Y así yo, habiendo nacido en un pueblo de Castilla la Vieja, que se nombra Paredes de Nava, y de padres nobles y de muy limpio y antiguo linage, y obligado por esto a hazer alguna obra virtuosa y extraordinaria, después de haber visto muchos libros y peregrinado por muchas tierras en servicio de su Magestad y de nuestra república cristiana, conociendo las vidas y costumbres de los habitadores de ellas, he hecho la presente obra (pág. 302).
Estas palabras del propio Baltasar de Collazos en el Prólogo al “discreto lector” ofrecían algunos de los escasos datos biográficos que hasta hoy se conocían del autor (cuya figura como literato no ha gozado de mayor fortuna, ya que muy pocos en la actualidad han oído hablar de él y menos aún se han ocupado del estudio de sus obras). A través de las próximas páginas se intentará ampliar estos datos que se han dado habitualmente por buenos y profundizar un poco más en la persona que se esconde tras este nombre, con el objetivo de esclarecer también, en la medida de lo posible, el proceso de creación de su obra y las huellas que sus circunstancias personales pudieran haber dejado en ella.
Paredes de Nava es un pequeño pueblo situado a 20 km. de Palencia, integrado en la región conocida como “Tierra de Campos” y cuna de personajes como Jorge Manrique o Pedro y Alonso de Berruguete. Su población, eminentemente rural, se dividía desde la Edad Media en cuatro “collaçiones”: las de Santa Eulalia, Santa María, San Juan y San Martín, siendo la primera de estas la que, al parecer, integraba un mayor número de paredeños y gozaba de mejor fama9.
La historia de Paredes de Nava estuvo ligada durante toda la Edad Media a las luchas dinásticas en la Corona de Castilla, hasta que la victoria de Isabel I afianzó el
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Véase Martín Cea, 1991: 31-34. A esta colación pertenecía la familia de nuestro autor, tal y como se deduce de sus palabras al comienzo del poema incluido al final de la obra: “Baltasar de Collaços a la sepultura de sus padres Gabriel de Collaços y Inés García de Tamayo, que están enterrados en la iglesia de Santa Eulalia de la villa de Paredes de Nava en Castilla la Vieja” (pág. 447) y de los documentos localizados en el archivo de esta parroquia (véase n. 13).
poder señorial de Rodrigo Manrique, quien había sido nombrado Conde de Paredes por Juan II en 1442 y había apoyado después al infante Alfonso y su hermana. Así, el Maestre de Santiago se convertía en el primer conde de la villa, pasando este título a su primogénito y consolidándose después en la línea de los Manrique de Lara, hasta 1565, fecha en la que Antonio Manrique de Lara, quinto conde de Paredes, es denunciado por sus abusos ante la Audiencia. Aunque “la Chancillería fallaba a favor del Conde, exigiendo a los paredeños que le reconocieran como su legítimo señor”10, lo cierto es
que el poder señorial resultó enormemente debilitado, ya que los privilegios del conde para nombrar cargos públicos y controlar la administración fueron suprimidos11. Este
Antonio Manrique es precisamente el dedicatario de los Coloquios: “Al muy ilustre señor don Antonio Manrique de Lara, Conde de Paredes y señor de Villaverde y Villa de Palacios, etc. Mi señor” (pág. 297). Si tenemos en cuenta que esta dedicatoria pudo ser compuesta entre 1564 y 156812, fechas que coinciden con el momento de mayor
oposición popular a la figura del conde, es obligatorio preguntarse qué importancia puede tener la elección de este personaje y si puede servir de ayuda para reconstruir la figura del autor.
Baltasar de Collazos debió de nacer en Paredes de Nava, tal y como él mismo señala, entre 1532 y 153813, unos años bastante convulsos de la historia de España, como
lo fue, por otra parte, casi todo el siglo XVI.
10 Martín Cea, 1991: 75.
11 Para un conocimiento más profundo de los numerosos cambios en la titularidad del señorío de Paredes de Nava y los diferentes enfrentamientos jurídicos entre el Concejo y los sucesivos condes, véase Teresa León, 1980: 49-56 y Martín Cea, 1991: 37-75.
12 Véanse págs. 59-62 del Estudio Preliminar.
13 La investigación en el Archivo Parroquial de Santa Eulalia ha servido para reducir el marco temporal a las fechas señaladas basándome en cálculos establecidos a partir de otras noticias localizadas de las que se hablará más adelante y, sobre todo, de las partidas de bautismo de los hermanos de Baltasar, ya que la suya no pudo ser localizada. Tras el registro de Catalina de Collazos en 1524 (“Catalina. Domingo a xxiiii de julio batizé a Catalina, hija de Gabriel de Collazos y de Inés García, su muger, fue padrino, Juan Fernández de [...] y madrina Ysabel de Collazos”), Isabel en 1526 (“Isabel. Domingo primero de julio batizé a Ysabel, hija de Gabriel de Collazos y de Ynés García, su muger, fue padrino Diego de Cisneros, madrina la pastora partera”) y Francisco en 1530 (“Francisco. Domingo a xx de noviembre de dicho año [1530], batizé a Francisco, hijo de Gabriel de Collazos y de Ynés García, su muger, fue padrino Francisco Lanero y madrina la pastora partera”), no aparece ningún otro ligado a su familia hasta 1541, cuando se señala el nacimiento de Inés Collazos (APSE, Libro 1 de Bautizados de Santa Eulalia, hh. 1r, 2r y 5r). La disminución de las entradas en esos años centrales en comparación con los precedentes, hace pensar que
En 151614, a la muerte de Fernando el Católico, Carlos I es proclamado Rey de
Castilla y Aragón, como regente de su madre, Juana, quien se encontraba recluida en Tordesillas desde que fuera considerada fuera de juicio por su padre (en realidad nunca fue oficialmente declarada incapaz para gobernar, de ahí que hasta su muerte siguiera siendo la reina legítima y que Carlos debiera firmar en su nombre cualquier documento real). Más tarde, en 1519 sería elegido Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, titulo al que también aspiraba Francisco I de Francia. Esto supuso el recrudecimiento de una rivalidad previamente existente entre ambos regentes y que marcaría gran parte de la historia de la primera mitad de siglo.
El rey francés, con la ayuda del Papado, que quiso beneficiarse de alianzas con uno y otro bando, se propuso eliminar la presencia española en tierras italianas. El resultado de esta política fue la continua sucesión de batallas y tratados de paz rotos una y otra vez por ambas partes. Ni siquiera el haber estado preso más de un año por el emperador tras la batalla de Pavía15, escarmentó a Francisco I, quien volvería a firmar un acuerdo con
Clemente VII tan solo dos meses después de su liberación. El resultado de esta nueva alianza sería el Saco de Roma en mayo de 1527 por las tropas de Carlos V que, cansadas
posiblemente, por circunstancias que se desconocen, el párroco encargado de anotar los bautismos no realizara esta labor con tanto esmero como antes, ya que aún no era obligatorio el registro. Otra posibilidad sería la de que la familia se hubiese desplazado fuera de la localidad, pero la afirmación del autor sobre su nacimiento parece contravenir esta presunción, afirmación que repite en la Dedicatoria a Antonio Manrique de Lara: “que es señor del pueblo donde yo nací y mis padres y abuelos vivieron” (pág. 297). Agradezco la colaboración en esta tarea de indagación a don Manuel, párroco de Santa Eulalia y custodio del APSE, y a David Alonso, responsable de la Oficina de Turismo de Paredes de Nava y experto conocedor del Archivo Parroquial de Paredes, quienes me orientaron y guiaron en un primer acercamiento al mismo.
14 Para las noticias sobre la historia de España en estos años me sirvo, fundamentalmente, de Fernández Álvarez, 1990 y 2002; y García-Cárcel, 2003. Cuando utilice una fuente diversa, esta se indicará convenientemente en nota, así como las referencias de las citas incluidas.
15 Las tropas francesas asediaron Pavía en 1525 durante más de veinte días, pero sin decidirse a atacar. Finalmente, el marqués de Pescara logró ponerse de acuerdo con Antonio de Leyva, que guardaba la ciudad, para atacar durante la madrugada del 24 de febrero, encerrando a los franceses entre dos fuegos. Esta acción supondría no solo la victoria, sino, como se ha mencionado, la captura del rey Francisco I, quien fue llevado ante Carlos V y permaneció preso hasta la firma del Tratado de Madrid, por el que conseguía la libertad renunciando al Milanesado (una plaza que los dos bandos se habían estado disputando desde que comenzaron los enfrentamientos), Génova, Nápoles, Flandes y Borgoña (otra región cuya posesión reivindicaban uno y otro rey), además de dejar como rehenes a sus dos hijos en prueba de su buena voluntad. No obstante, a su llegada a suelo francés, no tardó en forjar una nueva alianza para volver a atacar las posesiones perdidas.
del malestar de la guerra e indignadas con las noticias de una nueva tregua, se alzaron y asolaron la capital de los Estados Pontificios, obligando al Papa a refugiarse en el Castillo de Sant’ Angelo. Dice Manuel Fernández Álvarez al respecto que:
El Sacco di Roma fue uno de los más terribles y dramáticos sucesos, no sólo del siglo XVI, sino de casi toda la Edad Moderna. Fue uno de esos acontecimientos que llenan de estupor al mundo y que empavorecen a sus propios ejecutores. Nunca jamás la Ciudad Eterna, ni antes ni después, sufrió tan gran ultraje. La conmoción de la opinión pública en toda Europa fue enorme16.
El Papa fue liberado en diciembre de 1527 y convocó de nuevo a sus antiguos aliados para expulsar definitivamente a las fuerzas imperiales de sus territorios. Sin embargo, en abril de 1528, el cambio de bando del príncipe Andrea Doria durante el asedio a Nápoles, hasta entonces aliado de Francisco I, supuso la derrota definitiva de esta liga, que perdía la importante ayuda de la marina genovesa, fundamental a partir de ese momento en las nuevas luchas que enfrentarían a Carlos V con turcos y berberiscos tras lograr la paz en Italia y ser coronado emperador por Clemente VII el 24 de febrero de 1530.
El imperio turco, con Solimán a la cabeza y los Barbarroja por aliados, había comenzado su expansión por el Mediterráneo a costa de territorios fundamentalmente españoles o imperiales. Tomada Belgrado en 1521, la mitad de Hungría había sido ya conquistada por el otomano. En vano solicitaba ayuda una y otra vez Fernando de Habsburgo a su hermano Carlos, demasiado ocupado con los conflictos italianos, hasta que la nueva amenaza de un asedio a la ciudad de Viena en 1532 hizo movilizarse al emperador. A la ciudad se desplazó con un poderoso ejército, mientras Doria atacaba por su parte las costas griegas. Solimán, que no vio segura la victoria, decidió finalmente levantar el cerco, lo que en España se vio como una gran victoria de las fuerzas imperiales y una demostración del poderío del César.
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Se ha reprochado a Carlos no aprovechar su buena fortuna, persiguiendo a los turcos en su retirada acometiendo la campaña de Hungría. Por una cuestión de prestigio el emperador consideró que en tal acción no debía poner su propia persona. Ayudó a su hermano Fernando, cediéndole las tropas reclutadas en Italia; ayuda de poco efecto, pues la mayoría de aquellos italianos se negaron a servir bajo las órdenes de Fernando, desertando del ejército17.
En cambio, el emperador iba a emprender personalmente una acción que desde España había sido reclamada en más de una ocasión: la marcha sobre Túnez, plaza fundamental para poder optar después a la toma de Argel, desde donde Barbarroja amenazaba las posesiones españolas. Para ello fue necesario tomar La Goleta, labor a la que contribuyeron las tácticas de Andrea Doria y cuyo resultado fue el desbaratamiento de gran parte de la flota turca. Esto facilitó enormemente la toma de Túnez, que caía en manos imperiales el 26 de julio de 1535, favorecida por un alzamiento interno de los cautivos cristianos allí presos.
Es en estos años en los que vino al mundo Baltasar de Collazos, quien, siendo niño, oiría narrar los grandes hechos de armas de los españoles y las victorias contra los infieles y contra los franceses (que habían vuelto a atacar en Italia); ello se refleja en la considerable cantidad de alusiones a estas y otras batallas de menor importancia que aparecen en los Coloquios. Sin embargo, no todo fueron buenas noticias: las fuerzas imperiales sufrieron también en esta época graves derrotas, como las acaecidas en Castelnuovo (donde se perdieron numerosas vidas, incluida la de Machín de Monguía), o en la campaña de Argel de octubre de 1541, un auténtico desastre, como se reconoció entonces, y que supuso la renuncia del emperador a la lucha en el Mediterráneo más allá de lo necesario para defender sus posiciones. El punto de mira estaba ahora en otra parte: Europa central.
De nuevo Francia, aliada esta vez con los protestantes duques de Orleans y Clèves, intentaba tomar el norte de Italia y los Países Bajos. Carlos V se ve obligado a dejar España en manos del príncipe Felipe y marchar él mismo a la guerra. Entre 1543
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y 1547, el emperador obtiene una serie de rápidas victorias encadenadas que supondrán la derrota de Clèves, quien hubo de suplicar el perdón imperial, y la renuncia de Francisco I a la empresa, con la firma de la paz de Crépy y la posterior convocatoria del Concilio de Trento.
Tras la excomunión de Lutero, el protestantismo se había extendido considerablemente por Europa, especialmente en Alemania, algo que preocupaba no solo al Papa, sino también a Carlos, quien en varias ocasiones había mostrado su deseo de defender la cristiandad ante los infieles y ahora tenía la herejía en su propia casa. Así, convencido de la fuerza de la fe católica, adoptó el emperador los principios que movían el Concilio (aunque este no finalizaría hasta 1563) y que pasarían a la Historia con el nombre genérico de Contrarreforma, y se dispuso a reducir por la fuerza a los príncipes alemanes que habían constituido la Liga de Esmalcalda, defensora de la Reforma luterana.
En el verano de 1546 comienza la guerra con Carlos V presente y el duque de Alba como capitán general, quien, mediante pequeñas acciones sorpresivas, logró la victoria al sur del Danubio y obligó a replegarse a las fuerzas de la Liga, comandadas por el príncipe elector Juan Federico de Saboya. Una a una, numerosas ciudades alemanas negociaron su rendición y, en abril de 1547, la derrota del de Saboya en Mühlberg puso fin a la guerra. Se firmaron en mayo las capitulaciones de Wittenberg, por las que Juan Federico perdía el electorado y se comprometía a adoptar en materia de fe lo que decidieran las Dietas imperiales. Sin embargo, estas fueron un fracaso y en 1555, tras una serie de revueltas de los príncipes alemanes que el emperador trató de contrarrestar con el asedio de la ciudad de Metz en 1552, este se vio obligado a firmar la libertad religiosa para cada uno de los principados del Sacro Imperio. Precisamente en esta campaña de Metz, una operación larga que concluyó con el abandono por parte de Carlos, pudo haber participado Collazos, como se verá más abajo.
Cansado y enfermo, Carlos V decidió abdicar en octubre de 1555, dejando el Imperio en manos de su hermano Fernando y los territorios de los Países Bajos y España (incluyendo los recién conquistados en Indias) a su hijo Felipe. Había muerto
la reina Juana en abril de ese mismo año y Carlos lo haría en septiembre de 1558, en su retiro de Yuste.
Felipe II, en líneas generales, será un continuador de la política militar y religiosa de su padre. Por un lado, las luchas con Francia por los territorios italianos se reanudarán de la mano del sucesor de Francisco I, Enrique II, quien aún en vida del emperador había realizado algunas acciones entre 1552 y 1554. Tras una guerra en la que la derrota de San Quintín (1557) supuso un duro golpe para las aspiraciones francesas, se pondría fin a este conflicto con la paz de Cateau-Cambrésis (1559), un auténtico triunfo para España, ya que se le reconocía su poder sobre los territorios de Milán, Siena, Nápoles, Sicilia y Cerdeña.
En cuanto a las guerras religiosas, de nuevo se aprecian dos frentes abiertos: el del acecho turco, que seguía atacando las costas españolas y capturando cristianos, y el del protestantismo europeo, que se había extendido a Flandes y aumentado el descontento de sus ciudadanos, quienes veían en Felipe II a un extranjero y llegaron a nombrar soberano a Francisco de Anjou. Esto llevará al rey a embarcarse en la Guerra de los Ochenta Años para mantener su posición en los Países Bajos. Este conflicto, que no finalizaría hasta 1648 con el Tratado de Münster, y el reconocimiento de la independencia del territorio, supuso graves pérdidas monetarias a la Corona, que se vio endeudada en varias ocasiones.
Más interesante para la biografía de Baltasar de Collazos será la guerra contra el imperio otomano y el corsario Dragut. La primera acción que Felipe II emprenderá en este ámbito será la toma de las Gelves en 1560, como paso previo a una marcha sobre Trípoli, ciudad que habían perdido recientemente; pero esta no se realizaría, pues la armada turca volvió tras la derrota e infligió un duro castigo a la española, quedando prácticamente destruida. Aprovechó entonces Hazén Baxá, mandatario argelino, para atacar en 1563 Orán, defendida por el Conde de Alcaudete desde Mers-el-Kebir o Mazalquivir, quien resistió de una forma sobrehumana hasta la llegada de refuerzos al mando de Álvaro de Bazán. Esta acción fue considerada toda una heroicidad en España, como bien se encarga de señalar Collazos:
lo que dezís de Afranio y Petreo, capitanes del gran Pompeyo, ¿puédense estos igualar (ni lo que ellos hizieron) con lo que ayer hizo don Martín de Córdoba, hijo del Conde de Alcaudete: defender a espada y capa, podemos dezir, a Maçarquivir, fuerte tan importante a la cristiandad, echadas ya las murallas por tierra, que no había que hazer más que entrar, de todo el poder del Rey de Argel, no teniendo él más que trezientos soldados españoles y no comida para ellos? (págs. 385-386).
Ante este éxito, Felipe II quiso intentar la empresa que su padre no pudo concluir: la toma de Argel; pero la negativa de las Cortes castellanas a financiarla defraudó al rey, que se centró entonces en otras campañas, fundamentalmente la defensa de Malta, sitiada por las fuerzas de Solimán en 1565. De nuevo la armada española, bajo las órdenes de García de Toledo y Álvaro de Bazán, saldría victoriosa y Felipe II se vería con fuerzas de atender a las súplicas papales que le pedían una acción conjunta contra el enemigo turco. Se crea así la Santa Liga, cuyo mayor éxito sería la victoria de Lepanto en octubre de 1571.
Pero antes de todo esto, en septiembre de 1564, un nuevo enfrentamiento entre españoles y berberiscos daría una alegría más a los primeros: la toma del Peñón de Vélez de la Gomera. Situado frente a la costa norte de África, entre Ceuta y Melilla, el Peñón (entonces islote y hoy península, tras quedar unido al continente como consecuencia de un terremoto) fue objeto de diferentes combates, debido a su privilegiada localización para la vigilancia y el control marítimo en el Estrecho de Gibraltar, desde que Pedro de Navarra lo conquistara por primera vez para los españoles en 1508. Finalmente don García Álvarez de Toledo y Osorio gana la plaza en una batalla que pasará a la historia por haberse solventado sin apenas derramamiento de sangre. En ella participa como soldado Baltasar de Collazos, quien no duda en recoger su experiencia y consultar a