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Conclusions, Limitations, and Future Work

Las noticias del desastre en Sicilia alcanzaron Atenas probablemente hacia el final del mes de septiembre del año 413, cuando, según se dice, un extranjero le contó la historia a un barbero del Pireo, y éste se apresuró a relatarla por toda Atenas, donde nadie quiso prestarle crédito. Las gentes dudaron del alcance de la tragedia durante algún tiempo, incluso tras haber oído los relatos de los soldados que habían podido escapar de la isla. Cuando finalmente aceptaron la verdad, asustados y enfadados, dejaron caer su ira sobre la clase política, a la que, junto a los oráculos que habían augurado un gran éxito, responsabilizaron del destino de la expedición, «como si no la hubieran votado ellos mismos» (VIII, 1, 1).

Se lloró a los compatriotas desaparecidos, y conforme se fueron estimando las ganancias del enemigo frente a sus propias pérdidas, comenzaron desesperadamente a temer por su propia seguridad. Se esperaban alzamientos a lo largo del Imperio, acompañados de un ataque peloponesio sobre Atenas, y todos eran conscientes de lo mal equipada que estaba la ciudad para enfrentase a tales lides. Por otro lado, el escaso número de hombres en edad de combatir era dramático. No sólo la peste había acabado con un tercio de la población y dejado inválidos a muchos; además, la propia expedición se había cobrado las vidas de unos tres mil hoplitas, unos nueve mil marineros y un millar de metecos. Es posible que hacia el año 413 los atenienses contaran sólo con unos nueve mil hoplitas de todas las edades, quizás unos once mil remeros y tres mil metecos, menos de la mitad de efectivos de los que tenían al comienzo de la guerra. También habían perdido doscientos dieciséis trirremes, de los cuales ciento sesenta eran atenienses; sólo quedaban un centenar de embarcaciones, y no todas estaban en condiciones de hacerse a la mar.

El tesoro de la ciudad se había reducido drásticamente, y efectuar reparaciones y construir nuevas embarcaciones era muy costoso. De los casi cinco mil talentos disponibles en el año 431, restaban entonces en el tesoro únicamente unos quinientos. El contingente del fuerte espartano en Decelia había ayudado a escapar a unos veinte mil esclavos, y el permanente peligro que los espartanos representaban no permitía que los atenienses trabajaran sus granjas en paz, mientras los asaltos beocios esquilmaban las aldeas y el ganado. Muchos tuvieron que trasladarse del campo a la ciudad, donde la demanda creciente de cualquier producto disparó los precios. Era preciso llevar a cabo más exportaciones con urgencia, y los costes se incrementaron al tener que cubrir mayores distancias. Los asuntos de beneficencia hicieron disminuir aún más el tesoro, pues el Estado debió hacerse cargo de las necesidades de las viudas y los huérfanos de guerra.

Las pérdidas sufridas por muchos particulares de Atenas mermaron la capacidad de provisión de naves del Estado. En el pasado, los ricos habían podido equipar navíos de guerra de forma independiente como pago de su turno de servicios a la ciudad; sin embargo, ahora tuvieron que introducir la figura de la «sintrierarquía», por la que se permitía que dos hombres corrieran con la mitad de los gastos de una embarcación. Los atenienses ricos tampoco podían hacerse cargo del pago de impuestos, ni siquiera en este caso de extrema emergencia.

LOS «PROBULOI»

La expedición a Sicilia también había privado a los atenienses de la flor y nata de sus generales con mejor y mayor experiencia: Demóstenes, Lámaco, Nicias y Eurimedonte habían muerto, Alcibíades estaba en el exilio y ninguno de los cuatro generales conocidos en el año 413 había ostentado antes

puestos de mando. Entre sus líderes políticos, no sólo habían perdido a Nicias y a Alcibíades, sino que Hipérbolo también se hallaba en el destierro. Para llenar este vacío de poder, los atenienses decidieron «elegir un Consejo de ancianos que sirvieran como probuloi para procurar consejo y sacar adelante la legislación concerniente a los problemas actuales que pudiera requerir la situación» (VIII, 1, 3). Eligieron a diez miembros, un varón mayor de cuarenta años por cada clan o tribu, y posiblemente se les concedió el derecho a presentar proyectos de ley en la Asamblea, con lo que reemplazaron al Consejo en su función primaria. Sus poderes formales, sumados a los de su edad, la elección durante tiempo ilimitado y la vaguedad y generalidad de sus cargos, les otorgaron una influencia y autoridad sin precedentes.

Sólo nos han llegado los nombres de dos probuloi: Hagnón y Sófocles, el gran poeta trágico. Hagnón había sido general con Pericles durante la campaña contra Samos en el año 440, de modo que en el 413 debía de superar los sesenta años. Fue defensor de Pericles y una figura pública de gran renombre. Sófocles, que estaría en los ochenta años cuando fue elegido próbulo, también había sido general y había sido elegido para el alto cargo de tesorero de la Liga ateniense; aunque, en realidad, era más conocido por haber cosechado múltiples premios por sus tragedias durante más de medio siglo, lo que le convirtió en uno de los hombres más famosos y admirados de toda Grecia. Sófocles, al igual que Hagnón, también había trabajado junto a Pericles. Ambos eran ricos, acu-mulaban una larga experiencia y eran respetados por sus conciudadanos; en el contexto del año 413, también eran conservadores, aunque sus vínculos con Pericles garantizaban que no eran oligarcas ni enemigos de la democracia.

Tucídides no puede evitar ironizar sobre la democracia pospericleana: «Ante el terror del momento, y como suele hacer el demos, estaban dispuestos a ejecutarlo todo con gran disciplina» (VIII, 1, 4). De hecho, la Asamblea ateniense, que actuó con una prudencia y una contención dignas del propio Pericles, limitó sus poderes por un lado, mientras a su vez otorgaba poderes extraordinarios a un Consejo de representantes moderados, respetados y merecedores de confianza por su apego a la tradición. En una de sus primeras acciones, «decidieron, en la medida que la situación lo permitiera, no ceder, sino armar una nueva flota, obteniendo madera y dinero donde fuera posible, afianzar la situación de la alianza, en especial en Eubea, y reducir el gasto público» (VIII, 1, 3).

Además de nuevos barcos, los atenienses levantaron una fortificación en Sunio, en la punta sur del Ática, para proteger la ruta que seguían las embarcaciones de grano, y abandonaron el fortín de Laconia por resultar costoso e ineficaz: «Si pensaban que algún gasto era inútil, lo reducían en nombre del interés económico» (VIII, 4). En lo referente a sus aliados, se mantuvieron vigilantes «para que no pudieran alzarse contra ellos» (VIII, 4), y también reemplazaron la recaudación de tributos basados en las ganancias de cada territorio aliado por una tasa única del cinco por ciento sobre todas las mercancías importadas o exportadas por mar. Esta medida se llevó a cabo para aumentar los ingresos de la hacienda pública más allá de lo que se podía esperar de un imperio al borde de la rebelión. El nuevo impuesto también haría oscilar la presión fiscal de los terratenientes a los comerciantes; ya que éstos extraían beneficios directos del Imperio, eran más proclives a Atenas y, en consecuencia, se mostrarían menos remisos a desembolsar los gravámenes. Sin embargo, «los súbditos de los atenienses se mostraban dispuestos a rebelarse más allá de su propia fuerza» (VIII, 2, 2) y, en el curso de un año, se produjeron alzamientos en algunas grandes regiones como Eubea, Quíos, Lesbos, Rodas, Mileto y Éfeso; aun así, sin la ayuda de Esparta y sus aliados, carecían de medios para conquistar su libertad.

LAS AMBICIONES ESPARTANAS

La derrota ateniense en Sicilia dio a los espartanos una confianza renovada y despertó en ellos un abanico de objetivos bélicos más ambicioso. Mientras en un principio decían haber entrado en guerra «para libertar a los griegos», ahora creían que, si triunfaban sobre Atenas, «ellos mismos obtendrían con toda seguridad la hegemonía sobre toda Grecia» (VIII, 2, 4). Muchos espartanos

habían engrosado las filas de los que pensaban que «disfrutarían de una mayor riqueza, que Esparta sería más poderosa y grande, y que las familias de algunos particulares verían su prosperidad acrecentada» (Diodoro, XI, 50).

No sólo el éxito militar, sino también algunos cambios sufridos por la sociedad espartana contribuyeron a aumentar esta facción en particular. El número de ciudadanos espartanos que disfrutaba de plenos derechos estaba en descenso: en Platea, en el 479, lucharon unos cinco mil hoplitas; en Leuctra, en el 371, sólo lo harían mil; en el 418, en Mantinea, estuvieron presentes unos tres mil quinientos. Algunas prácticas espartanas como la separación forzosa de los esposos durante sus años más fértiles y la pederastia continuaron disminuyendo el número de su progenie, factores que habría que sumar al hecho de que algunos espartiatas acostumbraban a tener pocos hijos deliberadamente, para no tener que repartir la herencia. También intentaron adquirir tanta tierra de manera privada y otras riquezas como les fue posible, cuando éstas podían disfrutar del subsidio público.

Más aún, conforme decrecía el número de espartiatas, se incrementaba la proporción de hombres libres de Laconia que, en la práctica, no lo eran. En el año 421, había unos mil neodamodes en la región, flotas que habían combatido en la milicia espartana y a los que se les había dado como recompensa la libertad y una porción de tierra; hacia el 396, eran unos dos mil. Probablemente ellos y sus hijos esperaban alcanzar la condición de espartiatas, ya que este título implicaba algún grado de ciudadanía. Otro de estos grupos consistía en los hipomeiones, o «inferiores», que por lo visto estaba formado mayoritariamente por hombres nacidos en el seno de la clase espartiata y que por lo tanto, eran posibles candidatos a ser elegidos como ciudadanos. No obstante, su pobreza les impedía mantener los costes de la alimentación comunal, así que, despojados de su honor e indignos de respeto, quedaban excluidos de la ciudadanía.

Como hombres libres fuera del vínculo espartiata todavía quedaban los llamados «motaces». Parece que algunos de ellos eran hijos ilegítimos de varones espartiatas y mujeres ilotas, aunque es probable que también hubieran sido considerados espartiatas por ambas partes pero fueran demasiado pobres para contribuir al sustento de la comunidad. No obstante, debieron de haber pasado algún período de instrucción y ser elegidos por ello como integrantes de un comedor comunal, con su parte a cargo de algún mecenas de buena posición. Tres hombres pertenecientes a esta última clase (Gilipo, Calícrates y Lisandro) llegaron a ocupar cargos de importancia durante la guerra. El hecho de que personas de origen inferior alcanzaran posiciones preeminentes y hono-rables significaba que otros podían aspirar a hacer lo mismo, al menos si llegaban a adquirir la riqueza suficiente para ser admitidos en alguna de las mesas y lograban la ciudadanía plena. Aque-llos que carecían de medios para conseguirla podían obtenerla gracias a los frutos de la guerra, la conquista y la hegemonía espartanas. Sin lugar a dudas, estos hombres se convertirían con el tiempo en un grupo de presión a favor de unas políticas más agresivas de lo que estaban acostumbrados los espartanos.

En el año 413, la ambiciosa facción bélica espartana tropezaba con menos oposición que en cualquier otro momento. Agis, al que se tenía en gran estima por la gloria obtenida en Mantinea, permanecía en Decelia con más poder del que habitualmente disfrutaban los monarcas espartanos, y estaba deseoso por aumentar su propia influencia, su reputación y la de su ciudad. Los más conservadores, que se oponían a las aventuras fuera del Peloponeso, carecían en su bando de una figura tan formidable. Sumido en el desprestigio, el rey Plistoanacte no podía hacer más que que-darse fuera de la lucha y rezar en silencio por la paz.

Por momentos, la empresa de acabar la contienda con una victoria rápida era para Esparta más difícil de lo que podía parecer. Los atenienses, como ya había ocurrido en el pasado, no podrían considerarse vencidos a no ser que se los derrotara en el mar, pero los espartanos carecían de navíos, de tripulantes capacitados y de fondos para construir los unos y pagar a los otros. Esparta había dependido en gran medida de sus aliados para cubrir esta serie de necesidades y, aunque sus economías habían resultado seriamente dañadas a causa de la contienda, en el 413 se instauró una cuota por la que cada uno tenía que contribuir con un número de barcos: veinticinco por parte espartana y otros tantos de Beocia; quince naves de Corinto y otras quince de Lócride y Fócide

juntas; diez por parte del consorcio de Arcadia, Pelene y Sición; y las mismas para la agrupación de Megara, Trecén, Epidauro y Hermíone. Estos números son bajos si los comparamos con el potencial inmediatamente anterior al conflicto; aparte de que, para derrotar a los atenienses, un centenar de trirremes no serían suficientes. Por lo visto, ni siquiera se llegó a cubrir la cuota; así que, en la primavera del 412, sólo había treinta y nueve naves listas para el combate. Durante el resto de la guerra en el mar, los aliados peninsulares no suministrarían muchas más embarcaciones a Esparta y, aunque ésta esperaba grandes aportaciones de sus aliados en Sicilia, hacia el año 412 sólo habían llegado veintidós naves de Selinunte y Siracusa, y cinco más de esta última en el 409.

Si se tiene en cuenta la realidad económica de la alianza peloponesa, Persia se perfilaba como la única posibilidad de obtener la ayuda adecuada, pero no sería una tarea fácil conseguirla. Los espartanos, que habían combatido con el lema de la «libertad para los griegos», estaban ahora en la obligación de acabar con el Imperio ateniense y restaurar la autonomía de sus súbditos, muchos de los cuales habían estado con anterioridad sometidos al yugo persa en uno u otro momento.

Los persas deseaban recuperar el control sobre la mayoría de los territorios, si no sobre todos ellos, por lo que un conflicto de intereses era inevitable: la situación se complica si tenemos en cuenta el hecho de que un gran número de espartanos ya estaba planeando conservar las ciudades «liberadas» para explotarlas por sí mismos.

Aunque Esparta y Persia habían mantenido una comunicación regular durante los primeros diez años de la contienda, la relación entre ambas, al perseguir objetivos opuestos, nunca había sido muy productiva. En el año 425, los atenienses habían interceptado un correo persa con una carta del Gran Rey, en la que éste expresaba su confusión por los mensajes tan variados que le llegaban de Esparta. Al mismo tiempo, los atenienses habían tratado de reabrir las negociaciones con los persas, pero el rey Artajerjes falleció antes de poder alcanzar ningún acuerdo. Su desaparición desató una batalla sucesoria, y el ganador tomó el nombre de Darío II. Darío, uno de los diecisiete hijos bastardos del monarca difunto, se sentaba en un trono inseguro, ya que los dieciséis vástagos restantes seguían vivos. En los años 424-423, los atenienses y los persas establecieron el tratado de Epílico, cuya pretensión era conseguir una «amistad duradera» entre ellos (Andócides, Sobre la paz, XXIX). Bajo la amenaza de la campaña de Brásidas en Anfipolis, Atenas tenía la obligación de evitar que Persia socorriera a Esparta a cualquier precio. Darío II, cuando vio peligrar su posición al sufrir diversas revueltas en sus territorios durante los años siguientes, no dejó de alegrarse por haber suscrito el tratado con Atenas.

La Paz de Nicias no alentó en Darío cambios políticos de ningún tipo. Atenas controlaba los mares y el tesoro aumentaba con la recaudación de tributos que transportaban sus naves, mientras ningún gasto militar lo hacía mermar: no había razón alguna para alterar el statu quo. Sin embargo, la derrota de Sicilia dio al traste con el equilibrio de poderes. Aun así, a la hora de conseguir sus metas y recuperar sus anteriores posesiones griegas, a los persas tampoco les sería fácil ponerse de acuerdo con los espartanos.

AGIS AL MANDO

Tras la campaña de Sicilia, «ambos bandos hicieron preparativos como si la guerra volviera a sus inicios» (VIII, 5, 1). Los espartanos retomaron la ofensiva, y esta vez los atenienses sólo podían disponer su defensa. Antes de la guerra, Arquidamo había profetizado que, entre los espartanos, el conflicto pasaría de padres a hijos; de hecho, Agis, su propio hijo, se puso a la cabeza de los destacamentos espartanos de Decelia en el año 413, donde ostentaría plenos poderes «para enviar un ejército donde quisiera, para reclutar tropas y recaudar fondos. Durante este período, se podría decir que los aliados le obedecieron más a él que a los de Esparta porque, al estar al mando de un ejército, podía aparecer veloz en cualquier parte y sembrar el terror» (VIII, 5, 3).

Agis, que luchaba tanto para aumentar el poderío espartano como su propia gloria, se desplazó con un ejército a la Grecia central para iniciar una campaña que desvelaría el alcance de su pro-grama de agresión y el de Esparta. A finales del otoño, en su esfuerzo por recobrar Heraclea, en la

región de Traquinia, junto al golfo de Málide, se dirigió a la vecina Eta (véase mapa 14). Heraclea había sido fundada por los espartanos en 426, pero los beocios la habían ocupado en los años 420-419 con el pretexto de evitar que cayera bajo el control ateniense. Hacia el año 413, a los espartanos podía servirles como base desde donde fomentar la rebelión a lo largo y ancho del Egeo, y en el 409, ya se encontraba de nuevo en sus manos. Sin embargo, Agis, que tenía planes más ambiciosos, comenzó a extorsionar a las gentes locales y a tomar rehenes para forzarlos a pagar y a unirse a la Liga espartana. Estas acciones supusieron la expansión de la dominación espartana en la Grecia central, cuya política de agresión continuaría una vez acabada la contienda hasta establecer lo que los historiadores modernos llaman «la hegemonía espartana».

LAS INICIATIVAS PERSAS

Agis, al volver de Decelia, se mostró de acuerdo en apoyar la rebelión de los eubeos contra Atenas, pero, antes de que pudiera actuar, llegó una embajada de Lesbos para solicitar el apoyo espartano a favor de su propio alzamiento. Agis decidió socorrer a Lesbos, y envió diez embarcaciones y tres centenares de neodamodes; los beocios colaboraron por su parte con diez trirremes adicionales. En esos momentos, dos delegaciones más, ambas con apoyo persa, fueron directamente a Esparta para solicitar ayuda en sus respectivas rebeliones. Una venía de Quíos y de Eritras, acompañada por un enviado de Tisafernes, el sátrapa persa de Sardes; la otra apareció en nombre de Farnabazo, sátrapa de la provincia helespontina del Imperio persa. Los emisarios griegos que hablaron por los persas rogaron a los espartanos que apoyasen a las ciudades griegas del Helesponto. Los sátrapas tenían la autorización del Gran Rey, lo que anunciaba que Persia estaba lista para unirse a la guerra contra Atenas.

Darío había estado presionando a los sátrapas para recaudar los impuestos y atrasos de las ciudades griegas que Persia había perdido en el año 479. Esta medida no sólo rompía el tratado acordado con Atenas doce años antes, sino que socavaba la política que los persas habían venido practicando desde mediados de ese siglo, y por la que mantenían buenas relaciones con los

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