El catolicismo se erigió en una fuerza formidable en la construcción de una iden- tidad común para los colombianos durante los años formativos del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX. En este sentido, la religión católica se convirtió en factor de unidad en la tarea que adelantaba el Estado de construir la nación, gracias a que ejerció durante décadas un claro dominio en los sistemas de creen- cias religiosas y prácticas culturales de la población, homogeneizándola, y ello debido a la protección expresa que tuvo a nivel constitucional de su instituciona- lidad y dictámenes morales, al monopolio que por muchos decenios ejerció sobre los contenidos educativos brindados a los niños y jóvenes en todos los rincones del país e, igualmente, al hecho de ser la Iglesia católica la encargada, mediante las denominadas “misiones”, de incorporar a la sociedad blanca las comunidades indígenas y negras que no lo habían sido en los siglos anteriores. De esta manera, la sociedad colombiana construyó su identidad como comunidad, no en la parti- cipación basada en una ética civil, sino en la obediencia de las reglas dictadas por la moral católica: la comunidad política se confundió con la de creencias. Hoy en día, esto ha cambiado a favor de un Estado laico; sin embargo, ello es resultado no tanto de los efectos sociales de la secularización de la población, que es muy
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H iS to R iA C o n C iS A D E C o Lo M b iA (1 8 1 0 -2 0 1 3 )limitada, como de la pérdida de dominio y control de la jerarquía eclesiástica sobre el conjunto general de la nación y del Estado.
La nación colombiana nació en la fe católica y así se mantuvo hasta 1991. Esto no significa que la intolerancia religiosa haya predominado necesa- riamente en su sociedad, pues lo cierto es que, salvo en los años finales del siglo XIX y mediados del XX, la libertad de cultos fue respetada por los ciuda- danos. Lo que la confesionalidad implicó fue que ninguna Iglesia, salvo la cató- lica, podía tener acceso a las instituciones del Estado y hacer proselitismo desde ellas en beneficio propio. Igualmente, si la nación fue construida desde el Estado, y este hizo expreso su catolicismo, la identidad que resultaba de dicha cons- trucción no podía ser diferente: ser colombiano era ser católico. Para asegurar este dominio estaban los templos presentes en las plazas de todas las pobla- ciones colombianas, de vieja o reciente fundación; además de las otras parro- quias, colegios, conventos, hospicios y hospitales que sin excepción contaban con el apoyo del Estado y las sociedades locales, y lograban así mantener en la vida cotidiana y en sus interrupciones festivas el sentido de pertenecer todos a una misma nación, la católica.
Por supuesto, el catolicismo fue una de las herencias de los siglos de dominio español a la que no quisieron renunciar los republicanos independen- tistas. En este sentido, las propias actas de autonomía que se produjeron en 1810, y como tales, documentos anteriores a cualquier fórmula constitucional, invariablemente garantizaron la continuidad y protección de la Iglesia católica en la nueva provincia autónoma. Así lo expresa, por ejemplo, en el acta del 20 de julio de 1810 formada por la nueva Junta de Santafé, el juramento que debían dar los diputados:
[…] puesta la mano sobre los santos evangelios y la otra formada la señal de la cruz, a presencia de Jesucristo Crucificado dijeron: juramos por el Dios que existe en el cielo, cuya imagen está presente y cuyas sagradas y adorables máximas contiene este libro, cumplir religiosamente la constitución y voluntad del pueblo expresada en esta acta, acerca de la forma de gobierno provisional que ha instalado; derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender nuestra sagrada Religión Católica, Apos- tólica, Romana […].2
Las constituciones posteriores, incluida la de 1991 y con la sola excepción de la de 1863, fueron promulgadas con una fórmula que de una u otra manera expresaba que Dios era la fuente de toda autoridad o invocaba su protección.
2 “Acta de la Independencia”, en Instituto Colombiano de Cultura, Revolución de 20 de julio de 1810. Sucesos y documentos, Bogotá, 1996, 77.
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M ic h ae l J. L aR o sa y G er m án R . M ej ía¿Qué consecuencias generó la ruptura con Dios como fuente de toda autoridad en la Constitución de 1863? Los liberales radicales dominaron el Estado tras la guerra civil de la década de 1860 y mantuvieron el control hasta 1880. Proponían un Estado secular como modelo de gobierno, pero hacia 1876 tal propuesta encontró un amplio rechazo entre los conservadores y los libe- rales no radicales. La Constitución de 1886 rompió con el secularismo de los liberales radicales, y aunque en forma alguna prohibió la libertad de cultos (Artículo 39), los limitó a solo aquellos que no fueran contrarios a la moral cristiana y a las leyes (Artículo 40), y en su Artículo 38 estableció con claridad lo que será dominante durante los siguientes cincuenta años: “La Religión Cató- lica, Apostólica, Romana, es la de la Nación; los Poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del orden social. Se entiende que la Iglesia Católica no es ni será oficial, y conservará su independencia”.3 La
reforma constitucional de 1936 suprimió por completo el artículo anterior, limi- tando así los poderes de la Iglesia católica en el Estado, pero no alteró su confesiona- lidad pues, aunque por supuesto sostuvo la libertad de conciencia y cultos, mantuvo vigente del texto de 1886 la consideración de que dicha libertad y prácticas no podían ser contrarias a la moral católica ni a las leyes.
Así se mantuvo hasta 1991, cuando la formulación de un Estado Social de Derecho obligó a erradicar de la Constitución cualquier consideración de origen o preferencia religiosa. Una sentencia dictada por la Corte Constitucional en 1994 no deja duda al respecto:
La Constitución de 1991 establece el carácter pluralista del Estado Social de Derecho colombiano, del cual el pluralismo religioso es uno de los componentes más impor- tantes. Igualmente, la Carta excluye cualquier forma de confesionalismo y consagra la plena libertad religiosa y el tratamiento igualitario de todas las confesiones reli- giosas, puesto que la invocación a la protección de Dios, que se hace en el preámbulo, tiene un carácter general y no referido a una Iglesia en particular. Esto implica entonces que en el ordenamiento constitucional colombiano, hay una separación entre el Estado y las Iglesias porque el Estado es laico; en efecto, esa estricta neutralidad del Estado en materia religiosa es la única forma de que los poderes públicos aseguren el pluralismo y la coexistencia igualitaria y la autonomía de las distintas confesiones religiosas.4
El poder que la Iglesia católica adquirió con el triunfo conservador y de los liberales moderados en la guerra civil de 1885, y la consecuente Constitu- ción de 1886, se vio fortalecido con el acuerdo que firmó el Estado colombiano
3 “Constitución de 1886”, documento online disponible en Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, www.cervantesvirtual.com consultado el 3 de junio de 2011.
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H iS to R iA C o n C iS A D E C o Lo M b iA (1 8 1 0 -2 0 1 3 )con la Santa Sede en 1887. El Concordato, que es como se conoce este tipo de convenios, le entregó a la Iglesia católica, entre otras garantías, el control del registro público de los ciudadanos al unirlo a la partida de bautismo, le garantizó el dominio de la educación pública de niños y jóvenes y de los contenidos que en materia moral se podían enseñar en la educación privada, auxilios económicos y exenciones tributarias, así como su presencia exclusiva en los entonces llamados “territorios nacionales”, esto es, aquellos en los que todavía predominaban los pueblos indígenas no “incorporados” al país y en los que apenas tenía presencia el Estado y sus instituciones. Podríamos afirmar que este vínculo entre el Estado y la Iglesia católica alcanzó su punto máximo en 1902, cuando por el Decreto 820 se consagró la República al Sagrado Corazón de Jesús y, en consecuencia, se mandó construir un templo en Bogotá, el del Voto Nacional, que sirviera para recordar que el Estado y la nación colombianos eran católicos.
La relativa autonomía que se quiso alcanzar en esta materia con la reforma de 1936, solo sirvió para radicalizar aún más las animosidades parti- distas que cubrieron de sangre el país durante los años centrales del siglo XX. En 1952, celebrando los 50 años del decreto de 1902 y con el pleno dominio del Estado por parte del conservatismo radical liderado por Laureano Gómez, se firmó la Ley 1ª, por la cual no solo se renovó la consagración hecha en 1902 sino que se mandó que dicha ceremonia la hiciera el Presidente de la República o un representante suyo e, igualmente, dispuso que cada año se repitiera ese acto de la misma manera y en la fecha que la Iglesia católica festeja el día del Sagrado Corazón de Jesús, el que a partir de la fecha se convertirá en festivo nacional con la denominación de Acción de Gracias. Esta imposición obtuvo continuidad durante los años siguientes porque la dictadura de Rojas Pinilla, que sucedió al gobierno de Gómez, se valió de sus vínculos con el sector moderado del Partido Conservador y porque tanto los gobiernos del Frente Nacional como los posteriores hasta 1991 no creyeron conveniente para la paz política intervenir en este asunto.
Contrario a lo que algunos pensaban, el paso dado en 1991 de terminar con esa alianza ancestral entre el catolicismo y el Estado colombiano no fue tan difícil de dar. No solo la propia crisis interna de la Iglesia católica en el contexto mundial, sino además las dinámicas de secularización propias de una sociedad que al hacerse cada vez más urbana y orientada al bienestar se tornaba permeable a valores y concepciones de la vida provenientes de lo que en otras épocas se llamó materialismo –todo esto sucediendo de forma simultánea desde mediados del siglo XX–, permitió que el Estado colombiano por fin pudiera declararse abiertamente laico. Como en el caso de los partidos políticos, este cambio ocurrió cuando ya el catolicismo y la jerarquía eclesiástica habían cumplido su papel en la tarea de crear y consolidar una nación. Con todo, su fuerza ha sido tal que todavía hoy es visible en el calendario festivo de los colombianos, en las
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M ic h ae l J. L aR o sa y G er m án R . M ej íaprácticas de celebración y duelo que realizan, en la cantidad de niños y jóvenes que siguen formando, en los fundamentos morales que acompañan la toma de decisiones públicas y privadas, en fin, en el sentido que toman las disciplinas diarias o la concepción misma de su futuro y destino. Hoy el Estado no es cató- lico, ya no es necesario, pero la sociedad colombiana, de muchas maneras y aunque muchos no lo acepten expresamente, sigue siendo tan católica como la de antaño.