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Chapter 2: The Dataset

3.7 Conclusions and implications

La mayoría de los voluntarios ofrecen un firme testimonio interpretando la ética del buen samaritano que vierte el aceite del consuelo sobre las heridas de los desventurados. Pero no es así en todos los casos. Hay quienes, impulsados por la necesidad de ayudar y de sentirse útiles, se lanzan confiados al «maremágnum» del sufrimiento humano, confiando únicamente en su buena voluntad para aliviar la pena de los corazones afligidos.

Con frecuencia, estos voluntarios no asisten a las reuniones de verificación, confrontación y reflexión contempladas por el estatuto de la asociación, porque las consideran una pérdida de tiempo y una sustracción del espacio debido al enfermo, única razón de su opción.

Vamos a seguir a estos «benefactores» de la humanidad herida poniendo de manifiesto las pseudoidentidades contaminadas que pueden asumir a través de sus actitudes, que ofuscan el espíritu más auténtico del voluntariado.

1. La terapia de la autonarración (pseudopsicoterapeuta)

Algunos acceden al voluntariado convencidos de que el hecho de compartir con el enfermo sus propios problemas y sus propias penas solo puede hacerles bien. La idea central es ayudarle a comprender que no es una isla solitaria, sino uno de los muchos protagonistas en este valle de lágrimas que es la existencia.

El objetivo es desviarle de la perspectiva autorreferencial para contarle las propias travesías y abrirle a una visión más realista de las cosas.

Cuando el enfermo anuncia algún disgusto, la estrategia del voluntario consiste en interrumpirle con una benéfica lluvia de anécdotas personales: «¡Si supiera las condiciones en que me encuentro yo!»; «Lo que tiene usted no es nada en comparación con lo que me ha pasado a mí...»; «Deje que le cuente todas las desgracias que me han sucedido últimamente...».

La autonarración pretende redimensionar los problemas ajenos a la luz del elenco de las molestias expuestas por el visitante, para quien el enfermo, aunque esté hospitalizado en la unidad de oncología o de diálisis, debería relativizar sus males al pensar en las vicisitudes que le refiere la persona que tiene enfrente.

2. Atención a los problemas físicos (pseudomédico)

Hay un numeroso grupo de voluntarios que, en la conversación con el enfermo, prefiere centrar la atención en la salud física y acribillan al enfermo con una lluvia de preguntas del tipo: «¿Cómo ha dormido?»; «¿Le ha bajado la tensión?»; «¿Ha hecho bien la digestión?»; «¿Qué dosis de morfina le están dando?»; «¿Cómo le han sentado las pastillas que ha tomado para el dolor de cabeza?»; «¿Ha conseguido caminar?»... En ocasiones, toda la conversación se centra en la condición biológica, ignorando las otras esferas de la persona. Hay quien se precia de tener una larga experiencia en la unidad y, ante las preguntas planteadas por el enfermo o por los familiares, se aventura a sugerir los riesgos y los beneficios de determinadas intervenciones o terapias, o menciona en voz baja los méritos o deméritos de médicos o cirujanos, con la intención de alimentar en los hospitalizados una «sacrosanta prudencia».

Esto puede sucederle también al voluntario que posee una cierta familiaridad con la herboristería o las medicinas alternativas, cuyos beneficios podría exaltar, en detrimento de los riesgos de la medicina moderna.

3. Apagar los sentimientos (pseudobombero)

Un terreno pantanoso del que el voluntario intenta liberar a sus interlocutores está relacionado con el ámbito de los sentimientos.

Ante quien expresa amargura por expectativas desatendidas, o verbaliza los miedos que lleva dentro, o está deprimido por el deterioro de su salud, el que ayuda interviene echando agua sobre el fuego: «No piense en eso»; «Tómese las cosas como vienen»; «Piense en cosas positivas»; «No se lamente».

La percepción del voluntario es que los sentimientos turban la moral, perjudican la salud y pueden hacer perder el control de la situación, por lo que el mejor servicio que se puede prestar es actuar como un bombero, intentando apagarlos. A fin de cuentas, no es llorando por uno mismo como se resuelven los problemas; la enfermedad requiere coraje, no victimismo; capacidad de reacción, no desaliento.

Un método para contrarrestar las reacciones emotivas consiste en recordar al otro sus responsabilidades en la mejor interpretación de sus roles.

4. Minimizar los problemas (pseudoactor)

Si el enfermo da a entender que las cosas están tomando mal cariz, o que cierta terapia no está dando los resultados esperados, o que se cierne la proximidad de la muerte, el voluntario contrabalancea la perspectiva asegurando: «Todo irá bien»; «Quédese tranquilo, no se venga abajo por este contragolpe»; «No piense en ello»; «Solo debe pensar en comer y en dormir; de lo demás se ocupan los médicos».

Una estrategia empleada para oponerse a la desconfianza consiste en introducir el tema de la «puerta de al lado» con frases del tipo: «En la habitación de al lado hay un enfermo que sufre más que usted»; «Acabo de hablar con una señora que ha perdido a su marido y a su hijo en un accidente»; «Piense en los que sufren más que usted».

Si esto no funciona, queda siempre la alternativa de trasladar la conversación a temas más inocuos o cambiar de tema, de modo que se obligue al enfermo a pensar en otra cosa.

5. Espiritualizar el dolor (pseudosacerdote)

Ante quien expresa su pesar por un cambio de vida, el voluntario dotado de una fuerte impronta religiosa podría ofrecer la panacea de la fe: «Acuérdese de que Jesús sufrió más que usted»; «Cada cual tiene que llevar su cruz»; «Detrás de cada sufrimiento hay escondido un don»; «Déjelo todo en manos de Dios y verá cómo todo se resolverá para mejor»...

A quien se deja prender por el desconsuelo, porque no entrevé ninguna mejoría o vías de salida a su problema, el ayudante le sugiere que haga una novena a la Virgen o se confíe a las oraciones de algún grupo, porque, por una vía o por otra, la promesa de curación está a la vuelta de la esquina.

A quien se pregunta por el porqué de tragedias sin sentido, el voluntario le adelanta interpretaciones espirituales: «Ha sido la voluntad de Dios; «Solo los buenos mueren jóvenes»; «Su dolor es bien poca cosa comparado con el de Jesús en la cruz».

Si después alguien se atreve a sentar a Dios en el banquillo de los acusados, el voluntario corre a defenderlo, convencido de que, al lado del que sufre, Dios tiene más necesidad de abogados que le defiendan que de personas que le representen.

En el caso de que la circunstancia resultara verdaderamente crítica, el voluntario se refugia en algún horizonte filosófico diciendo: «Antes o después, a todos nos llega...».

En síntesis, el conjunto de estos rasgos que tienden a tranquilizar, relativizar, minimizar, generalizar, recurrir a fáciles clichés, etc., nacen a menudo de la incomodidad que siente el voluntario con el silencio y del sentimiento de culpa que experimenta si no dice algo para aliviar al que sufre.

«He oído ya mil discursos semejantes, todos sois unos consoladores

inoportunos».

4.