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dios de los soldados. Silvano era un dios primitivo de los campos de Italia y, sin embargo, se le des­ cribe a veces com o invictus, “invicto”, epíteto emplea­ do para Mitra. Esto demuestra que un dios era identificado o fundido con el otro. Podemos seguir los movimientos de los dioses por medio de las ins­ cripciones de las altares, las ofrendas, las lápidas y los testimonios de acción de gracias que han sido des­ cubiertos. Se encuentra a Júpiter Capitolino en Orien­ te, a dioses egipcios en las provincias occidentales, y el ritual de un culto tomaba con toda libertad ele­ mentos del otro. Con frecuencia se invocaba a va­ rios dioses con una larga fórmula común. Una dedi­ cación típica es "a Júpiter Óptimo, a Máximo, a Juno Regina, a Minerva, al Sol Mitra, a Hércules, a Marte, a Mercurio, al genio del lugar y a todos los dioses y diosas”. La fusión de dioses y cultos fue conse­ cuencia del desconcierto ante el gran número de cul­ tos que había, de las afinidades patentes en ritual y en promesas para los fieles, y del anhelo de asegu­ rarse el favor divino. Todos estos motivos y causas contribuyeron a crear una tendencia monoteísta, que fue reforzada· con las ideas procedentes de las en­ señanzas filosóficas que llegaban al pueblo.

De la religión pasamos a la filosofía, y como puen­ te para el paso utilizamos a Lucrecio, poeta de genio potente y original, que, empeñado en desacreditar la religión, logró tan sólo exponer el entusiasmo re­ ligioso más sincero de la literatura romana. Casi nada se sabe de Lucrecio. Murió de edad madura en el año 55 a. c., dejando su poema sin terminar. Se propuso interpretar el mundo, la vida y la con­ ducta humana de acuerdo con las ideas del filósofo griego Epicuro (muerto en el año 270 a. c.), y logró su propósito, pues, aunque De ta naturaleza de tas

cosas es un poema didáctico en seis libros, en los que se expone, en el lenguaje más técnico de la época, una concepción filosófica del mundo, o científica, com o diríamos ahora, ningún orador callejero racio­ nalista podría haber demostrado mayor ardor, nin­ gún místico un sentimiento más profundo de las

misteriosas y majestuosas funciones de la naturaleza material. Porque Lucrecio abrazó con ardor las es­ peranzas que en él había despertado su profeta, Epi­ curo. "Cuando ante los ojos de los hombres yacía inmóvil sobre la Tierra la Vida Humana, postrada en triste aflicción, vencida y abrumada por el peso muerto de la Religión, que asomando la cabeza desde los lugares celestiales, con su faz terrorífica, se cer­ nía amenazadora sobre los mortales, entonces hubo un hombre en Grecia que tuvo el valor de alzar los ojos —los ojos de un mortal— para verla y ser el primero en enfrentarse con ella. Ni las historias acerca de las dioses ni los rayos de los dioses ni el cielo con sus amenazas y sus truenos, pudieron con­ tener a este hombre; sólo lograron estimular más la osadía escrutadora de su mente que le empujaba a ser el primero en destrozar los barrotes que cie­ rran las puertas del mundo de la Naturaleza. Y así, la violenta energía de entendimiento alcanzó la vic­ toria; llegó mucho más allá de las llameantes mura­ llas del universo y en mente y en espíritu recorrió el todo ilimitado. De allí, trayendo en triunfo su botín, regresa a decirnos qué cosas pueden llegar a existir, y qué cosas no: en resumen, cuál es el prin­ cipio que delimita las potencialidades de cada cosa, y cóm o las señales que marcan sus límites se encuen­ tran en lo más recóndito de la cosa misma. De este modo la Religión es a su vez vencida y pisoteada; la victoria de este hombre nos coloca a la altura del cielo.”

Tal es la deuda de Lucrecio a Epicuro. De una manera breve, puede decirse que el epicureismo se derivaba del determinismo atómico de Demócrito. El universo es el resultado de aglomeraciones casua­ les de átomos, que varían de forma y de tamaño y caen a través del espacio. Según van cayendo, pueT den desviarse —el porqué no está claro— y chocar y formar combinaciones; por eso el mundo tiene va­ riedad, las leyes no son rígidas, y el hombre está sujeto a causas predeterminadas sobre las que no puede influir. Todas las cosas están hecha de mate-

ría, incluso el alma, aunque el grado de "enrareci­ miento” de la materia puede variar. La materia puede separarse en átomos, que son lo único indes­ tructible. Por tanto, todo es perecedero, excepto los átomos y los cuerpos de los dioses, que residen en los espacios vacíos que hay entre los universos y que, com o no pueden chocar con nada, son inmortales. Si todo es material, las ideas y las impresiones de los sentidos —la vista por ejemplo— son materiales. Se originan porque las cosas expelen cáscaras de átomos, por decirlo así, que chocan con los órganos de los sentidos de la mente misma. Por tanto, los dioses existen realmente, porque tenemos una idea de ellos. Son felices y no les importa nada la feli­ cidad del hombre, al que ni siquiera han creado. El hombre puede venerar a los dioses y exponerse a sus emanaciones y así adquirir quizás parte de sus cuali­ dades. La contemplación, por consiguiente, puede pro­ porcionar algunos beneficios. Pero los dioses no in­ fluyen en los hombres voluntaria ni conscientemente. La aspiración del hombre es la felicidad, aunque no la excesiva indulgencia en el placer, porque esto pue­ de traer dolor; la meta es alcanzar la paz del cuerpo y del alma. Sobre todo, hay que librarse del miedo a la muerte y de la cólera de los dioses; la muerte es inconsciencia; la cólera de los dioses un mito.

Y así, extendiéndose ampliamente, el poema va exponiendo las consecuencias de esta doctrina para el conocimiento humano y la vida humana. He aquí los temas del libro quinto: la naturaleza del mundo y la mortalidad; la formación del mundo; los movi­ mientos de los cuerpos celestes; la vegetación y los animales y su origen; la extinción de los animales y la lucha por la existencia; el hombre primitivo; la civilización primitiva; el origen del lenguaje; el des­ cubrimiento del fuego; los principios de la política y de la religión; el descubrimiento de los metales; la guerra primitiva; la invención de la música; la civilización en conjunto. La teoría científica se ex­ pone con una maestría y una convicción que nos arrastra; quizá pueda criticarse la obra en muchos

aspectos, pero no puede decirse que no es concienzu­ da. Por ejemplo, se dan siete razones para explicar por qué el alma tiene que perecer con el cuerpo, y la conclusión del estudio empieza así:

"La muerte, por tanto, no es nada para nosotros, y no nos concierne en absoluto, puesto que se ha demostrado que la naturaleza de nuestra mente es mortal. Lo mismo que nosotros no sentimos ningún dolor en los días ya lejanos, cuando los cartagineses nos cercaban por todos lados para obligamos a com­ batir, y todas las cosas se conmovieron en la espan­ tosa confusión de la guerra, temblando de terror bajo los altos confines de los cielos, cuando los hom­ bres se preguntaban cuál de las dos naciones sería aquella a cuyo imperio se sometería todo el género humano por mar y por tierra, así también en días venideros, cuando ya no existamos, cuando el cuerpo y el alma, por cuya unión estamos fundidos en seres individuales, estén separados, entonces, indudable­ mente, a nosotros, que habremos dejado de ser, nada nos podrá ocurrir, nada podrá despertar nuestras sen­ saciones, no, aun cuando la tierra se confunda con el mar y el mar con los cielos."

Pero los pasajes que causan mayor admiración son aquellos en que una imaginación certera descri­ be la naturaleza y la vida del hombre en los primeros días. Lucrecio carecía de datos antropológicos, no podía observar directamente a las tribus, ni disponía de ninguna colección de fósiles o utensilios, ni de pinturas rupestres. Sin embargo, sus descripciones son asombrosamente vividas y correctas, según las teorías modernas. Además, su observación de la na­ turaleza cuida de los detalles y es penetrante y com­ prensiva. La descripción de diferentes tipos de ca­ racteres, emociones y móviles humanos es segura y convincente. En pasajes com o éstos el hexámetro la­ tino se eleva a nuevas alturas que nadie superó.

El poema se destaca, aislado y único. El epicu­ reismo no tenía en Roma muchos adeptos. Virgilio y Horacio lo adoptaron sin llegar a tomarlo en serio y luego lo abandonaron. Lucrecio no tenía discípu-