Boldo define la contaminación atmosférica, otra manera de llamar a la contaminación del aire, como “cualquier condición que rompa el equilibrio del aire, esa mezcla de gases que
constituye la atmósfera terrestre y que es esencial para la existencia de la vida en la Tierra” (2016, p. 18), gases como el nitrógeno, el oxígeno, el argón y otros que componen el aire que circula en la tropósfera, la cual es la capa de la atmósfera cuya altura es de unos 15 kilómetros y donde se desarrolla la vida en el planeta. La autora añade a su definición de la contaminación del aire que “se trata, además, de un problema que puede tener efectos sobre múltiples receptores: salud o bienestar humano, bienes y medioambiente en su conjunto” (2016, p. 19). Asimismo, a lo largo de su obra, Boldo señala las diversas causas de la contaminación atmosférica y que son tanto naturales como antropogénicas, es decir, originadas por las actividades que realiza el ser humano. Pero, aunque la naturaleza contribuye a la mala calidad del aire a través de fenómenos como erupciones volcánicas o incendios forestales, es la actividad humana la que tiene un impacto más significativo en la calidad del aire. Este punto se retoma en la última sección del capítulo, cuando se analicen las diferentes alternativas para reducir la contaminación atmosférica
antropogénica. Por ahora, es necesario revisar otras ideas acerca del concepto de la contaminación del aire.
Los autores Oke, Mills, Christen y Voogt, por otra parte, en su obra Urban Climates, definen la particular problemática que nos concierne como “la condición atmosférica en la cual están presentes contaminantes del aire en concentraciones tales que se vuelven una preocupación o incluso un peligro para la salud humana, los ecosistemas o la infraestructura” (2017, p. 295) y añaden que los contaminantes atmosféricos pueden estar presentes en los tres estados de la materia, esto es, sólido, líquido o gaseoso. No obstante, sin importar su estado material, el aire se encarga de transportarlos a los distintos ecosistemas y centros urbanos. Oke et al. comparten además un caso catastrófico consecuencia de contaminantes atmosféricos –caso que también identifica Boldo–, a saber, el desastre industrial en Bhopal, India, en 1984. Debido a una válvula rota en una fábrica de plaguicidas, se liberaron en la atmósfera treinta toneladas de isocianato de metilo que causaron la muerte de más de 20,000 personas. Dentro de los errores que causaron la tragedia, Oke et al. identifican el hecho de que se optara por ubicar la planta química en un área urbana tan poblada como lo es Bhopal.
Gallego Picó et al., a su vez, examinan las distintas definiciones que proporcionan organismos como la Agencia Ambiental Europea (EEA), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la legislación española, y concluyen que “se trata de un problema que puede tener efectos sobre multitud de receptores (salud o bienestar humano, bienes y medioambiente en su conjunto)” (2012, p. 59). Asimismo, los autores añaden que el impacto de la contaminación del aire varía; puede afectar desde una escala local, provocando como mínimo malestares a los habitantes de las zonas urbanas, hasta una escala global, capaz de contribuir al efecto
invernadero y disminuir la capa de ozono en la estratósfera, la cual es necesaria para evitar el paso de los rayos ultravioleta, capaces de aumentar la temperatura global.
Ahora bien, dadas las similitudes entre las definiciones propuestas por las diversas fuentes ya revisadas, es innegable sostener que la contaminación del aire es una problemática que se distingue por la presencia de diversas partículas en el aire que, como dice Boldo,
y que afectan tanto a individuos, el medioambiente, y los bienes materiales de la comunidad política en la que los individuos habitan.
Ya se cuenta ahora con la definición de contaminación del aire, pero su relación con la injusticia –y más precisamente, con la injusticia estructural– puede aun no ser clara. ¿Cómo es que la contaminación del aire puede tener cabida dentro de la categoría de injusticia estructural? Para responder es necesario reiterar en qué consiste este tipo de injusticia: se trata de una
injusticia que es ocasionada por las acciones y modos de vida de miles de individuos que persiguen sus propios fines privados en una sociedad determinada, de modo que es imposible imputar responsabilidad a agentes particulares por las consecuencias negativas de estas acciones y modos de vida, y por ello se le considera como estructural (cfr. Young, 2011). Así, es posible ahora pasar a comprender cómo la contaminación atmosférica es un ejemplo de injusticia estructural.
Como bien señala Boldo, la problemática de la contaminación del aire tiene su origen en causas tanto naturales como antropogénicas. Sin embargo, aquello que interesa en este capítulo es la actividad humana como causante de la contaminación del aire pues, aunque las causas naturales también inciden en esta problemática, no tiene sentido culpar a la naturaleza de esto porque, en primer lugar, al menos en el marco de esta investigación, no es posible atribuir
agencia a la naturaleza y, en segundo lugar, hacerlo no brinda soluciones a esta situación que nos aqueja. Estos comentarios se formulan para centrar entonces nuestra atención en las causas antropogénicas que nos interesan y que además nos permiten comprender por qué la
contaminación del aire es una injusticia estructural. El mismo término –causas antropogénicas– indica una diversidad de actividades humanas que contribuyen en mayor o menor medida, pero todas en algún grado, en la contaminación del aire. Se evidencia así que debido a que todos los agentes contribuyen en la contaminación atmosférica, la problemática es apta para considerarse una injusticia estructural.
Con el concepto de la contaminación del aire ahora definido y que su naturaleza como una injusticia estructural ha sido explicada, es preciso analizar la contaminación del aire presente en la Zona Metropolitana de Monterrey como un caso de injusticia estructural, con base en las reflexiones para identificar casos de este tipo que se realizaron en la primera sección de este
capítulo. Cabe mencionar que realizar este ejercicio analítico puede parecer redundante puesto que recién hemos afirmado que la contaminación del aire es una injusticia estructural. Pero un análisis como que el se pretende permite conocer el contexto que nos interesa e identificar una mayor contribución por parte de algunos sectores privados a la contaminación atmosférica que otros, y así permitir comprender qué acciones podrían llevar a cabo los individuos para disminuir efectivamente la contaminación –como se hace en la sección 3.2.3 de este documento– sin caer en el juego de imputar culpas en un escenario de causas estructurales. Así, a continuación, se valida la aplicabilidad de modelo de Young a la contaminación del aire en Monterrey.
3.2.2. Aplicabilidad del modelo de conexión social a la contaminación del aire en la