Con el propósito de ampliar, poner a conversar la teoría con los resultados emergentes y calibrar la cercanía que se tuvo desde la comprensión de los objetivos establecidos en esta investigación, se retomaron las categorías de análisis, los antecedentes investigativos, los aportes interdisciplinares y legales, que se edificaron y se relacionaron con las construcciones que
surgieron en los escenarios conversacionales reflexivos, para posteriormente ampliar las comprensiones respecto a lo emergente y conectarlo con los procesos autorreferenciales identificados en el desarrollo de la metodología, a partir de la experiencia de la participante y el equipo investigativo.
Entonces resulta relevante iniciar por las lecturas que se han desarrollado acerca de los “trastornos alimenticios”, puesto que han sido trabajados desde los medios de comunicación, la sociedad y los ámbitos de la salud, a partir de la construcción y consolidación de diagnósticos y comprensiones catastróficas, pues se han catalogado como tema de salud pública cristalizando así el cambio, ya que como lo menciona Keeney (1987) los principios dormitivos imposibilitan miradas amplias al reconocer un síntoma como identidad de la persona, identificándola desde “el rótulo” que no le permite explorar otras formas de ser, convirtiéndose así en un proceso estático en el que el ser humano se define por una “enfermedad”.
Es así que en el entendimiento de la vivencia que tuvo P en relación a los ámbitos de la salud, se comprende que la ruta impartida en un primer momento se dio en el contexto médico, en el cual se le diagnosticó hipertiroidismo como pretexto para realizar dieta; el segundo contacto fue psiquiátrico, señalando el diagnóstico de anorexia nerviosa y por el cual ella se identificó con los síntomas comportándose en referencia a los mismos, recorrido que al parecer pone de manifiesto la escisión de las disciplinas en el mantenimiento de las visiones dormitivas que sólo homeostatizaban el sistema familiar al enfocarse en el síntoma, más no en las pautas relacionales-comunicacionales y la diferenciación de la identidad de la persona.
Por estas razones, es en este punto que se retoman los discursos de P cuando habla de la “anorexia” como una “supuesta amiga” que estuvo y que dejó aprendizajes (anexo 8) y que en concordancia con los supuestos paradigmáticos, epistemológicos y autorreferenciales del equipo investigativo emerge el reconocimiento de las experiencias y los significados en el contexto del comer como singulares, momentáneos y distintos a la identidad de la persona, aspecto que se conecta con el llamado que realiza Duque (2012) frente a la coherencia que debe existir entre lo
semántico y lo pragmático, retomando así a Gergen (2006, citado por Arcila, Mendoza, Jaramillo y Cañon, 2009) cuando señala que es a partir de los significados que se construyen relaciones, por ejemplo, si se posee un diagnóstico las relaciones y el cambio estarán dadas por éste, mientras que si se reconoce una situación como experiencia momentánea, las relaciones y significados se configurarán desde una postura recursiva y movilizante.
Construyendo así en el presente trabajo una comprensión alterna y compleja frente a los trastornos alimenticios desde la conceptualización del fenómeno alimenticio, pues para Martínez (1999) el fenómeno es comprendido como la construcción de la vivencia, y no desde el rótulo que se le da a la identidad de la persona, por lo que fenómeno alimenticio hace referencia a los significados y vivencias que se entretejen ante un dilema relacional y comunicacional en el contexto del comer; es así que P como protagonista de su experiencia, construyó significados en referencia al acto de comer, su familia, sentimientos, sensaciones, reflexiones y enseñanzas, que emergieron de su subjetividad como proceso de construcción social y cultural.
Comprendiendo al fenómeno alimenticio como emergencia en la relación, desde Minuchin, Baker y Rosman (1978), el factor evitación del conflicto se entiende en el sistema familiar de P, cuando los padres tenían al parecer “la fachada” de que existía una relación de pareja, eludiendo la inexistencia de problemáticas entre ellos, por lo cual el síntoma (anorexia) jugaba un papel protectivo para desviar las acciones que bloqueaban el abordaje de otros conflictos familiares. Es así que al creer el no poseer conflictos, como lo mencionan Cunha, Relva y Soares (2009), es posible que el sistema familiar haya mostrado una resistencia al cambio, que está relacionada con el mantenimiento del síntoma en la rigidez de la relación complementaria que se dio entre P y su mamá, cuando esta última la apoyaba en las dietas, las mentiras frente al médico, entre otros, para evitar el conflicto.
Con respecto a la sobreprotección y el aglutinamiento planteados por Minuchin, Baker y Rosman (1978), al parecer entre P y su mamá existía miedo a la “soledad”, pues es a partir de la muerte del padre, que P teme perder a su madre y ésta a su vez toma a P como única
compañía, reflejando de este modo la posible intrusión en las creencias, las acciones y los pensamientos que se acompañaban de un cuidado y preocupación de la madre hacia la hija, para que no repitiera su misma historia, y de la hija hacia la madre por temor a perderla; denotando de esa manera una posible relación de amalgamiento como lo señala Selvini, Cirillo y Sorrentino (1999), y al mismo tiempo de ambigüedad, pues se tiene cercanía por la sobreprotección e intrusión, pero conjuntamente existe poca cohesión emocional, expresado esto cuando P señala que los temas de conversación con su mamá eran sobre el estudio y los deberes, sin tener en cuenta el factor emocional, en el marco de la periferia que el padre cumplía al responder sólo desde el rol material.
A partir de lo anterior, es probable que el síntoma se convierte en esa búsqueda de individuación y desvinculación como lo señala P: “…me puse a pensar como, de pronto sí lo que yo buscaba era como independencia, de pronto como que me sentía encerrada con mi mamá, como que quiero salir ¿sí?, déjame respirar, y era como la forma digamos, como cuando un niño hace pataleta…”, relacionando esto desde Cancrini y De La Rosa (1996) al mencionar la familia tipo A, en la que se desea alcanzar la individuación y la autonomía por medio del síntoma, que desde Watzlawick, Beavin y Jackson (1993) ante la “imposibilidad de no comunicar” éste se convierte en la forma de enviar mensajes implícitos a una relación intrusiva en la que el “hambre de comunicar” entraría como metáfora para comprender el deseo de P para diferenciarse de su mamá.
Por consiguiente, a partir de lo mencionado por los autores retomados que realizan aportes a la comprensión del fenómeno alimenticio, se aprecia que las teorías expuestas se aproximan a la vivencia de la participante en cuanto a las dinámicas familiares, denotando una vigencia conceptual en tiempo y época, no obstante, estas visiones en ocasiones se ven limitadas al sistema familiar, sin tener en cuenta los contextos amplios que pueden estar influyendo en la construcción y ampliación del fenómeno alimenticio, como lo son, los marcos culturales y
sociales, que brindan miradas abarcadoras y complejas requeridas en estos tiempos para desplegar cambios históricos, extensos y contextuales.
Al reconocer la base de las interacciones familiares y la influencia que estas tienen en la construcción de dilemas humanos, es relevante resaltar lo planteado por González (2008) al mencionar que los miembros de un sistema familiar se encuentran inmersos en otros contextos amplios que configuran subjetividades.
Es así que los sentidos subjetivos desde González (2008) dados por la interacción circular entre: historia, cultura, actores (familia, grupo de pares, vecinos, modelos de televisión, entre otros), que se desenvuelven en diferentes contextos y la experiencia vivida por P entre su emocionar y su mundo simbólico, abrieron paso a una interrelación entre lo social y lo individual desde significados en torno a la belleza.
Como lo mencionan Córdoba y Rubiano (2008), se convierte en una analogía de la delgadez como ideal para la inclusión y el reconocimiento social, aspecto que señala P al mencionar: “…ser mujer, la parte física, o sea para mí ser mujer es ser alguien delicado y ser delgado, para mi ser mujer es sinónimo de belleza y la belleza para mi es eso ser delgado…”, en este punto es relevante mencionar que P mantiene esta subjetividad construida, ya que se encuentra inmersa en contextos que reconocen la belleza como sinónimo de delgadez, no obstante, estos significados no implican la no superación de la experiencia del fenómeno alimenticio, pues en algunas ocasiones por haberlo vivenciado se catastrofizan al interpretarlos como indicios de “recaída”, ignorando que ésto también hace parte de las construcciones subjetivas.
Conllevando a una doble moral social que desde Douglas (1996), es comprendida a partir del prevenir hacer dieta para no poseer “anorexia o bulimia”, y al mismo tiempo se establece como factor saludable. Es así que lo social tiene un papel significativo en la edificación del fenómeno alimenticio, pues es en la interacción de las esferas del ser humano e incluso de las
disciplinas que lo estudian, que la inclusión de los cuerpos cotidianos se convierte en el desenmascarar las prácticas para mantener el cuerpo deseado (Bedoya y Marín, a2010).
Desde las paradojas sociales y a partir del proceso autorreferencial, nosotras como investigadoras al ser mujeres nos sentimos cuestionadas frente a lo que socialmente se ha ido definiendo como belleza, y sobre las presiones en las que nos hemos visto inmersas, pues a pesar de no haber vivenciado el fenómeno alimenticio, hemos experimentado demandas y expectativas frente a la apariencia física que se exige socialmente, generando insatisfacción al no poder cumplirlas; de igual forma esto se ha confrontado con las mujeres que nos rodean, pues silenciosamente lo vivencian en los diferentes roles en los que se desempeñan (madre, esposa, trabajadora, entre otros), sin embargo, es importante señalar que estas apreciaciones están enmarcadas desde la visión de las investigadoras y la participante, por ende sería significativo involucrar las posturas del género masculino para ampliar las concepciones realizadas.
En referencia a los dobles mensajes culturales, estos traen confusión hacia lo que se debe responder, pues la subjetividad construida en ocasiones propone el éxito y el bienestar en la delgadez, desde comentarios como los que le planteaban a P: “…está como una marrana…”, “… ¡ya! P, hasta ahí estás bien, quédate ahí…”, convergiendo con las significaciones que P construía frente a sus procesos simbólicos y emocionales, “…pues claro me reforzaban, y yo decía no, yo voy a quedar mejor…”.
Posteriormente estos significados actuaban como instancia subjetiva que la posicionaban en su actuar frente a los sentidos subjetivos consolidados, y a su vez la contrariaban con respecto a su salud física, en la medida en que P comenta: “fue a los 14 años, cuando sentí la necesidad de parecerme a esas viejas que salen en la televisión todas flacuchentas, de esas que caminan y uno no sabe en qué momento pueda darles un yeyo y morirse de lo debiluchas que se ven… y pues ¡sí! Yo me imaginaba así…”.
Es por esto que en el presente trabajo no se pretendió estudiar el síntoma como un efecto aislado e individual, sino desde la emergencia contextual, es decir, el síntoma se abre
paso en un contexto relacional, que por ende posee un efecto sobre el entorno en el que se encuentra, en otras palabras, el fenómeno alimenticio es comprendido desde una red de relaciones como lo es la familia, cultura, sociedad e historia, que se fundamentan en la comunicación, comprendida ésta desde Winkin (2005) como proceso generador de información con múltiples formas de trasmitirla, a partir de las relaciones que se construyen, en la que todo sujeto comunica así lo desee o no, y en tanto pertenezca a una cultura; es así, que la comunicación juega el papel de “vehículo” en la construcción de la subjetividad, al hilar los sentidos subjetivos individuales y sociales que configuran la cultura y los diferentes espacios en los que interactúa el ser humano (González, 2000).
Al hablar de fenómeno alimenticio y en concordancia con los objetivos establecidos, se planteó la resiliencia como concepto fundamental de esta investigación, entendida como proceso dinámico y relacional, en el que simultáneamente se involucran los procesos comunicacionales, al divisar al ser humano como constructor de realidades en interacción y a través del lenguaje; motivo por el cual se comprendieron los procesos resilientes a través de las dinámicas comunicacionales en una persona que vivenció y sobrepasó el fenómeno alimenticio; es así que al retomar la investigación de Macías y Páez (2012), la comunicación es entendida en el lenguaje para construir relatos y experiencias que dan paso a los procesos de resiliencia.
Al reconocer la resiliencia como un proceso, en el caso de P se desarrollaron distintos momentos que ayudaron a configurarla, motivo por el cual se decide articular una parte de la historia de P, para así comprender los tiempos y espacios que dieron paso a la resiliencia, es entonces que en un primer momento emerge el síntoma ante las dinámicas ya descritas para comunicar quizás el deseo de independencia, que posteriormente P logra reconocer como adversidad al sentirse confrontada ante la información médica sobre el poco tiempo que le quedaba de vida, así como ella lo menciona: “…para que yo tratara de tomar medio conciencia… fue como que el doctor nos dijo dos meses, le doy dos meses de vida…”, elemento que le permite
generar “ruidos significativos” para que el sistema familiar explorara la vivencia y accionara la movilización de sus recursos.
Posteriormente, tras una “recaída”, la madre de P genera un cambio relacional, pues ya no era la cómplice de sus dietas y mentiras, sino que al parecer subió su nivel de jerarquía al crear alianzas con la familia extensa, rompiendo así la complementariedad rígida planteada por Watzlawick, Beavin y Jackson (1993), que cristalizaba el síntoma.
A partir del cambio relacional, la madre y la familia extensa deciden movilizar sus recursos, internándola en una institución médica, en la cual tenían que suplir los gastos económicos del tratamiento, pues como lo mencionan Córdoba y Rubiano (2008), ni el POS (Plan Obligatorio de Salud) ni la EPS (Entidad Promotora de Salud) incluyen el tratamiento de la “anorexia”, desafiando así sus herramientas económicas, ya que pasaron por varios especialistas en los que no encontraron respuestas claras por falta de conocimiento del fenómeno en ese tiempo y contexto, que culminaron en un desgaste emocional, físico y de dinero.
A los días de haber internado a P, su madre tiene un accidente automovilístico en el cual fallece, a partir de ésto P empieza a compartir y convivir más con su familia extensa, en la que hay una reorganización de los roles y funciones de cada miembro para apoyar económica y afectivamente a P, utilizado ésto como recurso en la resiliencia así como lo retoman Díaz y Garavito (2011); permitiendo de esta forma mayor unión familiar, apoyo y reestructuración ante la situación adversa que enfrentaban.
De igual manera las relaciones construidas con su abuela, tío y pareja de ese momento, permitieron que P lograra expresarse emocionalmente frente a lo que sentía, aspecto que contribuyó a posibilitar contención emocional para sobrellevar las situaciones adversas que estaba vivenciando y a establecer recursos para consolidar los procesos resilientes a través de las relaciones significativas, ya que como lo menciona Tantillo (2006), es en el tejido interrelacional donde se edifica aportes hacia la superación de un dilema.
Simultáneamente también se presentaban descalificaciones entre algunos de los familiares, pues al parecer la forma de relación en ocasiones para este sistema familiar se daba en términos de competencia y reto, dudando sobre la capacidad de P para salir adelante sin su mamá y el futuro que le esperaba, reflejado esto en su relato al mencionar: “… ellos (la familia) la percepción que tenían era que yo iba a quedar embarazada, entonces como ¿esa niñita qué?, ¿a ver qué?...ellos siempre fue como de burla, ¿sí?, o sea mi familia fue como siempre como a verme chiquita, entonces siempre esa ha sido la guerra con ellos, como: ¡yo puedo!...”.
Es así que desde lo planteado por Watzlawick, Beavin y Jackson (1993), con respecto a los niveles de contenido y relación en la comunicación, la relación y los contenidos entre P y su familia en ocasiones se daban en términos hostiles, a lo que P respondía desde contenidos opuestos, es decir generativo en su accionar, respondiendo más a la relación que a los mensajes que se le enviaban, permitiendo así el planteamiento y cumplimiento de metas futuras como dinámicas resilientes que le permitieron afrontar y sobrepasar el fenómeno alimenticio, como lo manifiesta P:“… o sea uno, no le voy a dar gusto a mi familia para que crea que se murió mi mamá y yo me quedé, y dos para mostrarle, o sea fue más por los demás inicialmente…”.
Es por esto que al parecer en la vida de P se denota la emergencia de procesos resilientes a partir del apoyo familiar, que análogamente incluían espacios de competencia familiar que contenían mensajes difusos, entrando ésto en divergencia con algunos aspectos que plantea Walsh (2004) cuando expone ciertos elementos de los procesos comunicativos que facilitan la resiliencia como los mensaje positivos y la clarificación de los dobles mensajes, que como se mencionó, los procesos resilientes también pueden involucrar mensajes de reto.
Al hablar de los mensajes de reto, surgen aspectos comunicacionales que desde Haley (1994) dan una comprensión de cómo una “formulación negativa implícita” puede generar respuestas positivas, pues algunos integrantes de la familia de P le manifestaban en ocasiones que no surgiría y que “no esperaban nada de ella”, desde lo cual ella reaccionó contrariamente a lo que le decían, y al no considerar importante el recibir ayuda de otros, toma los mensajes de su
familia de forma irreverente, permitiendo realizar algunos cambios al sentirse retada en un contexto relacional de competencia.
De igual manera los comentarios de reto y el legado de su madre con respecto al proyectar un futuro, verla “recuperada” y profesional, impulsaron a P a forjar los planes que deseaba alcanzar, retomándose como estrategia para movilizarse hacia el cambio, lo cual le permitió romper la cristalización del síntoma, alcanzando la autonomía e independencia.
El “humor negro” como lo denominó P, jugó un papel central, pues le permitió fortalecerse y ver desde la ironía la adversidad, así como lo expone en la carta “MI BATALLA CONTRA LA ANOREXIA” (Anexo 8): “…¡créanme! que si yo hubiese tenido esos poderes sobrenaturales que dicen tener las gitanas, de seguro no me hubiese metido en esa vaca loca, pero como en ese época yo no tenía plata para ir a que me leyeran la mano ni esas cosas raras que ustedes los humanos se inventan, pues supuse que iba a ser facilito y que lo que iba a recibir eran hojas de vida de amigas chéveres y bonitas, o de un novio con perfil de modelo, y pues ¡no!, nada de eso resultó, porque comencé a perder peso dejando de comer lo que más me gustaba, botando la comida o simplemente diciendo que ya había comido y que la gula era un pecado capital que me iba a llevar al infierno, ¡ja!, infierno al que yo misma me fui a punta de agua, maní y fruta…”.
Este aspecto no se había vislumbrado inicialmente como parte de los procesos de resiliencia, sin embargo, gracias a la emergencia de nuevas comprensiones en los escenarios conversacionales propuestos por esta investigación, es a través de la experiencia de P que el humor se vislumbra como herramienta para opacar la intensidad de la “problemática”, la cual ha