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CONSENT FORM
Formalmente, una persona transexual es quien siente una “disconformidad” entre su identidad de género escogida y su anatomía sexual. El género atribuido socialmente al nacer en función de sus genitales no se corresponde con la identidad de género deseada por las personas transexuales quienes encuentran en su anatomía un “obstáculo” para vivir en plenitud. De aquí se deriva la reconocida “insatisfacción” de las personas transexuales por haber nacido en el “cuerpo equivocado”. Sin embargo, ha sido la potente influencia del discurso y la práctica médica-psiquiátrica que, con “éxito”, ha determinado que la no correspondencia entre sexo y género requiere una modificación de los cuerpos “inadecuados” mediante hormonación y cirugía de reasignación sexual (Coll-Planas, 2010a). La transexualidad, pues, está directamente relacionada con los avances tecnológicos del siglo XX que posibilitaron dichas modificaciones corporales (Hausman, 1998).
Se habla de “mujeres transexuales” cuando se hace referencia a personas que nacieron como “niños” pero se han identificado con una identidad de género femenina y, en muchos casos, modifican sus cuerpos porque se sienten mujeres. Por el contrario, los “hombres transexuales” nacieron con cuerpos de “niñas” pero se sienten hombres y, en consecuencia, algunos transforman sus cuerpos mediante terapia hormonal y/o cirugías. Con mucha frecuencia se utilizan las siglas HaM (de hombre a mujer) y MaH (de mujer a hombre) para nombrar y abreviar estas identidades en tránsito. Estas expresiones son muy utilizadas, sobre todo, en la literatura anglosajona que emplea las siglas MTF (male to female) y FTM (female to male), respectivamente. Importa reconocer, finalmente, que el sexo de nacimiento no rige las identidades transexuales, sino el género con el que desean vivir.
El primer caso conocido en relación a las primeras cirugías que pretendían “cambiar el sexo”19 de sus pacientes es el de Lili Elbe en 1933, quien murió porque quiso transplantarse los ovarios después de muchas operaciones. No fue hasta el año 1949 cuando el término ‘transexual’ fue empleado por Cauldwell en Estados Unidos con su trabajo Psychopatia Transexualis (Cauldwell, 1949). A principios de los años cincuenta el “transexualismo” como síndrome médico fue clínicamente diferenciado del “travestismo”: mientras que los hombres transvestidos representan-actúan el rol de una
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mujer, los20 transexuales quieren ser mujeres, deseando asumir las características físicas, mentales y sexuales de las mujeres por completo. Dos nuevos casos de operación de “cambio de sexo” fueron muy publicitados en aquella época: Christine Jorgensen y Roberta Cowell.
En el año 1952, un exmilitar estadounidense se sometió a dicha operación para convertirse en Christine Jorgensen en Dinamarca. Por primera vez el llamado “cambio de sexo” combinaba el tratamiento hormonal con la intervención quirúrgica21. Cuando Jorgensen retornó a Estados Unidos, la publicidad y las repercusiones de su caso hicieron que la transexualidad se convirtiera en un verdadero fenómeno público (Mercader, 1997). Las técnicas endocrinológicas y quirúrgicas progresaron, y se abrieron nuevas clínicas para atender al número cada vez más creciente de casos como el de Jorgensen. Estos casos, unidos a los de intersexuales22, hicieron que la relación entre mente y cuerpo fuera analizada a través de nuevos conceptos. Un aporte importante consistió en reconocer la maleabilidad del cuerpo humano, es decir, se favorecieron las intervenciones quirúrgicas para encontrar la coherencia entre la anatomía genital y la identidad sexual deseada (transexuales) o asignada (intersexuales).
El psicoendocrinólogo John Money fue el primero en emplear el término inglés gender (género)23 para nombrar al hecho psicológico por el cual una persona se siente y se comporta como un hombre o una mujer. A partir del estudio de intersexuales, él y su equipo de la Universidad Johns Hopkins llegaron a la conclusión que ni las hormonas ni los cromosomas determinaban automáticamente el género de un/a recién nacido/a.
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Las ciencias médicas hablan en masculino para referirse a las mujeres transexuales (de hombre a mujer) y en femenino para los hombres transexuales (de mujer a hombre). No se respeta la elección personal del género al cual se desea pertenecer y se sigue considerando al sexo original como determinante para referirse a ellas y a ellos, respectivamente.
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Como apunta Mercader (1997), las operaciones que le hicieron en Dinamarca consistían en un aumento de los senos y la ablación de los testículos y del pene. La vaginoplastia la realizó posteriormente –según la costumbre de la época- en los Estados Unidos.
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Personas que presentan, de manera variable, una discordancia entre su sexo cromosómico (XY/XX), gónadas (testículos/ovarios) y/o genitales (pene/vagina). Para un mayor conocimiento al respecto, véase a Cabral (2009) y Enguix (2011).
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Según Nicholson (1998), este concepto se refería originalmente al entendimiento de ciertas palabras como masculinas o femeninas en una lengua (el inglés) que no tiene género gramatical para las palabras. A partir de los años sesenta, las feministas angloparlantes ampliaron el significado de gender para referirse a tipos de comportamiento entendidos como masculinos y femeninos. De esta manera, se pretendía demostrar que así como se podía distinguir el género en ciertas palabras, los comportamientos masculinos y femeninos también respondían a convenciones sociales que los creaban y les otorgaban significación.
Según Money, los seres humanos eran sexualmente neutros al nacer, es decir, las identidades sexuales se desarrollaban durante la infancia a partir de los genitales externos de cada persona24. Los roles de género formaban parte de un proceso de aprendizaje que quedaban fijados en las personas entre los dieciocho meses y los dos años de vida. Por este motivo, en el caso de bebés que nacían con una genitalidad ambigua, Money sugería como un imperativo la cirugía genital temprana. La imagen corporal debía coincidir con el sexo asignado (Fausto-Sterling, 2006). En efecto, el uso del concepto género permitió resaltar el comportamiento psicosocial de una persona, el que está en “la mente”, en oposición al sexo biológico. Al resaltar que el género no es hereditario, para Money la experiencia de vida postnatal y las expectativas sociales eran los que determinarían el comportamiento de niños y niñas desde una temprana infancia. Por ejemplo, la anatomía genital de un niño que nació con un pene demasiado pequeño e incierto para ser identificado como varón, no influiría sobre la decisión médica y social de criar “exitosamente” a esta persona como niña, inmediatamente después de una intervención hormonal y quirúrgica para crear una vagina. No obstante, aunque Money dio mayor importancia a los condicionamientos sociales de la identidad de género, no cuestionó nunca la premisa que sólo hay dos sexos y que los cuerpos “normales” debían contar con genitales externos y caracteres sexuales secundarios inteligibles.
En el año 1954, el endocrinólogo Harry Benjamin establece una diferencia más precisa entre el “travestismo” -donde los órganos sexuales son fuente de placer- y el “transexualismo” –donde los genitales son fuente de disgusto-, es decir, según la propuesta de Benjamin, las personas transexuales se identifican completamente con el sexo opuesto, se sienten “atrapadas” en el “cuerpo incorrecto” y recurren a la cirugía para “corregir” este “desorden”. Médicamente hablando, la transexualidad es concebida como un problema de identidad, en contraste, el “travestismo” es entendido como una perversión sexual25. En 1966 publica su famosa e influyente obra The Transsexual
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Unas décadas después de estos planteos, las etnometodólogas Suzanne Kessler y Wendy McKenna (1978) profundizaron la línea de investigación iniciada por Garfinkel (1967) sobre la atribución de los “genitales culturales”, es decir, tanto los penes y las vaginas biológicas como culturales (los genitales que usualmente no son visibles al público) son considerados/as por la sociedad como evidencias del sexo
natural de las personas. Para precisar más, los penes y las vaginas culturales consisten en la presuposición social de su existencia, esto significa que, por ejemplo, al tener en frente a un hombre se le atribuye imaginariamente y sin dudar un pene pues su miembro debe estar ahí.
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En el DSM-IV-TR no se utilizan directamente los conceptos “travestismo” y “transexualismo”, sino que ambos se encuentran dentro de los “Trastornos sexuales y de la identidad sexual”. Bajo este título el
Phenomenon. Benjamin es el primero en presentar información clínica sobre un número importante de pacientes, en lugar de casos individuales como se acostumbraba. Es significativo tener en cuenta la relación que se plantea entre el sexo y el género. En el sexo está implicada la sexualidad, la libido y la actividad sexual; el género es la parte no sexual del sexo, es decir, según sus propias palabras, el género está localizado “arriba del cinturón” mientras que el sexo está por debajo. Si bien Benjamin creía que el transexual tenía un problema de género (“arriba del cinturón”) apoyó firmemente el tratamiento quirúrgico del transexual (tratamiento por “debajo del cinturón”).
Por su parte, el psicoanalista Robert Stoller, influido por el trabajo de Money, introdujo el término “identidad de género” para referirse al conocimiento de una persona de su pertenencia a un sexo y no al otro. Claramente, diferenció el sexo, biológico, del género, social y aprendido. El género fue presentado como un sentimiento íntimo que definía la identidad de una persona. El mismo se expresaba a través de determinada cantidad de masculinidad o feminidad y era desarrollado desde la infancia. Según Stoller, la “identidad de género nuclear”, es decir, el propio reconocimiento “soy un hombre” o “soy una mujer”, era producida por tres componentes: a) por la anatomía de los genitales externos, en tanto signo para identificar que una persona era de un sexo y no del otro; b) por las relaciones del/de la niño/a con sus padres (específicamente, con la madre) y el entorno social, es decir, por las expectativas sociales puestas en las identificaciones de género; y, en muchos casos, c) por una fuerza biológica –oculta a la conciencia- que determinaría una dirección de la identidad de género en sentido opuesto a la asignada en función de sus genitales (Stoller, 1968). Le interesó trazar una frontera entre el deseo vinculado al campo de lo sexual y el deseo que concierne al género. Es en este último campo donde inscribió la problemática de la identidad pues allí se encontraba al/a la “verdadero/a” transexual. Stoller marcó el desarrollo del concepto de “transexualismo” desde finales de los años sesenta hasta nuestros días. Se centró, por lo tanto, en considerar el “transexualismo” “travestismo” forma parte de la subcategoría “Parafilias”, llamado por el manual “Fetichismo transvestista”, mientras que el “transexualismo” es denominado con la subcategoría a la que pertenece “Trastornos de la identidad sexual”. Como ya adelanté, me interesa destacar particularmente cómo las travestilidades que se analizan en esta investigación no se encuentran reflejadas plenamente en ninguna de estas clasificaciones psiquiátricas. Sí están incluidos/as quienes se transvisten (estudiados dentro del ámbito de las parafilias: trastornos en el desarrollo psico-sexual, es decir, se mantienen estos casos en el plano de las fantasías sexuales). La transexualidad, por otra parte, es entendida como un “trastorno en la identidad de género”. Por lo tanto, si se siguen estrictamente estas clasificaciones médicas, las travestis no son “fetichistas transvestidas” (sus transformaciones corporales prueban que van más allá de las fantasías sexuales por transvestirse) ni padecen “trastornos de la identidad sexual” (no creen que nacieron con el sexo equivocado ni pretenden –en general- modificarlo).
como un desorden de la identidad de género, preparando así el camino al concepto ampliamente utilizado en la actualidad de “disforia de género” que destaca la idea de “incomodidad” o “malestar” con el propio género. La intervención sobre los cuerpos era el destino médico de aquellas personas que presentaban un desajuste entre el sexo y el género, y se les planteaba (plantea) la operación como el único camino para aliviar su sufrimiento.
Sintetizando, estos debates biomédicos y psicoanalíticos que surgieron en la década de los cincuenta, principalmente en los Estados Unidos, fueron los que emplearon por primera vez el concepto género para explicar los quiebres entre el sexo biológico y el comportamiento psicosocial de casos de personas intersexuales y transexuales. Sin embargo, para contextualizar el ambiente intelectual y como describe Donna Haraway (1995), existen otros componentes que influyeron en la gestación de los conceptos y las tecnologías de la “identidad de género”. Haraway se refiere a la influencia de Freud; al trabajo de los grandes sexólogos del siglo XIX (Krafft-Ebing, Havelock Ellis) y sus estudios de la somática sexual y la psicopatología; al crecimiento a partir de los años veinte de la endocrinología; a la psicobiología de las diferencias de sexo; entre otros elementos unidos a las primeras “cirugías de cambio de sexo”. Hacia finales de los años sesenta, tal como sostiene Soley-Beltran (2009), el desarrollo intelectual de las ideas en torno al sexo y al género estaba listo para que las feministas entraran en escena y se apropiaran de una categoría psicológica del discurso médico para convertirla en una categoría sociológica.