CHAPTER 6 CONCLUSIONS
6.2 Conclusion
Dentro de la serie de la literatura de los hijos, junto con la obra de Laura
Alcoba podemos situar la producción de Patricio Pron, especialmente El espíritu
de mis padres sigue subiendo en la lluvia cuya primera edición de 2011 fue publicada por Randon House Mondadori (España). También valdría incluir
Nosotros caminamos en sueños, reescritura de un texto anterior del escritor –Una puta mierda– que retorna, en clave fogwilliana, a la Guerra de Malvinas.
En función de nuestro interés específico es El espíritu de mis padres…la
que tematiza, con particular tratamiento, la relación entre extraterritorialidad y posmemoria compartiendo también con los textos de Alcoba y de otros “hijos de” el carácter autoficcional. El narrador, hijo de sobrevivientes de la última dictadura argentina, se encuentra atravesado por un conflicto que tensiona Alemania-Argentina, olvido-memoria; así como por la imposibilidad de sentir
cualquier espacio como hogar, topos que será sustituido por la literatura.
La inmersión del hijo en la cultura académica alemana, deseada y buscada, se plantea como un escape del territorio de origen, esa Argentina que los padres militantes quisieron en la década del setenta pero que no fue. Sin embargo, el nuevo espacio que ofrece la cultura germánica tampoco implica para el narrador la idea de hogar. En el devenir del relato la migración es el viaje del olvido, de una búsqueda por evitar que el pasado traumático irrumpa a la conciencia y se revele. En la biografía del hijo, Alemania puede ser comprendida como metáfora del olvido en términos de enfermedad. Allí, la medicación psiquiátrica que se le suministra provoca al protagonista una suerte de anestesia memoriosa que lo lleva a experimentar la realidad como laguna y a vivir en un tránsito permanente por espacios en los que no encuentra nada que se asimile a la idea de arraigo territorial ni de atmósferas que podríamos denominar ‘familiares’. Este vivir del protagonista donde lo lacunar remite al olvido no es sino manifestación sintomática de un tramo biográfico traumático que corresponde a la etapa de su infancia durante la dictadura argentina en el seno familiar.
Otra enfermedad, la del padre, Chacho Pron, desencadena el retorno del protagonista tras ocho años de ausencia, a su país y al seno familiar. Viaje significativo en el sentido de que a través de él llevará a cabo un proceso de desintoxicación (de la medicación, del olvido) que implicará el esfuerzo y la voluntad de recobrar la memoria por medio de una búsqueda que asume ecos detectivescos.
La novela, estructurada en cuatro partes y un epílogo presenta una característica particular: cada una de las partes se subdivide en fragmentos numerados. En aquellas que remiten al esfuerzo de recuperación de la memoria
del hijo (I, III, IV) la cronología dada por la numeración se desordena; faltan números o estos se encuentran alterados, gesto constructivo que contiene una lectura del carácter dislocado, fragmentario e impreciso de su memoria. No parece casual, en este sentido, que la única parte donde los fragmentos ordenados cronológicamente, “sin fisuras”, es aquella en la que el narrador reescribe la investigación que el padre ha realizado en torno al caso de una desaparición en El Trébol, provincia de Santa Fe. Memoria organizada que se transformará en legado para el hijo y lo ayudará a desenterrar y ordenar la propia.
La novela está atravesada por un conjunto de simetrías e inversiones en torno a la historia del padre y del hijo. Ambos padecen de olvidos, rasgo común que los lleva a registrar a través de la escritura algunos episodios. Así, en ambos se advierte una tendencia al archivo como modo de retener diversos sucesos u observaciones. Mientras el padre yace internado en estado grave, impedido de llevar adelante acción alguna, el hijo, inversamente, se pondrá en acción para descubrir quién es el padre y, al mismo tiempo, quién es él. De esta manera, se abre la otra simetría: en la búsqueda por comprender a su progenitor, el hijo encuentra la carpeta amarilla que contiene una investigación sobre un ciudadano desaparecido en la ciudad de El Trébol durante el mes de junio de 2008. Dicha búsqueda, cuyo motor intenta desentrañar como un modo de conocer al padre, lo lleva a otra simetría: Alberto Burdisso, el ciudadano desaparecido, es hermano de Alicia Burdisso, desaparecida en 1976 durante la dictadura quien había sido compañera de militancia de Chacho Pron. En esta parte del texto, el protagonista deviene en una suerte de detective en su vertiente clásica. Evalúa los textos contenidos en la carpeta principalmente conformados por artículos policiales de medios locales donde emergen los testimonios y se proyectan las tensiones, las contradicciones, la multiplicidad de versiones en torno al caso así como la cosmovisión conservadora que rige entre los habitantes del poblado. Este fraseo del detective clásico, en el sentido de que la pesquisa es de orden intelectual, implicará la reconstrucción del vínculo paterno filial en un entramado dialógico entre memoria colectiva, comunicativa –la que se transmite en el seno familiar (Asmann, 2008)– e individual que irá develando la militancia de los padres y operando la recuperación de la memoria por parte del hijo.
En la última parte de la novela, el epígrafe de Marcelo Cohen orienta el conjunto de preguntas de la generación de los hijos en cuanto a qué hacer con la herencia recibida. Para el narrador hijo todas las diferencias entre la generación precedente y la propia tiene, sin embargo, “un punto de encuentro, un hilo que atravesaba las épocas y nos unía a pesar de todo y era espantosamente argentino: la sensación de estar unidos en la derrota, padres e hijos” (45).
El conflicto para los hijos en torno al legado paterno devenido en mandato yace en una suerte de descolocación vinculada a los contextos vividos por cada generación. Si los padres transmiten a la progenie un conjunto de valores en torno a la voluntad y la transformación social propios de su entorno de lucha, estos resultan inapropiados para los hijos “en los tiempos que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y frivolidad y de derrota” (199).
Para este hijo que va recuperando la memoria y, al mismo tiempo, la familia y el hogar, lo que se abren son encrucijadas y preguntas disparadas a su propia generación: cómo recordar y cómo narrar la historia de los padres aun cuando ellos no han podido hacerlo, “cómo contar una experiencia colectiva de forma individual, cómo dar cuenta de lo que les pasó a ellos sin que se piense que se intenta convertirlos en protagonistas de una historia colectiva, qué lugar ocupar en esa historia” (201). Además, la interrogación apunta al hacer de los hijos respecto de la generación precedente, cómo ponerse a la altura de su “afán de justicia”. En una línea en la que creemos advertir ecos de la poética de Roberto Bolaño, el interrogante reivindica la idea por la que la generación anterior entregó la vida y el dolor por las pérdidas, en el marco de un enfrentamiento de carácter sacrificial:
¿No era terrible el imperativo ético que esa generación puso sin quererlo sobre nosotros? ¿Cómo matar al padre si ya está muerto y, en muchos casos, ha muerto defendiendo una idea que nos parece acertada incluso aunque su ejecución haya sido indolente o torpe o errónea? ¿De qué otra manera estar a su altura que no sea haciendo como ellos, peleando una guerra insensata y perdida de antemano y marchando al sacrificio con el canto sacrificial de la juventud desesperada, altiva e impotente y estúpida, marchando al precipicio de
la guerra civil contra las fuerzas del aparato represivo de un país que, en sustancia, siempre ha sido y es profundamente conservador? (213).
Como tarea política y acto relevante para su generación, el hijo entiende que un modo de responder al mandato es escribiendo la propia historia de un tiempo que para muchos argentinos no ha culminado. Entiende también que es una historia que debe ser contada “de otra forma, con fragmentos, con murmullos y con carcajadas y con llanto” y rescata de ella su espíritu, “porque lo que habían hecho era digno de ser contado porque su espíritu, no las decisiones acertadas y equivocadas que mis padres y sus compañeros habían tomado, sino su espíritu mismo, iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto” (221). Se advierte en este sentido una retórica que interpela a la generación precedente pero al mismo tiempo la reivindica invitando al diálogo con los sobrevivientes “para que ellos se vean compelidos a corregirme y hacerlo con sus propias palabras, para que ellos digan las palabras que sus hijos nunca hemos escuchado pero que necesitamos desentrañar para que su legado no resulte incompleto” (226). Invitación a un diálogo necesario para retramar la continuidad de las generaciones y su fecunda transmisión de la memoria.
Resulta interesante destacar con relación al vínculo paterno filial y al diálogo entre las generaciones la operación que realiza Pron a través del epílogo de la novela. Allí reaparece un rasgo común a varios textos de los hijos: el cruce entre realidad y ficción: “Aunque los hechos narrados en este libro son principalmente verdaderos, algunos son producto de las necesidades del relato de ficción, cuyas reglas son diferentes de las de géneros como el testimonio y la autobiografía…” (237). Si el hijo se inscribe en la estela de la ficción, habilita la palabra de la generación anterior –a través del padre– para que acote, comente, precise, disienta o repare los “errores” de la ficción. La operación entonces es la salida al extratexto, donde, a través del blog del escritor
(http://patriciopron.blogspot.com.ar/p/el-espiritu-de-mis-padres-sigue.html “The Straight Record: la versión de mi padre”) el padre, Chacho Pron, publica sus impresiones acerca de distintas partes de la novela a la que no lee como ficción. Este diálogo entre la novela autoficcional y el testimonio del padre posibilita pensar en una distribución de géneros entre las generaciones: mientras el hijo,
personaje secundario y testigo durante su infancia de los acontecimientos políticos traumáticos, acude a la ficción para conjurar el pasado familiar y colectivo, así como para transmitir el legado recibido, el padre, actor directo de los acontecimientos recreados por el hijo, requiere de la precisión de los archivos y del testimonio a partir de su memoria. En este sentido, esta voz es una de las primeras que responde al objetivo que Pron se planteara con su novela: “Aquí se reúnen algunas de esas observaciones, que mi padre escribió en agosto de 2010 y
que resultan el primer testimonio de la clase de reacciones que El espíritu de mis
padres sigue subiendo en la lluvia pretende provocar en primer lugar”.
La desterritorialización adquiere en esta novela un sentido concreto en términos de migración a través de la biografía del protagonista y un sentido metafórico que involucra la voluntad –inconsciente– de olvidar un pasado traumático que, al no haber sido elaborado, reaparece en la subjetividad del hijo como síntoma junto con la falta de identificación o sentido de pertenencia con relación al territorio de origen, al hogar y a la familia. El viaje de regreso implica la paulatina recuperación de la memoria, la elaboración de un entorno traumático experimentado durante la infancia que se ha incardinado en sus comportamientos y gestos cotidianos. Volver consciente ese pasado, la voluntad de recuperarlo a través de la búsqueda del padre, produce una reterritorialización subjetiva que posibilita al hijo reponer y releer la historia de los padres en el marco de la historia colectiva que es también, por herencia, la de los hijos.
Sin negar las tensiones entre las generaciones, las diferentes lecturas a partir de las particulares condiciones desde la que se comprende el pasado, la apuesta de la novela de Pron es rescatar el valor de la lucha de la generación precedente y entablar un diálogo con ella que se propone traspasar las fronteras de la ficción para dialogar con los testimonios de los protagonistas.