5. POTENTIAL APPLICATION OF METHANOGENIC MICROBIAL
5.5. Conclusions and Implications
El breve gobierno de Orbegoso tiene en su haber la organización de una institución de vasta importancia en la vida de la capital: la Beneficencia de Lima.
Ninguna ciudad de América podía jactarse como Lima de contar en la época colonial con un número tan considerable y bien dotado de establecimientos de beneficencia. Había diez hospitales: Santa Ana, para hombres y mujeres indígenas fundado en 1549; San Bartolomé, destinado cuando se fundó en 1646 a negros y mulatos convertido luego en hospital militar; San Andrés (1557), para varones españoles; Caridad, (1559), para mujeres españolas; San Juan de Dios, San Lázaro; Incurables, Barbones, Espíritu Santo y Camilas. Todos tenían como origen la fundación y dotación por particulares, y eran gobernados por los estatutos que quisieron dictar los fundadores. Correspondía la supervigilancia de los hospitales a una hermandad de personas virtuosas y acaudaladas que solicitaban ser admitidas y hasta erogaban limosnas para ello. Anualmente los hermanos elegían un mayordomo y cuatro celadores. Olvidaban ellos sus propios asuntos para atender a los miserables. Cuando se presentaban las cuentas el hospital nunca perdía; y por el contrario, ganaba por la caridad de algunos mayordomos.
Al concluir la guerra de la Independencia todos los hospitales continuaban así organizados, excepto el del Espíritu Santo. Faltaban a éste sus entradas. Allí se curaban los marineros de las embarcaciones que hacían el tráfico en el Pacífico y de las que procedían de Cádiz. Constituían sus rentas una cantidad que los marineros pagaban en sus viajes; y el tráfico mercante peruano hallábase en graves crisis a consecuencia de los rigurosos bloqueos sufridos por el Callao. En los demás hospitales, las reducciones efectuadas a causa de la guerra no habían sido sustanciales. El mayordomo del de Caridad, don Bernardo Devolo, gastó su fortuna en sostenerlo.
Un decreto de octubre de 1825 creó, en Lima, la junta de beneficencia bajo la presidencia del vocal de la Corte Suprema José Cabero. Pero el 30 de junio de 1826 fue establecida una dirección general de beneficencia compuesta de un director, un contador y un tesorero. Matías Maestro, constructor del cementerio general de Lima, fue nombrado director. Bajo el mismo régimen fueron colocados los hospitales, el hospicio de pobres, las casas de huérfanos, huérfanas y amparadas, el cementerio general, la cárcel y el fomento de la vacuna. Los administradores y "hermanos" de estos establecimientos quedaron separados. Los empleados llegaron a ser dotados con el uno y medio por ciento del ingreso efectivo anual; y los administradores con el cuatro por ciento de las rentas que cobrasen. El ramo de suertes o de loterías vino a ser aplicado a los establecimientos de beneficencia repartiéndose entre ellos con arreglo a sus necesidades los productos líquidos. El del arriendo de la plaza de Acho, deducidas sus cargas, quedó para alimentación de los pobres.
El nuevo régimen no dio buenos resultados. El porcentaje entregado a los administradores y al director, contador y tesorero, implicó una rebaja de las rentas porque antes los administradores no habían percibido emolumentos. Disminuyeron los estímulos para una buena labor con el reemplazo de los caritativos mayordomos antiguos por personas interesadas en el cobro de sus sueldos. También bajó la vigilancia con la ausencia de los hermanos diputados. Menor fue el crédito del director de beneficencia que el de los comerciantes o propietarios que servían las mayordomías. El desorden que sobrevino fue, pues, palpable. Pronto se cerró el hospital de San Andrés; luego el de San Lázaro y el de Camilas.
Un decreto del Consejo de Gobierno de 28 de setiembre de 1826 dispuso la reforma de regulares. Las casas en que no hubiese ocho religiosos debían cerrarse; y las rentas distribuirse por iguales partes entre los conventuales de aquellas que, por tener número bastante, quedasen existentes. Los conventos hospitalarios (es decir, juandedianos y beletmos) quedaron exceptuados. Pero cerraron esos hospitales y las rentas fueron distribuidas. Así, por diversas causas, llegaron a funcionar sólo tres hospitales en una ciudad donde habían existido diez; Caridad, San Bartolomé e Incurables. El de Santa Ana fue dedicado a usos específicos y en él no hallaron albergue los pobres. En el de San Andrés sólo se conservó el llamado patio de locos.
El decreto de 31 de enero de 1832 ordenó sacar a remate la administración de los hospitales pidiendo los subastadores un tanto por cama y prefiriéndose la subasta más favorable. No se planificó este decreto y el gobierno lo revocó con el de 30 de agosto del mismo año, que restableció la antigua dirección de beneficencia por algunas restricciones y nombró a diferentes personas para los cargos de director, contador y tesorero.
El decreto de 12 de junio de 1834, expedido por el Presidente Orbegoso instituyó en Lima en vez de la burocrática dirección, la "Sociedad de Beneficencia", compuesta por cuarenta vecinos prestigiosos y de proporciones, que debían atender estos servicios, y así remozó la tradición colonial. Los socios fundadores de la Sociedad de Beneficencia de Lima fueron los siguientes: Antonio Guiulfo, Isidro de Arámburu, José Montani, Bernardo Devolo, Aquiles Allier, Samuel S. Prevost, Julián Piñeyro, Juan Thomas, Francisco Moreyra y Matute, Juan José de Sarratea, Pascual Gárate, Mariano Manjarrés y Muchotrigo, Ulises Duthey, Francisco de Zárate Manrique de Lara, Mariano José de Arce, Modesto Herce, Marcelino Cavero, Francisco Javier Luna Pizarro, Matías Maestro, Francisco de Herrera, Lorenzo de Zárate Manrique de Lara, Agustín Bravo de Rueda, Francisco Reyna, Manuel Gutiérrez, Mariano Gárate, Juan José Gárate, Francisco Álvarez Calderón, Melchor Sevilla, Felipe Revoredo, Manuel Arias, José María Varela, Thomas Eldredge, Manuel Menéndez, Matías Pastor, Mariano José de Tagle, Pedro Ignacio de los Ríos, Francisco Javier de los Ríos, Camilo Antonio Vergara, Juan Gil y Manuel Antonio Portillo.
Los hospitales entregados a la nueva entidad fueron Santa Ana, San Andrés, La Caridad, San Bartolomé, Incurables, Amparadas y Hospicio de Huérfanos.
Muy modestas fueron las rentas con que empezó a trabajar la Beneficencia de Lima, pues el decreto de 1834 le asignó sólo las que pertenecían a los establecimientos de caridad entregados a su cuidado. Casi todos los hospitales eran dueños de predios rústicos y urbanos cuyos productos servían para sostenerlos; y entre todos gozaban. además, del llamado tomín de hospitales, pequeña erogación que los indígenas daban anualmente al tributo para que sedes curase de sus enfermedades según una cédula de Felipe IV expedida en 1640. Los de San Andrés, Santa Ana y San Lázaro obtenían, al mismo tiempo, una suma anual de los diezmos; y el de San Andrés así como el hospicio de huérfanos la recibían de la sisa según muy antiguas mercedes hechas por la Corona. A la llamada "Casa de Amparadas", correspondía una renta semestral cobrada en el ramo de vacantes mayores y menores del Arzobispado; y al Hospicio de Huérfanos otra cantidad proveniente del ramo de pulperías. Asimismo, el servicio hospitalario gozaba desde la época virreinal del usufructo de lo que producían las funciones teatrales y de la posesión de los edificios dedicados a espectáculos, como, igualmente, de una contribución anual del gremio de panaderos que luego fue llamada derechos de trigos y harinas.
Todas estas rentas pasaron en 1834 a la Beneficencia. No eran muy grandes, como ya se ha dicho; y ante su disminución o abolición en muchos casos el estado tuvo que ayudar con su apoyo económico. Por otra parte, la Beneficencia entró en posesión, por decretos de 1° de octubre de 1838 y 9 de julio de 1845 de los productos del derecho llamado de restauración o manda forzosa creado por decreto de 22 de setiembre de 1826 en los testamentos. El decreto de 1° de octubre de 1833 adjudicó, además, a la Beneficencia la administración de los patronatos, buenas memorias y obras pías. Este decreto de 1838 fue derogado por suprema resolución de 15 de febrero de 1911.
Se volverá a tratar de la Sociedad de Beneficencia de Lima a propósito del Reglamento de 1848. En cuanto al ramo de suertes, su origen databa del año de 1783. Por Real Cédula de 19 de setiembre de 1796 fue ese ramo declarado patrimonio de la Real Hacienda manteniéndose las asignaciones que a su favor tenían en él las obras
pías. Entregado a la Dirección y luego a la Sociedad de Beneficencia, fue objeto de periódicas subastas públicas y su valor llegó hasta 45.000 pesos anuales. El subastador o empresario se obligaba a premiar los veinte primeros números que se sacaban de una ánfora siendo el mayor premio de mil pesos y los menores de cincuenta y cinco. El sorteo era semanal. Abusos y corruptelas hicieron a la Beneficencia optar por la administración directa del ramo a partir de 1862. El sorteo se hizo mensual y los billetes costaron un peso, siendo divididos en cuatro de dos reales. El premio mayor fue entonces de diez mil pesos (Reglamento de 3 de diciembre de 1862).