La consolidación del modelo social atendería a una problemática que había ido intensificándose con el desarrollo del sistema capitalista: la tendencia hacia la degradación de la clase trabajadora dentro de dicho sistema. Las novedades del modelo social permitieron atenuar dicha tendencia y consolidar una nueva estructura socio- económica que ya no era tan desigual y polarizada como la desarrollada bajo el capitalismo decimonónico. La nueva dinámica salarial, la consolidación de los derechos de las/os trabajadoras/es y la función redistribuidora de riqueza ejercida por el Estado posibilitaron que una amplios estratos de la población, sobre todo la que pertenecía a la clase trabajadora, disfrutase de un movimiento social ascendente (a la vez que una parte menor de la población seguía excluida de los progresos socio-económicos). Esta evolución permitió que una parte importante de la clase trabajadora accediera a un nuevo
status social en el que se disfrutaba de un mayor acceso a bienes materiales y
reconocimiento social. De la acomodación de la clase trabajadora a las nuevas condiciones de bienestar propiciadas por el modelo social se consolidó una noción que ha sido central desde entonces: la Clase Media.
2.3.1 La sociedad asalariada
Con la consolidación del modelo social se asientan una serie de transformaciones en el ámbito laboral que tendrían una importante repercusión en el conjunto de la organización social: el trabajo pasaría a ser el derecho social por excelencia generalizándose lo que Robert Castel ha denominado la Condición asalariada. Castel expone en La metamorfosis
de la cuestión social el periplo que atravesó la clase trabajadora desde su ubicación
minoritaria y periférica en la sociedad feudal hasta su papel central en el modelo social. Según éste, fueron cinco las condiciones que propiciaron el surgimiento de la sociedad asalariada:
Primera condición: la separación rígida entre quienes trabajan efectiva y
regularmente, y los inactivos o semi-activos, que hay que excluir del mercado de trabajo, o sea integrar bajo formas reguladas. En un avance espectacular de lo que Foucault
definió como biopolítica, las instituciones sociales asumieron objetivos de eficiencia económica por los cuales la ciudadanía era concebida como recursos de la economía nacional. La organización científica de la sociedad, en los albores del desarrollo de la Ciencia Social y de concepciones como el funcionalismo, permitía aplicar una racionalidad economicista sobre la ciudadanía clasificando a los ciudadanos según categorías que identificaban su relación con el ámbito laboral (trabajador activo con empleo, trabajador activo desempleado, persona inactiva). La racionalización de la organización social y laboral conllevaba la perspectiva de que cada ciudadano era un potencial trabajador, lo que generó la ampliación del asalariado como forma de trabajo predominante, alcanzando incluso a aquellos que tradicionalmente se habían situado fuera de la condición asalariada (como es el caso de profesiones liberales).
Segunda condición: la fijación del trabajador a su puesto de trabajo y la
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dividida, reglamentada”. El taylorismo y el fordismo representaban formas de
organización científica de la producción en la cual el/la trabajador/a era un engranaje más. De este modo se racionalizaron y se tecnificaron las tareas a realizar por medio de la medición precisa del tiempo y los movimientos a realizar. El/la trabajador/a estaría condicionado por una línea de producción que imprimía su propio ritmo al trabajador, al cual únicamente se requería la repetición constante de una tarea simple. Con ello se despojaba a éste de su autonomía dentro del puesto de trabajo, de su creatividad y de cualidades personales para el oficio. Este proceso desembocó en una homogenización “científica” de los puestos de trabajo.
Tercera condición: el acceso a través del salario a nuevas normas de consumo
obrero que convertían al trabajador en el propio usuario de la producción en masa. Si
bien Taylor ya proponía los aumentos salariales como medio de ganarse el sometimiento de las/os trabajadoras/es a las condiciones de producción, fue Henry Ford el que propuso la nueva función de los salarios como fuente de financiación de un nuevo consumo de masas que absorbería los aumentos de productividad, con lo cual se inauguraba una política salarial ligada al crecimiento de la productividad. Por este medio el/la trabajador/a, quién hasta entonces era únicamente concebido como productor/a, accedía al mundo del consumo.
Cuarta condición: el acceso a la propiedad social y a los servicios públicos. Con
la construcción del Estado Social el/la trabajador/a no era solamente un agente económico de producción y consumo, era también “un sujeto social que está en condiciones de
compartir los bienes comunes, no comerciales, disponibles en la sociedad” (Castel, 2002:
279). Esto suponía el establecimiento de una nueva forma de propiedad a medio camino entre la propiedad privada y la expropiación socialista: la propiedad social, de la cual todos participaban y se beneficiaban en mayor o medida. Supuso una forma de atenuar las contradicciones inherentes al despegue de la propiedad privada desde la consolidación del capitalismo en beneficio de unos pocos poseedores y en perjuicio de una masa desposeída.
Quinta condición: la inscripción en un derecho del trabajo que reconocía al
trabajador como miembro de un colectivo dotado de un estatuto social, más allá de la dimensión puramente individual del contrato de trabajo. Mediante la consolidación del
Derecho del Trabajo, se creaba un estatuto para las/os trabajadoras/es que fijaba derechos y garantías para éstas/os que no podían ser violados por sus empleadoras/es por mucho que el/la trabajador/a estuviese individualmente dispuesto/a a aceptarlas: “la convención
colectiva superaba el cara a cara entre empleador y empleado de la definición liberal del contrato de trabajo. Un obrero contratado a título individual se beneficiaba con las disposiciones previstas por la convención colectiva” (Castel, 2002: 281).
A estas cinco condiciones hay que sumar dos elementos clave en la configuración de la sociedad asalariada: el Salario Mínimo y la Mensualización. El Salario Mínimo materializaba la condición de estatuto para el trabajo, alejándolo de su concepción como mercancía. Solía estar indexado con la evolución de los precios y permitía a la trabajadora acceder al continuum del sistema asalariado con un límite al mínimo de condiciones. Esto garantizaba que incluso las trabajadoras en peores condiciones podían acceder y participar de los progresos económicos generados por el desarrollo de la productividad.
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La mensualización propiciaba la estabilidad -beneficiosa para ambas partes- y reforzaba lo salarios como mecanismo social de inclusión en vez de como retribución puntual por una tarea realizada.
De este modo, el asalariado se convirtió en un elemento central del sistema económico. Si durante el S.XIX los asalariados habían sido casi en su totalidad obreros y campesinos, con el desarrollo complejo de la División Social del Trabajo se generalizó la condición de asalariado hasta profesiones anteriormente opuestas a ésta:
“Los trabajadores manuales fueron menos vencidos en una lucha de clases que desbordados por la generalización del salariado. Asalariados «burgueses», empleados, jefes, miembros de las profesiones intermedias, el sector terciario: la salarización de la sociedad rodea al asalariado obrero y vuelve a subordinarlo, esta vez sin esperanza de que pueda llegar alguna vez a imponer su liderazgo” (Castel, 2002:269).
Con esta generalización y heterogenización de la condición asalariada el movimiento obrero iba perdiendo protagonismo dentro de la clase trabajadora. El asalariado ya no remitía únicamente al obrero industrial, sino que era una condición que atravesaba todo el espectro del sistema de División Social del Trabajo. Precisamente las teorizaciones de Durkheim tuvieron un peso importante a la hora de concebir la sociedad como un todo que superaba la yuxtaposición de sus partes individuales.
Durkheim ya había señalado el peligro de la anomía de una sociedad industrial en la que se deshacían los vínculos y lazos sociales debido a la racionalización del sistema social. A partir de entonces el Estado debía ser el generador del vínculo social entre las partes orgánicamente interdependientes del conjunto social, asegurando y regenerando la solidaridad orgánica que vinculaba a todas sus partes. Precisamente con esta concepción se desarrollaron las diversas formas de propiedad social que neutralizaban las contradicciones entre la propiedad privada de los poseedores y la desposesión característica de la clase trabajadora.
Esta nueva propiedad social se materializaba en diversas formas: desde las industrias nacionalizadas, que ofrecían bienes y servicios básicos para la ciudadanía, hasta los sistemas de cobertura laboral, sanitaria y educativa. De lo que se trataba era de eliminar el riesgo que existía en la zona de vulnerabilidad social, esto es, aquella zona situada entre los que, excluidos del sistema económico, reciben soporte asistencial y aquellos que logran acceder a condiciones estables y protegidas dentro del mercado laboral. En esta zona entre insiders y outsiders es donde se encuentran las capas de trabajadoras que en condiciones estrictamente mercantiles se encontrarían en el filo de las condiciones laborales degradadas, del desempleo y/o de la desafiliación social.
El trabajo asalariado se convirtió en el elemento central del sistema social. Éste establecía un principio de equivalencia que recorría la estructura social que pasaba a ser considerada como un continuum (exceptuando la cúspide poseedora exenta del trabajo) por el cual los individuos podían compararse entre sí para diferenciarse:
“…competencia a través de la cual los sujetos sociales juegan su identidad en la diferencia. El salariado no era sólo un modo de retribución de trabajo, sino la condición a partir de la cual se distribuían los individuos en el espacio social. (…) el asalariado es juzgado/ubicado por su situación de empleo, y los asalariados encuentran su común denominador y existen socialmente a partir de ese lugar” (Castel, 2002: 309).
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2.3.2 El proceso de desproletarización: el auge de la clase media
Con la consolidación del modelo social se produce una alteración intensa de la estructura socio-económica: si hasta la primera mitad del S.XX en la sociedad podían distinguirse principalmente dos clases sociales, capitalistas y trabajadores, a partir de los cambios económicos y laborales propiciados por el modelo social se produce una importante alteración en la estructura social: en vez de una sociedad cada vez más dual entre ricas y pobres, como la generada por el capitalismo decimonónico, las nuevas condiciones socio- económicas -así como la destrucción de patrimonio a consecuencia de las dos guerras mundiales y de la crisis del 29- propiciarían un convergencia entre las poseedoras y los desposeídas, dando forma a una estructura social percibida como un continuum en el que lo predominante eran las posiciones inter-medias. Se consolidó un masivo colectivo a medio camino en la contradicción entre trabajadores proletarizados y poseedores burgueses, la clase media, la cual sería la principal protagonista socio-económica de las sociedades ricas de la segunda mitad del S.XX.
La aparición de la clase media es anterior al modelo social. Dicho concepto ya se utilizaba en el S.XIX para designar a aquellas/os trabajadoras/es que gracias a su formación y profesión no dependían de un/a empleador/a, pudiendo ejercer su profesión de forma libre y mejor remunerada que el resto de trabajadores/as pues no se subordinaban a un/a patrón/a que proporcionase los medios de trabajo o porque se contaba con formación, títulos, licencias o reconocimiento con escasez en el mercado laboral. Era el caso de abogados/as, médicos/as, ingenieros/as, o toda clase de titulados/as que podían ejercer una profesión liberal y que estaban exentos/as del sistema de explotación laboral que se desarrolló durante dicho siglo en los centros de producción. Por lo tanto, lo que distinguía a aquella clase media de la clase proletaria era su status socio-económico derivado del carácter escaso de su profesión en relación a su demanda en el mercado laboral.
Con las transformaciones introducidas por el modelo social se produce un proceso
de desproletarización por el cual el status socio-económico de clase media se amplía a
una mayoría de la población: si durante el S.XIX menos de 1 de cada 10 podían ser considerados clase media, con el modelo social pasa a considerarse como tal a más de la mitad de la población. Se produce un movimiento social ascendente masivo por el cual una mayoría de lo que anteriormente había pertenecido a la clase trabajadora proletaria consigue un status socio-económico que puede ser definido como clase media. ¿Qué sucedió para que se diese este salto cualitativo?
Las condiciones que se instauraron con el modelo social en materia salarial, social y laboral, así como las nuevas condiciones económicas que permitían un acceso masivo al consumo, permitieron que la clase trabajadora pudiera superar las penurias a las que era sometida mediante el efecto directo del mercado, en forma de proletarización, y con dicha superación pudo mejorar significativamente sus condiciones de bienestar: las nuevas condiciones laborales ofrecían estabilidad al trabajador en su puesto de trabajo y límites a su subordinación frente a su empleador; la protección social garantizaba un mínimo de seguridad sobre las condiciones de existencia del/la trabajador/a; la nueva dinámica salarial permitía a las/os trabajadoras/es tener un nivel adquisitivo suficiente
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para acceder a nuevas formas de consumo y propiedad que hasta entonces habían sido exclusivas de la clase burguesa; los servicios ofrecidos por el Estado garantizaban a las/os trabajadoras/es y a sus familias acceder tanto a sistemas públicos de salud como de formación que permitieron la masificación de estudios medios y superiores entre la clase trabajadora.
A la generalización de la condición de clase media se oponía la pervivencia de una parte pequeña de la población que permanecía en situación de exclusión. Se trataba de trabajadoras periféricas que conformaban una categoría en la que abundaban jóvenes, mujeres, migrantes, etcétera, quienes se caracterizaban por no lograr un acceso normalizado a las condiciones de trabajo estándar propiciadas por el modelo social, de manera que se veían excluidos de las ventajas de derivadas de la condición asalariada. Por lo tanto, la clase media hacía de colchón intermedio13 entre los más privilegiados por el sistema socio-económico y los más desfavorecidos. La clase media servía para establecer una concepción triclásica de la estructura socio-económica por la cual existían principalmente tres clases sociales: ricos, medios y pobres. Estos últimos, incapaces de acceder a las ventajas que ofrecía la condición asalariada, eran definidos como excluidos, lo que fundaba una nueva reconcepción de la cuestión social que enfocaba la causalidad de la pobreza en los propios individuos: éstos eran incapaces de aprovechar las ventajas que ofrecía el sistema económico. Pero, ¿era la clase media una clase en si misma diferenciada de la clase trabajadora?
La evolución histórica parece reflejar lo contrario, puesto que la movilidad social ascendente y el acceso a mejoras en el consumo y en el bienestar respondían a elementos políticamente instaurados y a una bonanza coyuntural del mercado. La Historia demostraría más tarde que dichos elementos y etapas económicas no eran permanentes ni duraderas, sino sólo una configuración particular, e incluso excepcional, del sistema económico capitalista. La clase media es en realidad la clase trabajadora desproletarizada gracias a las condiciones especiales instauradas por el modelo social. Una vez desmanteladas dichas condiciones y dicha etapa, la clase trabajadora perdería el status adquirido y caería gradualmente a su status anterior: el proletariado.