una excusa para el empleo de la fuerza bruta, una fuerza que se volvería en contra de ellos. El altivo discurso del gran científico y liberal fue interrumpido.
—¡Cállese! No queremos escucharlo. Arago se excitó.
—¿No comprenden que comparto sus opiniones?
—Hombres que llevan chaquetas de diferente tela no pueden tener las mismas opiniones.
El hombre que esto dijo tomó la chaqueta de Arago y lo arrojó contra un farol de alumbrado. En ese momento resonó un cañonazo.
—¡A las armas! ¡A las armas! ¡Al Louvre!
Y la multitud, dejando a Arago junto al farol, corrió en dirección al Louvre. Al mismo tiempo, en la Place de l’Odeón, Lafayette hablaba a una muchedum- bre. El anciano esperaba la misma reverencia y entusiasmo con que siempre y en todas partes se lo había acogido. Pero hoy la multitud estaba colérica. Le gritó una y otra vez:
—¡Muerte a los ministros!
Lafayette les habló como a niños que se están portando mal: —¡Váyanse a sus casas! Les pido que se dispersen pacíficamente. Ni uno se movió.
—No reconozco aquí a los combatientes de Julio. Un hombre contestó:
—Es muy probable; usted no estuvo allí. En ese momento se oyó un cañonazo. —¡A las armas! ¡A las armas! ¡Al Louvre!
Y la muchedumbre abandonó a Lafayette y echó a correr hacia el Louvre.
Cuando Luís Felipe oyó el cañonazo respiró con alivio. Comprendía su signifi- cación. Era la señal de que los presos habían llegado a salvo a Vincennes. Sabía que no se los condenaría a muerte, pero había temido que algo ocurriera en el traslado a la cárcel. ¿Y en cuanto al resto? ¡Estaba preparado! No perdería la batalla como Car- los X, por estupidez y debilidad.
El 21 de diciembre Galois y los otros artilleros estaban destacados en el cuadrilá- tero del Louvre. El plan de los miembros republicanos de la Guardia de Artillería era sencillo. Pero la verdad es que había algo que estaba en contra del plan: era dema- siado sencillo. Se había olvidado que el nuevo régimen era más hábil, más despiada-
He aquí el plan: la Guardia de Artillería estaría destacada en el Louvre durante el último día del juicio. En los días de julio el punto culminante de la Revolución había sido la derrota de los suizos y el asalto al Louvre. Ahora, empero, aun antes de que comenzara la lucha, el Louvre estaría en manos de los artilleros que, en su ma- yor parte, estaban identificados con la causa del pueblo. Allí esperarían al pueblo, abrirían las puertas, le entregarían el cañón y se unirían a su lucha.
En la sala de guardia del Louvre los artilleros discutían los acontecimientos del día, hablaban sobre literatura, ciencia, sexo, y jugaban a los naipes. Llegó un artillero que le murmuró algo a Bastide. El capitán de la tercera batería exclamó excitada- mente:
—¡Imposible!
—Vea usted mismo —dijo el artillero.
—Hombres de la tercera batería, vengan conmigo —ordenó Bastide.
Tomaron los mosquetes y corrieron al patio. Vieron que un grupo de artilleros de la primera batería desmantelaba el cañón. Bastide saltó en medio del grupo con la espada desenvainada.
—¡Fuera de aquí! Fuera de aquí inmediatamente o juro que los atravesaré con la espada a todos ustedes. Un oficial dijo:
—¡Capitán Bastide! Soy el comandante Barré...
—No meinteresa que usted sea el mismo diablo. ¡Fuera de aquí! Mis órdenes son que nadie debe tocar el cañón sin mi permiso, de modo que usted tiene que irse. Barré y sus hombres se retiraron. Los artilleros prepararon el cañón y Bastide dejó un centinela en el patio que debía relevarse cada hora. Galois y Duchâtelet, ambos miembros de la tercera batería, se ofrecieron para la primera guardia. Cuando quedaron solos, Galois dijo:
—Nada resultará de esto. Lucharemos aquí entre nosotros mismos en lugar de luchar al lado del pueblo. Sólo porque una vez ganamos una revolución sorpresiva- mente, sólo por esperar, creen que lo mismo volverá a ocurrir. Ya verás: nada ocu- rrirá si no lo hacemos ocurrir.
Duchâtelet sentía frío, cansancio, hambre y permanecía en silencio. Galois ad- virtió con estupor que su camarada no lo interrumpía.
—Les dije, intenté convencerlos de que las batallas nunca se ganan esperando una oportunidad que puede no llegar jamás. Debemos entregar el cañón al pueblo e incitarlo a pelear. Nuestra estrategia debe ser activa y no pasiva. Debemos provocar al pueblo y no esperarle con los brazos cruzados.
Duchâtelet seguía sin contestar. Galois interrumpía el fastidioso silencio: —¿Qué crees? ¿Tengo razón?
—Tenemos aquí muy buenos cerebros. ¿Por qué habría yo de pensar? Que piensen Cavaignac, Bastide, Raspail. Yo cumplí mi deber. Duchâtelet es el que debe hacer el trabajo sucio. Me satisface que piensen por mí y carguen con la responsabi- lidad ¿Qué bicho te ha picado? Eres un artillero y debes escuchar a tus oficiales. Pues entonces, escúchalos. En lugar de ello, hablaste todo el día de la conveniencia de cambiar nuestros planes. ¿Por qué habrían de escucharte? ¿Quién eres tú? Un joven que apareció vestido de uniforme hace dos semanas. ¿Qué derecho tenemos
de enseñarles? No somos más que dos jóvenes y nadie está seguro de que tengamos razón. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Maldición, sé lo que quieres decir. Republicanos o no, todos piensan que la sabiduría llega con la edad y la experiencia ¡Oh, Duchâtelet! El mundo me aflige. Nadie quiere oírme. Siempre me siento solo.
—Ahora estás a punto de llorar, ¿no es cierto? Y estás equivocado, absoluta- mente equivocado. Cuando puse los ojos en ti, supe que eras inteligente y por eso te estimé, si bien a veces también me afliges. Pero, ¿crees que todos deben estimar a los jóvenes inteligentes? Crees que si alguien es republicano debe ser un tipo maravillo- so y que no tiene derecho a sentirse celoso. A menudo es tan malo como cualquier otro individuo. Ocurre que sólo está en el buen lado de la cerca. Considera a Pécheux d’Herbinville. Es inteligente. Pero vi cómo te miraba. No le agradas. Le gus- taría tener el monopolio de la inteligencia de los jóvenes. Me estima a mí porque no soy peligroso, porque él es “Mejor orador que yo, y porque él será siempre más im- portante que yo. Pero contigo es distinto. Puedes superarlo. ¿Comprendes? Hay algo que no conoces, y eso es la naturaleza humana.
Galois lo interrumpió:
—¡La naturaleza humana! Por lo que sé y por mis experiencias, la detesto con todo mi corazón. Vi cómo opera en el Louis-le-Grand, en la Escuela Normal, la Es- cuela Politécnica, la Academia, y hasta entre los republicanos. Amo al pueblo colec- tivamente, pero con muy pocas excepciones los odio, los detesto, los aborrezco a la mayor parte de ellos individualmente.
—No, te engañas —murmuró Duchâtelet.
—|Oh! Tú no sabes, amigo mío, cómo sufro. Me odio a mí mismo por el odio que crece en mi corazón. Ese odio lo pusieron en mí los profesores y examinadores de la Escuela Politécnica, los académicos, los reyes. Y aquí crece, crece... Sólo puedo arrancármelo con mi mismo corazón y mi vida.
Duchâtelet miró el rostro tenso de Evariste, temeroso de que estallara en lágri- mas. Dijo suavemente:
—Comprendo, Evariste. Tus amigos verdaderos te conocen y les agrada que se- as así.
Ambos permanecieron en silencio. Cuando pasó el tiempo de su imaginaria, fueron al cuarto de guardia El ambiente estaba caldeado, y en él había el olor pecu- liar de todos los cuartos de guardia del mundo: una mezcla de sudor, cuero, brandy, vino y mugre.
Galois se sentó en un rincón, tomó una hoja de papel y escribió. Cuando hubo terminado, fue rápidamente hasta el centro del cuarto y saltó sobre una mesa donde unos pocos artilleros estaban jugando a los naipes. Interrumpió el juego y tiró algu- nos de los naipes al suelo. Uno de los jugadores profirió:
—¡Sal de allí, bastardo! ¿No ves que estamos jugando? Galois gritó tan fuerte como pudo:
—¡Artilleros! ¡Quiero leerles una proclama! “¡A las armas!¡A las armas!”... —Cállate, ya nos hartaste bastante hoy. Ya nos hartaste.
Alguien se acercó a Galois, le arrebató el papel de la mano y lo rompió. Galois saltó de la mesa y arrojó al suelo al artillero que lo atacaba con el impulso de su sal- to. El artillero intentó atacarlo a su vez; ambos lucharon trenzados en el suelo.
Súbitamente se abrió la puerta y se oyó una voz violenta que gritaba: —Estamos rodeados por la Guardia Nacional y tropas irregulares. Bastide ordenó:
—Salgan con los mosquetes todos ustedes. —Luego, volviéndose hacia los dos hombres que luchaban—: Basta, basta por hoy.
Ambos se pusieron rápidamente en pie, como si nada hubiera ocurrido entre ellos, tomaron sus mosquetes y se fueron al patío.
El Louvre estaba por cierto rodeado. El foco que pudo haber infectado a París con la revolución estaba ahora aislado. Se cerraron las puertas del Louvre. Sólo mer- ced a un derramamiento de sangre podían los artilleros abandonar el Louvre y sólo merced a un derramamiento de sangre podía la Guardia Nacional entrar en el Louv- re.
Entonces se oyó un cañonazo.
El grito: “¡A las armas!” resonó en todo París. Los republicanos se mezclaron al pueblo, dirigieron a la multitud hacia el Louvre. Pero cuando llegaron allí encontra- ron un doble círculo de guardias nacionales y soldados. Uno, el círculo interior, en- frentaba el Louvre. El otro, el exterior, enfrentaba al pueblo que intentaba irrumpir desde afuera en el Louvre. El pueblo no atacó a la Guardia Nacional: ni la Guardia Nacional atacó al pueblo. En el círculo interior la Guardia Nacional no atacó a los artilleros que estaban en el Louvre, ni los artilleros atacaron a la Guardia Nacional. Sólo se oían acusaciones y gritos:
— ¡Muerte a los ministros!
—¡Ustedes defienden a criminales!
—¡Ustedes lucharon junto a nosotros en julio y ahora están en contra de noso- tros!
—¡Ustedes son rebeldes! —¡Ustedes son bastardos republicanos!
Los artilleros esperaban que los atacaran en cualquier momento. Estaban pre- parados, y los que dormían lo hacían con el mosquete entre las manos.
Amaneció. Todos estaban exhaustos. El día era gris y frío; caía húmeda nieve. Los pensamientos de comer, de una cama, de Navidad, de dormir, su volvieron más inertes que el pensamiento de la revolución. Los dos círculos de la Guardia Nacional se volvieron menos rígidos. Vendedores, de vino, carniceros, panaderos se infiltraron en los círculos y vendieron sus productos a los artilleros. Se los alcanzaban a los sol- dados a través de las rejas de hierro, y a través de ellas se les pagaba. La tragedia se convirtió en diversión, cada vez se infiltraba más gente por los dos círculos y se oían animadas conversaciones entre los artilleros que estaban en el Louvre y sus amigos., novias y mujeres, que estaban afuera.
El 22 de diciembre, la atmósfera estaba aún tensa en París. Por entonces todos sabían por los diarios o por su vecino que los ministros habían sido condenados a prisión perpetua y no a muerte. Los tambores batían en todas las esquinas. Cual- quier acontecimiento pequeño podía perturbar el equilibrio y echar a rodar la Revo-
lución. En las calles aparecieron proclamas que exhortaban al orden. Estaban firma- das por Lafayette y su efecto fue escaso.
La mañana de ese día ocurrió algo, algo que desequilibró los platillos de la ba- lanza. El rey y los cortesanos recordaron el papel que los estudiantes habían desem- peñado durante los días de julio. Recordaron el halo de gloria con que brilló el uni- forme de la Escuela Politécnica a los ojos del pueblo. Y ahora a los directores de las escuelas se les pidió que hicieran un llamamiento a los alumnos:
—¡Salgan a las calles! ¡Todos ustedes! Salgan e insten a la moderación. Asegú- renle al pueblo, como se lo aseguramos ahora a ustedes, que sus libertades serán preservadas. Cumplan glorioso deber; impidan el derramamiento de sangre, en in- terés de la humanidad, en interés del pueblo y en interés de toda Francia.
El llamamiento tuvo eco. Los alumnos de la Escuela Politécnica y los de otras escuelas salieron a la calle, esta vez con bendición de sus maestros. Conversaron con el pueblo, lo persuadieron y le repitieron las seguridades que se les habían dado: que la libertad se preservaría. El pueblo, frío, cansado, al que se le oponía la Guardia Nacional y al que no apoyaban los estudiantes, aislado de los dirigentes republicanos que estaban en el Louvre, había perdido el ánimo de lucha y se dispersó. Luego se dispersó la Guardia Nacional. Luego se abrieron las puertas del Louvre y también se dispersaron los artilleros.
Lafayette había cumplido su deber con el rey. La Guardia Nacional, comandada por el anciano general, había defendido al rey y el régimen. El orden reinaba en París; no se había derramado sangre.
Conforme con las reglas del juego, el anciano general debía pedir ahora una re- compensa por su comportamiento. Pero Lafayette, con sus poderes ahora aumenta- dos, podía resultarle peligrosos a Luís Felipe, a quien había servido con ejemplar lealtad.
La Cámara de Diputados no podía permitirse combatir abiertamente a Lafayet- te. En lugar de ello, hizo una prueba de prestidigitación y abolió el título de Coman- dante Supremo de la Guardia Nacional. No era que se despidiera a Lafayette. No se lo desalojaba del puesto que antes ocupaba. ¡No! Sólo que se le apartaba el sillón.
El gran anciano, el héroe de dos mundos, había sido burlado. Se halagó su vani- dad hasta que él se encontró sirviendo a una política que no era la suya propia. En- tonces, cuando hubo cumplido su deber, cuando ya no parecía indispensable, se prescindió de él y se le quitó de las manos la Guardia Nacional, espada de la bur- guesía. El último día del año 1830 el rey dio la orden de que se desintegrara el cuerpo de artillería de la Guardia Nacional. Y así se les arrebató la espada a los republicanos.
2: 13 de enero de 1831
A principios de enero apareció el siguiente anuncio en la Gazette des Écoles:
Evariste Galois, ex estudiante de la Escuela Normal, dará un curso de álgebra destinado a jóvenes estudiantes que, sabedores de cuan incompleto es el estudio del
balmente. El curso está compuesto de teorías, algunas de las cuales son nuevas y nin- guna de ellas ha sido publicada o expuesta en público. Aquí mencionaremos sólo una nueva teoría de las cantidades imaginarias, la teoría de las ecuaciones solubles por radicales, la teoría de los números y las funciones elípticas tratadas por el álgebra
Las clases tendrán lugar los jueves a la 1 y 15 P.M., en la librería de Caillot, rué de Sorbonnes. Comienzo del curso: jueves 13 de enero.
Unos cuarenta oyentes fueron a la primera clase de Galois. Algunos eran ex es- tudiantes de la Escuela Normal que deseaban volver a ver al extraño joven que había sido expulsado de la escuela. Otros eran amigos republicanos de Galois que iban para engrosar el número de asistentes. Estaba allí Chevalier, que le había dado a Galois la idea de este curso, en la esperanza de que fuesen algunos matemáticos, de que éstos entendieran la obra de Galois y difundieran su nombre. Pero no fue ningún matemático. Hubo sólo unos pocos estudiantes que esperaban oír una clase interesante de álgebra elemental. Finalmente, dos espías de la policía completaban la extraña mezcla.. El cuarto contiguo a la librería de Monsieur Caillot estaba mal ventilado y olía a viejos libros; una pálida luz que caía a través de pequeñas y altas ventanas iluminaba el polvo y los viejos bancos de madera. Las transiciones de la luz a las sombras eran allí bruscas, y desaparecían y reaparecían al ritmo de las nubes viajeras. Allí el más grande matemático que entonces vivía en Francia decidió expli- car sus teorías a todos los que quisieran escucharlo.
Cuando Evariste entró en ese cuarto, quedó sorprendido y complacido por el número de presentes, inesperadamente considerable. Pero cuando buscó algún ros- tro nuevo, no vio a ninguno. Sorprendió sólo la mirada alentadora de Chevalier y contestó con una débil sonrisa. Luego comenzó a exponer su bien preparada clase:
—Sabemos que, de todo nuestro conocimiento humano, el matemático es el más abstracto, el más lógico, el único que no apela al mundo de nuestras impresio-