3.3 Smooth Bootstrapping Using Conditional Variance Modelling
3.3.1 Conditional Variance Modelling
Hay pinturas y dibujos que alientan un recuerdo, iluminan un espacio íntimo o la sensualidad de un cuerpo; a veces, parecen espejos del mundo, de sus cosas y sus habitantes.
Así puede entenderse el señero realismo de Man Yu: una representación de lo que está allá afuera, entre las cosas, con los demás. El color y la línea se presentan, en cada obra, como los personajes del teatro o los del cine: imitan gestos o se asemejan a lo real, merced a la
perspectiva o al gusto de la pintora. A eso puede llamársele estilo; y es una pertenencia esencial. Ella lo sabe o lo intuye hondamente. En sus cuadros, el estilo revela su técnica y una intención de la memoria: evocar aquel rostro, un cuerpo o un perfil.
De soslayo –en el espejo de su obra– Man Yu permite que se aprecien pinceladas de su personalidad. Sabemos que está enamorada de la precisión. Y sabemos que, si bien la apasiona el detalle, sus propósitos trascienden los del copista y los que otrora alentaron a los
hiperrealistas. Sobre todo, sabemos que en su fascinación hay algo poderoso y sincero.
Pero, además, hay algo ajeno que ella busca. Es el otro. Aquel que ella ha pintado; o quizá ese que mira su trabajo y lo valora. Una novela publicada también escapa de su hacedor y pasa a ser legado de todos. La obra terminada se parece en eso a los hijos. Y así la tomamos cual centro de significación; una fuente para el diálogo. Man Yu lo sabe. Por eso se advierte magia en su arte. Más que el producto de una vocación realista, este legado procede de la virtud y la pasión.
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El retrato retrata a su época, no solo al personaje que ocupa el centro de la representación; pero también es lo que ve el artista, su ojo, el ojo de la subjetividad.
Como retratista, Man Yu convierte esta condición en una huella maravillosa. Hablo de maravilla adrede, porque detrás del dibujo preciso, aun a veces hiperrealista, implacable con la modelo, por ejemplo (en el caso de «La espera», donde las arrugas del tejido acentúan las de la piel y, quién sabe, tal vez anuncian la muerte), se produce un llamado magnético, sí, tanto como en aquel cuadro suyo –que obliga a reorientar la mirada– en el cual la mujer se viste con piel nueva: la mano que dibuja el propio cuerpo es parte del dibujo. Ahí asombran no el recurso a lo Escher, sino el contar la historia de la piel que va formando la punta del lápiz.
Ante estas obras de arte no pueden dejar de mirarse el color o la luz casi expresionista, el gesto insinuante del rostro, esos cuerpos que casi se entregan, voluptuosos, o bien los trazos gruesos y las manchas de luz, la mirada que no deja indiferente al observador, el movimiento de los vestidos: detrás del pincel siempre hay un ojo que mira y que dirige mirando.
Gracias a Man Yu por fascinarnos con diez años de trabajo creativo y sin descanso.
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la obra de Man Yu
Los precios de una obra de arte los asigna el mercado. Teorías macroeconómicas como la de ley de la oferta y la demanda, el peso mercadológico de la firma, la asignación de precios por costos de operación, la competitividad de costos, las estrategias del artista como una empresa productora de arte, entre otros aspectos que dominan el mundo de los negocios son en definitiva lo que determina cuánto cuesta el arte. No obstante, lo que cuesta no necesariamente se refiere a lo que vale. Encerrar el valor del arte en una cantidad de monedas específica que se requiere para adquirirlo es definitivamente limitante.
El valor mismo de la obra de Man Yu tiene carácter inmedible: tan artista es el autor de la obra como quien tiene la capacidad para admirarla. El retratista, aún figurativo o hiperrealista, abstrae de las personas la esencia para inmortalizarla en el marco de su percepción, la cual vuelve a transformarse en el momento que es admirado por el observador. Es en ese momento que el observador adquiere carácter de artista, cuando admira la obra y logra crear una conexión dentro de sí, a veces tan profunda como si él mismo hubiese pintado el cuadro y éste fuera una minúscula pero gigantesca parte de sí mismo. Así, las fibras que se mueven dentro de cada persona frente a un cuadro, los vínculos que se logran crear en las emociones y cognición al sentirlo, son lo que otorgan ese carácter inmedible al arte, pues ¿cómo medir la profundidad con la que se toca un alma y la calidez que se puede hallar en un segundo de admiración?, tal vez de la misma manera como se puede medir el valor de una amistad o un amor.
Un verdadero artista logra convertir al observador en el artista o en parte de la obra y, la facilidad o la dificultad con la que esto se logra, es totalmente dependiente de cada ser. Cada cabeza es un mundo lleno de diferentes experiencias, como una biblioteca de libros todos con diferentes historias, por tanto, conseguir esa introspección en el observador es dependiente de innumerables factores pero que, al alcanzarla, adquiere ese valor que trasciende del precio. De esta manera, determinar el valor de una obra por su precio es casi como medir el valor de un matrimonio por lo que se puede recontar en un divorcio en términos financieros.
Man Yu, como artista costarricense, viene creando este tipo de obras, y no se trata de impresionar, ni de gustar, ni de llamar la atención. Su arte es y es para todos. El precio de una obra lo asigna el mercado, el valor lo asigna cada quien como ser humano capaz de absorber, aprender, disfrutar y conectarse con su mensaje.
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